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La muchacha atravesó el jardín presurosa y se detuvo ante el pesado portón de hierro. Por entre los barrotes, un hombre rollizo, de barba crecida, le alcanzó una tarjeta de presentación. La muchacha leyó el nombre en letras de imprenta: Américo Pérez, plomero matriculado. Sus ojos recorrieron la traza del recién llegado; parecía, nomás, un plomero. Lo hizo pasar. |
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La policía acudió rápidamente. Mientras dos oficiales registraban la mansión, el detective Rolón hacía las preguntas del caso. Estaban reunidos con él la dueña de casa, un viejito y un extranjero. —La cerradura de la caja fuerte no fue forzada. El ladrón sabía la combinación. —Nadie más que yo la conocía –aseguró la dueña de casa. —¿Y la doméstica? —En absoluto. Una vez a la semana limpia el escritorio bajo mi estricta vigilancia. Además, la combinación es muy difícil de descifrar. La puerta se abrió de un golpe. Un joven irrumpió a los gritos, mientras la habitación se llenaba de olor a vino. —No te basta con echarme de casa. Ahora me acusas de ladrón. —Te recuerdo, Saverio, que no tienes derecho sobre la casa. Tu propio padre me vendió su mitad hace tiempo. —¿También renunció al diamante? Exijo ver los documentos que lo garanticen. —Ve al cuarto de baño a despejarte y vuelve cuando estés sobrio. La puerta se cerró con otro golpe. —Oficial, le ruego disculpe la lamentable situación. Es mi sobrino. Le falta cordura. —Soy detective. La puerta se abrió por segunda vez. —Es el señor Leoni —anunció María. El detective encendió un cigarrillo. Volutas de humo de cigarro revolotearon hacia el cielorraso del vestíbulo. Rolón se expidió. —Éstos son los hechos que giran en torno de la desaparición del diamante: 19hs. a 19.15hs. La señorita Pilar Torres del Campo se entrevista con Mr Thompson, quien ofrece tres millones por la pieza. —¿Tanto? —intervino Leoni. —Poco sé de piedras preciosas. Debe valer lo suyo. Según dicen, pasó por las manos del más grande poeta latinoamericano. —¡Qué disparate! —¿Se refiere al valor de la joya o al del poeta? Leoni lo ignoró. El detective continuó. —El coleccionista acordó visitar a la señorita para concretar la transacción. Como anticipo, extendió un cheque por quinientos mil a la orden. 19.15hs. Mr. Thompson se retira de la residencia. 19.15hs a 19.30hs. La dueña de casa se reúne con su sobrino, Saverio Torres del Campo. Hay una discusión. La tía lo echa de la casa . —El tal Saverio jamás trabajó. Antes de gastárselo todo, vivía de una cuenta que le dejó su padre. Rolón miró a través de la ventana. Afuera, la luna estaba nacarada. —Si no fuera escéptico, pensaría en ésta como la noche ideal para el hombre lobo. Como si lo hubiera oído, un rostro barbudo apareció pegado al vidrio de la ventana. Alzaba los brazos y gesticulaba exageradamente. El detective palideció; pero enseguida reconoció en el monstruo al plomero. —Oiga, ¿quiere matarnos de un susto? —Van a tener que dejar ese cuarto y salir por aquí. —¿Cómo dice? El plomero apuntaba con el dedo hacia la puerta del vestíbulo. La habitación se estaba llenando de agua. Los policías comprendieron y saltaron por sobre el marco de la ventana. —La tubería explotó —explicó el plomero y volvió a lo suyo. Rolón y el sargento se sentaron en la galería. Un auto pasó por delante del portón de hierro. Cuando el rugido del motor se extinguió, Rolón percibió la presencia de los grillos. Habría miles en ese inmenso pajonal. El sargento lo conmino a continuar. 19.30hs. La doméstica informa a la dueña de casa que sale agua del cuarto de herramientas. 19.30hs. a 19.45hs. La señorita Torres del Campo permanece en su escritorio haciendo cuentas. 19.45hs. a 20hs. Habla con el plomero y luego acompaña al señor Pannini, su prometido, en el vestíbulo hasta la llegada de Mr. Thompson. —Dados así los hechos, el ladrón, aprovechando que el escritorio estaba desierto, abrió la caja fuerte y retiró el diamante. Eso sólo pudo ocurrir entre las 19.45 y las 20. —Saverio Torres del Campo. Sin coartada. —O Lorenzo Pannini —advirtió el sargento. —Alega que durante ese cuarto de hora estuvo hablando por celular en el vestíbulo. —¡Vaya coartada! Bien pudo subir al escritorio, robar el diamante y regresar al vestíbulo sin despegarse de su celular. —Y así se asegura un testigo del otro lado de la línea. —Tiene su secreto. Pannini es socio mayoritario de una importante financiera. Prospera durante los noventa, en los últimos años las especulaciones en el extranjero significaron un fracaso tras otro. La semana pasada se le decretó la quiebra. Por ahora, la información es confidencial. Imagino que la señorita no lo sabe. —Dejando aparte a la doméstica, que durante ese cuarto de hora no salió de la planta baja —concluyó Rolón—, quienes tuvieron ocasión de robar el diamante fueron Lorenzo Pannini y el sobrino de la señorita. Pero, ¿donde está el diamante? —El ladrón lo escondió muy bien. El detective encendió otro cigarro; Leoni jugueteó con una moneda de cinco centavos. —¿Lo arrojamos a suerte? Cara, el sobrino tarambana; ceca; el prometido arruinado. —Si lo “echamos” a suerte, querrá decir. —“Arrojar”, “echar”. Es la misma cosa. —Es la frase, “echar” no “arrojar”... ¡caramba! El caño roto. El detective se golpeó la frente con la palma de la mano. —No hay como compartir —sugirió Leoni. —El diamante está en el sistema de desagüe, único lugar que no registramos. Cuando se dio la alarma de que la joya había sido robada, el ladrón la “arrojó” por el retrete. —De mal gusto, pero posible. —El diamante es un mineral muy duro, ¿por qué no perforaría una cañería vieja? —No se olvide de que el caño ya estaba roto un buen rato antes de las 19.45. —Me refiero a la otra rotura, la que nos obligó a dejar el vestíbulo estrepitosamente. Américo Pérez dejó a un lado la maza. —Si me dijera qué está buscando. —Alguien arrojó un diamante a las tuberías —admitió el sargento. Américo se rascó la barba crecida. —La gente arroja toda clase de cosas a las tuberías. Podría contar tantas historias. —Ahórremelas. El sargento se chasqueó los dedos. —¿Se le ocurre alguna manera de examinar el sistema de desagüe? —¿Busca al pecador? —Exacto. Américo guardó la maza en su caja de herramientas. —No es uno el pecador; son tres. Tres personas utilizaron las tuberías para deshacerse de sus pecados. —Explíquese. —Yo debía seccionar el tramo de caño podrido y reemplazarlo con hidrobronze. Pero cada vez que intentaba serrar el caño, la estructura vibraba. —¿Qué tiene que ver? —La tubería vibra cada vez que se abre una canilla. El agua debe correr para que se vayan los pecados. ¿O no? —Sí. ¿Cómo sabe que fueron tres? Pudo ser una sola persona tres veces. —El grado de vibración de la tubería es directamente proporcional a la distancia de la terminal que está siendo utilizada. Cuanto más potente, más cerca. La primera vibración fue muy potente. Quien abrió la canilla se encontraba en la cocina. Enseguida supe quién era. —¿Quién? —María. Preparaba café. —Continúe. —El caño vibró nuevamente , con menos fuerza. El agua rebalsó, hubo otra vibración y más excedente de agua. Me asomé al pasillo. Entonces vi al pecador: aquel hombrecito de la sonrisa. Salía del baño, mirando a todas partes. —Lorenzo Pannini. ¿Él arrojó el diamante? —Su pecado fue otro. María salía de la cocina. El hombrecito le sonrió y dijo «riquísimo el café». Sus dientes parecían porcelana, a pesar de haber tomado café. El hombre debe tener ¿setenta? Nadie tiene los dientes tan relucientes a esa edad. Me dije «esta dentadura es postiza». Sepa que esos artefactos deben cepillarse continuamente. Nuestro pecador no pudo resistir la tentación. Abrió la canilla dos veces: una para cepillar, otra para enjuagar. —¿Quién es el tercer sospechoso? —La tercera vibración fue más débil. —Soy hombre de acción. Apure. —Fue en la planta alta, porque oí pasos en el techo. El desagüe despedía olor a vino barato. Este pecador vaciaba una botella de vino en la tubería. —El sobrino. —Será. Américo tomó su caja de herramientas. —Romper baldosas, destripar caños no sirve de nada. Un diamante no puede viajar por las tuberías; sobre todo si es grande. Se quedaría atascado en el sifón. Hay mejores lugares para esconder diamantes. El jardín irradiaba claridad lunar. En la oscuridad resonaba intermitente el canto obsesivo de los grillos. El detective Rolón acompañaba a Mr. Thompson hasta la salida. —El asunto se resolvió de la mejor manera —dijo Mr. Thompson— Sin su mediación, la señorita Torres del Campo no me habría devuelto el cheque. —Era mi deber. —Es lamentable. Hablo del buen nombre de la señorita. ¡Fingir el robo de su posesión para cobrar el seguro! —Falta la prueba. El diamante —Sería una lástima que no se recuperara. —No pierdo la esperanza. Mr. Thompson se detuvo y emprendió un elogio de la mansión. El detective se detuvo a escucharlo. —Incluso compraría esta propiedad sin dudarlo. Es magnífica. Una de las más sobresalientes expresiones del Modernismo. —El Art Nouveau me empalaga un poco. —¡Qué me dice! Los soberbios capiteles en la galería. ¿No lo conmueven? La indiferencia del detective era concluyente. —Usted no tiene pasta de coleccionista. A mí, rebuscar en una casa de antigüedades o viajar a sitios recónditos tras una pieza preciada me hace un poco artífice. Por otra parte esta fuente es única. Se lo dije a la señorita Torres del Campo la primera vez que visité la casa. Las dos siluetas contemplaron la fuente iluminada por el claro de luna. En su centro, un cisne de mármol los miraba fijo. —Al menos el arquitecto nos ahorró el angelito haciendo pipí —dijo el detective. Mr Thompson avanzó dos pasos y se inclinó sobre la fuente como un felino. De súbito, una sombra voluminosa saltó desde detrás de un arbusto, se arrojó sobre él y lo derribó. —Lo tengo —gritó el sargento, sosteniendo firmemente a Mr. Thompson por el brazo. —¿Y el diamante? —También. En su otra mano resplandecía un objeto traslúcido. El ladrón fue conducido hasta la patrulla. —Mañana revisaremos sus antecedentes —sentenció el detective. El detective cerró la carpeta verde y concluyó: —Experto estafador. —Experto en disfraz. —Estanislao Alonso, alias Mr. Thompson, es sospechoso de veinticuatro estafas, jamás comprobadas. —Ésta sí. —Estuvimos lentos. Era obvio que él había sido el ladrón. ¿Quién era el único, de entre todos los integrantes del drama, que tenía interés en el diamante? —Mr. Thompson, el coleccionista empedernido. —El personaje que eligió Alonso como medio para acercarse a la señorita Torres del Campo y al diamante. —Aprovechando una distracción de la dueña de casa, robó la joya en sus propias narices, cuando ella creía devolver la pieza a la caja fuerte. —Y ocultó la joya dentro del agua. ¿Qué mejor lugar para que un objeto transparente pase desapercibido que el agua transparente? —¿No es original? —Para nada. Eso, con algunas variantes, ya lo hizo Poe. —Hay que tener el valor de ponerlo en práctica en la realidad. Amanecía cuando Américo Pérez ajustó la llave de paso. —Acá termina mi trabajo; el resto para los albañiles. —María, acompaña al señor —ordenó la dueña de casa y desapareció en el interior de la mansión. El plomero guardó sus herramientas. María le dedicaba una tímida sonrisa. —¿Quiere unos mates? —¿No molesto? —Todos se fueron a dormir. Venga. Américo siguió a María hasta la cocina. Se sentó a una mesa de madera, vieja como la casa, y dejó su caja de herramientas sobre las baldosas. María se le sentó enfrente y le alcanzó la bebida verdosa. —¿Cómo supo? —dijo al fin. Américo rió con los ojos. —Así que el mate tenía precio. —No tiene obligación de hablar. —¿Para qué? Usted ya sabe todo, con esas orejas tan curiosas. —Todo no. ¿Cómo supo que el ladrón escondió el diamante dentro de la fuente? —Cuando llegué a esta casa, usted comentó algo acerca de la fuente. —Fue usted. Preguntó si no sería la fuente la que perdía. ¡Qué ocurrencia! —Y usted me dijo que yo era el segundo que le hablaba de la fuente esa tarde. Y después su patrona se excusó porque hacía mucho que el jardinero no venía. Pero en el suelo barroso distinguí huellas de zapato que se dirigían a la fuente. Si el jardinero no venía hacía rato, ¿quién las había hecho? —El señor Thompson. Se acercó a la fuente y me preguntó sobre su antigüedad. —Un descuidado: dejó las huellas en el barro. —Supongo que sí. —Fue entonces cuando arrojó el diamante a las aguas de la fuente. —En mi propia cara. —En su propia cara. ¿De qué se asombra? Es un ladrón. La muchacha sorbió de la bombilla. La yerba aguantaría un par de rondas. —¿Otro mate? —Encantado. [ilustró: Saurio] |
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