Historia del Orden - Alberto Girri

Quiero devolver el asesinato de un presidente, el asesino, etc. La empresa será cómoda, pues cuento con un lento recuerdo infantil para la primera parte, y la adulta lectura del libro de Pablo Elzbacher, El Anarquismo, con su juicioso aviso: "No afirmo ni niego, expongo", para el resto.
Los detalles son de exactitud relativa, y sólo los propongo por exigencias del relato. LO QUE SE VIO

Después de algunos meses de preparativos, a cargo de una comisión de hombres encanecidos y oficiales, se iba a inaugurar en París la Exposición Universal. Lo haría el presidente, quien para ello eligió el júbilo vinculatorio y apacible de una fiesta patria. Las calles ostentaban una alegría ruidosa a base de pueblo. Hombres de irrisoria elegancia, blancas mujeres, se instalaron con ubicación policial a lo largo del trayecto que recorrería el gobernante. Con gravedad escolar, los niños sostienen laudatorios (y decisivos) ramilletes de flores que piensan usar con puntería. La carroza presidencial avanza en dirección del Palacio del Comercio, lugar de la exposición, y el anciano presidente sonríe. Lo acompañan dos generales y el alcalde, y más atrás inmutables y dorados coraceros. Todos avanzan lentamente, porque el pueblo quiere sonrisas evidentes y cercanas.
De pronto, al llegar la comitiva a una bocacalle, un individuo apostado en la primera fila humana corrió hacia el vehículo, ascendió, y todos lo vieron cómo apoyaba su mano en el pecho lujoso del presidente. El individuo retiró su mano y los atentos generales y el alcalde y la gente sólo vieron un papel que por un instante quedó adherido al frac.
El acto llamó la atención (más bien se lo preveía), pues se creyó que el invasor era uno de esos postulantes a mansalva a quienes los presidentes otorgan favores como un premio al valor. Abandonó la carroza y corrió hacia el otro lado de la calle, donde sin resultado intentó abrirse paso entre los que aplaudían. Alguien dijo que era un ladrón, lo cual provocó descontento y furia. Le impidieron el paso, y alertas policías se lo llevaron. En vano el hombre vociferaba e insultaba.
Cuando esto sucedía, el papel adherido al pecho del presidente iniciaba un vuelo indeciso y breve, y el presidente caía pesadamente.
Un arma penetrante le había perforado la vena porta y el hígado.
La hemorragia no pudo ser detenida, y tres horas después moría el presidente.
Un puñal todavía manchado fue reconocido por el hombre preso. LO QUE FUE

Antonio Viviani. Vástago de una honesta y modesta familia de Bruselas. Hasta los dieciocho años practicó el honesto y sano oficio de panadero, después practicó el oficio menos sano de confiado discípulo de los anarquistas. Sin vacilar, se entregó a la lectura de diarios y folletos fervientes y desmesurados. Agente de propaganda, repartió esos folletos y esos diarios entre los desprevenidos soldados. Luego, para evitar el cumplimiento de sus obligaciones militares debió huir a Francia. Allí, y siempre en contacto con sus amigos destructores, se emplea en una panadería de Lyon. esto duró tres meses durante los cuales deseó un gran golpe. Un día, con un pretexto cualquiera abandona el trabajo. Con el dinero de su paga compra un puñal y se pone en marcha.
La causa poderosa era ésta: Viviani había decidido cumplir su proyecto en la persona del presidente, quien estaba por inaugurar la Exposición Universal de París. Llega Viviani a París, y una singular clarividencia lo guía entre la multitud que se dirige al centro de la ciudad. Toma lugar a la derecha del trayecto, pues desde hace tiempo sabe que en una carroza el personal más importante se coloca de ese lado. Sereno entre las conocidas aclamaciones, esperó a su hombre. Éste, y quienes lo rodean, sonríen, y por su expreso deseo serán fácilmente accesibles al homenaje. Viviani se lanza hacia la carroza, asciende, y sacando de un bolsillo interior del saco el puñal envuelto en un trozo de papel y, sin que nadie pudiera sospechar y contener lo horrible, hunde el arma, larga de dieciséis centímetros, hasta el mango.
Al mismo tiempo, el asesino gritó: "¡Viva la Revolución!", pero sólo un lacayo pudo oírlo. LO QUE SALVÓ AL MUNDO

Viviani no trató de escapar a las consecuencias de su crimen. En la audiencia, permaneció impasible durante la lectura incolora del acta de acusación, y permaneció impasible durante todo el proceso. La ingenua habilidad de los interrogatorios oficiales no logró despertar en el acusado la cortesía de un nombre o de una palabra que revelara cómplices. "¡Yo soy panadero, no delator!", respondía.
El proceso se desarrolló en un clima de tolerancia, y las cosas que se dijeron fueron las previsibles. Pero, dados los móviles del crimen, dada la misteriosa e irresistible ambición de la palabra anarquismo, intentaré una apresurada narración de algunos diálogos entre el juez y Viviani. Paso por alto lo que hay en ello de contradicción estilística, y tampoco puedo responder por la verosimilitud. Sólo garantizo el énfasis.
A la cuestión: "Usted ha renegado de su patria, después de haber renegado de su familia" respondió: "No, para mí la patria es el mundo." Juez – "Usted es un anarquista, usted detesta a todos los jefes de Estado y a todos los burgueses, usted aprueba a Stirner, Bakunin, Kropotkin, Godwin y Tolstoi." Viviani – "Sí señor, yo los apruebo." Fue especialmente al final del interrogatorio cuando se reveló la disposición particular del espíritu anarquista: Juez – "¿Con qué derecho usted se ha constituido en juez y verdugo de un jefe de Estado?" Viviani – "Es cierto que está vedado matar, pero hay muchos gobiernos que se asignan tal derecho." Juez – "Es usted muy joven para juzgar." Viviani – "Y bien, no soy demasiado joven para matar." Juez – "Pero usted no sólo ha matado a un jefe de Estado, sino que ha matado a un hombre honrado, a un excelente padre, a un excelente esposo. Ello tan sólo es un crimen de derecho común abominable." Viviani – "Pero hay otros anarquistas muertos que también tenían familia."
Por primera vez, Viviani se inquietó cuando el abogado defensor de oficio requirió piedad en nombre de su madre, una anciana campesina que pasaba sus días sentada murmurando entre sollozos; "¡Oh, hijo mío, mi pobre hijo!"
El abogado expuso el argumento desganado y conocido de la inconsciencia relativa del acusado, que tenía por causa un estado mórbido hereditario. Desarrolló sus ideas con gran elevación de pensamiento e impecable pureza de forma.
La memoria, leída por el asesino, no tenía nada de destacable, y reeditaba los argumentos habituales de los anarquistas. La corte propuso y condenó a muerte al asesino, quien se negó obstinadamente a firmar su condena, declarando que lamentaba no haber dominado la emoción cuando el defensor evocó el dolor de su madre.
A continuación, el mundo volvió a estar tranquilo.

 

 

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