Todos los muertos tienen ojos kirlian, una novela de Saurio de la cual aqu presentamos unos captulos.

 

Tanto las personas (aparece tachada con equis la palabra personajes) como los sucesos que aquí se refieren son absolutamente reales, cualquier falta de semejanza con personas vivas o muertas podría adjudicarse a otro fracaso de lo que entendemos corrientemente por realidad.

Néstor Sánchez, Cómico de la lengua.

 

 

 

Esto quizás quedaría mejor si estuviera filmado en cámara lenta, con el subte llegando repleto a la terminal en una mañana lluviosa, la gente bajando rumbo a las oficinas, con la mirada ausente de todo aquel que no se sabe observado o si se sabe no le importa o si le importa no lo demuestra, quizás la escena debería estar musicalizada con un colchón de sintetizadores new age o algo así, la iluminación debería ser mediocre y la imagen granulosa, como comercial de institución de bien público, aunque una buena factura técnica tampoco le quedaría mal, siempre y cuando la gente que desciende no parezcan extras ni que la cámara nos señale con insistencia al tipo que repentinamente extrae una enorme metralleta de abajo de su impermeable y comienza a disparar a diestra y siniestra contra la multitud que corre aterrorizada, gritando, mientras cabezas estallan en cámara lenta, y la sangre vuela y el tipo continua disparando enloquecido, quizás aquí habría que hacer un primer plano de una madre corriendo con su bebé en brazos, el rostro de ella bañado en llanto y pánico, como para darle más dramatismo a la escena, un golpe bajo a los sentimientos del espectador, es más, una de las balas podría hacer impacto en la madre o en el bebé o en ambos, matándolos pero no inmediatamente, así la cámara puede regodearse en sus agonías que seguramente provocarán que una lágrima furtiva asome en la comisura de nuestro ojo izquierdo, también podríamos ver a policías ágilmente saltar los molinetes con sus armas listas, dispuestos a detener al maniático de la ametralladora, claro que no lo lograrán sin que antes el novato sea alcanzado por una de las balas, malhiriéndolo, o, mejor aún, no es el novato sino el veterano policía al que le faltaba sólo ese día para jubilarse, sea como sea, luego, cuando todo acabe, lo veremos tendido en el suelo, hablando con dificultad, probablemente porque tiene los pulmones inundados de sangre, y diciéndole a su compañero sus últimas palabras, emotivas, demasiado emotivas, excesivamente emotivas, como para asegurarse de que nadie del público se quede sin siquiera moquear y sentir un nudo en la garganta, también dirá que tiene frío y su interlocutor le repondrá que pronto se sentirá bien aunque ambos saben que es mentira, luego veremos a los paramédicos intervenir llevándose al policía herido de muerte y hasta es posible o casi seguro que haya un corte y la escena transcurra ahora en un bar, donde el otro policía, vestido de civil, observa meditabundo el girar de los cubos de hielo en el vaso de whisky que sostiene en su mano y un tercer policía, evidentemente de rango superior aunque buen amigo de sus subordinados, se le acercará y le dirá "beber no le devolverá la vida" o algo por el estilo y el otro estallará en una frase que seguro comenzará con la palabra "maldición" o "demonios" y que contendrá también la construcción "ese maldito bastardo" y algo de información sobre el compañero muerto, pero, claro, todo esto ocurrirá mucho después, porque la masacre continúa en la estación de subte, con muchos primerísimos primeros planos del rostro del asesino y de las inocentes víctimas, los ojos crispados y las venas de la frente saltadas en el primer caso, las bocas cuadradas en un grito y las miradas de pánico en el último, veremos también a uno de los policías, quizás el que luego estará ahogando sus penas en el bar o quizás no, sino otro, más osado y rebelde y que luego será asignado como compañero del que veremos en el bar, dándose un constante contrapunto entre ambas personalidades, uno que se aferra a las reglas del buen policía y el otro que opina que el fin justifica los medios, y aunque a lo largo del film habrá momentos de tensión entre ambos al final se harán amigos, máxime cuando ambos logren desbaratar una compleja operación de narcotráfico y sean condecorados por esta acción, aunque no hay que descartar, y es una buena idea, un gag final en el que el policía rebelde hace una de las suyas y el otro gritará neurótico el apellido de éste y la imagen se congelará para que pasen los títulos finales, pues bien, es este policía de métodos heterodoxos, que, dicho sea de paso, es el galán de la película, ya que el otro es seguramente negro, viejo y algo gordo, decía, es este policía el que se arrastra dentro de los vagones del subte estacionado, oculto de la mirada del maníaco que continúa disparando su metralleta (¿tantas balas tenía o será un efecto de la cámara lenta? Nunca lo sabremos a ciencia cierta), hasta que queda a sus espaldas y con su enorme pistola, evidentemente no reglamentaria, pone el tiro del final en la nuca del asesino.
Claro que esto no está filmado y es muy posible que ni siquiera la policía llegue a tiempo para detener al tipo de la metralleta, quien, después de haber disparado contra la multitud, coloca el caño de su arma en su boca y se vuela la tapa de los sesos, y todo en cuánto, ¿dos, tres minutos?, seguramente menos, en la vida real todo pasa demasiado rápido como para disfrutarlo, aunque, claro, no hay que olvidarse que en tercer año la profesora de Literatura (le decíamos la Chuchi y también es interesante agregar que fue ella la que entró cuando yo estaba furioso mordiendo la mano del pelotudo de Salgado porque el hijo de puta me había sacado de mi mochila el sánguche que me traía para el almuerzo y no me lo quería devolver por lo que me le tiré encima luchando por mi comida, pegándole rodillazos en los huevos y trompadas en la espalda, y el desgraciado, en vez de darse por vencido revolea mi sánguche por la ventana provocando mi ira desmedida y que no me quede más remedio que cazarle al voleo la mano y clavarle con toda la fuerza de mis mandíbulas el filo de mis dientes y no soltársela por nada del mundo, aunque este nada del mundo duró bien poco ya que La Chuchi entró y nos separó, horrorizándose por la sangrante y profunda herida de la mano de Salgado y la mirada psicótica que brillaba en mis ojos llorosos exclama un sermón que en alguna parte contiene hacia mí la pregunta-afirmación "Qué... si hubieses tenido una lapicera en la mano se la habrías clavado en un ojo" a lo que yo respondí con un sí que convertía su hipotética y, para su pedagógico criterio, salvaje acción en lo más natural del mundo, y de hecho lo era, ya que de haber tenido cualquier objeto punzante a mi alcance lo hubiera clavado en la espalda o en el estómago de Salgado, no en los ojos como sugirió ella porque los ojos son la parte de la anatomía que más impresión me dan y hasta en una ataque de furia homicida uno tiene un límite) nos informó acerca de la diferencia entre tiempo cronológico y tiempo subjetivo, ejemplificándolo con "El milagro secreto", claro que tergiversando las intenciones de Borges, minimizándolas hasta convertirla en una fabulita religiosa escrita por un ateo o en algo aún peor.
Lo cierto es que investigaciones posteriores permitieron conocer lo siguiente: el misterioso hombre del subterráneo se llamaba Rogelio Molinari, 55 años, comerciante, casado, dos hijos, sin ningún antecedente penal. También se supo que gozaba de una holgada posición económica, que era feliz en su matrimonio, que en una semana tenía planeado un crucero por las Islas Gaviales, que era un buen tipo, incapaz de causar daño a nadie, temeroso de las armas, honesto y trabajador, equilibrado, sereno, con una estabilidad psicológica que sería la envidia de la mayoría de nosotros. El día en cuestión había salido normalmente de su casa rumbo a su negocio, ubicado a tan sólo diez cuadras, donde numerosos testigos lo habían visto entrar como todos los días. Una hora después estaba asesinando gente en una estación de subtes en la otra punta de la ciudad, sin haberse encontrado una razón valedera para su accionar, ni siquiera un repentino ataque de locura. Simplemente Rogelio Molinari disparó ráfagas de metralla a la multitud, porque sí, un acto en estado puro, sin motivo, sin moral, sin razón o sinrazón, un acto contenido en sí mismo, que no conoce causas anteriores y que no debería tener consecuencias posteriores para ser perfecto, pero que lamentablemente no lo es por la maldita costumbre de que siempre hay un después encadenado al ahora y la infinita belleza del acto de Molinari es contaminada y pisoteada por no sólo las desgracias de parientes y conocidos de las víctimas y de Molinari, que, bueno, son inevitables, sino por las teorías, por las explicaciones, por las conjeturas, y así nos pasamos meses escuchando obviedades por los medios de comunicación sobre la salud mental de don Rogelio, luego empiezan a aparecer hipótesis conspirativas que involucran al Gobierno, a los OVNIs y/o a las conjunciones planetarias y zodiacales (¿qué? ¿acaso no sabía que la astrología es una paranoia institucionalizada? ¡qué poco que sale usted, mi amigo!) y así todo se va tergiversando, nadie entiende nada y la confusión nos va volviendo cada día más idiotas. Puedo asegurarles que en ningún momento pasó por la mente de Rogelio Molinari ni el más mínimo pensamiento relacionado con la matanza, aún cuando estaba disparando, aún cuando se volaba la cabeza (después sí pensó algo, claro que en forma muy fragmentada ya que su cerebro estaba hecho pedazos y medio chamuscado). Todo lo que ocurrió fue que el tal Molinari dejó su negocio a cargo de un empleado de nombre Alejandro Falansterio, ya que tenía que ir al centro a hacer unos trámites relacionados con el viaje de placer que iba a emprender en una semana junto a Isolina Semperphi, su esposa, tomó el subte y al bajar del mismo extrajo una metralleta de abajo de su impermeable y apretó el gatillo.
Cualquier otra cosa que se diga al respecto es mentira.

 

 

Podría también comenzar con un plano exterior en una zona prostibularia y portuaria, de noche y con bruma, como para que el lector sepa de entrada que se trata de un ambiente lumpen y marginal, con personajes que no dudarían un instante en clavarte un tramontina por un billete de dos pesos, quizás podríamos agregar un par de putas, un marinero vomitando en un farol, un gato (negro, en lo posible) hurgueteando en un tacho de basura, o ratas, varias de ellas, cruzando el empedrado iluminado por la luna mientras la cámara se va acercando a un bar, un letrero de neón zumbando entre parpadeos, una buena cantidad de Harleys en la puerta, música fuerte asordinada por la pesada puerta de metal, a lo mejor algún borracho que es arrojado por la ventana aunque en realidad no, ya que el bar no tiene ventanas, es un cubo de ladrillos mal ventilado, así al entrar nos golpea en las narices el vaho caliente y espeso de cigarrillos y alcohol, mientras sobre una tarima y acariciando un caño vertical una mujer con unas siliconas enormes simula masturbarse mientras se desnuda frente a un par de gordos sudorosos y con el peluquín a punto de caer, avanzar entonces por la semipenumbra entreviendo los malvivientes y la escoria que aquí se ha reunido hasta llegar a la barra donde quizás el protagonista, un particular detective privado a quien desde ahora llamaremos Basidio Rickettsia, está sentado esperando a un informante anónimo que le revelará el nombre del verdadero asesino de la platinada starlette Mónica Glamour.
Sin embargo el bar, pese a ser de mala muerte y estar en un barrio prostibulario y portuario, etcétera, no es el descripto, no, no conviene que así sea, es mejor que esté un poco más iluminado, que haya unos billares, un metegol, que en las mesas estén jugando al truco, y que no haya música ni strippers sino un televisor cerca de la caja, aunque, sí, está Basidio Rickettsia en la barra y sí, él está esperando a un informante. Que en realidad Basidio no sea estrictamente un "detective" y que el caso no sea la muerte de Mónica Glamour sino el robo de un depósito de electrodomésticos son sólo detalles en una historia que, como todas las historias, es importante en la medida que decidimos que lo sea.
Entonces podríamos suponer que la cámara da un plano general del tugurio y luego se dispone a acercarse a Rickettsia para que éste, en off, nos narre lo que previamente ha sucedido y que no hemos visto, algo que nos lleve quizás indefectiblemente al flash back en el que veremos a él siendo abordado por su vecino Pedro Parafernaglia que le dice entre desesperado y enfurecido que no sabe cómo pero alguien le había saqueado el depósito durante la noche sin haber forzado ninguna cerradura ni haber activado la alarma, a lo que Basidio le contesta "Seguro que fue alguien de tus empleados" y Parafernaglia "Pero cuál, si son todos de confianza...", "Dejá, yo te lo averiguo" dice nuestro héroe y a la noche siguiente se va a "Los tres sobrinos", el antro en donde nos encontramos y en el cual Rickettsia espera encontrar a "Diosdapán" Murciano, un pintoresco personaje que lleva una aleatoria vida de ladronzuelo más que nada por necesidad o, mejor, por convicciones anarco-libertarias ("La propiedad privada es un crimen" - lo oiremos decir - "Yo lo único que hago es emparejar las cosas") y que le debe varios favores a Basidio, quien lo ha salvado unas cuantas veces gracias a sus contactos con la yuta. Pero, sin embargo, no alcanzaremos a experimentar todo esto ya que cuando Rickettsia apura su trago para comenzar con la narración uno de los parroquianos le gritará al dueño del bar "¡Subí el televisor, subilo!" a lo que éste obedece y escuchamos a un periodista en exteriores comentando "... policía se encuentra investigando la misteriosa desaparición del cadáver del ex-campeón del mundo José "Piñón" Taborda, quien falleciera el viernes pasado. Recordemos que...", aunque sería mejor que la muerte y posterior desaparición de Taborda haya ocurrido varios años antes, muchos años antes, y que la policía no haya investigado nada, así es más coherente con la primera parte de la premisa que me lleva a contar esta historia: un boxeador negro, drogadicto y homosexual, ex-campeón del mundo, muere, sólo y olvidado, de tuberculosis en un hospitalucho suburbano. Así que lo que la televisión emite es un programa deportivo y quien habla es el comentarista principal, elegantemente vestido con un blazer azul de brillosos botones dorados que realza la imagen de equilibrio y mesura que transmiten sus bien peinadas canas, quien recuerda "Un día como hoy fallecía sólo y olvidado el ex-campeón del mundo José "Piñón" Taborda y fue en este último acto cuando pudo recuperar aunque sea por unos breves instantes la fama que había conocido. Recordemos que su cuerpo fue robado de la morgue del hospital y nunca más pudo ser recuperado, rodeándose de un aura de misterio y...", a lo que en este momento el parroquiano que había pedido que subiesen el volumen le dice a Rickettsia "Yo sé que pasó con el muerto" y éste hace un gesto de incredulidad y complicidad hacia el barman, como diciendo "El alcohol le destruyó el cerebro a este viejo" pero el barman, sin dejar de limpiar con un trapo un vaso, le dirá a Basidio "Yo era muy joven pero recuerdo cuando Umberto y los hermanos Cohen vinieron con el cuerpo...", acá Umberto interrumpe "No, sólo estaba David, el mayor de los Cohen. El otro que se robó al boxeador era el Chino Miraflores. Es más, creo que fue idea de él. Cati, la hermana, estaba internada en el mismo hospital y el Chino, no sé si por embole o por nervios, se puso a caminar por los pasillos y lo vio a Taborda, ya de última, hecho mierda, un desastre, y como el Chino era un fanático del box empezó a visitarlo al pobre viejo hasta que un día encontró la cama vacía y el enfermero le dice 'Taborda murió anoche', '¿Dónde lo velan?' preguntó el Chino 'Con suerte lo van a tirar a una fosa común'", quizás ya cuando el Chino se encuentra a Taborda dejemos de escuchar la narración de Umberto y pasemos a un flashback, donde lo vemos a Miraflores junto al boxeador agonizante, cuidándolo en sus últimas horas, hasta que ocurre el diálogo con el enfermero y entonces se produce un corte y ya es la tarde, más bien el anochecer, con el Chino poniéndose en pedo junto a Umberto, mucho más joven, obviamente, y el mayor de los Cohen, los tres bien en pedo, el Chino debería entonces golpear la mesa con furia y decir "No puedo permitir que José Taborda sea tirado como un desperdicio" aunque quizás lo que realmente haya dicho sea más pedestre y hasta es posible que todo el preludio de compasión hacia el campeón en decadencia no haya ocurrido y lo que pasó es que el Chino se enteró que un boxeador famoso había muerto y nadie había reclamado su cuerpo, pero lo cierto es que convence a Umberto y al mayor de los Cohen de entrar a la morgue y robar el cadáver, quizás su idea sea una broma de borrachos y no un acto reivindicativo. En realidad, no importa. O, mejor dicho, a la Realidad no le importa. Porque la Realidad no conoce de razones narrativas, no tiene comienzo, nudo, desarrollo y conclusión, no hay clímax ni banda sonora. En el mundo real todo es terriblemente más aburrido y sutil. En el mundo real las cosas ocurren inadvertidas y es el paso del tiempo quien las transforma en irreales, en narrativas. Así que, la verdad, poco importa cómo fue que el Chino Miraflores supo de la muerte de "Piñón" Taborda y se le ocurrió robar el cadáver. Lo importante es que lo supo y se le ocurrió. O ni siquiera eso es importante. Nada es importante. Pero si nada importa, todo se transforma en significativo y es gracias a esta paradoja que resulta bastante probable que antes de este flashback hayamos visto un poco de la vida de los tres personajes, el Chino vende diversos aparatejos electrónicos en el tren, Umberto es mecánico y David trabaja en un supermercado, los tres se reúnen los sábados a jugar a la pelota con otros amigos en la canchita de cerca de la vía, también se juntan en el Bar y Billares "La Amistad" a tomarse más ginebras de las aconsejables, quizás el Chino es el mayor de todos, debe andar cerca de los cuarenta, Umberto más o menos tenía veintisiete años en aquella época y David Cohen era un pibe, diecinueve aproximadamente, y todo esto se nos informó con el propósito de que quizás encontremos aquí alguna clave de por qué los tres borrachos cargan el cuerpo del boxeador muerto en un carrito de supermercado, aunque, como todos ya sabemos, suponer que la vida anterior de alguien puede echar una luz sobre los hechos que deseamos observar puede ser una presunción riesgosa y que probablemente lleve a falsas conclusiones.
Así que tal vez, sólo tal vez, mientras el Chino, Umberto y David caminan a los tumbos rumbo al hospital, entran en éste y roban el cadáver, podrían ir apareciendo flashes de la vida de "Piñón" Taborda, su infancia pobre y miserable, con una madre borracha y prostituta, padrastros violentos que abusaban sexualmente del pequeño Josecito, quien no tuvo más opción que abrirse paso en la vida a los golpes, después pasar a su adolescencia, trabajando en un frigorífico, donde en algún momento se trenza en una pelea con un compañero de trabajo y, casualmente o no, lo descubre Tony Cardozzi, quien viera su carrera de boxeador trunca por un accidente automovilístico y sólo pudo ser un entrenador con bastante mala suerte en la elección de sus pupilos, pero con José no es así, "Piñón" ve en él al padre que nunca tuvo, quizás esta relación habría que explotarla hasta el hartazgo de lo meloso, más aún cuando, en el pináculo de su fama, la mafia presione a Taborda para que abandone a Cardozzi y éste se niegue, ocasionando quizás el comienzo de su caída, o no, quizás sería más dramático que, cuando el éxito y el lujo le sonría a Taborda, Tony, paternal, le advierta "José, estás rodeado de malas compañías" o, refiriéndose a la adicción a la heroína de "Piñón", "Esa bazofia no te dará la felicidad" y el boxeador, nublado su entendimiento por los oropeles de la fama y las adulaciones de los obsecuentes, le diga "¡Cállate, viejo bastardo!" o algo así, y se rompa la relación con su entrenador y único amigo verdadero, la caída vendrá después, por otras razones, algún enfrentamiento con un mafioso de poca monta, nadie importante pero con suficiente poder como para cagarle la vida, quizás se deba a una deuda de juego, o que le haya exigido a Taborda que se dejase ganar en una pelea en la que este mafioso, llamémoslo "Slim" Partigiano, había apostado al contendiente, que podría ser primo del mafioso o algo así, cualquier cosa que haga que "Slim" esté muy interesado en su triunfo, y "Piñón", orgulloso, casi en un acto de hubris, lo eche de una trompada y, desde el piso, acariciándose la mandíbula, Partigiano gritará "¡Me las pagarás, sucio negro pederasta!", o "¡Maldito macaco invertido! ¡Has firmado tu sentencia de muerte!", y así aparecerá en todos los medios un joven, hijo de un congresal conservador, que denunciará que Taborda quiso violarlo, o, que de hecho, lo violó, no, mejor, dirá que lo sedujo y lo llevó a una vida de perversión, sodomía y drogadependencia, y ahora éste joven, menor de edad, obviamente, se ha dado cuenta de su pecado y desea que su corruptor sea castigado con todo el peso de la ley, entonces vendrá el escándalo, un juicio, el hostigamiento de la prensa, y aunque después se pruebe que el muchacho mentía, que alguien lo había sobornado para que contase esta patraña, esto no logrará acallar los cientos de voces de amantes despechados de "Piñón", quienes venderán sus historias a periódicos amarillistas, narraciones detalladas de las orgías en la mansión de Taborda en las cuales el alcohol, la droga, el sexo anal, el bestialismo y otras depravaciones eran moneda corriente, recordemos que esto ocurre hace muchos años atrás, en una época más puritana que la nuestra, abiertamente más intolerante, y semejantes aberraciones son inaceptables, así que Taborda es condenado a un virtual ostracismo, sus antiguos compañeros de juerga lo desconocen, asumen sus personajes de pilares de la sociedad, defensores de la moral, y el pobre boxeador va cayendo en la miseria nuevamente, perdiendo toda su fortuna en sostener sus vicios, quizás algún taxiboy robará a este pobre y decadente hombre en desgracia, tal vez hasta José se reencuentre con Tony y este lo perdone, porque un padre siempre perdona, y todos lloraremos porque los violines de fondo nos indican que ese es el comportamiento indicado, la reacción que el director, el guionista, el productor, todos esperaban, hasta es posible que ésto nos deje alguna enseñanza, una lección de vida, es más, no descartemos la frutilla sobre esta empalagosa torta, que Cardozzi ayude a Taborda a desintoxicarse, que ambos, con fuerza de voluntad, logren vencer al flagelo de la droga. Sobre la pederastia de José Tony no dice nada, o sí dice, "Cada cuál es libre de elegir su sexualidad. No comparto ni entiendo tus inclinaciones pero las respeto, maldición, las respeto" dice, por las dudas ya nos habíamos olvidado que Tony Cardozzi es un tipo comprensivo, que realmente ama, paternalmente por supuesto, a José Taborda.
Claro que, como ya dijimos, la vida real es mucho menos atractiva, o no está tan cargada de dramatismo, de momentos intensos en que nuestra sensibilidad es arrasada por un tren cargado de emociones diversas, frases certeras y planos y contraplanos, sino que es una gelatina gris que se escurre entre las manos de quienes la viven y lo hecho, hecho está, las palabras correctas aparecen aleatoriamente y no hay música incidental que nos guíe en la reacción apropiada, y perdonen que insista con esto, pero es importante para la comprensión de todo este libro, como también es importante saber que nada trascendental es intencional, y lo voy a seguir repitiendo una y otra vez, como un monomaníaco, hasta que el lector se convenza o aburra, o hasta que yo me aburra y me convenza de que reiterar una y otra vez la misma idea será un buen truco para llenar páginas mientras algo más inteligente se me ocurra pero también es cansador y no habla muy bien de mí, si tan sólo pudiera disimularlo un poco más quizás, quizás, al fin y al cabo cuántos han hecho una obra literaria con mucho menos que las dos o tres ideas lúcidas que alguna vez cruzaron mi cabeza, pero uno es un idiota con demasiado sentido del honor y la autocrítica, y en vez de estar aquí, mostrando las armas del reino, desnudando mis secretos y mis dudas, debería estar escribiendo esta novela en forma llana y clara, sin marchas y contramarchas, como para ganar un hipermarketineado premio literario con posterior traslado de la historia a la pantalla grande, ayudar a seguir manteniendo viva la ilusión de que el cine argentino no sólo goza de buena salud sino que está superando sus errores, cuando sigue siendo la misma mierda, la misma sarta de frases obvias, imágenes pretenciosas y actuaciones declamatorias, pero yo sigo en mis trece, dando vueltas, revelando todo, y encima quedo como un energúmeno envidioso, necio hasta el fanatismo, consumiéndome en mi propio veneno, en un charco de mi propia bilis, hasta es posible que haya alguien que crea que ésto es lo que yo realmente pienso, sin distinguir que rara vez autor y narrador coinciden, claro que en este caso la similitud es bastante fuerte y, sí, nadie cometerá perjurio si dice que yo odio al realismo, que creo que el escritor debe de ser un mentiroso, que tiene la obligación moral de engañar constantemente al lector, y también no se equivocará aquel que diga que siento un prejuicioso rechazo hacia cualquier otro producto narrativo que se produzca en estas pampas, quizás sea envidia, quizás sea buen gusto, la frontera entre uno y otro es tan delgada que a veces pareciera ni existir, encima no sé si estoy muy de acuerdo conmigo mismo cuando escupir mierdas al realismo cuando, al fin y al cabo, la historia de los tres borrachos robando el cadáver de "Piñón" Taborda es real, la saqué del diario, y es probable que en el resto del libro haya muchas más cosas que saque luego de revolver papeles, o sea, dejémonos de joder, concentrémonos, volvamos a enfocar la cámara en el Chino Miraflores, en David, el mayor de los mellizos Cohen, y en Umberto Pandarva, cuyo apellido no fue mencionado antes porque el lector no preguntó, en la puerta del hospital, sosteniéndose mutuamente, en un precario equilibrio tripartito, entre risas y sshhhs amorfamente identificables sólo porque uno sabe que eso es lo que generalmente debería estar ocurriendo cuando tres borrachos están a punto de entrar a robar un cadáver en la morgue de un hospital, ahora que lo pienso, quizás el enfermero está complotado con ellos, es amigo del Chino, o le debe algún favor, o algo, y entonces no fue porque la Cati estaba internada sino porque éste le sopló a Miraflores que Taborda había muerto viejo, sólo y tuberculoso, y que el cadáver no había sido reclamado así que lo iban a donar a la facultad de medicina (y no que lo iban a tirar a una fosa común, como dije antes, porque queda mucho más interesante imaginar varios frascos llenos de formol y un profesor diciendo "Hígado", "Ojo", "Píloro" mientras señala los pedazos de lo que alguna vez fuese un famoso boxeador, este desmembramiento da un costado más "mítico" a toda la historia, como de reliquia de santos decadentes, como para impedir la resurrección de tan mal hombre, de tan execrable ser humano, pero "Piñón" se sobrepondrá a todo estos vanos intentos de sus enemigos porque volverá, volverá y hará justicia, separará la paja del trigo, salvará al piadoso y castigará al pecador, o salvará al pecador y castigará al piadoso, considerando la vida disoluta que José Taborda llevase, aunque su caída en el vicio fue más producto de una condición sociocultural desfavorable, de las malas compañías, de la infausta conjunción de planetas funestos, de estrellas nefastas, de cometas sangrantes, sangrientos) e incluso fue este enfermero el que le dio la idea de robar el cadáver, o, al menos le dio la llave de la morgue, si es que las puertas de las morgues tienen llave, habría que investigar, y entonces vemos al Chino y a Umberto por los pasillos del hospital mientras el pibe Cohen se queda afuera de campana, lamentablemente deberemos conformarnos describir los aromas que atacan las narices de los incursores y no ponerlos tal como son a disposición del público, con lo que el efecto de realismo se pierde irremediablemente, la confusión se hace aún mayor de lo que ya es, y bien grande y confusa que es, ya nadie entiende nada, situación que es aprovechada por políticos corruptos, capitalistas inescrupulosos, grupos fundamentalistas y otros criminales, quienes se dedican a lo que mejor saben, la explotación, el pillaje, la violación masiva de los pocos restos de dignidad que aun nos quedaban, nuestra vida se vuelve más y más miserable, ya no queda nadie que pueda leer y comprender lo que sigue a continuación, la enumeración de los olores que componen la sutil pero persistente nube que envuelve el pasillo del hospital, la repugnante suavidad de zapallos hervidos, grasa de pollo, heces lechosas, orinas oscuras, sudores talcosos, galletitas a medio masticar, desinfectantes, alcoholes iodados, mertiolates, éteres, pedos, flores mustias, el aroma de la muerte condimentado con ayes, gemidos, insistentes voces que sollozan "enfermera, enfermera, me duele, me duele", una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, hasta que hasta el más sólido espíritu se desmorona y no puede dejar de pensar en la propia fragilidad, en la fina y quebradiza línea entre estar vivo y muerto, y si no fuese porque una mano alerta pasa una petaca de ginebra toda la operación "Taborda" hubiera fracasado, así que seguimos avanzando por los pasillos y lo único que queda rondando en nuestras cabezas es la duda "cuando te amputan un miembro o te extirpan un órgano, ¿qué hacen con ese pedazo de nuestro cuerpo? ¿lo tiran a la basura? ¿se lo dan a los muchos gatos que siempre viven en los hospitales? ¿o te lo entregan para que vos le rindas los honores funerarios correspondientes?", y, probablemente, surja el corolario estadístico "¿hasta qué porcentaje de uno puede uno perder para seguir siendo considerado una entidad viviente y no un cadáver postergado?", quizás este pensamiento nos distraiga demasiado y cuando nos queramos dar cuenta ya el Chino y Umberto salen de la morgue con el cuerpo sin vida de "Piñón", cada brazo del boxeador alrededor del cuello y hombro de cada uno de los dos amigos, arrastrando las piernas muertas, la boca abierta en un gesto poco elegante del que cae una baba espumosa y espesa, los ojos de pescado mirando sin ver, o tal vez no, tal vez hayamos estado lo suficientemente alertas como para entrar con ellos al depósito de cadáveres, levantar las sábanas que cubren a los fiambres, encontrar a Taborda, tieso por el rigor mortis, por lo que sería mejor cargarlo uno de los brazos y otro de las piernas, lástima que visualmente es bastante más pobre que la imagen de "Piñón" colgando abrazado de los dos borrachos, como un crucificado, exudando un aura mística y poderosa, así que dependerá de la voluntad del lector permitir esta licencia poética y ver el trayecto de regreso como una épica pagana, en cámara lenta quizás y con música de Vangelis, o elegir el tragicómico efecto de ver al boxeador llevado como una angarilla por las torpes manos de dos tipos que tienen un pedo tal que apenas se pueden mantener en pie, mucho menos entonces mantener bien agarrado a un enorme negro muerto que no colabora en lo absoluto, y risas nerviosas explotarán en nuestros labios cada vez que el cuerpo caiga o la cabeza golpee contra el marco de una puerta o un tubo de oxígeno o una camilla, llegando el paroxismo del humor negro y despiadado cuando los tres rueden por las escaleras como bolsas de papas, para terminar Umberto aplastado por el corpachón de Taborda en un primerísimo primer plano que muestra los escasísimos milímetros que median entre la tentada carcajada del borracho y la abierta trucha del boxeador y como cae de ésta una sopa de saliva, bilis y otros fluidos corporales que no alcanzamos a identificar porque o nos tapamos los ojos o fuimos al baño a vomitar.
Claro que la imagen de la angarilla también contiene una licencia poética que el lector avispado ya habrá detectado, así que no la voy a mencionar en estas páginas ni probablemente en ninguna otra, y esto obedece más que nada a un pedido expreso del lector avispado que no le cae muy simpático que uno ande avivando giles, pues, al fin y al cabo, si todos los lectores supieran todos los bloopers, errores y contradicciones que pululan en este libro él no sería un "lector avispado" sino uno más del montón y no podría lucirse en vernisages diciendo, por ejemplo, "¿Han notado que en el capítulo 2 de Todos los muertos tienen ojos Kirlian se menciona que, a causa del rigor mortis, el cadáver de Taborda es llevado como una angarilla? Bueno, esto no es posible a menos que el cuerpo haya sido dejado en la morgue con los brazos hacía arriba" y todos exclamen "¡Oh, Roberto! ¡Cuánto sabe usted de literatura!", tras lo cual el lector avispado sonreirá con un brillo tintineante en su colmillo izquierdo mientras muerde un triple de jamón y algo que supuso roquefort pero que es dulce, correoso y ligeramente rancio.
Ahorremos al lector el acto de poner el cadáver dentro del carro del supermercado, tampoco nos extendamos mucho en el traslado del mismo por las oscuras calles, tres o cuatro escenas mostrando a los amigos empujando el carro, recortándose contra una enorme luna, eludiendo a otros transeúntes, no sea cosa que, ¿no?, la paranoia de alguien arruine este momento único en la historia, esta épica urbana, esta moderna odisea, si tan sólo uno pudiera narrarla en su verdadera y única esencia, con la iluminación arquetípica y mística que merece, como para que tanto autor y lector quedasen en un vibrante éxtasis donde todo, y cuando digo todo es Todo, tiene sentido y, sin embargo, ya no importa que lo tenga porque este éxtasis es Sentido y Sinsentido, lamentablemente soy yo y no otro quien narra ésto, así que el lector debe conformarse con fragmentos dispersos e incompletos, sombras de sombras de sombras, patéticos intentos de contar una historia que me excede y, confesémoslo, ya está empezando a aburrirme, pero, bueno, debo terminarla, debo exorcizarla de una vez y para siempre, que se vaya de mi cabeza, ¡fuera!, ¡fuera!, ¡vete, maldito engendro de Satán!, gritar por toda la habitación y tapar el compact que estoy escuchando, "The King and Eye" de The Residents, muy, muy bueno, realmente recomendable, mejor que leer este libro que no logra focalizarse en su trama y se pierde el momento en que los tres borrachos intentan bajar el carro con el cadáver por una larga escalinata y se produce una parodia de la famosa escena del "Acorazado Potemkin", realmente una pena, hubiese sido un pasaje memorable del capítulo, del libro, el carro cayendo y rebotando, con el muerto que ya hiede sacudiendo los brazos y la cabeza como un muñeco de trapo y los tres borrachos gritando y tropezando y rodando por los blancos escalones, quizás hasta el cadáver podría volar producto de la inercia y caer en el parabrisas de un auto donde una pareja fifaba alegremente, imagínense la escena, interior del coche, la noche, los árboles, la luna escurriéndose entre las hojas, él y ella retorciéndose apasionados dentro de un espacio demasiado pequeño y lleno de obstáculos para la elegante realización del acto, gimiendo como animales, anudados en increíbles poses, quién diría que el ser humano es tan flexible, yo no, supongo que es una licencia poética que nos permitimos para que los protagonistas no sean tan torpes como debieran serlo y el espectador se caliente y también respire agitado, dependiendo del detalle con que se enfocan los cuerpos desnudos quizás el lector esté deslizando subrepticiamente una mano hacia su ingle o lisa y llanamente pajeándose mientras ve el culo abierto de ella en primerísimo plano subiendo y bajando, dejando al descubierto la lubricada pija de él, rítmicamente, en ¿casual? consonancia con el cíclico movimiento de los pistones y otras piezas que hacen posible el funcionamiento del motor de combustión interna que mueve éste y otros autos, ver a ella incorporarse agarrándose las tetas en un grito orgásmico que muta en histérico cuando aterriza con blanda violencia sobre el parabrisas el enorme corpachón de "Piñón", la boca deforme en un rictus viscoso contra el vidrio, dejando una estela de líquido pegajoso, quizás baba, o algo peor, podríamos agregarle el toque humorístico-erótico de ella saliendo aterrorizada del auto, perdiéndose en bolas entre los árboles del parque, quizás su partenaire va detrás, con la pija aún erecta y goteando semen, o, más patético aún, con un colorido forro que se va secando con el contacto del aire y empieza a apretar a una pobre verga que se arruga y achuchurra y siente como la guasca se enfría e irrita su sensible cabeza.
Pero todo esto nos lo perdimos, no está en la narración, como tampoco está el momento en que se pone en marcha la segunda premisa de esta historia: "los tres borrachos recorren los bares de la zona portuaria, cobrándoles a los parroquianos una tarifa por ver el cadáver del boxeador". Y no está sencillamente porque no tengo ganas de escribirlo, no tengo ganas de imaginarme al Chino o a Umberto entrando a los bares y convocando a los otros borrachines a ver a "Piñón" muerto, ya sé que sería una parte interesante, hasta podría intentar imitar el estilo de Bukowski para contarlo, es más, toda esta historia podría haber sido contada así y no en este estofado de dudas, marchas y contramarchas, pero, bueno, ya es tarde, quizás en algún momento me agarre la loca y haga un cuento "a la Chinaski", aunque no sé qué sentido tendría más allá de demostrar(me) la posibilidad de la mimesis, además, y aunque hasta el lector más tarado ya se habrá dado cuenta, confesémoslo de una buena vez: No tengo la más puta idea de lo que ocurre en los bares de mala muerte, si te descuidás, ni siquiera sé qué pasa en los de más categoría. Y si yo fuese otro escritor subsanaría esta ignorancia recorriendo tugurios en busca de documentación y "ambiente", pero como soy el que soy y no otro acá estamos, arando en la arena, peleando con una anécdota que me excede y que me aburre.
A lo que el lector irascible exclamará, con justa razón, "Entonces, ¿por qué no nos dejás en paz y te ponés a escribir lo que sí te sale bien?" y yo me quedaré en silencio, mirándolo con mi mejor cara de idiota (bah, como si tuviese otra...), aunque quizás por dentro me esté riendo, pensando "Otro que cayó en la trampa de creer que lo que aquí escribo es verdad, que digo lo que realmente siento", es más, quizás hasta sería un buen momento para citar a Pessoa, si tan sólo me acordase cómo es la cosa, "El poeta es un fingidor, finge tan" y hasta aquí llegué, siempre me olvido cómo sigue, tengo una pésima memoria para recordar poemas, tiendo a reescribirlos, a resumirlos, bah, qué importa, terminemos de una buena vez esta maldita historia, los dos amigos van recorriendo bares, convocan a otros borrachos a un callejón cercano, donde el pibe Cohen cuida el cadáver, se junta una pequeña muchedumbre que admira al ídolo caído, podríamos hacer de éste otro momento epifánico, encontrarle una similitud religiosa, convertir la escena en un pesebre blasfemo y profano, donde los escépticos se transforman en creyentes al ver que "¡es él! ¡es él!", el único y auténtico "Piñón" Taborda, el Castigador de los Rings, el Bon Vivant, el Muchacho Humilde que Pudo, el Simpático Invitado a Programas Radiales Matutinos, el Campeón que Cayó en Desgracia, es él, es él, y todos los borrachos sienten la llama del Espíritu Santo en sus cabezas, salen todos a predicar la Buena Nueva y muy pronto la cohorte de acólitos y apóstoles excede la capacidad del callejón, es una multitud, una masa, una turba, una caterva, una horda, una cáfila, un ejército que parecería imparable e imbatible y, sin embargo, el sólo grito de "¡la cana, la cana!" los convierte en una marejada de cucarachas que huyen despavoridas.
Al día siguiente comienza una comedia de enredos llamada "¿Qué hacemos con el muerto?", podemos imaginar la primera escena, con el pibe Cohen durmiendo plácidamente en su cama, los rayos del sol colándose por la ventana, próximo a despertar gira sobre sí mismo, abre un ojo y se encuentra con la deforme jeta de "Piñón", grita histérico mientras salta torpemente de la cama y descubre que durmió toda la noche con un negro muerto, lo vemos paseándose nervioso por su cuarto mientras por el pasillo se oyen las chancletas de doña Sara Cohen y su voz materna que pregunta "¿Te despertaste, nene? ¿Querés unos mates?", quizás para realzar el efecto costumbrista habría que hacer hablar a doña Sarita con un fuerte acento judío, bien de idische mame, claro que a mí no me sale muy bien imitar ningún acento, a la larga se me confunden todos con el cocoliche, así que dejo al lector con la tarea de dotar de voz propia a cada personaje y yo continúo con lo más difícil, que es pensar con David qué hacer con el muerto, que no lo vea la vieja porque va a estar en líos, desesperado logra empujarlo y meterlo bajo la cama justo a tiempo cuando su madre entra. Obviamente estarán los gags clásicos de la mano del finado que se resiste a esconderse, a doña Sarita se le caerán demasiados cosas debajo de la cama, etcétera, etcétera, quizás hasta ella exclame "¡Qué olor a podrido, nene!", a lo que Davidcito dirá primero que no siente nada y luego ante la insistencia de su madre concederá que tal vez la rata que merodeaba por el techo de la habitación se haya muerto gracias a los venenitos que le puso el otro día, a lo mejor él hace con la boca ruido como que se tiró un pedo, no sé, pavadas así, como para que la gente se ría, después, cuando su madre se vaya David llamará a sus compinches, a lo mejor hasta le pedirá ayuda a su hermano gemelo, que, en tren de hacerme el chusco, podría llamarlo Goliat, pero no, es un chiste muy pelotudo, tampoco Saúl, si vamos al caso, sería una sutileza irónica pero igualmente evidente, digamos que se llama Darío y listo, total no pienso aún utilizarlo como personaje importante, más que nada porque aquí Umberto empieza a trabarse por el alcohol y su relato se hace bastante confuso, a Basidio no le queda muy claro si eran los tres originales o ampliados a cuarteto quienes se deshicieron del cadáver, como tampoco cómo lo hicieron, por momentos pareciera que lo enterraron en un baldío, por otros pareciera que lo metieron en cal viva, lo cierto es que Umberto menciona que se repartieron los huesos de "Piñón" como reliquias, que él los conservó por un tiempo y después los tiró, no sabe qué hicieron los Cohen y el Chino Miraflores con los suyos, probablemente lo mismo, lástima que no se les pueda preguntar, los mellizos se casaron y se fueron a un kibutz o algo así, al Chino lo llevó por delante un tren, realmente una desgracia, pobrecito, y es extraño porque si había alguien que conocía de trenes era el Chino, para mí que lo mataron, alguien lo empujó a propósito, usted sabe, la mafia de los vendedores ambulantes, el Chino que era medio cabrón y le agarraban ataques justicieros, la culpa la tuvo el viejo Miraflores, que le hacía leer de chiquito La Vanguardia, por eso yo en política no me meto, qué quiere que le diga.

¿Por qué puede ser importante la muerte de un boxeador? O, mejor, ¿por qué puede ser importante un boxeador muerto? O sea, sería comprensible si hablásemos de un boxeador medianamente actual, uno que hasta no hace muy poco haya estado en el candelero mediático, uno que aún haya gente que lo recuerde peleando, llevándose el título mundial, dos títulos mundiales, tres, los que se nos ocurran, venciendo a todos sus rivales, seduciendo a la modelo más codiciada del momento, viviendo un tórrido romance con ella, una pasión desenfrenada, una que es tapa de todas las revistas del corazón, una que arrasa con todo, con la fibra, la garra, la violencia del muchacho pobre, bruto, bestia, groncho, que a fuerza de puños conquista a la rubia belleza, la lleva al éxtasis, la garcha como nunca antes nadie la había garchado, le hace conocer por fin el verdadero significado de lo que es un hombre, se la trinca en la cama, en el suelo, contra la pared, en lugares públicos, en salones vip, en baños de estación, por adelante, por atrás, le acaba en la boca, en la cara, entre las tetas, ese campeón, que todos recordamos, el que se codea con las más rutilantes estrellas, con los más sofisticados playboys, con los más acaudalados jeques, con los más peligrosos hampones, con las más fotografiadas princesas, ese campeón, que en una noche se gasta en champán y cocaína más que todo el presupuesto educativo de un país tercermundista, que hace fiestas que empiezan hoy y terminan dentro de tres años, que ha sembrado al mundo con hijos no reconocidos, que ha bañado de esperma las vaginas más nobles, los ortos más famosos, las gargantas más deseadas, con un campeón así, al que todos recordamos, al que todos hemos visto en tele, al que todos amamos y lloramos con su trágico final, cuando lo asesinaron a la salida de un prostíbulo en Miami porque se encamaba con la esposa de un narco, cuando se arrojó con su amante desde un décimo piso en una noche de ira y excesos, cuando se estroló contra un camión por ir a 300 en su Testarrosa, borracho y sin luces, con un campeón así la pregunta de ¿por qué es importante un boxeador muerto? se contesta sola.
Pero con "Piñón" es otra cosa. Porque, ¿qué es él hoy día? A lo sumo un par de párrafos en una enciclopedia deportiva que se entrega en fascículos con la compra del diario, una referencia erudita que se comenta al pasar en un programa de cable a las dos de la mañana de un sábado, un vago recuerdo de ancianos memoriosos que evocan cuando, hace casi 70 años, "Piñón" le descajetó la mandíbula de un zurdazo al hasta entonces imbatible Carlos "Torpedo" Zamora.
Quizás por eso es que resulta importante para esta novela (no lo es para mí, que de boxeo no entiendo nada ni quiero entender), quizás porque al menos "Piñón" es un par de párrafos, una referencia erudita, un vago recuerdo, algo más de lo que todos nosotros vamos a ser dentro de, digamos, 100 años, que nos podemos llamar afortunados (muy afortunados) si al menos podemos ser una desteñida fotografía que la abuela (nuestra nieta) guarda en una caja de zapatos, una carta ilegible de humedad que aparece bajo el forro de un cajón, una porción de una cadena genética que anda flotando en las células de gente que jamás conoceremos y que aún así insisten en llamarse descendientes nuestros.
O quizás no sea para nada importante la muerte de "Piñón", quizás sea sólo la manera en que esta novela cínica y cursi se entretiene torturando al lector, engañándolo una y otra vez, mintiéndole vilmente, lavándole el cerebro con larguísimas frases llenas de lugares comunes, evocaciones de imágenes que yacen en el inconsciente colectivo, referencias a clichés filmográficos, una maldita novela que juega a ser realista cuando sabe muy bien que tal cosa es imposible, que no se puede nunca narrar en su totalidad la realidad, que la experiencia del mundo es inabarcable, que somos la sumatoria de infinitos puntos de vista, que somos un fluir indeterminado de tiempo, que todo momento presente presupone un futuro que modificará la perspectiva actual, que nada nunca en ningún lugar puede jamás ser comprendido en su absoluta totalidad, que siempre habrá algo sin definir, un delta de incertidumbre que zumbará como una sombra (como una sombra que zumba) sobre nuestras cabezas, una duda que preguntará y preguntará siempre ¿por qué es importante un boxeador muerto? ¿por qué es importante un boxeador muerto? ¿por qué es importante un boxeador muerto? ¿por qué es importante un boxeador muerto? cuando la verdadera pregunta es, fue y será ¿por qué esta novela se empecina en repetir una y otra vez lo mismo? ¿por qué insiste en denostar al realismo? ¿por qué no se relaja y nos cuenta una buena historia? ¿por qué las botellas de ketchup tienen el pico tan estrecho?
Y es aquí cuando el lector y el clima creado caen hechos añicos.



También el que cae, aunque no hecho añicos, es Basidio, empujado por Umberto Pandarva cuya intoxicación alcohólica ha alcanzado niveles intolerables, todo se vuelve más confuso, una injustificada e incontrolada agresividad va creciendo en el viejo a medida que sigue bebiendo, en algún momento impreciso la historia perdió su hilo y se transformó en paranoia, todos los parroquianos son sospechosos de alguna delación o mala voluntad contra él y reciben retahílas de insultos, inconexos, insidiosos, indiscriminados hasta que terminan focalizándose en Basidio Rickettsia, al fin y al cabo él es el extraño, el intruso, el que no habitúa concurrir a "Los tres sobrinos", el que algo se trae entre manos, porque por alguna razón él empezó a tirarle la lengua a Umberto sobre la desaparición de "Piñón", seguro que es cana, rajá de acá, botón, y pese a que no le da pelota cuando recibe el empujón que lo tira de su silla Rickettsia se da por vencido y se va, total, "Diosdapán" parece que no va a venir y, la verdad, no lo necesita para resolver el misterio de la desaparición de los electrodomésticos del depósito de Pedro Parafernaglia, no es algo que un buen detective con algo de paciencia no pueda averiguar, un par de noches sin dormir, haciendo guardia entre las sombras, escondido tras algún árbol, dentro de un auto, cómo sea, parece fácil, al menos en teoría, porque quizás Basidio no sea un buen detective y quizás tampoco tenga paciencia, habría que ver si realmente hay un lugar para la vigilia de incógnito, habría que saldar las deudas con el Chichilo para poder sacar el auto del taller, y no es seguro que Parafernaglia vaya a pagar, a lo mejor cree que esto es un favor de vecinos y ahí te quiero ver, insomniándose al divino botón en la intemperie, sin recibir un puto mango, sólo un gracias y quizás, quizás, quizás, una licuadora que uno tiene que rechazar de puro cortés y porque, la verdad, para qué una licuadora, o una multiprocesadora, o un microondas, o lo que sea, para qué, para qué, no me conteste, no me interesa, no es este el momento de ponerse a discutir si es correcto ser ludita, ahora tenemos que seguir caminando con Rickettsia por oscuros callejones, hace frío y no hay un alma en las calles a pesar (o a causa) de las sombras y siluetas aparentemente humanas que se dejan ver por ahí, irradiando la posibilidad de actos de extrema violencia, en realidad no es nada diferente al trayecto que recorriera inversamente unas horas antes y, sin embargo, Basidio ahora siente algo parecido al temor, más bien un estado de hipersensibilidad, de hipersensitividad, en el que el campo visual, por ejemplo, se expande hasta casi cubrir una circunferencia completa, o el olfato y el oído, que afinan su alcance hasta distinguir olores y sonidos normalmente imperceptibles, y así, in crescendo hasta que, paf, en alguna parte no localizada de su percepción aparece el brillo de un cuchillo, la luna, un paredón de ladrillos, la ruda macho, sangre fresca aún caliente, el dolor de una patada en el bajo vientre, todo veloz y caóticamente, casí simultáneamente, y de la misma explosiva manera que vino se aleja, dejando a Basidio vomitando contra un árbol, tratando de olvidar que sabe que muy cerca de ahí alguien acaba de ser brutalmente asesinado.


 

 

 

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