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18. Carmody Trailler en Inglaterra Cuando Carmody despertó del profundo sueño artificial provocado por el gas soporífero que el amable desconocido había liberado dentro del coche se encontró sentado en un cómodo sillón, ante un escritorio; y del otro lado del escritorio Sir W. lo miraba sonriente. Eran viejos amigos, que habían colaborado en casos de carácter internacional. Sir W. era el director del M.I.5, repartición del servicio secreto británico. -Debe excusarme, Mr. Trailler -dijo el anciano, con voz digna y grave- por el modo poco ortodoxo en que he ordenado traerlo aquí; créame que no tenía otra alternativa, pues de ninguna manera podíamos permitir que usted se pusiera en contacto con su cliente potencial. Pero vuelvo a excusarme: ¿una taza de té, mientras su mente termina de aclararse? Carmody asintió débilmente, y sólo cuando hubo vaciado la taza provista por una gris empleada, Sir W. volvió a hablar. Explicó que Carmody había sido trasladado a Londres secretamente en un avión particular, dentro de un baúl que había estado esperándolo en la caja de un gran camión al cual subió, por una rampa, el coche de su captor. Ese espía inglés hacía tiempo que seguía al detective, esperando la ocasión propicia, pues tenía instrucciones de neutralizar cualquier acción suya en el caso de la niña raptada. -La vendedora de violetas no fue raptada por la Banda del Ciempiés -dijo Sir W. ante la sorpresa de Carmody-, ni lo hicieron porque ella hubiera manifestado su voluntad de contratarlo a usted; hace semanas que teníamos noticias del programa del rapto, y lamento no poder explicarle las razones del mismo pues se trata de un movimiento clave dentro del delicado ajedrez internacional, todo ello bajo el rótulo de top secret. Para su tranquilidad, debo añadir que la niña está a salvo. "No crea -agregó el anciano- que la monstruosa Banda del Ciempiés y sus expresiones un tanto absurdas y de mal gusto son una creación nuestra; de ningún modo. Pero es cierto que en ella hay algunos elementos nuestros infiltrados por medio de quienes esperamos acceder a ciertos informes vitales para la paz mundial". Carmody escuchó en silencio las palabras de su viejo amigo, y luego meditó en silencio durante un buen rato. Por fin, alzó su límpida mirada hacia los ojos del anciano, cuadró la mandíbula y dijo: -Estoy a sus órdenes, Sir W., ¿qué debo hacer? -Nada, Mr. Carmody -respondió el anciano, sonriendo benignamente-, nada salvo enviar un telegrama a sus hombres para que cesen toda acción. Desde luego, nosotros pagaremos sus sueldos mientras dure la inactividad que usted, gentilmente, nos ha concedido. Por lo demás, usted está en libertad. ¿Qué tal unas vacaciones en Londres? Adelantémonos ahora unas cuantas semanas y veamos qué sucede con Smithe Andrews. El ex jefe de policía iba reponiéndose lentamente, bajo la cariñosa vigilancia de Amanda Rosentahl y de otras enfermeras-policías adictas a él; cuando recuperó cierta lucidez, se añadió un prestigioso psiquiatra a la importante ayuda médica que recibía de continuo. El resultado de todo esto fue que, un buen día, Smithe Andrews saltó de la cama lleno de energías y salió a la calle con su camisón blanco, sus largos cabellos también blancos y sus llameantes ojos de profeta, dispuesto a enfrentar al mundo con una nueva personalidad. Ahora se llamaba, por decisión personal, Alexander Epstein-Müller. A duras penas, Amanda logró meterlo en un taxi y llevarlo al apartamento que compartía con Ema Llopis, otra de las chicas del grupo En los días subsiguientes, Andrews (ahora Epstein-Müller) fue estructurando rápidamente su nueva personalidad y tomó una serie de decisiones definitorias; primero se casó con ambas mujeres, Amanda y Ema, en el marco del rito religioso de una secta derivada de los mormones; y casi en seguida, después de una breve luna de miel, comenzó la prolija y veloz construcción de la gigantesca tarea que muy pronto lo llevaría a un primer plano en la estima popular. |
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