LA BANDA DEL CIEMPIÉS se publicó como folletín en el suplemento Verano/12 (del diario Página/12) entre el 3/1/89 y el 8/2/89.

13. Las bandas criminales se multiplican

La inmensa repercusión de las acciones de la Banda del Ciempiés hizo surgieran imitadores, aunque las apariciones del burdo muñeco no reportaban especiales ganancias a la Banda, y en medios policiales y periodísticos, y aun en las charlas de café de personas comunes, se ponía énfasis en este problema. ¿Para qué esa peligrosa fantochada? Se pensaba que si pudiera conocerse el motivo, se daría un gran paso para resolver el misterio de la Banda y terminar con ella. Mientras tanto, cantidad de gentes faltas de imaginación, ideas propias y autoestima que, por desgracia, abundan en todas las actividades, no tardó en imitar a la Banda del Ciempiés, el tema obligado que desplazó a la política y al fútbol y que multiplicó las ventas de los diarios. Así, en poco tiempo aparecieron muñecos que representaban orugas, babosas, libélulas y, en general, toda clase de bichos. Uno de los muñecos más ridículos estaba integrado por dos solitarios maleantes disfrazados de mariposa, que se llamaban a sí mismos "La Banda de la Mariposa" y fueron capturados en su segunda aparición pública -al igual que la mayoría de esos imitadores inexpertos-. Se trataba casi siempre de maleantes en decadencia, que buscaban publicidad en el bajo mundo y sólo conseguían que el público se divirtiera a sus costillas.

Un hecho que sí parecía mostrar el sello inconfundible de la Banda del Ciempiés (aunque esto nunca pudo demostrarse) fue el cruel y violento sembrado de ciegos en medio de una gran avenida. Un enorme camión que circulaba entre el intenso tránsito se detuvo de pronto y muy rápidamente fueron desalojadas de su inmensa caja posterior algunas decenas de ciegos desprovistos de bastones, que iban cayendo a la calle e intentaban levantarse. El camión se dio de inmediato a la fuga, mientras los ciegos eran aplastados por coches que no habían logrado detenerse a tiempo, o bien violentamente embestidos y arrojados lejos; algunos alcanzaban a ponerse momentáneamente a salvo en la vereda, otros trastabillaban entre los, coches que seguían pasando, y buscaban a tientas un lugar seguro que casi nunca lograban alcanzar. Los autos que se detenían bruscamente generaban una serie de choques con los que venían detrás, y cuando llegaron los patrulleros y las ambulancias no tenían forma de acercarse al lugar sembrado de cadáveres, ciegos tambaleantes y autos incrustados en otros autos incendiándose. Tiempo después pudo averiguarse que los ciegos habían sido secuestrados de institutos benéficos, cuyos funcionarios habían sido atados y amordazados para impedirles avisar con tiempo a las autoridades. Los pocos ciegos que lograron escapar con vida fueron en su mayoría reingresados a esos institutos; sólo tres o cuatro tuvieron la suerte de escapar, pues la mayor parte de esas instituciones eran en realidad lugares de reclusión y explotación del trabajo manual de los no videntes.

Volviendo a la manzana abandonada por los secuestradores de la niña, encontramos a ésta y a su salvadora en una habitación donde se percibía un fuerte olor animal; efectivamente, allí estaba la jaula de los osos, ocupada en ese momento por uno de ellos, el oso bailarín.

-Se llamaba Alfred -dijo la mujer del velo-. Lo llevaremos con nosotras. Pero antes, debemos vestirnos para salir.

La habitación tenía todo el aspecto de un camarín teatral. La mujer seleccionó algunas ropas que colgaban detrás de una cortina y vistió a la niña; eran ropas de varón. Ella misma se quitó la túnica, y la niña contempló admirada su espléndido cuerpo desnudo. Al quitarse el velo, un observador que hubiera seguido las alternativas de esta narración habría descubierto, tal vez con sorpresa, que se trataba de la misma mujer que hablaba por teléfono en el siniestro cafetín desde donde también hizo sus llamadas Angus McCoy; sólo que ahora, sin afeites, parecía mucho más joven. Eligió para ella un vestido sencillo y se lo puso rápidamente, luego recogió el pelo de la niña y le encasquetó una gorra para acentuar su aspecto varonil, y pegó sobre su labio superior un fino bigotito.

- ¡Vamos! -urgió la mujer-. Esto estallará en cualquier momento.

(Próximo episodio: "Estallan las bombas de tiempo".)

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