Historia del Alma - Alberto Girri LOS ORÍGENES

No hay en esta historia ningún problema oscuro a resolver. Su interés, menudo y fugaz, reside en la personalidad de la culpable, la cual se hizo justicia por sí misma. Me atrae porque, al igual que Lady Macbeth, no bebió nunca de la leche de la conmiseración humana. Por otra parte, estoy seguro de que ella nunca supo que se inclinaba hacia el mal.
Jeanne Danilhof fue su nombre de soltera, y de sangre eslava. La madre, exiliada de Rusia por nihilista, realizaba en París inseguros estudios de medicina cuando se convirtió en amante de un francés adinerado. Nació Jeanne, y el hombre razonó la necesidad de una separación. La exiliada aceptó, pero como tenía al parecer ideas un poco extremas sobre la virtud, se dejó matar dignamente por el alcohol y la pena.
Jeanne tenía dos años, y de ella se hizo cargo su abuela, una rica moscovita que – inevitablemente – perdió en Mónaco la mayor parte de su fortuna. Jeanne crecía, y su única distracción consistía en entregarse a los ejercicios deportivos. Jeanne sufría las alternativas de las ganancias y pérdidas de la abuela, y ésta tanto confiaba a la niña al cariño de eficientes institutrices cuanto lujoso de bondadosas amigas que le hacían zurcir vestidos o pelar papas. Cuando la infalible ruleta cumplió su cometido, la dama se vio obligada para vivir a instalar una pensión en Niza. Contaba con el prestigio de una inventada nobleza, y la belleza cierta de Jeanne. ¿Ambicionó Jeanne el lujo? ¿Se vio apremiada por su belleza creciente? Un día le pareció injusto e inquietante no estar casada, y llegaron los brazos de jóvenes a los cuales la arrojaba su excelente abuela. Llegó el asombro de que ninguno de esos señores, iniciados en sus formas y en su aroma, pidiera su mano. Llegó la creencia de que, de tanto en tanto, alguna niña pobre y excepcionalmente hermosa, guiada por una madre inteligente, se casa con un joven millonario sensualmente atraído y huérfano. Llegaron un comerciante ruso y un empleado de correos, sucesivamente rechazados. Llegó un oficial del ejército que, más tenaz, buscó el balazo. (Jeanne lloró, sin darse cuenta que el desesperado había cometido el acto premonitorio.) Llegó finalmente la apetencia, y Jeanne se decide por un ingeniero de edad madura pero con buenos modales y dinero.
La solución era elocuente. Una sombra segura a su lado, y para el alma rusa la media hora de olvido que cada hombre pudiera ofrecerle
De un modo anónimo, pero perfeccionándose paulatinamente, Jeanne tomó un amante y luego otro. Por cierto que el esposo no era un caballero muy seductor, pero como comprendía el alma rusa perdonaba. Un día deseó salvar a Jeanne del pecado, y a él mismo de una furia razonable. Se alejó de Francia mediante un puesto en perdidos lugares africanos: primero, de administrador en Sedbou, y luego en Ain-Fezza.
Allí fue su vindicada casi muerte, el decidido bovarismo de Jeanne, la decidida liberación de Jeanne.

LA OPORTUNIDAD

Ain-Fezza. Cascos redondos, sucios, turbantes sucios, risibles locomotoras deformes y anticuadas, serios negros dispuestos para la definitiva postal portuaria. Blancos más pintorescos, dispuestos para el cambio fabuloso de huesos y piedras por collares interminables. Jeanne y tres mujeres blancas eran lo único agradable. Nacieron niños, y los esposos parecían muy felices cuando la creación de una línea férrea llevó a Ain-Fezza una pasiva comisión de agrimensores e ingenieros.
Se acerca el nuevo agonista.
Uno de los recién venidos, el ingeniero Roques, entró en relación con el matrimonio, y bien pronto, sin mayor astucia, fingimientos o ruegos, una temeraria íntima relación establecióse entre Roques y la joven esposa. Como era de esperar, después de la primera noche el alma rusa ofreció a Roques suicidarse juntos. Roques no aceptó, pero le agradó la lisonja.
Los amantes habían comenzado por verse en una casa de los alrededores, aunque ejercer allí la complicidad era molesto, y el solaz incompleto. Estos encuentros puntuales se avenían mal con el ardor poderoso de sus temperamentos. Es muy cierto que el amor salva de la pereza. Roques deseó poseerla a toda hora y con entera libertad. Con audacia increíble y feliz, con la audacia que pedía el viejo Ovidio, aprovechó el sueño del administrador, pues:

Saepe maritorum somnis utuntur amantes
Et sua sopitis hostibus arma movent.

Con exactos movimientos descalzos, se acercaba hasta el lecho de los esposos, acercaba su mano persuasiva y una breve caricia en el pecho despertaba a Jeanne. Con infinito sigilo se dirigían entonces a la habitación vecina donde se olvidaban del peligro. Una noche – recordó luego la audaz –, después del paso avisador de la mano, el marido despertó, y al no sentir a Jeanne a su lado levantóse para buscarla. Afortunadamente, no encendió la lámpara. Se dirigió al salón, llamando a su mujer en la oscuridad, y pasó tan cerca del invasor que casi lo rozó. Roques, revólver en mano, se aprestaba a disparar en caso de verse descubierto. Por su parte Jeanne, al oír las voces alarmadas, contuvo la respuesta y se reintegró al lecho conyugal. "¡Oh – dijo con pesar –, aquella noche mi marido pasó cerca de la muerte, muy cerca!"
Sin duda allí nació – se hizo impostergable – el proyecto de deshacerse del marido. Los hombres son ingenuos y expeditivos, y Roques propuso el suficiente balazo y a continuación confeccionar la imagen verosímil del suicidio. Proceder ruinoso al cual se opuso Jeanne, pues había un perspicaz seguro de vida que el suicidio declaraba sin valor. Decidieron entonces la intervención del veneno, procedimiento tal vez lento pero más riguroso. Mientras urdían la felicidad, Roques fue llamado a Francia por el gobierno. Las relaciones continuaron por carta, mediante las cuales Roques suministraba regularmente a Jeanne ánimo y justificación. La distancia no era el olvido. Ellos no abandonaron la idea del envenenamiento, y el alejado hacía llegar a madame eficientes sustancias tóxicas: cianuro de potasio, sublimado de arsénico, etcétera. Jeanne decidiría. Se decidió por el veneno, más imperceptible, lento y dulce: Jeanne se decidió por el licor arsenicado de Fowler. Era también el más gradual. Una circunstancia favoreció la empresa. Desde hacía tiempo el marido de Jeanne sufría de una enfermedad del estómago, no mortal, ciertamente, pero como a veces algunos enfermos se agravan sin saberse la razón, la enfermedad sería un inmejorable punto de partida.
Una vez sentenciado, y gracias al régimen arsenical, sus ataques se hicieron más frecuentes. Tales ataques no despertaron sospechas, pero uno de sus amigos, Guernay, con esa peculiar intuición de los amantes despechados (había intentado sin éxito la seducción), sospechaba el antiguo y vigente adulterio. Escandalizado, denunció al prefecto la conducta homicida de Jeanne. Delató primero que, hallándose en el salón de madame en el momento que ésta escribía una carta a su amante, había podido leer por encima del hombro esta frase acusadora: "Ya no tengo más veneno, envíame, querido, una provisión en las babuchas de los niños."1 Dijo Guernay que había escamoteado la carta para entregarla al prefecto, pero la realidad es menos novelesca. Todo se redujo al fácil soborno de la empleada de correos para poder así ver la carta dirigida a Roques y confirmar la acumulada sospecha. LA EXPIACIÓN

Jeanne fue arrestada. Con previsible energía pero sin éxito intentó la salvación. Negó con asombro, con naturalidad, con furia, con lágrimas. Cuando se calmó, le mostraron la carta. Declaró que Roques le había insinuado la muerte del marido, que intentó obligarla. Ella había fingido obedecer, pero sin hacer nada en realidad. La afirmación de madame hubiera sido convincente de subsistir la gravedad del marido. Pero éste, desde que prescindiera del dulce licor, se restablecía. Jeanne se resignó.
El juicio no hizo conocer ninguna circunstancia nueva. La correspondencia de los amantes permitió establecer que Jeanne había obedecido con fe hasta las últimas sugestiones de Roques. Había intentado varias veces huir del marido, pero no se resignaba a abandonar a los niños. Se declaró arrepentida y trató de que todos lo supieran. Rasgo noble, sin duda, pero que no bastó para absolverla.
Otra esperanza era la siguiente: se había hecho circular la especie de que el ex condenado, ante el arrepentimiento de madame, no deseaba sino perdonar. Fue sólo un rumor, como se vio por sus palabras pronunciadas al final de la deposición: "Señores, yo nunca he perdonado a Jeanne Danilhof, nunca la perdonaré. Me es completamente indiferente que ella sea condenada o no. Sólo quiero una cosa para mí y mis hijos: no oír hablar más de ella."
La condena fue de veinte años de trabajos forzados. Llevada a prisión, Jeanne halló el medio de eludirla ayudada por una ampolla de estricnina escondida en el pelo. Después de una corta agonía, expiró.
Eso está bien, pues el crimen nunca hizo bien a nadie.
 

1 Al contar, no tengo intereses retóricos. Pero supongo que sería muy divertido reproducir todas las frases – dichas o no – con que Jeanne subrayaba la pasión. De este énfasis, afortunadamente inagotable, extrae la literatura alguna de sus mejores razones, tal la ironía, la ingenuidad y la simpatía humanas.  

 

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