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Para Alicia. Con mi agradecimiento a los aportes de Osvaldo Soriano y Walter Güinle. 1. Se producen disturbios de consideración Smithe Andrews, jefe de policía de la ciudad, acababa de dormirse en su apartamento del piso 19 de la calle Central, cuando se sintió aferrado por una serie de manos brutales; sin tiempo de darse verdadera cuenta de lo que estaba sucediendo, fue arrancado de la cama, sacudido violentamente en distintas direcciones, entre confusos sonidos de voces que no gritaban pero sí se trasmitían órdenes entre ellas, mezclando también algunos términos incomprensibles dirigidos a él, y finalmente elevado una y otra vez hacia el techo mediante su propia sábana, que los desconocidos agitaban enérgicamente con ese fin. Su cuerpo giraba en el aire y se contorsionaba; en algún momento su cabeza llegó a chocar levemente contra el cielorraso. Por último, las múltiples manos que aferraban la sábana dieron a ésta una torsión especial y Smithe Andrews atravesó el grueso vidrio de la ventana y cayó hacia la calle. Una cabeza se asomó por el hueco del vidrio roto y durante un instante lo contempló caer. Luego también asomó un brazo que se agitó saludándolo. No lejos de allí se había formado una multitud integrada por algunos cientos de personas que salían de la última función de una importante sala cinematográfica. De pronto, pudo observarse que la multitud quedaba paralizada unos segundos, luego era recorrida por un curioso movimiento ondulante, y más tarde intentaba dispersarse hacia todas las direcciones, presa del pánico. El origen de todo esto había sido una voz de mujer que gritó apenas dos palabras: "¡El ciempiés!". En efecto: a pocos metros de la salida del cinematógrafo se había formado una vez más el aterrador muñeco que aparecía a cualquier hora del día o de la noche con la única aparente finalidad de provocar el pánico, y tenía en jaque tanto a la policía como al resto de los ciudadanos. El cuerpo del muñeco estaba simulado por un largo trozo de tela muy liviana, calada, con forma de gusano, que cubría a una cincuentena de hombres que, de este modo, cobraban la apariencia de un gigantesco ciempiés. Estos hombres corrían disciplinadamente, moviendo sus piernas en forma perfectamente acompasada, mientras algunos de ellos hacían sonar unas matracas de madera y otros unas pequeñas panderetas provistas de unas chapitas metálicas circulares que al entrechocarse producían unos sonidos agudos, como de cascabeles. Los hombres corrían haciendo ondular el largo cuerpo del muñeco y destruían lo que tocaban: vidrieras, vidrios de automóviles y cualquier otro objeto que encontraran en su camino, mientras que a la gente la golpeaban con gruesos palos o la herían con finos estiletes o la atropellaban y pisoteaban o simplemente la acometían a puñetazos, disparados, sin detener en ningún momento la marcha del muñeco galopante. Al llegar a la esquina siguiente se quitaban la tela que los cubría, y esta tela era plegada cuidadosamente entre dos de esos hombres, y uno de ellos la guardaba, plegada, entre sus ropas, mientras los cuarenta y ocho restantes se dispersaban rápidamente. En seguida, los encargados de plegar la tela también huían. Si alguno de los hombres llegaba a ser capturado por algún valiente defensor de la ley, a veces era rescatado de inmediato por compañeros que habían quedado rondando en las inmediaciones; si no era rescatado, invariablemente ponía fin a su vida con una dosis de cianuro que llevaba en una ampolla de cristal dentro de su boca. Esa noche sucedió lo de siempre: el inmundo remedo de miriápodo causó estragos entre los inocentes ciudadanos que salían del cinematógrafo, hubo destrozos de coches y de vidrieras, y abolladuras en los kioscos de revistas y de flores, entre ruidos de matracas y panderetas y las voces de pánico de la muchedumbre y las voces de los maleantes que reían y gritaban como presas de la euforia de la droga o del alcohol. (Próximo episodio: "Aparece en escena el gran Carmody Trailler".) |
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