JUSTIFICACIÓN
La mayoría
de los hombres arrastra el propio destino con distraída resignación. Sólo
la esperanza, siempre fortificada, es incorruptible en ellos. Ayudados
por la fuerte imaginación de los que quieren algo, esos hombres sueñan
circunstancias felices y ostentosos finales. Cada uno se ha confeccionado
su destino posible y de ese destino está excluida la blasfemia. Sólo cabe
esperar y creer.
Los hechos que se relatan a continuación no persiguen ninguna finalidad
narrativa especial. Son fruto de una hipotética y sosegada resurrección,
y su única finalidad es ejemplificar la efectiva intervención de fuerzas
imprevistas en el curso del humano destino. La peripecia ha sido, en lo
posible, deliberadamente excluida.
LOS HECHOS
El 17 de
diciembre de 1901 el abogado parisiense Gastón Roux, guiado por personales
sospechas y anónimos escrupulosos. abría cierto secretaire. Las
manos le temblaban un poco, pero después de una decorosa revisación de
papeles nuevos y papeles viejos se enteraba de la infidelidad de su esposa.
Una carta imprudentemente intacta, en cuyo epígrafe decía: Nunc et
semper dilecta, revelaba lo abominable. Además, y entre otras cosas
igualmente meditadas, la carta sugería la conveniencia de la muerte violenta
del marido. La necesidad de tan inquietante medida se fundaba en tradicionales
y respetables razones, a saber: pasiones, amor, felicidad eterna, etcétera.
Deslumbrado por el epígrafe, Roux leyó la carta, y después de la cuarta
lectura su rostro había adoptado el gesto aliviado del agradecimiento.
Colocó la carta en su lugar y retiróse a su despacho, donde meditó.
Durante lentísimos años había esperado con fe la milagrosa colaboración
de las circunstancias. Éstas — era inevitable — un día u otro
lo desembarazarían de sí mismo y de su esposa, y harían de él un aventurero.
El momento había llegado.
En efecto, en un diario de la víspera, manoseado sin entusiasmo, Roux
había leído, perdida entre informaciones inverosímiles como la del encarcelamiento
de un falso profeta, la noticia de que en España procesaban nuevamente
por el delito de estafa a Silvestre Monet. Años atrás, Monet había estado
complicado en el escándalo de los herederos Crawford. Roux fue su defensor.
Entre el abogado y su cliente había un impresionante parecido físico,
lo cual provocó caricaturas y graves parodias, hoy definitivamente olvidadas.
Monet recuperó su libertad, y nada se supo de él. Roux lo recordó siempre
con nostalgia y con la convicción fatal del reencuentro.
Ahora aparecía en España, y Roux, mirándose con precisión en el espejo,
revisaba la ceremoniosa descripción policial del estafador: "Silvestre
Monet, domiciliado en París, 9, Avenue de la Grande Armée. Parece tener
unos cuarenta años, pelo castaño, ligeramente canoso y algo ralo, bigote
castaño claro, ojos grises y rostro descolorido. Los dientes de la mandíbula
superior son muy grandes y las manos muy largas. Usa habitualmente lentes.
Es licenciado en derecho, habla varios idiomas y pinta".
Era imprescindible ponerse en contacto con Monet, y se decidió de inmediato.
Aduciendo ante la infiel impostergables obligaciones profesionales, esa
misma noche se embarcó en el rápido a Madrid. En el viaje escribió varias
cartas y completó sus planes. Una vez en Madrid, se proveyó de una irreal
y adecuada barba, y visitó al procesado Monet.
Lo visitó varios días seguidos, y nada se sabe sobre lo que conversaron.
Es improbable, por supuesto, que hablaran sobre los designios del Nunc
et semper dilecta. Al quinto día, y sin alarmas, la sustitución se
había consumado y el que volvía a París era Silvestre Monet. No volvió
al número 9 de la Avenue de la Grande Armée, sino a la casa de Roux. No
tuvo tiempo de gustar su nuevo estado. Las palabras latinas eran irrevocables
y durante su primera noche en París una razonable dosis de ácido prúsico
consumaba la sentencia.
En su celda española, el falso Monet aspiraba con fruición el olor de
almendras amargas.
EL HÉROE
Las sagaces
huestes del prefecto muy pronto descubrieron a los criminales. Fueron
condenados la esposa de Roux y un italiano de aire borroso que se hacía
llamar Carlo Secchi, profesor. Fueron citados cientos de testigos, y varios
expertos opinaron sobre la autenticidad del Nunc et semper dilecta.
Manos misteriosas quisieron trasladar la causa a otra jurisdicción, pero
sin resultado.
En cuanto al vindicado, tras su condena volvió a París, dispuesto a cobrar
su postergado destino y a fabricar su leyenda. Consiguió ambas cosas.
Durante la guerra de los Aschantis fue corresponsal de diarios ingleses.
Durante la guerra entre Inglaterra y las repúblicas sudafricanas estuvo
en el Transvaal. Después se hizo naturalizar con el nombre de Burgher,
llegando a ser miembro de una brigada irlandesa que combatía contra los
ingleses. En 1905 fue elegido, en Irlanda, diputado nacionalista. Hace
un viaje a la otra isla pero allí los diarios recordaban, y exigieron
su detención. Se le instruye proceso ante la Corte de Justicia de Londres,
y el 23 de enero del año siguiente fue condenado a ser colgado hasta que
la muerte llegara.
El verdugo aseguró que en veinte años de su maldito oficio nunca vio un
reo tan satisfecho.
|