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8. Angus McCoy en acción Las ropas de la niña habían sido destrozadas mediante unos pocos hábiles zarpazos que, sin embargo, habían sido dados por el animal con tan inusual habilidad que las afiladas uñas no habían llegado siquiera a rozar las tiernas carnes; el oso, que para dar sus eficaces zarpazos había adoptado una posición de descanso en cuatro patas, apoyándose en tres de ellas mientras realizaba su labor con la otra, volvió a incorporarse sobre sus patas traseras y comenzó una trabajosa y simpática danza nupcial, al tiempo que su poderoso sexo iba irguiéndose hasta alcanzar el máximo de rigidez y tamaño. A la vista de tan imponente aparato genital, la niña empalideció violentamente y cayó desmayada al piso sin proferir el menor sonido. Como si hubiera presentido el colapso de la jovencita, allá afuera y no lejos de allí Angus McCoy, en el portal que le servia de apoyo y refugio, tomó la decisión de no esperar un instante más a su jefe; en el pecho del joven crecía la angustia hasta dejarlo casi sin respiración. Por una vez en su extensa carrera junto a Carmody Trailler decidió no obedecer; se dirigió presurosamente al cafetín, desechó el teléfono público, nuevamente ocupado, y exigió del dueño del local que le permitiera usar su teléfono privado, con el pretexto de que su mujer estaba a punto de dar a luz. El patrón lo miró con indiferencia y le alcanzó el aparato que ocultaba tras el mostrador. Angus disco un número y pronto escuchó la voz de John Adams. - ¿John? Aquí Angus -dijo-. Lucy está a punto de dar a luz -esperó unos segundos, mientras el perplejo John Adams se daba tiempo para caer en la cuenta de que aquella era una de las claves ideadas por Carmody Trailler, que indicaba necesidad de acción inmediata-. Ven por favor con todo el equipo médico listo para actuar -agregó-. - ¿Todo el equipo? -se extrañó, nuevamente, John, y luego silbó admirado. -En efecto -dijo Angus-; parece un parto difícil -y agregó las señas de aquella esquina. Pero, en realidad, la pequeña vendedora de violetas no corría un riesgo inminente, a pesar de las apariencias. El oso era completamente inofensivo; había sido amaestrado y adecuado para formar parte del espectáculo de una conocida bailarina y strip-teaser que actuaba en varios locales nocturnos, y el papel del oso era exactamente el que había realizado ante la indefensa niña: arrancar las ropas de la bailarina con sus zarpas, sin dañarla en lo más mínimo, y danzar luego su llamativo baile nupcial. El entrenamiento se había realizado mediante técnicas de castigo y recompensa; los pasos de danza se inculcaban mediante chapas metálicas recalentadas y controladas electrónicamente, de modo que se le obligaba a memorizar el circuito de los pasos correctos; y en adelante, toda vez que repitiera en el momento preciso esos pasos, se le recompensaba con un terrón de azúcar embebido en sustancias de sabor agradable y ligeramente euforizantes. La erección de su miembro se había estimulado por medios similares, aunque habían aplicado cirugía en ciertas glándulas y tejidos nerviosos de modo que el animal no se sintiera dispuesto al acoplamiento; para mayor seguridad se le había estimulado el goce anal y se le había dado por compañero de jaula a otro oso, sumamente viril y no amaestrado, con quien finalmente había formado pareja. El oso feroz estaba sujeto, dentro de la jaula, por una gruesa cadena, mientras que el oso bailarín era a menudo dejado en libertad y podía ir y venir a su antojo por los distintos lugares de la compleja red de edificios conectados entre sí, que era uno de los refugios de una parte de la Banda del Ciempiés. En esos momentos, el oso bailarín había perdido el interés por la niña, después de haber dado unas lamidas compasivas a su cuerpo inerte, y había vuelto a su investigación de la bolsa maloliente, olfateándola y revolviéndola con sus zarpas. |
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