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14. Estallan las bombas de tiempo La mujer y la niña, seguidas mansamente por Alfred, el oso bailarín, alcanzaron el callejón desierto después de un breve recorrido por una especie de restaurante vacío, contiguo al camarín donde la mujer disfrazó a la pequeña vendedora de violetas, dándole aspecto de varón. Anochecía. Corrieron hasta una camioneta estacionada cerca y que estaba provista de una jaula en la parte posterior; la mujer abrió la puerta trasera y por allí entró el oso con naturalidad. Luego ella se instaló tras el volante, hizo subir a la niña a su lado y puso de inmediato en marcha el vehículo, alejándose prestamente del peligroso lugar. Observando por el espejo retrovisor, la mujer advirtió que el otro oso trotaba ahora tras la camioneta. -Allí viene Mortimer -dijo-. Pensé que debíamos abandonarlo, pero me alegro de que nos haya seguido- detuvo el vehículo e hizo entrar al oso feroz, quien se acomodó junto a su manso compañero. Por un rato, la mujer siguió manejando en silencio, como sumida en profundas cavilaciones. La niña parecía dormitar, recostada en su asiento. -Mi nombre es Beatrice -dijo de pronto la mujer; la jovencita abrió los ojos-. Me llaman Betty. "Bear Betty", según los carteles que anuncian mis espectáculos. -A mi me llaman Molly, señora -dijo la niña-; aunque, con este disfraz, creo que convendrá llamarme Peter -la mujer sonrió. -Me gustas, Molly. Me gustas mucho-dijo, con ternura. -Usted también me gusta, señora -dijo Molly, y la mujer detuvo la camioneta junto a la vereda y acercó su rostro al de la niña; sus labios se unieron en un apretado beso, y Betty tuvo una agradable sorpresa cuando notó que la lengua de Molly se introducía profundamente en su boca. Mientras tanto, Angus McCoy, John Adams y Mike Sorrentino, ayudantes del gran Carmody Trailler, contemplaban azorados al hombre que yacía en un charco de sangre. Un rápido examen mostró que el pulso latía aún, débilmente. Angus resolvió trasladar de inmediato al herido al sanatorio del Dr. Stark, amigo de Carmody. Pensó en llamar a una ambulancia, pero no había tiempo que perder: en ese lugar se respiraba una diabólica tensión, como si cualquier cosa pudiera suceder en cualquier momento. Dispuso, pues, que John y Mike trasladaran al enmascarado en uno de los coches, mientras él recorría frenéticamente la construcción en busca de pistas: llevaba, como tales, la bolsa maloliente y las desgarradas ropas de la niña. Cuando llegó al camarín y vio la jaula, la luz se hizo en su cerebro. -¡Bear Betty! -exclamó, y luego siguió murmurando para sí-. Bear Betty es una de las claves de todo este asunto, y es sin duda aquella mujer que me cedió su turno en el teléfono público. Su rostro me parecía vagamente familiar por haberlo visto tantas veces en afiches. Resolvió que esa misma noche intentaría localizarla en algunos de los night-clubs donde solía actuar; ella debería saber la suerte corrida por la niña, ya que el enmascarado que yacía cerca de las ropas desgarradas de la niña mostraba claras huellas de zarpazos de oso. Angus se daba cuenta dé lo que arriesgaba, pues ahora era evidente que esos night-clubs formaban parte de los negocios de la Banda del Ciempiés; al mismo tiempo, al pensar en Betty sentía una rara emoción, y descubrió casi a su pesar que la urgencia por verla tenía relación con la búsqueda de la niña, pero también con sus sentimientos más íntimos. En el coche que transportaba al herido, Mark Sorrentino, que lo sostenía junto a él en el asiento trasero mientras John conducía, no pudo resistir la curiosidad y le quitó la máscara. Dio un grito de asombro. -¡John! -exclamó Mark-. Este hombre... Este hombre es... No puede ser... -¿Quién es, Mark, por Dios? -lo urgió John, sin poder quitar la vista de la calle pues iba a gran velocidad en medio de un tránsito intenso. En ese momento comenzó a oírse una serie de explosiones no muy lejanas. -¡John! -exclamó Mark-. ¿Escuchas? Aquello está seguramente estallando... y Angus McCoy... ¡Angus seguramente sigue allá adentro! |
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