Historia del Folletên - Alberto Girri

Son los deplorables errores que impusieron al marqués de Colin la presencia de la justicia. Acaso pudo ser un gran canalla, pues la oportunidad era buena, pero como sus faltas fueron estrictas y seguras, y la impunidad fácil, ni la vergüenza ejemplar, ni el castigo ejemplar, ni el recuerdo supersticioso que dejan los que cometieron crímenes, se ocuparon de él. LA CRÓNICA

El punto de partida es la atónita muerte de un niño, estrellado contra las rocas que participan de las tradicionales y convencionales bellezas del camino entre Castellamare y Sorrento, en Nápoles. El pobre cuerpo fue hallado por pescadores del lugar, hallazgo impresionante ya que en la severa mitología familiar de los descubridores un niño no puede morir así. Nadie alentó la identificación. Tan sólo dos escapularios, con invocaciones a la virgen escritas en francés, indicaban la probable nacionalidad. Las ropas eran anónimas, pero las medias de algodón azul estaban marcadas con un número. Sin inconvenientes, la policía admitió que marcar la ropa con un número es usual en los internados; también sin inconvenientes admitió que se trataba de un crimen, porque la disposición del lugar no facilita los accidentes (un terraplén salva del abismo a gentes y vehículos).
Un cochero, que circulaba llevando ávidos turistas, declaró haber visto al niño acompañado por un hombre de lentes y rubio y de mediana edad. Se cruzó con el grupo hacia las cuatro de la tarde, y como el niño parecía cansando ofreció su vehículo. Pero el hombre rubio lo rehusó. Ya entrada la noche, el cochero volvió a encontrarse con el desconocido. Iba solo, y la marcha apresurada, la cara inaccesible bajo el sombrero, la noche, las inevitables conjeturas, secundaron la sospecha.
Con tales datos, aunque en vano, la policía investigó en las estaciones de ferrocarril y en hoteles.
A diez años del cuerpo destrozado, una denuncia firmada por la marquesa de Colin convocaba el nombre del muerto y del asesino: Juan Hipólito France y el marqués de Colin. Con igual decisión, la marquesa confesaba que el niño era su hijo natural. La solícita pista informó que en los días nefastos el marqués retiró a niño del seminario de Pont-Cerné y lo condujo a Italia, a Nápoles, adonde llegaron defendidos por el falso nombre Martin. Era, sin duda, la pareja que el cochero de Castellamare había visto.
El marqués sostuvo que el niño escapó a su prudencia, arrojándose contra las rocas. Sostuvo que el evidente escándalo, la necesidad de salvar el honor de su esposa — pues habría tenido que revelar lo ilegítimo — le aconsejaron la huida y el largo silencio.
Hasta aquí, la claridad. LA CULPA

El matrimonio del marqués Colin había sido gestado en uno de esos codiciosos avisos periodísticos que ofrecen a señores con títulos nobiliarios, aunque pobres, la mano de señoritas dotadas de algunos millones y alguna culpa. Muchos inocentes y muchos astutos obedecen a estos llamados, casi siempre falaces. Esta vez — cosa extraordinaria — todo era verdad; la señorita, la infinita dote y la mancha.
María de Crevin, hija de un abogado enriquecido en especulaciones con maderas, había sido seducida por el jardinero de la familia. Al bastardo, denunciado como hijo de madre desconocida, le dieron el imperceptible nombre de Juan Hipólito France. Con la amplia comprensión y serenidad que el percance exigía, le buscaron los secretos cuidados de una costurera de Orleans.
Cumplida la omisión, se deslizó en El Progreso, de Orleans, el llamado salvador.
Entonces, languidecía sin esperanzas en la administración de contribuciones directas un joven de origen aristocrático, pues los Colin son marqueses de Colin, condes de Grenelle, señores de Tousson, etcétera. Colin se incautó con diligencia de la propuesta, propuso a su vez, y lo declararon competente. La víspera de la boda, el padre de la novia le exhibió el pasado.
Los primeros años del pacto parecen haber sido felices y constantes, y algunos niños nacieron. En su castillo, el marqués de Colin asumió una vida indolente y dispendiosa, y entre 1873 y 1882 se olvidó de la culpa. En 1882 visita al niño por primera vez, junto con la marquesa; luego, inquieto porque el niño ya sospechaba su misterio y quería penetrar en él, lo encierra en el seminario de Pont-Cerné. Sería una reclusión sin alivio, casi absoluta, y se le forzaría más tarde a tomar las órdenes. Al principio, el ocultado mostró docilidad y cierta inclinación por el estado eclesiástico. Pero eso no duró mucho. Las ambiguas y caritativas visitas de los marqueses en lugar de calmarlo lo irritaban. Quería volver con sus padres, y anheladas fugas fueron el fruto de tales deseos."1
Cuando el marqués supo de las repetidas protestas pensó: "Este niño es la prueba incómoda de la antigua vergüenza de mi esposa, y la causa incómoda de mi grandeza presente. Este niño crecerá, y su inquietud será cada vez más peligrosa. Este niño debe morir."
Sin dilación, sin consultas, lo retira del seminario para distraerlo, dice, mediante una larga excursión. Elige el sur de Italia, pues recuerda con precisión un viaje adolescente a cierto lugar de Nápoles donde la naturaleza propiciaría sus fines. Viajando siempre en trenes nocturnos, llegan a Nápoles, se instalan en un hotel cercano a la estación, y recorren a pie el camino entre Castellamare y Sorrento.
Dos versiones asistieron a la muerte del condenado. En la predispuesta versión acusadora, el marqués, una vez que llegaron al sitio elegido, mediante un pretexto fugaz hizo subir al niño al terraplén y con un golpe en la nuca lo entregó al intolerable vértigo. En la versión del marqués, el niño se habría alejado en un descuido. En vano, temiendo un accidente, el marqués escrutó el abismo usando las voces de la desesperación. Durante horas, buscó y preguntó infructuosamente. Nadie confirmó esto. Más bien persistió la imagen del marqués regresando furtivamente, y solicitando informes en la estación del ferrocarril. El último tren había partido, y el desconsolado, el angustiado por haber perdido a su pupilo, se hizo conducir por un guía a una casa licenciosa donde pasó la noche. Al día siguiente se embarcó para Francia. Llegó acompañado por las noticias periodísticas acerca del cadáver misterioso con escapularios, y con plegarias escritas en francés en los escapularios.
Cuando se reunió con su esposa la abrazó diciendo: "Abrázame pues no me verás durante mucho tiempo. ¡Yo soy un hombre perdido!"
¿Cuál de las dos versiones aprendió la marquesa? Nada se sabe, porque ella corrigió después parte de lo confesado. A continuación, el marqués reunió algunos íntimos y les ofreció un relato en el que lamentaba las ingratas casualidades y las apariencias acusadoras, y requirió ayuda. Unánimemente, le aconsejaron el silencio y la espera prudente de los días. LA FÁCIL IMPUNIDAD

Cuando llegó, la justicia pensó desfavorablemente del marqués, pero como los principales testigos — el cochero de Castellamare y la costurera de Orleans — habían muerto, y como el acusado no demostró orgullo y se humilló, lo absolvieron.
Éste es el final. Es un final decepcionado, verdadero y opaco, pero no hay otro.
De la duplicidad de la marquesa, de la marquesa guardando el secreto durante dos lustros, de la marquesa compartiendo sin temor y sin rencor la vida con el asesino de su hijo, de la marquesa huyendo con el preceptor de sus hijos y — pienso yo — consejero de la denuncia, narraré alguna vez, con más júbilo.  

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1 Conozco dos tentativas. Una vez, el bastardo fue sorprendido en un pueblo cercano al seminario, mientras rogaba al dueño de un circo que le diera trabajo. Otra, con idéntico resultado, quiso huir perdido en una sotana.

 

 

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