Son los deplorables errores que impusieron al
marqués de Colin la presencia de la justicia. Acaso pudo ser un gran canalla,
pues la oportunidad era buena, pero como sus faltas fueron estrictas y
seguras, y la impunidad fácil, ni la vergüenza ejemplar, ni el castigo
ejemplar, ni el recuerdo supersticioso que dejan los que cometieron crímenes,
se ocuparon de él.
LA CRÓNICA
El punto de partida es la atónita muerte de un
niño, estrellado contra las rocas que participan de las tradicionales
y convencionales bellezas del camino entre Castellamare y Sorrento, en
Nápoles. El pobre cuerpo fue hallado por pescadores del lugar, hallazgo
impresionante ya que en la severa mitología familiar de los descubridores
un niño no puede morir así. Nadie alentó la identificación. Tan sólo dos
escapularios, con invocaciones a la virgen escritas en francés, indicaban
la probable nacionalidad. Las ropas eran anónimas, pero las medias de
algodón azul estaban marcadas con un número. Sin inconvenientes, la policía
admitió que marcar la ropa con un número es usual en los internados; también
sin inconvenientes admitió que se trataba de un crimen, porque la disposición
del lugar no facilita los accidentes (un terraplén salva del abismo a
gentes y vehículos).
Un cochero, que circulaba llevando ávidos turistas, declaró haber visto
al niño acompañado por un hombre de lentes y rubio y de mediana edad.
Se cruzó con el grupo hacia las cuatro de la tarde, y como el niño parecía
cansando ofreció su vehículo. Pero el hombre rubio lo rehusó. Ya entrada
la noche, el cochero volvió a encontrarse con el desconocido. Iba solo,
y la marcha apresurada, la cara inaccesible bajo el sombrero, la noche,
las inevitables conjeturas, secundaron la sospecha.
Con tales datos, aunque en vano, la policía investigó en las estaciones
de ferrocarril y en hoteles.
A diez años del cuerpo destrozado, una denuncia firmada por la marquesa
de Colin convocaba el nombre del muerto y del asesino: Juan Hipólito France
y el marqués de Colin. Con igual decisión, la marquesa confesaba que el
niño era su hijo natural. La solícita pista informó que en los días nefastos
el marqués retiró a niño del seminario de Pont-Cerné y lo condujo a Italia,
a Nápoles, adonde llegaron defendidos por el falso nombre Martin. Era,
sin duda, la pareja que el cochero de Castellamare había visto.
El marqués sostuvo que el niño escapó a su prudencia, arrojándose contra
las rocas. Sostuvo que el evidente escándalo, la necesidad de salvar el
honor de su esposa — pues habría tenido que revelar lo ilegítimo
— le aconsejaron la huida y el largo silencio.
Hasta aquí, la claridad.
LA CULPA
El matrimonio del marqués Colin había sido gestado
en uno de esos codiciosos avisos periodísticos que ofrecen a señores con
títulos nobiliarios, aunque pobres, la mano de señoritas dotadas de algunos
millones y alguna culpa. Muchos inocentes y muchos astutos obedecen a
estos llamados, casi siempre falaces. Esta vez — cosa extraordinaria
— todo era verdad; la señorita, la infinita dote y la mancha.
María de Crevin, hija de un abogado enriquecido en especulaciones con
maderas, había sido seducida por el jardinero de la familia. Al bastardo,
denunciado como hijo de madre desconocida, le dieron el imperceptible
nombre de Juan Hipólito France. Con la amplia comprensión y serenidad
que el percance exigía, le buscaron los secretos cuidados de una costurera
de Orleans.
Cumplida la omisión, se deslizó en El Progreso, de Orleans, el
llamado salvador.
Entonces, languidecía sin esperanzas en la administración de contribuciones
directas un joven de origen aristocrático, pues los Colin son marqueses
de Colin, condes de Grenelle, señores de Tousson, etcétera. Colin se incautó
con diligencia de la propuesta, propuso a su vez, y lo declararon competente.
La víspera de la boda, el padre de la novia le exhibió el pasado.
Los primeros años del pacto parecen haber sido felices y constantes, y
algunos niños nacieron. En su castillo, el marqués de Colin asumió una
vida indolente y dispendiosa, y entre 1873 y 1882 se olvidó de la culpa.
En 1882 visita al niño por primera vez, junto con la marquesa; luego,
inquieto porque el niño ya sospechaba su misterio y quería penetrar en
él, lo encierra en el seminario de Pont-Cerné. Sería una reclusión sin
alivio, casi absoluta, y se le forzaría más tarde a tomar las órdenes.
Al principio, el ocultado mostró docilidad y cierta inclinación por el
estado eclesiástico. Pero eso no duró mucho. Las ambiguas y caritativas
visitas de los marqueses en lugar de calmarlo lo irritaban. Quería volver
con sus padres, y anheladas fugas fueron el fruto de tales deseos."1
Cuando el marqués supo de las repetidas protestas
pensó: "Este niño es la prueba incómoda de la antigua vergüenza de mi
esposa, y la causa incómoda de mi grandeza presente. Este niño crecerá,
y su inquietud será cada vez más peligrosa. Este niño debe morir."
Sin dilación, sin consultas, lo retira del seminario para distraerlo,
dice, mediante una larga excursión. Elige el sur de Italia, pues recuerda
con precisión un viaje adolescente a cierto lugar de Nápoles donde la
naturaleza propiciaría sus fines. Viajando siempre en trenes nocturnos,
llegan a Nápoles, se instalan en un hotel cercano a la estación, y recorren
a pie el camino entre Castellamare y Sorrento.
Dos versiones asistieron a la muerte del condenado. En la predispuesta
versión acusadora, el marqués, una vez que llegaron al sitio elegido,
mediante un pretexto fugaz hizo subir al niño al terraplén y con un golpe
en la nuca lo entregó al intolerable vértigo. En la versión del marqués,
el niño se habría alejado en un descuido. En vano, temiendo un accidente,
el marqués escrutó el abismo usando las voces de la desesperación. Durante
horas, buscó y preguntó infructuosamente. Nadie confirmó esto. Más bien
persistió la imagen del marqués regresando furtivamente, y solicitando
informes en la estación del ferrocarril. El último tren había partido,
y el desconsolado, el angustiado por haber perdido a su pupilo, se hizo
conducir por un guía a una casa licenciosa donde pasó la noche. Al día
siguiente se embarcó para Francia. Llegó acompañado por las noticias periodísticas
acerca del cadáver misterioso con escapularios, y con plegarias escritas
en francés en los escapularios.
Cuando se reunió con su esposa la abrazó diciendo: "Abrázame pues no me
verás durante mucho tiempo. ¡Yo soy un hombre perdido!"
¿Cuál de las dos versiones aprendió la marquesa? Nada se sabe, porque
ella corrigió después parte de lo confesado. A continuación, el marqués
reunió algunos íntimos y les ofreció un relato en el que lamentaba las
ingratas casualidades y las apariencias acusadoras, y requirió ayuda.
Unánimemente, le aconsejaron el silencio y la espera prudente de los días.
LA FÁCIL IMPUNIDAD
Cuando llegó, la justicia pensó desfavorablemente
del marqués, pero como los principales testigos — el cochero de
Castellamare y la costurera de Orleans — habían muerto, y como el
acusado no demostró orgullo y se humilló, lo absolvieron.
Éste es el final. Es un final decepcionado, verdadero y opaco, pero no
hay otro.
De la duplicidad de la marquesa, de la marquesa guardando el secreto durante
dos lustros, de la marquesa compartiendo sin temor y sin rencor la vida
con el asesino de su hijo, de la marquesa huyendo con el preceptor de
sus hijos y — pienso yo — consejero de la denuncia, narraré
alguna vez, con más júbilo.
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1
Conozco dos tentativas. Una vez, el bastardo fue sorprendido en un pueblo
cercano al seminario, mientras rogaba al dueño de un circo que le diera
trabajo. Otra, con idéntico resultado, quiso huir perdido en una sotana.
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