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10. Un muerto que resucita El enmascarado rió de modo desagradable mientras revolvía con la punta del zapato derecho las desgarradas ropas de la niña caídas sobre el piso, y luego se acercó lentamente al tembloroso cuerpecillo indefenso. Ya los ayudantes de Carmody Trailler, capitaneados por Angus McCoy a quien secundaba John Adams, provistos de distintos disfraces y excusas se dedicaban a rodear la manzana de la casa de los secuestradores, presumiendo no sin razón que esa casa podía estar conectada interiormente con varias otras; y procuraban entrar en cuanto edificio podían, con el pretexto de revisar el teléfono, las cañerías de agua o de gas, o cosas similares. Eran doce en total, y estaban perfectamente adiestrados en las técnicas de Carmody Trailler y ardientemente animados por el propósito de rescatar a la indefensa niña de las manos de tan tenebrosos criminales. Carmody Trailler, mientras tanto, se hallaba muy lejos del lugar de estas operaciones, desviado más y más por las aglomeraciones de tránsito ciudadanas: finalmente se encontró en un lugar casi desértico, en la periferia de la ciudad, y su coche, que ahora podía correr a las fantásticas velocidades a que acostumbraba Carmody, de pronto se quedó sin nafta. Luchando para no dejarse vencer por la desesperación, Carmody retiró del portaequipajes un bidón de plástico amarillo y echó a andar, a paso vivo, hacia una estación de servicio que un cartel anunciaba como situada a un par de kilómetros de allí. Muchos días más tarde, por la época en que el gobierno norteamericano preparaba su revancha contra los chinos por la mutilación de su embajador, una tarde, en el cementerio central, dos mujeres de luto que por sus edades podrían ser madre e hija, depositaban un ramito de flores blancas, un tanto marchitas ya, ante la cruz metálica que señalaba una de las tumbas, probablemente la de un fallecido jefe de familia, y se arrodillaban ambas ante la cruz en actitud de oración, cuando percibieron unos curiosos e inesperados movimientos en la tierra de una tumba vecina. Fastidiadas, tal vez, por esa interrupción en su sagrado derecho a rendir homenaje a la memoria de un ser querido, primero la madre, más próxima a la tumba vecina, y luego la hija, torcieron ligeramente el cuello para observar con más detenimiento, y mirada crítica, qué estaba sucediendo. Cuando notaron que la tierra se abría y vieron una blanca y huesuda mano asomando entre los terrones, prorrumpieron ambas en frenéticos alaridos y se levantaron prestamente y echaron a correr despavoridas, llamando con sus gritos la atención de otros visitantes dispersos en el amplio cementerio, los que fueron aproximándose al lugar. Así, unas docenas de incrédulos ojos pudieron contemplar cómo surgía de la tierra una figura espectral, envuelta en los jirones de un sudario. Era Smithe Andrews, el ex jefe de policía, pero este hecho fue establecido más tarde; en el momento, todos los presentes huyeron también, despavoridos, y sólo uno de ellos tuvo la suficiente presencia de ánimo como para dirigirse a un teléfono público y comunicar el hecho extraordinario a las autoridades competentes. Andrews, exhausto por los días de encierro y privaciones y por el trabajo interminable realizado con el pequeño taladro, dio un par de pasos vacilantes y cayó exánime junto a su tumba de removida tierra. Minutos más tarde llegaba una ambulancia seguida de un coche patrullero. El ex jefe fue colocado en una camilla y transportado a la ambulancia, en cuyo interior fue atendido por el mismo médico que le había suministrado la inyección traicionera que le sumiera en el estado de catalepsia; pero esta, vez estaba presente también una enfermera que, en realidad, formaba parte del núcleo de policías femeninas adicto a Andrews; y había sido esta noble mujer la figura misteriosa que colocara el pequeño taladro en el ataúd.
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