|
Hace apenas unos meses, el sello Siesta
publicó La máquina de hacer Paraguayitos, obra ganadora
del concurso de poesía organizado por esa editorial, primer libro de
Santiago Vega. Los lectores ávidos en busca de nuestro autor pueden
encontrar asimismo inconfundibles huellas de su puño (las letritas son
ajenas) en el cuerpo de "La Novia de Tyson" , revista que dirige
junto con otro poeta que se las trae (las piñas, digo): Edwards, Rodolfo.
Quién sabe. Hay cuestiones parecidas a agujeros
negros: sólo admiten hipótesis, no respuestas, y tanto unas como otras,
como habrá comprobado quien haya tenido el valor de asomarse a la precedente
nota al pie, se desintegran al menor contacto imaginario con su objeto
terrible y banal. Por nuestra parte, aunque no somos los felices poseedores
del dinero ni de las claves de 'planificación' (o, simplemente, del
capricho) de quienes podrían darse el gusto de perder unos patacones
para ganar la dicha de producir algo tan cercano de la perfección como
un buen libro de poesía, y aunque a guapos del lumpenaje nos gana hasta
la primera novia de Pelé... Como no somos nada, digo, salvo egoístas
virtuales sin grandes oportunidades de demostrar lo contrario, gastamos
gozosamente algo de tiempo en editar y como -en efecto- sí podemos,
algo de esta prosa alucinada, lujuriosa, rítmica, irónica, incierta,
en fin: de Santiago Vega. Sabemos cómo empieza, ahora, porque aquí va un primer capítulo. Sabemos algo de su personaje principal, aunque subsiste otro misterio (y si supiéramos, nosotros, no seríamos): ¿cómo fue que el bailantero maratónico de Tucumán, Cucurto, devino poeta y, como si fuera poco, uno más de esos sujetos impredecibles, guarangos, cadenciosos, increíblemente temerarios y lúbricos, capaces de cualquier desmán en el desvarío vengativo del sigilo -un dominicano? No sabemos cómo, menos el por qué, y menos hacia dónde va esta novela que iremos completando en próximas entregas; pero sabemos que alguna clase de respuesta flota en este potingue del desmadre peronista/caribeño, y también que a esta altura la respuesta importa menos que todos esos brillos y perfumes y texturas de golosina ardiente que ofrece un mundo de infinita miseria y de infinita felicidad, fruta podrida (escribió un nadaísta) a fin de cuentas. Y algo más podemos arriesgar (total no es gratis): también en esto de novelar, de ver sin velos en un sueño lleno de inminencias, este raro hereje milagrero, el tal Santiago, encuentra en su camino la dicha de escribir a costa de un precio que sólo él conoce y calla, como perfecto caballero salteño o antillano. Es una hipótesis. Desde el borde de estas fantásticas heredades abonadas casi exclusivamente por el cinismo y el hastío, algo incómodo, como si pensara todo el tiempo -ebrio de sí- en otra cosa, pero dispuesto a reír primero y mejor a costa de nuestra resignada hipocresía, mesié Vega es presa una y otra vez del vértigo y la fatalidad de estar acá, ser esto. Quiero decir: se las ve negras. |
|
|
|
|
| 1 Así enunciada, la pregunta parece lo que es, estúpida o capciosa. Pero se trata se mostrar un síntoma, no de magnificar un caso que, por otra parte, justifica más la celebración que el denuesto. No postulo un complot, desde ya, sino algo que estaría, casi, en las antípodas. Porque a veces, a cierta altura de las celebraciones, nadie sabe ya para qué había acudido a la fiesta, o termina festejando otra cosa, que olvidará al día siguiente con el primer vaho de las fragancias matinales sobre el hedor de la resaca. Recuerdo ahora el episodio del joven cordobés que en estos días, después de presentar un no-invento tan absurdo como una supuesta cafetera parlante que además era ¡una guía de calles!, fue proclamado por la academia 'científico del siglo', recibido, por el gobernador De la Sota, invitado al programa de la Susy y, por supuesto, enfocado y luego desenmascarado prestamente por los mascarones sin proa de los noticieros. Eso: "¿cómo fue posible?'' Además de explicar en parte por qué cierta tradición de malas novelas pergeñadas por los ideólogos de la patria surreal/populista ha producido producido tantos best-sellers, el hecho suscita una vez más la sospecha de que, encriptados en el reverso de algunos falsos misterios, los mecanismos que postulan y rigen 'la realidad' en términos de consenso estadístico son, a su vez, tan estúpidos y capciosos como parecen. Porque yo no me sorprendería si, para explicar el caso que nos ocupa, alguien sostuviera que las editoriales no editan poesía por cuestiones obvias de mercado; por supuesto, primero: estaría mintiendo -poesía se edita; segundo: omitiría el dato de la gran cantidad de narrativa nacional 'de catálogo' que abarrota año a año, terca e infalible, las mesas de saldo (papel sí: se vende). Y si alguien sostuviera una vez más que la poesía no se vende porque/ la poesía no se vende, sólo ratificaría que 'al que nace barrigón...' más vale ponerle una faja laudatoria, algo que no necesitan los buenos libros para convocar a la paisanada -mucha o poca, pero de fierro. Claro que, en última instancia, a falta de recursos puede recurrirse a la inversión del cross: cuando se tiene algo que leer..., en fin: importan menos los soportes de lectura que negarse a naturalizar el zumbido ensordecedor de la incoherencia en un ámbito donde tantos moscardones sumamente productivos 'prestigian' los fondos editoriales antes de ir a alimentar, olvidados para siempre, los fondos de los estantes o, peor, de los depósitos. | |
![]() |
|