Aquella construcciæn interminable : Paisajes, cuerpos: libros

I

Me dediqué siempre a la fabricación de libros. Fui editor desde que empecé a trabajar e a los veintidós años en Omeba -una editorial de enciclopedias- como corrector de estilo. Seguí como diagramador, y cuando fallece el jefe de Producción me ponen a mí en esa área, con lo cual tengo acceso a todo el conocimiento del ámbito de las imprentas, del papel, de impresión, encuadernación, etc. En ese momento la empresa quiebra y empiezo a trabajar en la librería Fausto. Allí, al año de estar trabajando, aparece el proyecto de las ediciones de Fausto, y me lo encargan a mí. Salieron ediciones muy buenas, como las de poesía y de narrativa. Las de poesía eran ediciones bilingües, con traducciones de autores argentinos: Armani, Modern, Revol, Girri, Aguirre. Ahí aparecen La vida en los pliegues, de Henri Michaux, Huesos de Jibia, de Montale; de Terra Promessa, de Ungaretti. También se publica la Antología de Poesía Argentina, que compiló Raúl Gustavo Aguirre, una antología histórica porque fue la primera en incluir a los poetas más nuevos de la época. Fue fascinante, porque el trabajo editorial pasaba íntegramente por mis manos: la elección de autores, el encargo de la traducción, lectura del original, lectura de pruebas, diagramación, producción general... Era el único encargado del proyecto, no había un grupo editorial, y eso me permitió aprender mucho. Haciendo esos libros conocí al que fue mi gran amigo, Lucho Torres Agüero, en cuya imprenta trabajé un año como encargado de producción, prácticamente al lado de la máquina.

Lo paradójico es que en ese tiempo yo estaba en buena medida ligado con gran parte del mundo literario, y sin embargo no tenía ni amistad ni contacto con sus integrantes. Mi primer libro aparece cuando entro recién a trabajar a Fausto. Yo trabajaba en Agüero e iba a la imprenta Amorrortu, entonces fui y le dije al jefe de producción: "Quiero editarme este libro". Me había conseguido un editor, Juárez Editor, a quien le llevaba el libro hecho, le ponía el sello y lo distribuía, que fue lo que hice. Cuando apareció Cuerpos estaba ya en los finales de mi periodo en Fausto; lo edita Cuarto Poder, una editorial casi inexistente. Eran editorial que casi no existían, pero tenían un sello registrado, y entonces los libros no aparecían como edición del autor, pero en realidad eran ediciones del autor. Ya Paisajes, el tercer libro, aparece en el sello de Torres Agüero. Esos libros casi no circulaban. Yo se los daba a gente conocida; tampoco me importaba mucho que estuviesen en librerías. Los objetos del miedo obtuvo, extrañamente, una nota muy buena de un periodista de Clarín a quien yo no conocía, Ubaldo Michi. Era una nota extensísima, de media página, y decía que Los objetos del miedo era el mejor libro publicado en los últimos 20 años. Yo no lo conocía a Michi, no conocía a nadie del ambiente, había mandado el libro al diario porque me habían dicho que había que mandarlo a los diarios. Después, silencio total. Ni me llamaron ni me conecté yo con los poetas... La poesía estaba dividida en dos grandes bandos: La Nación, que agrupaba a toda la derecha argentina, y la poesía social de los sectores de izquierda. Yo no estaba en ninguno de los dos grupos; para unos era sospechoso de ensuciar la tradición, y para otros de pureza en el medio expresivo, y entonces no anclaba en ninguna parte. Pasó lo mismo con Paisajes.

Yo publicaba los libros y me retraía. No asistía a lecturas, prácticamente. Tuve sí una persona que me apoyó mucho, y me presentó Paisajes y Reino Sentimental: Enrique Pezzoni. Era un tipo con el que yo hablaba mucho de poesía. Me apreciaba mucho, le gustaban las cosas que hacía. Los herederos de Pezzoni se han vuelto sectarios. Toda la zona de la crítica nacida de la universidad se ha vuelto sectaria. La crítica para alguien como Pezzoni no era una especialidad, sino una extensión de la escritura; el texto era lo principal. Da la impresión que a partir de cierto momento esto se invirtió: para el crítico lo principal es el texto crítico. Toma como pretexto un poema, pero el poema puede no existir, en la medida en que crítico ejerce su discurso con prescindencia total del poema. A Pezzoni lo conocí cuando él era lector de Sudamericana y yo ya trabajaba en Editorial de Belgrano. Él me mandaba a algunos autores que no podía publicar en Sudamericana. Por ejemplo, a Alberto Laiseca. Yo publiqué en la EB Matando enanos a garrotazos, de Alberto Laiseca. Ahí no edité poesía, pero sí narrativa de la mejor, de una gran parte de los autores hoy más reconocidos. El primer libro de César Aira se publicó allí: Ema la Cautiva; también Música japonesa, de Fogwill y los de Isidoro Blaisten, que ya era conocido pero en el mundo literario, y pasa a ser un escritor con público más amplio con Cerrado por melancolía, mientras todo lo que él había escrito antes y estaba disperso se publicó en Cuentos Anteriores. También publiqué a Carlos Gorostiza, y a un autor que hoy ha sido olvidado, Arturo Cerretani, a María Granata... Entre el '76 y el '83 el anclaje en la Editorial de Belgrano fue, digamos, "seguro". Lo paradójico fue que publiqué a todos los escritores "contestatarios". Incluso publiqué un libro del hermano de Pacho O'Donnel, Guillermo O'Donnel, que se llamó El Estado burocrático autoritario, que me valió la renuncia a la Universidad de Belgrano, porque algunos amigos del rector, Porto, le dijeron que yo estaba publicando literatura subversiva.

Ya cuando aparece Reino Sentimental yo ya tenía mi propia editorial, Grupo Editor Latinoamericano. Ahí se produce un hiato fuerte, porque entre el '85 y el '95 yo me "borro" absolutamente de la actividad literaria. No me separé de la poesía, porque yo pensaba en eso diariamente, pero no escribí nada. Hasta el año '93 no escribí una sola línea, y no tenía prácticamente vínculos con poetas. Sí alguna charla circunstancial, por ejemplo con Tamara Kamenszain, o con Arturo Carrera, pero cada vez menos. Inicié el Grupo Editor con un título sobre temas ambientales, pero como esto recién empezaba prácticamente me quedé sin trabajo. Cuando subió Alfonsín Gorostiza me nombra director de ECA (Ediciones Culturales Argentinas), donde estuve un año y medio. Después Luis Gregorich me lleva a Eudeba. Publicamos el Nunca Más, e hicimos algunas ediciones soberbias; por ejemplo una Historia de la tortura en la Argentina, de Rodríguez Molas, y una Historia del humor Gráfico en la Argentina, hecha por Siulnas, un libro que me permitió conocer sobre el humor político histórico, que es extraordinario. Eso tiene bastante que ver con algunos conocimientos de bibliografía que utilicé para el último poema ("Aquel corazón descamisado"), por ejemplo cuando aparecen voces como "gauchiciudadano", son expresiones de los poetas y periodistas paródicos de El Mosquito, en el siglo XIX. En el año '93 empiezo a escribir los poemas de Vida privada, cuyo título tenía que ver con lo vivido durante esos años. Lo escribí entre el '93 y el '95, cuando apareció. Habían sido ocho años de escribir ni una línea, y cuando me puse a escribir lo hice casi diariamente. La Dama de mi mente también fue escrito en dos años, apenas terminé de escribir Vida Privada, y lo mismo pasó con En la maleza.

 

 

 

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