El abuelo, circunspecto, inferior a la plebe, mordaz
como un accidente de tránsito en pleno océano Índico,
ha fallecido su cresta. Pero no. Él no. Él no. No ahora rinoceronte. No mañana artrópodo. Nunca tregua ni tablas. Ha comprendido, ahora que es joven, que la muerte ataca en todo momento. Que la muerte se esconde en el futuro. Que la vida escapa hacia el pasado. En fin, que la vida se asusta de la muerte. Un caramelo. Una figurita. El abuelo, mancillado, trastocado en su impregnación con la sociedad,
humillado como un naufragio en pleno Manhattan, comprende que es huérfano
del motivo de su macilenta vejez; que es pulmón y agalla y poro
y mandíbula del efecto de su adolescencia. |
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Imagen del título por Laura Lucas |
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