LA BANDA DEL CIEMPIÉS se publicó como folletín en el suplemento Verano/12 (del diario Página/12) entre el 3/1/89 y el 8/2/89.

20. Siguen las tropelías de la Banda

El cambio de personalidad de Smithe Andrews se debió fundamentalmente a la información que recibió de su psiquiatra cuando éste lo consideró, tal vez desacertadamente, en condiciones de recibirla; Andrews fue enterado de la muerte atroz de su mujer y de sus hijos, y de que había sido dado de baja por traición a la patria. Para resistir estos impactos su mente reubicó los hechos dentro de una diferente conformación ideológica, y paralelamente al cambio de nombre (ahora, Alexander Epstein-Müller), se dio a la tarea de lucha por la justicia, haciendo solventar sus actividades por algunos senadores desprovistos de objetivos interesantes para sus campañas electorales. Así surgió la "Fundación Pro Justicia", con la misión de investigar todo tipo de irregularidades y aportar pruebas de cada caso denunciado. Su imponente personalidad actual logró la colaboración desinteresada de abogados, criminólogos y periodistas; su imagen apocalíptica iba muy de acuerdo con su nuevo lenguaje, lleno de metáforas, vibrante y mordaz, y si bien aceptó que por razones sociales no era conveniente andar por allí con el camisón del hospital, satisfizo esta necesidad adquiriendo un traje blanco y amplio, que daba la idea de una túnica y armonizaba a la perfección con la blanca cabellera que se dejo crecer libremente. El hombre ganó la simpatía de las masas y el desconcierto de sus antiguos enemigos, quienes nunca pudieron averiguar el origen del misterioso Epstein-Müller. Su éxito más resonante fue la renuncia del actual jefe de policía.

Sus nuevas esposas, Ema y Amanda, sé vieron arrastradas en torbellino de febril actividad y llegaron a parir los hijos de Epstein-Müller casi sin darse cuenta y en forma casi simultánea; éstos fueron bautizados como Arthur Alexander y Charles Alexander. Años más tarde, Arthur Alexander engendró a Robert, quien engendró a Nathaniel, quien engendró a Oseas, quien engendró a Lamec, quien engendró a Jerome, quien engendró a Parsifal, quien engendró a Peabody, quien engendró a Orestes, quien engendró a Michael, entre otros; y Charles Alexander engendró a Woodrood, y éste a Elmer, y éste a Samuel, y éste a Desmond, y éste a Pinjas, y éste a Oswald, y éste a Edward, y éste a Cuauhctemoc, y este a Phineas, entre otros, pero esto no atañe directamente a nuestro relato.

La Banda del Ciempiés seguía causando estragos casi a diario. Una tarde, justo a la hora de la salida de las empleadas en una zona de grandes tiendas, en un periquete se formó el espantoso muñeco que, en rápidas ondulaciones, se movió durante dos cuadras buscando víctimas; éstas eran por lo general las empleadas más jóvenes, quienes se veían aferradas por manos nerviosas que les arrancaban las ropas, dejándolas en cueros en cuestión de segundos. Los chillidos de las mujeres ensordecían los oídos en varias cuadras a la redonda y se imponían incluso al ruido de las matracas y panderetas del Ciempiés. Entre los integrantes de la crapulosa Banda había dos o tres que se dedicaban a sacar fotos de las muchachas desnudas; el flash de las cámaras relampagueaba sin cesar, y luego esas fotos fueron enviadas a la prensa, la que, doloroso es decirlo, les dio amplia publicidad. Otro día, aunque el hecho nunca pudo ligarse fehacientemente con la Banda del Ciempiés, fueron robados simultáneamente todos los vehículos de los cuartelillos de bomberos y de una serie de hospitales, y todos confluyeron puntualmente a las cinco de la tarde en una de las más grandes y transitadas avenidas, haciendo sonar sus sirenas en los tonos más agudos y desplazándose sin control a toda velocidad, atropellando a todo lo que se pusiera en su camino, tanto coches como ómnibus como indefensos peatones; todo era aplastado, chocado, arrasado, en medio del ulular de las sirenas y del humo de los incendios de los coches y el griterío de todo el mundo.

Jonathan Morris, a todo esto, había logrado una serie de datos alarmantes, inaccesibles al público; en un principio, se fue apartando de sus actividades habituales, y por último se trasladó a un lejano país latinoamericano, poco antes de que comenzara la guerra con los chinos.

(Próximo episodio: "La guerra chino-norteamericana".)

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