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3. El origen de los problemas con los chinos El jefe de policía Smithe Andrews no había sido tomado por completo desprevenido; pensando que tarde o temprano su persona habría de ser objeto de alguna clase de atentado por parte de integrantes de una u otra de las innumerables bandas criminales que azotaban al país, había tenido la precaución de instalar un complejo sistema de alarmas en su domicilio y en el resto del edificio, y aun en edificios vecinos; y una cantidad de funcionarios, alertas a dichas alarmas, estaba apostada en las inmediaciones; así, mientras su cuerpo caía desde el piso decimonono, todo un vasto operativo se puso, automáticamente en marcha: un poderoso tejido de malla pudo recogerlo en su caída a la altura del piso octavo y salvar su vida, al tiempo que varios coches patrulla rodeaban la manzana y varios contingentes armados brotaban de distintos apartamentos del edificio y ocupaban lugares estratégicos, cortando las vías de escape, incluso en la azotea. Mientras caía, el jefe Andrews tuvo una idea, una especie de iluminación: "El muñeco que semeja un ciempiés o una escolopendra", pensaba, "se parece notablemente a esos muñecos que semejan dragones y que fabrican los chinos para carnaval o cualquiera que sea su maldito festejo pagano. Es probable, muy probable, que esta Banda del Ciempiés sea de inspiración china. Ordenaré de inmediato una redada por el Barrio Chino y por los lugares que suelen frecuentar los chinos". Y asi lo hizo. Después de que su magullado cuerpo rebotara varias veces contra la elástica red, rompiéndole algunas costillas, la red fue entrada nuevamente por la ventana mediante el mecanismo automático que con tanta precisión la había hecho salir afuera, y varios de sus hombres le prestaron auxilio. Sus primeras palabras dirigidas a ellos fueron unas instrucciones muy detalladas para que ya mismo se pusiera en marcha la redada de chinos; estas órdenes fueron transmitidas a la central y en pocos minutos tanto el Barrio Chino como otros lugares que figuraban en los archivos policiales como pasibles de ser frecuentados por chinos, fueron invadidos por nutridos contingentes de servidores públicos. El jefe fue llevado en ambulancia a un sanatorio, a pesar de sus protestas; él quería volver a su despacho para dirigir personalmente toda la serie de delicados operativos, pero finalmente fue persuadido de atender primero a su estado físico. En la ambulancia, el médico que viajaba a su lado le aplicó una inyección, según sus palabras (del médico), sedante y analgésica. Angus McCoy, el ayudante del detective Carmody Trailler, que había salido en persecución de los raptores de la pequeña vendedora de violetas, comprobó que el vehículo de los maleantes se detenía ante una casa de miserable aspecto situada en uno de los barrios marginales más miserables de la ciudad; detuvo su coche a una prudente distancia y buscó un teléfono desde el cual dar cuenta de la situación y pedir instrucciones a su jefe, Carmody Trailler. Halló el teléfono público en un cafetín a pocos metros de allí; pero ese teléfono estaba ocupado y había dos o tres personas esperando turno para hablar antes que él. Angus vivió unos momentos de gran inquietud, sin osar exigir al dueño del cafetín que le permitiera usar el teléfono que tenía sin duda oculto detrás del mostrador, pues desconfiaba de las gentes de ese barrio y si exhibía sus documentos para dar énfasis a su exigencia tenía la certeza de que su identidad sería de inmediato divulgada y llegaría a oídos de los raptores, de modo que consiguieran alejarse del lugar o bien atacarlo antes de que su jefe Carmody pudiera ser avisado. Por otra parte, los usuarios momentáneos del teléfono público demoraban en sus conversaciones, lo que a Angus le parecía un tiempo infinito. Cada segundo de demora multiplicaba los riesgos que corría la pequeña vendedora de violetas. Angus pensó en entrar él solo a aquella casa, pero le pareció una acción temeraria; si él, Angus, era puesto fuera de combate, ya no quedaría ninguna esperanza para la pobre niña. |
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