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15. El show de Bear Betty Los pensamientos de Angus McCoy fueron interrumpidos bruscamente por una violenta explosión que hizo temblar las paredes y el piso del camarín y tintinear la cadena que había amarrado al oso malo. Angus se precipitó hacia el restaurante y de allí hacia la salida al callejón, mientras las explosiones se sucedían una tras otra, volaban trozos de mampostería y de todo tipo de objetos, y una espesa humareda se elevaba desde distintos lugares en llamas y cubría la manzana; llegó sano y salvo a su coche y logró ponerlo en marcha y alejarse en cosa de instantes; al poco rato, aquel lugar quedó reducido a una flamígera masa de escombros. Ya en su casa, Angus averiguó por el diario que esa noche Bear Betty actuaba en "The Blue Bear", conocido night-club. Su esposa Lucy, quien vivía desde hacía tiempo en una permanente crisis de celos paranoicos, no dejó de examinar la página que había estudiado su esposo. Angus se reportó a la Agencia Trailler y supo con alivio que todos sus compañeros estaban a salvo; también se enteró de la sorprendente identidad del enmascarado: era nada menos que el senador Ansthruthers, quien había cobrado notoriedad por su decidida campaña contra el crimen organizado. No era de extrañar que hubiera caído víctima de una banda; pero, pensó Angus, ¿por qué el antifaz? Comió apenas un bocado, se cambió de ropas, dio un beso a Lucy y salió; Lucy lo despidió con helada ironía, diciéndole que no fuera a matarse trabajando, pero Angus, distraído, no prestó atención a su tono. En el coche tomó la precaución de disfrazarse, modificando su rostro con los afeites que siempre llevaba consigo en una valijita; Bear Betty lo había visto esa misma tarde en las inmediaciones de la sede de la Banda. Ya en el night-club consiguió con facilidad una mesa, mediante lo que su espíritu escocés consideraba una generosa propina; y mediante una propina similar obtuvo que el mozo le procurara una entrevista con Bear Betty. Mientras esperaba la respuesta, bebió lentamente un vaso de whisky y contempló, al principio con poco interés, el espectáculo que transcurría en un escenario circular hábilmente ubicado entre las mesas, con sólo un pequeño sector, cubierto por un cortinado rojo, destinado a la entrada y la salida de las artistas -todas ellas mujeres con ropas muy ligeras, o sin ellas-. En ese momento actuaba un conjunto de relleno, mientras crecía en el público la ansiedad por Bear Betty. Una docena de chicas casi completamente desnudas agitaba violentamente sus pechos al ritmo de una desenfrenada orquesta de jazz. Angus fue dejándose atrapar por el espectáculo, en especial por una de las chicas, que ocupaba un lugar central en el coro; tenía largas piernas esbeltas y larga cabellera rubia, y unos pechos majestuosos, con forma de pera, que oscilaban, bamboleaban y se entrechocaban al ritmo de la música. Otros ojos, más sabios y perspicaces que los de Angus, también contemplaban la escena pero sin olvidar el entorno; con un vaso de whisky en la mano, intacto, Jonathan Morris, el monje budista, periodista free-lance y espía chino, no perdía un solo detalle -incluyendo la presencia de Angus, a quien reconoció fácilmente por sus indisimulables orejas en punta-. -Bear Betty lo recibirá en su camarín inmediatamente después de su show, señor -murmuró el mozo al oído de Angus, y agregó, tal vez como venganza por la magra propina-: le encantan las rosas rojas. Para Angus, el show de Bear Betty resultó chocante. Aplaudió, como todos, frenéticamente; pero en homenaje a su perfección técnica y, sobre todo, a su influjo magnético, sin embargo, la presencia del oso y su grotesco exhibicionismo le resultaron incongruentes; lejos de establecer un contraste del tipo "la bella y la bestia", el oso más bien ofrecía la patética imagen de un lascivo y lamentable tonto de pueblo. Terminados los aplausos, Angus llamó a la florista y compró dos docenas de rosas; luego, muy cohibido y sintiendo las miradas del público fijas en él, mientras Jonathan Morris se deslizaba hacia la salida del local, Angus cruzó el escenario vacío hacia el cortinado rojo; pero antes de llegar a él descubrió, en una mesa cercana, sola y con una expresión asesina en el rostro, a su esposa Lucy.
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