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17. Crece la tensión internacional Cuando Angus se despidió de Betty en la puerta lateral del night-club, echó a andar lenta y pesadamente hacia su propio coche, estacionado a la vuelta de la esquina: andaba un poco como borracho, y percibía su propia mente a punto de declararse en huelga. Manejó en forma automática, sin rumbo fijo. Su hogar estaba destruido; si bien es cierto que hacía tiempo que tenía crecientes dificultades con su esposa, a causa de los celos patológicos de ella, en ningún momento había considerado la posibilidad de deshacer su matrimonio; ahora, después que ella lo había visto dirigirse al camarín de una strip-teaser portando un enorme ramo de rosas rojas, no podía siquiera pensar volver a su casa; Lucy sencillamente lo mataría. Para colmo, acababa de nacer en él un amor apasionado por una mujer casi imposible, insertada en una portentosa Organización criminal; y en cuanto a los sentimientos de Betty, ni siquiera ella misma sabía a que atenerse: creía amar a Angus, pero amaba también a la pequeña vendedora de violetas. Se habían despedido sin convenir concretamente una próxima cita; ambos tenían que poner muchas cosas en orden dentro de sí mismos. Pero el anonadamiento de Angus tenía una causa más poderosa; algo parecido al miedo. Casi no cabía en su mente la idea de que la Banda del Ciempiés era apenas un minúsculo apéndice de una Organización mucho más vasta, que Betty consideraba omnipotente; no podía concebir que ellos se rieran de Carmody Trailler y de su extraordinario equipo de detectives. Sin embargo, las palabras de Betty habían calado hondo en su espíritu, y estaba íntimamente convencido de que las cosas eran tal y como ella había dicho. La niña no había sido raptada por temor de que contratara a Carmody, sino por motivos ignotos; Betty la había salvado, arriesgando la vida, mientras Carmody Trailler había desaparecido sin dejar rastros. Él mismo, Angus, había tenido graves fallas como detective; ofuscado por sus problemas personales, había descuidado montones de detalles, como la ineficacia de su disfraz, la presencia de Lucy en el night-club, los coches que seguían a la camioneta de Betty. No era ningún cobarde, pero en ese momento sentía miedo, un miedo casi metafísico; había caído la imagen de su ídolo, Carmody Trailler, y la Organización que había pretendido enfrentar se le apareció ahora como un monstruo de dimensiones cósmicas. Cuando se cansó de dar vueltas al azar, fue a un hotel y se inscribió con el primer nombre falso que le vino a la mente: A. Wakefield. Desde su habitación, llamó por teléfono a John Adams, para decirle que se tomaría una licencia, por tiempo indeterminado, alegando razones de salud. John lo atendió muy excitado y casi no escuchó lo que Angus intentaba decirle; había recibido un telegrama, en clave, de Carmody Trailler, desde Londres. En él, pedía que se suspendieran todas las acciones hasta nuevo aviso, y aclaraba que los colaboradores seguirían cobrando normalmente sus sueldos. A John le parecía todo muy extraño, pero lo único que pensó Angus fue que Betty le había dicho la verdad. Apenas colgó el tubo del teléfono, Angus se sumergió en un sueño profundo; sólo deseaba borrarse del mundo por un tiempo. La irónica nota que acompañaba el rechazo del gobierno chino a la nota de protesta norteamericana tuvo una respuesta casi previsible: el gobierno norteamericano secuestró al embajador chino y lo sometió a un tratamiento similar al sufrido por el embajador norteamericano en China, con algunas variantes; entre ellas, un cambio de sexo. En efecto: al embajador chino se le extirparon los órganos masculinos externos, se le practicó una abertura en forma de vagina y se le inyectaron siliconas de modo de proveerlo de vistosos pechos de mujer; se le dio un tratamiento hormonal en consecuencia, y apenas cicatrizaron las heridas de las operaciones el propio presidente se encargó, en persona, de desflorar su artificial virginidad. Luego se le vistió con ropas de mujer y se le envió a su país de origen, portando una nueva nota de protesta. La reacción de los chinos no se hizo esperar mucho tiempo, y fue atroz. |
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