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Alguien barre la casa ¿Quién estará barriendo el ala norte de la casa donde vivió mi tía, a esta hora de la noche en que duermen los restos de la familia, los que vamos quedando con más puesto en la mesa de los recuerdos si los vecinos han salido de vacaciones con sus niños y gatos y servidumbre y el tío Emilio se fue de pesca, esta hora de lobo que espanta las pesadillas y despierta medio litro de sed en el pozo de la garganta? No creo que sea la abuela. Desde su desdichado accidente descendiendo del autoferro que obligó al fémur de platino y a renunciar a los tamales que preparaba los domingos para toda la parentela sabemos que por nada del mundo se atrevería a tomar el palo de escoba y menos para ir a la medianoche a barrer los recuerdos de la hija más querida a quien el corazón le jugo una mala pasada mientras pintaba la puerta de su cuarto con un sapolín amarillo dejándonos sin sus cariñosas respiraciones al espejo de los ojos. ¿Será Jorge Giraldo? Imposible, si su esposo ha salido de cacería con los ojos llorosos desde el día de sus funerales y hasta el día de hoy no ha vuelto con un venado. ¿O tal vez es el viento con sus pasos de escobilla de jazz en el eternit? ¿o el comején cenándose el entablado? Pero el caso es que alguien está barriendo la habitación donde la tía Adelfa aromatizaba, escuchaba el radioperiódico, pespunteaba en su máquina de coser tarareando esos aires de la montaña a los que de vez en cuando pone mi padre la música de un silbido. Yo no creo en fantasmas y mucho menos en el fantasma de mi tía Adelfa quien murió de blanco rodeada de la corte de sus sobrinas escuchando un pasaje bíblico que mi hermano le susurraba.
Deben ser los ladrones.
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