Cr†nica del héroe - Alberto Girri JUSTIFICACIÓN

La mayoría de los hombres arrastra el propio destino con distraída resignación. Sólo la esperanza, siempre fortificada, es incorruptible en ellos. Ayudados por la fuerte imaginación de los que quieren algo, esos hombres sueñan circunstancias felices y ostentosos finales. Cada uno se ha confeccionado su destino posible y de ese destino está excluida la blasfemia. Sólo cabe esperar y creer.
Los hechos que se relatan a continuación no persiguen ninguna finalidad narrativa especial. Son fruto de una hipotética y sosegada resurrección, y su única finalidad es ejemplificar la efectiva intervención de fuerzas imprevistas en el curso del humano destino. La peripecia ha sido, en lo posible, deliberadamente excluida.

LOS HECHOS

El 17 de diciembre de 1901 el abogado parisiense Gastón Roux, guiado por personales sospechas y anónimos escrupulosos. abría cierto secretaire. Las manos le temblaban un poco, pero después de una decorosa revisación de papeles nuevos y papeles viejos se enteraba de la infidelidad de su esposa. Una carta imprudentemente intacta, en cuyo epígrafe decía: Nunc et semper dilecta, revelaba lo abominable. Además, y entre otras cosas igualmente meditadas, la carta sugería la conveniencia de la muerte violenta del marido. La necesidad de tan inquietante medida se fundaba en tradicionales y respetables razones, a saber: pasiones, amor, felicidad eterna, etcétera.
Deslumbrado por el epígrafe, Roux leyó la carta, y después de la cuarta lectura su rostro había adoptado el gesto aliviado del agradecimiento. Colocó la carta en su lugar y retiróse a su despacho, donde meditó.
Durante lentísimos años había esperado con fe la milagrosa colaboración de las circunstancias. Éstas — era inevitable — un día u otro lo desembarazarían de sí mismo y de su esposa, y harían de él un aventurero. El momento había llegado.
En efecto, en un diario de la víspera, manoseado sin entusiasmo, Roux había leído, perdida entre informaciones inverosímiles como la del encarcelamiento de un falso profeta, la noticia de que en España procesaban nuevamente por el delito de estafa a Silvestre Monet. Años atrás, Monet había estado complicado en el escándalo de los herederos Crawford. Roux fue su defensor. Entre el abogado y su cliente había un impresionante parecido físico, lo cual provocó caricaturas y graves parodias, hoy definitivamente olvidadas. Monet recuperó su libertad, y nada se supo de él. Roux lo recordó siempre con nostalgia y con la convicción fatal del reencuentro.
Ahora aparecía en España, y Roux, mirándose con precisión en el espejo, revisaba la ceremoniosa descripción policial del estafador: "Silvestre Monet, domiciliado en París, 9, Avenue de la Grande Armée. Parece tener unos cuarenta años, pelo castaño, ligeramente canoso y algo ralo, bigote castaño claro, ojos grises y rostro descolorido. Los dientes de la mandíbula superior son muy grandes y las manos muy largas. Usa habitualmente lentes. Es licenciado en derecho, habla varios idiomas y pinta".
Era imprescindible ponerse en contacto con Monet, y se decidió de inmediato. Aduciendo ante la infiel impostergables obligaciones profesionales, esa misma noche se embarcó en el rápido a Madrid. En el viaje escribió varias cartas y completó sus planes. Una vez en Madrid, se proveyó de una irreal y adecuada barba, y visitó al procesado Monet.
Lo visitó varios días seguidos, y nada se sabe sobre lo que conversaron. Es improbable, por supuesto, que hablaran sobre los designios del Nunc et semper dilecta. Al quinto día, y sin alarmas, la sustitución se había consumado y el que volvía a París era Silvestre Monet. No volvió al número 9 de la Avenue de la Grande Armée, sino a la casa de Roux. No tuvo tiempo de gustar su nuevo estado. Las palabras latinas eran irrevocables y durante su primera noche en París una razonable dosis de ácido prúsico consumaba la sentencia.
En su celda española, el falso Monet aspiraba con fruición el olor de almendras amargas.

EL HÉROE

Las sagaces huestes del prefecto muy pronto descubrieron a los criminales. Fueron condenados la esposa de Roux y un italiano de aire borroso que se hacía llamar Carlo Secchi, profesor. Fueron citados cientos de testigos, y varios expertos opinaron sobre la autenticidad del Nunc et semper dilecta. Manos misteriosas quisieron trasladar la causa a otra jurisdicción, pero sin resultado.
En cuanto al vindicado, tras su condena volvió a París, dispuesto a cobrar su postergado destino y a fabricar su leyenda. Consiguió ambas cosas.
Durante la guerra de los Aschantis fue corresponsal de diarios ingleses. Durante la guerra entre Inglaterra y las repúblicas sudafricanas estuvo en el Transvaal. Después se hizo naturalizar con el nombre de Burgher, llegando a ser miembro de una brigada irlandesa que combatía contra los ingleses. En 1905 fue elegido, en Irlanda, diputado nacionalista. Hace un viaje a la otra isla pero allí los diarios recordaban, y exigieron su detención. Se le instruye proceso ante la Corte de Justicia de Londres, y el 23 de enero del año siguiente fue condenado a ser colgado hasta que la muerte llegara.
El verdugo aseguró que en veinte años de su maldito oficio nunca vio un reo tan satisfecho.

 

 

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