Café y confusión.

Dije al empezar que el Nadaísmo no propone soluciones sino dudas, pues la Duda es un principio creador. Dar soluciones abstractas que no resuelvan problemas concretos, es puro idealismo, utopías platónicas en las que no estamos dispuestos a invertir un minuto de nuestra vida física, ni de nuestra santa y perecedera energía espiritual.
Pues bien: no se hagan ilusiones, pierdan la fe, pierdan la fe en el Nadaísmo. No tenemos soluciones adecuadas para nada. Nosotros no tratamos el Espíritu como un baratillo de la inteligencia para vender a los colombianos felicidad y esperanza a precios de quema.
Nadie sabe qué es el Nadaísmo, ni yo tampoco. Si alguien sospechara lo que es, ya nos habrían metido a la cárcel, o al manicomio. Nos conviene entonces que sea algo misterioso y que se sepa poco de él.
Sospecho, en todo caso, que el Nadaísmo es lo Desconocido. Además, el Nadaísmo no se explica por una lógica deductiva, sino que se vive, es una vivencia de la razón contra la Razón Pura.
Si trato de esbozar un esquema que defina nuestra conspiración, no será a nombre de un método, sino de un desorden porque el Nadaísmo no es una filosofía sistemática, sino una pasión existencial, un furor, una rebelión.
Mi método, pues, es no tener método. Y mis verdades quieren decir que son verdades nadaístas, y no verdades dogmáticas que reclaman para sí el privilegio de las verdades absolutas.
Son verdades en cuanto participan de la vida, y no lo son en cuanto pretenden ser verdades filosóficas, y se niegan a erigirse en principios éticos y estéticos.
Hemos tomado el partido de la libertad, libertad del deseo, con la fuerza del impulso, con la belleza dudosa de los asesinatos y los eclipses.
Porque nuestra rebelión es un impulso a nombre del cual hemos tomado la defensa de la vida, en el instante crítico en que ella está amenazada por la razón, la moral impresa, los idealismos anacrónicos y los prejuicios de todo orden.
En esencia, reclamamos una lealtad a nuestro tiempo, y para nosotros mismos. En esta exigencia radica nuestra rebelión y nuestra locura.
Orgullosamente hemos elegido la poesía insurrecta para protestar contra los estados pasivos de la vida y de la cultura, y contra los conformismos reinantes que amenazan la dignidad creadora y el espíritu de rebelión.

 

... Los puritanos y moralistas de la sociedad burguesa nos combaten señalando en nosotros las rechinantes aberraciones del Divino Marqués de Sade. Y los siquiatras se babean de ganas de adjudicarme por unanimidad el Premio Freud de Complejos Sexuales. Se nos dice pederastas porque somos poetas. Porque en estos tiempos mercantiles y utilitarios el poeta encarna la figura del afeminado.
Nadie puede concebir que le digan homosexual a Carlos J. Echavarría, al Canciller Turbay o al dictador Rojas Pinilla. No, esos machos espartanos encarnan el poder y la fuerza. El poeta vive muy ocupado en las constelaciones y en la mutación nerviosa de los semáforos. No es nueva esta abominación para el poeta. Recuerdo que Ilya Eremburg declaró en París en un congreso por la libertad de la cultura que los Surrealistas eran "una caterva de pederastas", y lo decía a nombre de la industria pesada de la Unión Soviética. Bretón le rompió las narices en un bar de Montparnasse a nombre del subconsciente, de Buda, y de la poesía automática.

 

... Algunos cristos locos o ángeles nerviosos de nuestra generación padecen una terrible desadaptación entre su vida y la realidad, y por motivos sicológicos apelan a la droga para instalarse, lejos de este mundo hostil, en una abstracta y fugaz eternidad. Alegan ellos que la mariguana les produce los únicos instantes de liberación y felicidad en su vida, y que la droga sustituye en ellos lo que representa Dios para el creyente. Y por esta razón la sociedad los encarcela. Yo pregunto: ¿A nombre de qué moral los encarcela la sociedad de nuestro tiempo? ¿Qué ha hecho por ellos? ¿Los ha hecho felices, o les ha brindado posibilidades para realizar una vida creadora? Esto se debiera contestar, pero es menos complicado que un sucio inspector abra el código de policía y ordene la captura del poeta alucinado.
Baudelaire era mariguano. ¿Quién se atreve ahora a condenarlo? Nadie al leer sus "flores del mal" o sus "paraísos artificiales" piensa que tal vez ese extraño averno estético era el producto de su alucinación, y si lo piensa dirá: afortunadamente para la poesía. Pero no todo el que fuma yerbas malditas es poeta, ni todo pederasta es Arthur Rimbaud. Pero si hay un poeta, un pintor, un místico y un bandido que busca a través de la droga vías elevadas a su imaginación creadora, si encuentra en eso el camino de su inspiración, si le da su santa gana de evadirse de la sordidez del mundo en busca de la vaga imagen de su sueño, entonces nadie tiene derecho a oponerse a su elección: ni el Estado, ni la sociedad, ni la moral, ni la policía.
Otros buscan sus evasiones en el alcohol, el sexo, el trabajo, la religión, la política, el poder, el arte, y todo eso son fugas para ser o dejar de ser. Y yo digo que don Jesús Mora que tiene 80 millones de pesos y trabaja 18 horas al día, no es menos culpable ante un tribunal de la vida que el poeta nadaísta que se entrega a sus delirios, o que el presidente Lleras que se droga con los idealismos bastardos del frente nacional con lo que vive alucinado, y con lo que tiene narcotizada la conciencia del país.

 

... La literatura por el hecho de ser trascendencia es compromiso con el hombre, con la vida, con el mundo. Nosotros nos oponemos a comprometerla con una fracción del mundo, con una orilla del ser, con un sector de la condición humana y social. No queremos hipotecarla a un compromiso parcial, servicial, mezquino, ni embanderarla, porque no queremos que la literatura sirva intereses inferiores a sus grandes posibilidades de comprometerse con todo, y antes que nada, con ella misma.
Porque el primer compromiso de la literatura es con la literatura. El arte que sirve a la belleza y a la vida es el arte real. El arte que sirve intereses particulares es un arte enajenado.
Sé también que se puede escribir una bella literatura sobre el terror, y que la literatura puede descender a los subfondos de la vida y de la muerte, pues nada le es extraño o indiferente. Pero este arte comprometido con la violencia política al que se quiere reducir toda la misión de la literatura, es apenas la extracción de una realidad que sólo logra desprenderse de su densa opacidad histórica, sin alcanzar categoría de arte y su independencia...

 

... El Nadaísmo se fundó como respuesta a las razones tradicionales de la vida. Es, en su más profundo significado, un imperialismo de la negación para defender al individuo de las amenazas que se ciernen sobre él, en esta época de abdicaciones de la libertad y de insurrección de masas totalitarias que levantarán un patíbulo para el poeta, el santo, el loco, el místico y el bandido, los eternos héroes del espíritu, sin cuya presencia nos negamos a vivir, pues no podríamos dormir sin el sueño del Super-hombre.
La generación que nos suceda o que ya trabaja en la revolución política, encontrará un desgarramiento de confusión en las almas y en el orden social, y este anarquismo crítico que hemos formulado dará origen a nuevos valores y a un renacimiento. Este es el invisible pero efectivo aporte de nuestro nihilismo a la revolución colombiana. No prometemos más. Conduciremos nuestra rebelión hasta una etapa donde todo acto, toda idea y todo entusiasmo sean constructivos y hagan posible la sociedad de nuestros sueños. Hasta ese advenimiento nosotros nos pondremos al servicio de la barbarie y de la impaciencia como los anarquistas rusos para quienes la pasión de la destrucción era una pasión creadora.

 
 

... La esencia del Nadaísmo se reduce a esto: a pasarla bien en este mundo, a no considerar mortal el hecho de vivir y a encontrar en los límites de nuestros días la posibilidad de ser eternos. El Paraíso, si hay alguno, es la tierra: Capital del dolor. No olviden que la tierra es redonda y que más allá existe la Nada Pura.
¿Entonces?
Pues estamos buscando en la vida inmediata la vida verdadera. La muerte no nos interesa: es el más allá de nuestros cuerpos. Por eso nuestra actitud es libertina: una especie de egoísmo placentero se eleva desde nuestros corazones para poseer el mundo, posesión feroz, posesión voluptuosa que se confunde con la destrucción del objeto amado. El otro mundo se lo dejamos a los espíritus puros, sin carne, a los bienaventurados que renunciaron aquí a la vida inmediata por una presumible y abstracta vida eterna. Nosotros somos espíritus desventurados, y el cuerpo tanto como la tierra son nuestro único orgullo, la materia espléndida de nuestros cantos.
A las seducciones del suicidio oponemos pasiones más fuertes que el aniquilamiento. Porque en el Nadaísmo no se trata de morir sino de vivir. Y porque amamos esta nada que somos, el Nadaísmo es nuestro nombre y nuestra aventura al servicio de lo maravilloso.

 
 

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