LA BANDA DEL CIEMPIÉS se publicó como folletín en el suplemento Verano/12 (del diario Página/12) entre el 3/1/89 y el 8/2/89.

11. Más incidentes internacionales

Smithe Andrews, el ex jefe de policía salido de la tumba, se debatió durante muchos días entre la vida y la muerte, bajo la permanente vigilancia de un grupo de enfermeras que, en realidad, eran policías femeninas muy adictas a él; ese grupo estaba capitaneado por Amanda Rosenthal, secretamente enamorada de Andrews, quien había colocado el pequeño taladro en el ataúd sospechando que el médico que firmó el certificado de defunción le había suministrado una droga cataléptica, tal vez por pertenecer a la Banda del Ciempiés o alguna otra organización criminal. Ahora, Amanda había logrado neutralizar a ese médico, en colaboración con una prostituta menor de edad que acusó al médico de estupro, con lo que se le mantuvo fuera de circulación mientras el ex jefe era atendido por personal competente y de entera confianza. En cuanto a la situación legal de Andrews, era tan compleja que las autoridades tuvieron pereza de ponerla en orden y reactivar el expediente; les resultaba más cómodo que Andrews siguiera no existiendo, y siempre cabía la posibilidad de que no saliera con vida del hospital. Su estado físico era lamentable; su robusta constitución le había permitido sobrevivir al entierro en vida, pero había quedado convertido en un ser esquelético, casi piel sobre huesos; los cabellos se le habían vuelto completamente blancos, y cuando salió del coma y abrió los ojos se pudo advertir rápidamente que su estado psíquico no era mejor que el físico.

Mientras tanto, el gobierno estaba muy preocupado con el asunto chino. El embajador norteamericano fue operado de las cuerdas vocales, para que no pudiera proferir el menor sonido capaz de activar la bomba atómica de su caja craneana, y por las dudas había sido sepultado en un refugio subterráneo donde pudiera explotar espontáneamente sin riesgo para los demás. Se cursó una enérgica nota de protesta al gobierno chino, la que en pocas horas fue devuelta por el embajador chino en USA acompañada de una nota irónica, casi burlona, en la que podía leerse entre líneas que el gobierno chino ponía en duda la virilidad del presidente norteamericano.

Estos acontecimientos, y otros, ligados directamente a la Banda del Ciempiés, eran seguidos de cerca por Jonathan Morris, el monje budista. Sus contactos secretos tanto con los chinos como con el bajo mundo le habían permitido realizar algunas notas exclusivas, que aumentaban el tiraje de los diarios y lo situaban cada vez más en una posición de privilegio en el ámbito periodístico; sin embargo, eludía la fama y prefería pasar desapercibido, firmando sus notas con distintos seudónimos, de modo que su prestigio se mantenía y crecía sólo dentro del limitado núcleo de jefes de redacción y propietarios de periódicos. Su forma de trabajo era muy particular; destinaba mucho tiempo a la meditación trascendental, fluctuaba anónimamente en multitud de ambientes disímiles, y sólo se sentaba a la máquina de escribir cuando estaba en condiciones de ofrecer una joya periodística.

Volvamos atrás en el tiempo: Carmody Trailler, como se recordará, se dirigía a una estación de servició pues su coche se había quedado sin nafta. A mitad de camino fue invitado a subir a un automóvil que, al parecer, pasaba por allí casualmente; lo conducía un hombre de mediana edad y aspecto respetable, quien en un inglés londinense se compadeció del detective y le ofreció acercarlo a su destino. Carmody comenzaba a agradecer vivamente la amabilidad del desconocido, cuando notó que éste llevaba su mano izquierda a la nariz como para aspirar rapé; pero lo que hacía en realidad era introducir unos pequeños objetos en sus fosas nasales, y cuando la luz se hizo en el cerebro del detective ya era demasiado tarde. Carmody comprendió que esos objetos debían ser unos filtros especiales, pero ya el hombre había oprimido entre los dedos de la otra mano una cápsula de cristal que se rompió en multitud de fragmentos y dejó en libertad un poderoso gas narcótico. Carmody sintió que su mente se nublaba a tal velocidad que ni siquiera tuvo tiempo de proferir una exclamación. En el otro extremo de la ciudad, el enmascarado seguía aproximándose a la niña desnuda.

(Próximo episodio: "El rescate de la pequeña vendedora de violetas".)

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