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2. Aparece en escena el gran Carmody Trailler Muy cerca del lugar de los hechos narrados y sobre la misma calle Central, se había reunido como de costumbre un grupito de ociosos que miraba el aparato de televisión en la vidriera de un comercio. En la pantalla, se veía la imagen del gran Carmody Trailler, quien en esos momentos respondía a la pregunta de un periodista: -No puedo actuar contra la Banda del Ciempiés porque las leyes de este país me lo impiden -decía. Apareció en la pantalla la cara asombrada del periodista, mostrada en un primer plano: -¿Puede explicarnos eso, Mr. Trailler? -preguntó. -Mi actividad es de índole privada -respondió el famoso detective-; carezco de las atribuciones de los servidores públicos. Y la ley me exige actuar en nombre de un cliente. Pero nadie se ha presentado en mis oficinas para solicitarme que destruya a esta peligrosa y detestable banda de criminales, aunque bien puede usted creer, señor periodista, que ardo en deseos de hacerlo -la cámara se aproximó patéticamente a ese rostro duro, de fuertes mandíbulas, que en ese instante mostraba una expresión de dolor y de angustia-. Simplemente con que alguien me pagara un dólar, yo estaría en condiciones legales de entrar en acción. Pero nadie se atreve a exponerse -concluyó, amargamente. Entre los mirones de la calle, se oyó una dulce pero firme y decidida voz que decía: -¡Yo lo haré, Carmody! ¡Yo te contrataré! Era una pequeña vendedora de violetas. Varios rostros ansiosos se volvieron hacia ella, quien de inmediato se mordió los labios. Apartó su vista del televisor y trató de comenzar a retirarse de allí, pero alguien la aferró con unas gruesas y poderosas manos, inmovilizándola, y alzó rápidamente y con facilidad su frágil cuerpecillo y la jovencita fue introducida de inmediato en una bolsa de arpillera que otro maleante sostenía abierta. La boca de la bolsa fue cerrada con una vuelta de alambre de enfardar, y la bolsa echada sin ninguna delicadeza dentro de una camioneta con el motor en marcha que echó a andar velozmente un instante después y se perdió entre otros coches en cosa de segundos. Sin embargo, dos de los otros espectadores congregados ante la vidriera del comercio se habían mirado con una señal de inteligencia, y mientras uno de ellos corría hacia su pequeño coche estacionado allí cerca, y que luego arrancó a toda velocidad en seguimiento de la camioneta que llevaba a la niña aprisionada en la bolsa, el otro salió corriendo con la evidente intención de avisar a alguien. Ese alguien era el detective Carmody Trailler, quien esperaba en su apartamento del piso quincuagésimo, también sobre la calle Central. El programa televisivo había sido grabado horas antes, y ahora el detective acababa de contemplarlo en su propio televisor, que apagó al escuchar el sonido de la campanilla del teléfono. -¿Carmody? -al levantar el tubo oyó una voz que reconoció al instante como la de John Adams, apreciado colaborador suyo. -Sí, John. ¿Qué sucede? -Tienes por fin un cliente -dijo Adams-. No alcanzó a contratarte pero expresó públicamente su intención de hacerlo; creo que ante la ley es como si lo hubiera hecho. -Excelente -dijo Carmody-. De todos modos cóbrale ese dólar, para que podamos actuar con mayor confianza. -Imposible, jefe -dijo, ahora sin entusiasmo, la voz de John-. Acaban de raptarla. -¡Malditos! -exclamó el detective, con indignada desesperación. (Próximo episodio: "El origen de los problemas con los chinos".) |
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