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9. El enmascarado misterioso Cuando las autoridades permitieron que el mutilado embajador norteamericano en China se expresara mediante gestos, éste pudo acceder al manejo de un lápiz con su defectuosa mano derecha postiza, y necesitó varios días de práctica para poder escribir una detallada relación de los hechos y explicar que no podía hablar porque una palabra suya podría hacer estallar una bomba atómica que los chinos habían colocado en su caja craneana. Al enterarse el gobierno de toda la historia, trató de rastrear el origen de todo aquello y se encontró con la orden dada por el jefe Smithe Andrews de hacer una redada de chinos; de inmediato expidió contra éste una orden de captura, por traición a la patria. Al enterarse el gobierno de que Andrews había muerto y estaba enterrado, anuló la orden de captura pero organizó un acto público durante el cual se le dio de baja post-mortem y además se repudió su memoria y se suprimió la pensión para su viuda y sus hijos. Esta última disposición también debió ser revocada al enterarse el gobierno de que la mujer y los hijos habían sido enterrados junto con Andrews. Carmody Trailler, el genial detective privado, detenido en su vertiginosa carrera en salvamento de la pequeña vendedora de violetas por un embotellamiento del tránsito, intentó salir de allí abandonando su coche y corriendo hacia alguna calle despejada donde conseguir un taxi, pero una multitud de furiosos conductores atascados lo detuvo a golpes de puño y lo obligó a volver a su automóvil, pues si lo dejaba abandonado allí la congestión del tránsito se complicaría todavía más. "¡La niña!", repetía Carmody a los gritos, pero nadie quiso prestar atención a sus razones y fue devuelto al asiento de su coche, maltrecho y con la nariz y los labios sangrantes. Cuando el jefe Andrews logró desatar por fin el paquetito que una figura misteriosa había colocado en su ataúd, encontró que en su interior había un pequeño taladro de mano. De inmediato se dio a la tarea de perforar la gruesa madera del catafalco, en un primer momento para recibir más oxígeno, confiando en la porosidad de la tierra que debía cubrirlo, y más tarde con idea de debilitar la madera al punto que le fuera posible romperla y salir en libertad. Andrews sabía que no era tarea fácil y que el elemento con que contaba no era tal vez el más indicado, pero no le quedaba otra alternativa; se dio a su trabajo con paciencia y dedicación, tratando de eliminar de su mente toda idea de premura y toda sombra de terror. Con los dientes apretados el jefe Andrews taladraba y taladraba, deteniéndose de tanto en tanto a descansar los músculos y para evitar un consumo de oxígeno demasiado acelerado; debía dar tiempo a su muy lenta renovación a través de los orificios ya abiertos. Mientras John Adams reunía a toda prisa al pequeño y bien adiestrado ejército de colaboradores de Carmody Trailler y los instruía para la acción inmediata requerida por Angus McCoy, y Carmody Trailler se ponía muy lentamente en marcha para salir del embotellamiento hacia una calle perpendicular que, aunque lo alejara momentáneamente de su ruta, le permitiera de un modo u otro llegar a la casa de los secuestradores de la niña, en la casa de los secuestradores un siniestro personaje hacía su aparición en el cuarto donde yacía la niña desmayada y desnuda. Se trataba de un hombre enmascarado, alto y robusto, vestido con finas ropas de etiqueta. Al ver al oso, que en ese momento estaba ovillado dormitando sobre la bolsa de arpillera, exclamó: - ¿Qué haces aquí, maldito estúpido? -y le aplicó unos fuertes puntapiés que hicieron que el animal dejara escapar unos sollozos lastimeros y huyera corriendo de la pieza. Luego el hombre enmascarado se encaró con la niña, quien en ese momento salía de su desmayo y abría los ojos. Al ver al hombre, trató nuevamente de cubrir con los brazos la desnudez de su cuerpo. El enmascarado dejó escapar una horrible carcajada. |
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