LA BANDA DEL CIEMPIÉS se publicó como folletín en el suplemento Verano/12 (del diario Página/12) entre el 3/1/89 y el 8/2/89.

7. La niña y el oso

La pequeña vendedora de violetas, enfrentada a un enorme oso marrón que la contemplaba con ojos malignos, apeló a toda su entereza, Pensó: "Ante un animal salvaje, lo que debe hacerse, según leí, es quedarse inmóvil". Y así lo hizo, con el resultado de que el oso pareció tranquilizarse o bien quedar un tanto perplejo, sin saber a ciencia cierta qué actitud tomar ante la jovencita. Pero ella sabia que esa situación no podía prolongarse indefinidamente; tarde o temprano ella se movería, o bien la curiosidad del animal lo llevaría a aproximarse a una distancia intolerable, o bien el animal la tocaría y ella habría necesariamente de gritar con espanto.

Cuando, tiempo después de los hechos que estamos narrando, el jefe Andrews despertó de su letargo, se encontró casi inmovilizado en un lugar oscuro, estrecho y con muy escasa provisión de oxigeno. Tardó un buen rato en hacer conciencia de lo que le había sucedido, pero su mente brillante encontró por fin la respuesta. Estaba en un ataúd, enterrado. Recordó al médico que iba a su lado en la ambulancia, y la inyección que le aplicara; se trataría sin duda de un producto que provocaba un estado de catalepsia, durante el cual parecían cesar todas las funciones vitales, aunque en realidad éstas se mantenían a un ritmo casi imperceptible. Un médico experto no se habría engañado, pero

Andrews supuso que el certificado de defunción había sido firmado por el mismo médico traidor; y no se equivocaba. Trató de no desesperar; sabía que su situación era muy difícil y que probablemente no saldría de allí adentro con vida. Pero de pronto su mano tropezó con aquel paquetito que una figura misteriosa había deslizado inadvertidamente en el ataúd durante el velatorio; se trataba de un paquetito rectangular, algo envuelto en papel y atado con un hilo. Smithe Andrews movió torpemente los dedos en el reducido espacio, mientras procuraba enlentecer su respiración para consumir la menor cantidad posible de oxígeno, y encontró la resistencia de unos nudos apretados.

En China, a todo esto, las autoridades, enteradas por Jonathan Morris de la trágica suerte corrida por su embajador en la ONU, encargaron a su servicio secreto en Estados Unidos de confirmar la versión; esto se logró en pocas horas, y las autoridades chinas decidieron entonces secuestrar al embajador estadounidense en China y someterlo a un tratamiento similar, o si se quiere peor, que el recibido por su colega chino. Le cortaron brazos y piernas y los sustituyeron por brazos y piernas ortopédicos de muy baja calidad. En la misma operación, aprovechando la anestesia, le quitaron un pulmón y un riñón, y acortaron sensiblemente la extensión de sus intestinos. Lo dejaron sordo de un oído y disminuyeron bastante la audición del otro, y finalmente ubicaron dentro de su caja craneana una pequeña bomba atómica, de gran poder destructivo. Al depositarlo en el avión que lo devolvería a su patria le explicaron que esa bomba sería activada exclusivamente por una palabra que él mismo pronunciara; se trataba de una palabra inglesa cuya frecuencia de utilización habitual, según los estudiosos chinos, era promedialmente de una vez en una semana. No le dijeron cuál era esa palabra, y el embajador optó por no hablar, a pesar de los tormentos a que fue sometido por las autoridades de su propio país.

En aquella habitación de la casa de los secuestradores, la pequeña vendedora de violetas, inmóvil ante el oso, sufrió de pronto un terrible sobresalto cuando el oso avanzó las zarpas de su pata derecha y con pocos y muy hábiles movimientos rápidos desgarró todas sus ropas, que cayeron al piso hechas jirones. En un movimiento instintivo, la pobre niña intentó cubrir con un brazo sus enormes pechos, mientras con la mano del otro brazo procuraba proteger su zona púbica de la insidiosa y maligna mirada del repulsivo animal.

(Próximo episodio: "Angus McCoy en acción".)

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