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Jean
Multipliqué tres por tres hasta llegar a 3000 y luego volví a empezar todo desde el principio, al menos cinco veces. Cinco es un buen número. Ella era una chica hermosa, armoniosa en todo sentido. Lo que quiero decir, con precisión, es que tenía un cabello perfecto, manos perfectas, cuerpo perfecto..., no, no, no, no pensaba en ella en esa forma.
Ok, ok, ok, estoy mintiendo. En realidad no estoy mintiendo, no estoy siendo preciso.
A veces se aparece en mi cabeza la imagen de una negra desnuda y no puedo hacer que se vaya. Viene a torturarme todos los días cuando trabajo en la línea de montaje. Temo que alguna vez se me escape, que un compañero me diga hola y yo largue "¡chica negra desnuda!" o "¡sexo!". No, no, no. No puedo permitir que eso ocurra. Me paso las noches en vela pensando en eso. Qué desastre que sería. Todo el mundo sabría que soy un pervertido. Se reirían de mí. Con mi suerte, va a suceder. Lo sé, algún día va a suceder. Ni siquiera puedo estar seguro de que ya no haya ocurrido. Tal vez ya se me escapó pero fueron demasiado amables y lo dejaron pasar. Es por eso que llevo un diario de mis pensamientos, así puedo revisar luego mis recuerdos y estar seguro de que no hice nada malo.
Cuando eso no es suficiente, cuento. Multiplico tres por tres hasta llegar a 3000 y luego vuelvo a empezar todo desde el principio, al menos cinco veces. Cinco es un buen número. Hay cinco dedos en cada mano, cinco dedos en cada pie. La imagen de la chica negra desnuda a veces se va cuando hago esto cinco veces.
Y si esto no funciona, cuento saltándome uno, saltándome dos, saltándome tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho y nueve. Cuento hasta que me pierdo y tengo que empezar de nuevo, cinco veces, cinco es un buen número.
Me senté en el metro y disfruté de la manera en que su cabello se movía. Nuevamente estaba teniendo pensamientos sucios. Sabía que yo era una mala persona; me merecía morir. Quería tocarla de malas maneras. Creí que ella se había dado cuenta por la forma en la que la miraba. Todos se podían dar cuenta. Llamarían a la policía; sabrían que soy un pervertido.
Se bajó en Nation y combinó con la línea 1 a Gare de Lyon. La seguí de cerca a lo largo del amplio túnel de la combinación. De día había tiendas y restaurantes allí, pero a esas horas de la noche estaban cerrados. No había nadie que la protegiera. Ninguna multitud que la cuidara. La seguí hasta la línea 14. Debe de haberse dado cuenta. Yo respiraba tan fuerte que sabía que me podía oír. Uno, dos, cuatro, siete, once, dieciséis, veintidós, veintinueve, treinta y siete... iba a perder mi autocontrol. Tenía miedo de lastimarla. Le quería arrancar su bombachita rosa. No puedo creer que le miré la bombacha. Soy malvado. Debería estar en la cárcel. Una vez fui a la policía pero me dejaron libre. Me dijeron que tenía un desorden obsesivo y que nunca iba a ejecutar mis impulsos. Estaban equivocados. ¡Miren! Estaba siguiendo a la chica.
Iba a violarla, estaba seguro de hacerlo. Iba a violarla y después a matarla.
Casi la pierdo cuando cruzó la calle con luz roja. No pude cruzar, la seguridad es primordial. Deseé perderla. La vi de nuevo, doblando la esquina. No quería lastimarla. Uno, dos, cuatro, siete, once, dieciséis, veintidós, veintinueve, treinta y siete
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Annita
Ese tipo raro me estaba siguiendo. Me observaba en el metro y doblaba dolorosamente sus rodillas para no tocar las mías. Estoy acostumbrada a que los hombres me observen, sé que soy bella. Pero la manera en que estaba atento a mí pero haciendo tremendo esfuerzo por no mirar... qué sé yo, me asustaba. Se movía raro, andaba siempre con el cuerpo contenido, tratando de no tocar los asientos y las puertas. Contaba locas series de números en voz baja. Tenía que focalizarme, concentrarme. Debía haberme imaginado que esto podía ocurrir. Estaba deliberadamente tratando de atraer al violador. Luego de este tratamiento extremo de rejuvenecimiento sabía que iba a atraer a los pervertidos. Debía haber previsto que podía atraer al equivocado.
Al menos la presa aún me seguía. Focalizate, concentrate..
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Claude
Darwin, ¿sabés? Este chiflado tenía que irse. Me había visto acechando a la negrita. Era un incordio. Si alcanzaba a la chica antes que él, se iba a cabrear y llamaría a la policía. Como si pudieran hacer algo para detenerme. Yo estaba en la cima de la cadena alimenticia, pero eso no significaba que iba a tomar riesgos innecesarios. Tenía que sacar a este tipo del medio para que yo y la mamba negra pudiéramos divertirnos un poco.
Giré de improviso y le di un golpe en el rostro. Le hundí el puño en la nariz, que comenzó a sangrar como loca, ensuciándome mis pantalones nuevos. Le di una trompada en la panza y se revolcó. Lo pateé, apuntándole a las gónadas, a las costillas flotantes. Después de un rato de seguir haciéndolo estaba sudando.
Es un ejercicio duro pero probablemente tan bueno como las cintas caminadoras del gimnasio. No importaba lo fuerte que lo pateaba, el tipo seguía retorciéndose. Uno creería que iba a darse por vencido y morir. Cuando finalmente no se movió más me detuve y encendí un cigarrillo, en caso de que estuviera hibernando y planeando levantarse pronto. Yo era muy cuidadoso, pero que yo supiera ningún paquete de nanomeds lo iba a poder salvar de esa golpiza.
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Annita
Vincent dejó de hacerme el amor luego del rejuvenecimiento. Es decente, no puede cogerse a una adolescente. Dijo que iba a esperar hasta que desapareciera. Eso son dos meses de abstinencia, demasiado decente si me preguntan. Le dije que fue un accidente. A veces pasa, les pedís que te saquen diez años y te sacan quince. Me creyó. Nació rico, es fácil de engañar. El rejuv no es una ciencia exacta y es muy caro. La mayoría de las personas no sabe siquiera que existe, y con eso es lo que cuento. Incluso les pedí que me agregaran algunas imperfecciones a mi piel. Sabía que Vincent no se iba a dar cuenta, bendito sea su corazoncito, pero el hijo de puta que yo buscaba sí lo notaría.
Digo esto sólo para que me crean. Nunca me creerían si pensaran que soy una adolescente estúpida parloteando para llamar la atención.
El gobierno puede leer tus pensamientos. Sé que estarán pensando, que nunca lo harían, que es ilegal, bla bla bla. Tienen razón, no deberían. Pero lo hacen. Tienen acceso a todos esos ingeniosos diarios y ayudas para el pensamiento. A pesar de los encriptados, a pesar de las contraseñas. Tienen computadoras que pueden romper esas trabas como si fueran ramitas. No lo hacen rutinariamente, les lleva mucho tiempo a las computadoras, pero cuando algo les llama la atención, digamos, un montón de árabes en una mezquita diciendo acaloradamente "bomba" dos o tres veces, o dos individuos en un lugar desierto grabando pensamientos sobre la violación con un tono altamente emocional, entonces pueden escuchar. Tienen unos programitas ingeniosos diseñados para detectar esa clase de situaciones. Si querés matar a alguien, mejor que lo hagas por sorpresa y que no pienses mucho en ello. Mejor aún, no lo grabes.
Ahora voy a apagar esto. Si las cosas se ponen espesas lo enciendo de nuevo y espero que alguien lo note. Si todo sale bien, debería tener tiempo para borrar todo esto antes de volver a casa, pero ahora necesito dejar un precedente en caso de que algo suceda. En el caso de que me maten. Si muero esto se transmitirá por la red. Mi nano es muy muy especial. Muchos nanos dejan de funcionar luego de que el usuario estira la pata, pero este modelo puede usar mi menguante calor corporal como fuente de energía para hacerme un último favor.
Si muero se pudre todo.
[Fin de la grabación]
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Jean
Me dolía pero no podía gritar. Mi paquete de emergencia entró en función prioritaria. Me agradó tener el último modelo, la seguridad es primordial.
El psicópata se detuvo para respirar. Tomé el control del paquete y lo forcé a inyectarme algunas anfetaminas. Me levanté y él grito, pero me moví rápido. No sabía hacia dónde corría. Al principio pensé en pedir ayuda, pero todos sabían que yo era un pervertido y nunca me creerían. El tipo probablemente era el novio de la hermosa chica y sólo me estaba dando mi merecido.
Soy malvado, merezco morir.
Me metí en la obra en construcción de la izquierda, esperando algo, no sé qué, algo que viniera y me salvara. Mis ojos recorrieron el piso en la tenue luz, buscando algo para usar como arma, hasta que tomé conciencia y me di cuenta de lo sádico que era y tuve que empezar a contar otra vez, uno, dos, cuatro, siete...
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Claude
No fue difícil encontrar al tipo remilgado, no paraba de contar. Era un estúpido.
Iba a perseguir a la chica en la obra en construcción abandonada, alejándose de la ayuda. No sabía nada de Darwin. No sabía que yo era la putísima cima de la cadena alimenticia.
Agarré una pesada barra metálica. La sentí áspera en mi palma, corroída, pero ¿a quién le importaba? Me acerqué lentamente al tipo contador, concentrado en mi presa. Yo era un león. No podía dejar que nada se interpusiera en mi camino.
Di un paso hacia adelante....
[Fin de la grabación]
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Jean
Veintinueve, treinta y siete, cuarenta y seis, cincuenta y seis, sesenta y siete.
¡Un grito!
Todavía yo tenía miedo pero quizás el novio celoso necesitaba ayuda. Salí de mi escondite y encendí mi celular para tener algo de luz. La vi a ella. Estaba oscuro así que al principio no vi el pequeño cilindro negro en sus manos, ni tampoco su piel negra, sólo el destello del nano.
El psicópata cayó sin hacer ruido pero había sangre por doquier.
Yo nunca había visto un arma de tan cerca.
Ella giró hacia mi. Sabía que iba a matarme, pero bajó el cilindro y por señas me hizo revisar al tipo. Me incliné con cuidado, tratando de no mancharme de sangre los puños de la camisa. Tenía tanto miedo que ni me puse a contar. Sólo le tomé el pulso.
No estaba muerto. Me miraba sorprendido. Trataba de hablar pero sólo balbuceaba. Pronto moriría si no recibía ayuda.
— También trató de matarte — susurró ella. Tenía razón. Por si acaso lo pateé con fuerza. Salté varias veces sobre su pecho hasta que se derrumbó. No conté.
Se rieron de mí bastante. Incluso un pervertido tiene el derecho a algo de respeto.
Sabía que era lo que ella había hecho. Me había involucrado en un asesinato. No me importaba, no mucho, no en ese momento.
Le disparó otra vez y la miré sorprendido.
— Yo era amiga de Constanza — dijo.
— ¿Quién?
— La asfixió mientras dormía y la arrojó al Sena. Estaba tan putísimamete calmado que grabó todo el asesinato sin que nadie se enterara, las sondas nunca detectaron el más mínimo signo de agitación — dijo.
— ¿Qué sondas? — le pregunté.
— Las sondas, hombre, las sondas del gobierno. — De repente su voz se volvió un susurro — No llevarás un diario de pensamientos, ¿no? — No le respondí.
Por su mirada supe que ella también oía las sirenas. Bajó el arma. Tenía la más tristes de las sonrisas en su rostro.
— Vamos a ir a la cárcel — dije.
Ella sacudió su cabeza y oprimió un botón negro en su arma plástica. Esta ardió en llamas y desapareció, no dejando siquiera una cucharada de polvo que probara que alguna vez había existido.
— No, vos sos el único a quién van a culpar de esto. Sos el único con un motivo y tenés sangre en tus zapatos.— Y entonces comenzó a pedir ayuda a los gritos. Ella es una hermosa chica, tan fuerte y perfecta y yo soy un monstruo. Me lo merezco, realmente me lo merezco. No me importa ir a la cárcel para salvarla.
Ilustró y Tradujo: Saurio
Info sobre la autora
Versión original del cuento en Helix N°4