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22. El secreto de la Banda del Ciempiés La historia aquí narrada se basa en una compleja investigación de documentos y recortes de periódicos, y en entrevistas personales o por correspondencia con gente que tuvo alguna relación con los hechos. Muchos datos me fueron aportados directamente por Jonathan Morris, el monje budista. A la sazón, él se encontraba alejado del periodismo y manejaba una extraña oficina de negocios; había adoptado la identidad de un español, y se había radicado en un país latinoamericano. Hablaba un idioma español perfecto, con leve acento madrileño. Paralelamente a su indefinida actividad comercial, llevaba adelante su misión religiosa y, a través de los años, había formado un número importante de discípulos. Cuando lo conocí, Jonathan Morris era ya un hombre de edad muy avanzada; sin embargo, sus movimientos eran ágiles y sus ojos, de mirada serena aunque penetrante, parecían ajenos al paso del tiempo. Una vez que completé estos apuntes, fui a visitarlo. -Está bien -dijo, cuando terminé de leérselos. -No estoy tan seguro -dije yo-. Mira, es posible que el lector deje pasar el hecho de que no se dice más nada de Angus y Betty; que se conforme con la incertidumbre acerca del pasado y del futuro de Molly, la pequeña vendedora de violetas; y lo mismo con todos los otros cabos sueltos de la historia, los que evidentemente se han perdido en la confusión de la guerra y de las sucesivas revoluciones. Pero lo que el lector no podrá perdonar jamás, es el hecho de que no se diga una sola palabra del enigma de la Banda del Ciempiés, ni de esa otra Organización criminal más vasta y todopoderosa. No sabemos quiénes eran, ni cuál era la intención de aquel ridículo muñeco, ni el porqué de esas agresiones tan salvajes y tan gratuitas a la sociedad. -Es cierto -confesó Jonathan. Tras una breve reflexión, sus ojos brillaron con malicia-. Podrías decir que se trata de un símbolo-agregó. -Mira, Jonathan -dije, pacientemente--. Me consta que tú sabes mucho, muchísimo más de lo que dices. -Es posible -admitió-, Pero, ¿qué te hace pensar que me hace bien saber lo que sé, y que al lector también le haría bien saberlo? -Eso no me importa -respondí, con cierta irritación-. Para un escritor sólo cuenta la salud de su relato, no la de los lectores. -Entonces debes fabricar un final literario. Después de todo, ¿qué es eso que llaman "la realidad de los hechos"? -Oh, conozco tu filosofía. Pero un trabajo basado en la investigación no debe concluirse con un parche postizo. Mientras escribía -agregué, después de una pausa-, se me ocurrió una hipótesis, que barajé todo el tiempo como algo posible, y no hubo ningún hecho que la desmintiera; se me ocurrió que la Banda del Ciempiés había sido creada sólo como una fuente de noticias para los diarios. Que detrás de la Banda no había otra cosa que el dueño de un periódico, o una sociedad de dueños de periódicos; fíjate cómo éstos multiplicaron sus ventas desde la aparición de la Banda -los ojos de Jonathan Morris se habían ido estrechando hasta recuperar lo que debió ser su primitiva naturaleza oriental; y a través de las ranuras entre los párpados fulguraron algunas lucecitas. -Allí tienes algo -dijo, al fin-. Te diré, es la mejor teoría que he escuchado jamás acerca de la Banda. Seguramente, allí tienes algo. -¿De modo que es eso? -exclamé, con entusiasmo. Morris encendió uno de los escasos cigarrillos que se permitía, aunque no los fumaba, después de la pitada inicial solía mantenerlos entre los dedos de una mano sin parecer volver a recordarlos. Me miró en silencio durante un largo minuto. Su rostro se había vuelto inescrutable. -No -dijo, entonces-. Es la mejor teoría que he escuchado, pero está tan lejos de la verdad como todas las otras. Y, sobre este tema, nunca pude sacarle una palabra más.
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