Todos los muertos tienen ojos kirlian, una novela de Saurio.

Entonces una gran luz invade todo y se produce el cambio de escena, en una estrecha callejuela entre casas de piedra. La luz amarillo-amarronada ya nos da un indicio de que se trata de algo que ocurre en el pasado, en el muy pasado, cien años o más, y por eso todo está apergaminado y con un desenfoque de esmeril. Las vestimentas de la muchedumbre que transita por la callejuela debería permitirnos precisar más la época en que lo que vamos a ver transcurre y, en cierta manera es así, aunque la mayoría de los presentes son pobres y los pobres siempre se han vestido igual, con harapos. Que yo diga que es el año 1342 no significa nada, y no sólo porque, como bien acota el lector avispado, los años se suceden arbitrariamente y sin orden numérico en todo lo que escribo 1, sino porque, realmente, no significa nada, no se van a mencionar acá sucesos históricos de ese año ni los personajes van a exclamar "¡Vive Dios!", "¡A fe mía!" o "¡Pardiez!", o sí, pero irónicamente, como burlándome de todos aquellos que escriben novelas históricas y se dejan llevar por la mimesis del lenguaje y la seducción del enciclopedismo, ¡muy bien, señora novelista histórica! ¡La felicito! ¡Se nota que estudió e investigó! ¡No como el alumno Saurio, que se pasa por el quinto forro del culo la exactitud histórica y la verosimilitud de lo narrado! Y tampoco este exabrupto significa nada, es una de las tantas disgresiones que a esta altura del libro ya te habrás dado cuenta de que es una de las marcas de fábrica de esta novela, una característica fundamental para que los críticos de los suplementos culturales digan que ésta es una novela disgresiva, caótica y desordenada (sí, sí, es verdad), tanto que pareciera que Saurio no tuviera idea de cuál es su argumento (no, error, no es correcto, no "pareciera", efectivamente no tengo idea de su argumento, soy tan lector de ella como cualquiera, sólo tengo las pobres ventajas de leerla antes que nadie y de gozar del derecho de modificarla a mi antojo, agregándole incluso mentiras, como la que dice que no tengo idea de su argumento y que soy un lector como cualquiera, o como ésta, que niega que yo no tenga idea de su argumento, o como la reciente, que niega la negativa de mi desconocimiento, y así sucesivamente, hasta que el lector, el lector lector, el que lee porque le gusta y no porque debe entregar una crítica literaria a un suplemento cultural, se pregunte para qué carajo estoy leyendo este libro cuando hay muchos otros que avanzan fluidamente y ya, ante lo cual deberé detenerme y pedirle perdón, disculpame, uno es así, le gusta romper las pelotas y hacerse el payaso hasta que deja de ser gracioso y se convierte en insoportable, es terrible, no sé cuándo parar, después me pregunto por qué la gente me esquiva, me deja a un lado, me ignora excepto por algún compasivo que exclama ¡Pobre tipo! ¡Tan inteligente y, sin embargo, no sabe relacionarse con las personas! o, como una vez me dijo una compañera de trabajo, ¡Parece mentira, a veces sos adorable y a veces sos imbancable!, y sí, es verdad, pero, bueno, hago lo que puedo, perdón, perdón, tampoco es para tanto, si la gente se tomase un poco de tiempo, no juzgara a la gente a la primera impresión y se dedicara a conocerme un poco más vería que debajo del monstruo hay un ser dulce y sensible, que sufre con el rechazo de la sociedad, que lo margina por ser diferente y por ser tan hijo de puta de engañar a todo el mundo con el papel de víctima mientras por dentro se ríe, trompetea, hace pito catalán y grita ¡Giles! ¡No tienen que creer todo lo que un escritor dice es verdad! ¿Todavía no se avivaron, che? ¡Gente grande!)
O sea, que estamos en el pasado, en el borde de la Edad Media con el Renacimiento, en una callejuela estrecha por la que la cámara avanza subjetiva, esquivando la muchedumbre de mendigos, ciegos, paralíticos, artistas callejeros, barberos trashumantes, gitanas tarotistas, milagreros, profetas, pilluelos y pícaros (de hecho, brevemente y en la periferia vemos a uno llamado Tumbaburros que va a aparecer en esta novela pero más tarde). No sabemos de quién compartimos la subjetividad de la visión, pero seguramente se trata de un noble o un burgués de incógnito, como lo revela la mano que ocasionalmente aparece en cámara apartando a un cargoso mendigo que pide una monedita para comer o para el vino o para el colectivo, es una mano de uñas cuidadas y piel tersa, que normalmente carga voluminosos anillos que han dejado surcos alrededor de sus dedos, evidentemente no se trata de la mano de alguien trabajador pese a que sus ropas (o lo que uno infiere por la calidad de su manga) quieran indicar un origen humilde. Camina entonces nuestro personaje y nosotros caminamos con él (¿o con ella?, porque la mano que vimos parece de varón pero, y eso lo sabemos bien, parecer no es ser, más cuando la persona a la que nos estamos refiriendo se está haciendo pasar por lo que no es, y ya que se tomó el trabajo de pretender ser alguien pobre bien podría haber hecho el esfuerzo de simular pertenecer al sexo opuesto), hasta llegar a una taberna, oscura y malamente ventilada, con personajes realmente siniestros, rostros cruzados por enormes cicatrices, ojos vacíos, narices partidas, orejas mutiladas, la escoria de la escoria, parias incluso para los parias que anteriormente habíamos visto, la mayoría está borracha y buscaría pelea si no fuera porque Carafuncho, el gigantón hijo del tabernero, vigila y todos recuerdan cuando le partió de un puñetazo el cráneo a ese forastero que se rió de su cara de retardado. Pero esto apenas nos interesa ya que nos dirigimos al rincón más oscuro y apartado de la taberna, donde un individuo envuelto en una capa y tocado con un enorme sombrero aludo nos espera.
- Espero que haya tenido un buen viaje.
- Dígaselo a los cuatro hombres que perdimos cuando nos atacaron los bandidos de Calmaculos.
- Pero el que usted esté aquí prueba que salieron sanos y salvos de tan mal trance.
- ¡Oh sí, pardiez, vive Dios, a fe mía que salvamos el pellejo como vos bien podéis ver!
- Bebamos, pues, por vuestra buena fortuna.
- Evidentemente, usted no entiende la ironía, ¿verdad?
- No, milord, soy un pobre siervo de vuestra merced que sólo piensa en serviros...
- Por eso es un siervo, para servirme.
- ...
- Que la palabra "siervo" y "servir" tienen el mismo... no importa, no importa, no dispongo de mucho tiempo, hagamos lo que debemos hacer y ya. ¿Lo tiene?
- Bueno, al respecto quería decirle que le va a costar un poco más de lo pautadaaaAAAUHH!
Y es aquí cuando el espectador se pregunta si la elección de una cámara subjetiva fue acertada o no, porque, sí, la idea es ocultar (al menos por el momento) la identidad de uno de los personajes y, sí, el largo plano secuencia que implica es un interesante despliegue de habilidad técnica, pero... pero... el estrangulamiento del malviviente pierde impacto y realismo visto con cámara subjetiva, los brazos apareciendo en cuadro con una falsedad demasiado falsa, sin la carnalidad que debería tener... además, no hay nada más alejado de la percepción subjetiva que una cámara subjetiva, uno no ve así, tan prolijo, tan steadycam, lo que nuestro cerebro recibe de nuestros ojos es un montón de pantallazos torpes, confusos, sacudidos por el balanceo y el subibaja de los pasos, oscurecidos por parpadeos, distorsionados por células muertas que flotan frente a la lente, un verdadero desastre, con un material así a uno no le quedaría más remedio que echar al cameraman pero, sin embargo, nuestro cerebro hace un excelente trabajo de montaje y, cuando recordamos lo visto, estamos más que satisfechos, nos parece que eso es "lo real", "lo auténtico", cuando todo es un engaño, un producto de la manipulación en moviola y laboratorio de nuestra psique, y lo mismo nos pasa cuando queremos representarnos el pasado o el futuro, las cosas son filtradas a través de nuestros recuerdos y expectativas y todo queda prolijo y continuo, hasta parecieran tener un guión, un propósito, una secuencialidad2.
Así que rebobinemos y veamos nuevamente toda la caminata del misterioso personaje pero ahora con la cámara ubicada unos pasos detrás. Es alto (¿o alta?) pero aparenta fragilidad en su contextura física, viste una túnica raída que alguna vez fue negra y una capucha cubre su cabeza, ocultando sus facciones al espectador que sólo puede ver su espalda mientras la cámara lo sigue, tambaleante, por entre la muchedumbre de mendigos, trapisondistas y rapaces, hasta la taberna de malvivientes donde se encuentra con el siniestro personaje de la capa y el sombrero aludo y tiene el diálogo que ya he transcripto arriba y no voy a repetir, salvo su frase final ("Bueno, al respecto quería decirle que le va a costar un poco más de lo pautadaaaAAAUHH!") porque es ahí cuando, con una velocidad realmente sorprendente y unos reflejos envidiables, que nuestro misterioso personaje toma del cuello al malandrín con una mano y lo comienza a estrangular, elevándolo del piso. Carafuncho, el gigantón hijo del tabernero, toma su garrote y está dispuesto a intervenir para restablecer la paz del establecimiento pero su padre lo detiene. Al parecer sabe quién es el misterioso personaje y por qué está allí. O quizás teme por la vida de su hijo. Vaya uno a saber.
- ¡Zuegteme! ¡Zuegteme! - grita el malaventurado bellaco - ¡Diggguggpeme, vuegtga megcedg! ¡Gggüe un agto de goggizia! ¡Zuegteme! ¡Ze ‘o güeeggo!
Cae al piso, acariciándose el pescuezo, preguntándose cómo alguien de la contextura física y la aparente fragilidad de su atacante puede ser capaz de ejercer tanta presión y conjeturando la suerte corrida por los bandidos de Calmaculos, porque sabemos que murieron cuatro hombres del bando atacado pero desconocemos qué ocurrió con los atacantes, no sería nada extraño que sólo haya quedado un sobreviviente malherido pero con la suficiente energía como para contar sobre el encuentro antes de morir y advertirle al resto de los malvivientes que hay gente con la que no se juega.
- Entonces, ¿lo tiene?
- Sí... bueno, en realidad... no... pero es como sí, ... no se enfade, Vuestra Merced... que sé dónde está... lo vi... una persona de mi más íntima confianza lo vio... bueno, el primo de esta... el primo de un amigo de esta persona lo vio... lo tiene un viejo alquimista de cerca del puente... no será difícil robarlo y...
- Y si no será difícil robarlo ¿por qué ya no lo robó?
- ...
- ¿No tiene iniciativa propia, que me tuvo que esperar a mí para entrar a la casa del alquimista?
- ...
- ¡Fuera de mi vista, inútil!
- ... yo ... esteee... resulta qué...
- ¡Fuera de mi vista si aprecia su vida!
Huye el malandrín entre las risas de todos los rudos y despreciables parroquianos mientras nuestro misterioso personaje grita "¡Cantinero! ¡Una ronda para los muchachos!" o algo así, mientras finaliza la escena y pasamos a la siguiente.
Que podría ser el del sombrero aludo (quien acusa llamarse Pedro de San Hijuela pero, quizás, lo haya corregido para entrar más dignamente a los libros de Historia y se llame Pedro Sanguijuela) llegándose a lo del alquimista y avisándole que alguien (Don Sancho Talarga, aunque seguramente se trata de un nombre ficticio y el misterioso personaje se llama de otra manera) tiene pensado robarle (y aquí debería mencionarse el objeto que tanto le interesa a Talarga pero como se ha tenido tanto cuidado hasta ahora de no decir qué carajo era, vamos a dejarlo un rato más en el misterio, total, ustedes ya deben de estar conjeturando que se trata de un objeto valioso, una reliquia sagrada, un poderoso amuleto mágico, algo así... o el secreto de la Piedra Filosofal, digo, tenemos un alquimista y los alquimistas qué buscan, eh, qué buscan... la Piedra Filosofal... y el secreto de la Vida Eterna, sí, pero una cosa trae la otra, así que cualquiera de las dos cosas sería posible que sea lo que el alquimista de cerca del puente posee).
O podría ser Talarga3, cayendo en la cuenta que el Sanguijuela no le ha dicho dónde se encontraba la casa del alquimista o si éste era el único alquimista que vivía cerca del puente y que, seguramente, seguramente, el Sanguijuela ya estará yéndole con el chivatazo al taumaturgo, con lo que la idea del robo debería quedar descartada por el momento, aunque no por eso abandonarla definitivamente ni dejar de intentar encontrar al poseedor de (y nuevamente evado mencionar el objeto de su deseo porque no ha pasado tanto tiempo desde el párrafo anterior) ni, ¡por supuesto!, de hacer que uno de sus hombres se encargue del traidor de Sanguijuela.
Pero, sin embargo, la escena que sigue a continuación del corte es esta, vaya uno a saber por qué:

 

 

 

Primerísimo primer plano de una cabeza que se pretende femenina pero es innegablemente masculina y una verga erecta sobre la cual no existe ambigüedad sobre su género, la cabeza andrógina abre sus labios e introduce el venoso miembro en su boca, lo succiona apasionadamente, exageradamente, lo anuda con una lengua brillante de saliva, los ojos de la cabeza se ponen en blanco, tremolan las pestañas postizas, la pija entra y sale de la boca, entra profundamente, hasta la garganta, hasta el pubis, incluso las pelotas entran en la boca, eso parece, es de noche, está oscuro, la violencia con la que el pene se mueve en la receptiva boca no permite distinguir detalles, sólo que hay una cabeza que simula ser de mujer aunque no lo es y un miembro que no pretende ser viril porque sí lo es, una boca que chupa y recibe, un insinuado vientre que se crispa, una nuez de adán que traga, un hilito de semen que cae de la comisura de los labios, una lengua que limpia un glande, unos ojos que miran insinuantemente sumisos, un puño que descajeta la mandíbula, un salpicón de sangre que vuela, un cuerpo con ropas de mujer que cae, las vías de un tren, una lata oxidada, una pierna que patea con furia, dos o tres pares de piernas que se agregan a la agresión, brazos que golpean, brazos que se agitan, una expresión doliente que pregunta por qué, la furia, la violencia, los golpes en el vientre, las patadas en los genitales, los cadenazos en la cabeza, la sangre volando de la boca, la sangre cayendo de la nariz, el vestido desgarrado, el ano desgarrado, la penetración en masa, el vómito en el pasto, la mierda que corre por las piernas depiladas, los ojos en compota, los ojos destruidos, los tajos en las tetas, la botella rota en el orto, el cuchillo que penetra, el cuchillo que degüella, el torrente rojo que se estrella contra la lente cubriendo todo.

 

 

 

A sólo unos metros del pie de la cama está la cámara, detrás de ella quizás haya alguien de quien sólo vemos ocasionalmente una mano o, mejor dicho, la insinuación de una mano, una deforme sombra tridimensional con forma de dedos, unos cilindros amarronados con un aura que abarca una rápida gama de naranjas que mueven y acomodan el implemento que nos permite ver al fondo y con una cierta deformación de gran angular a una adolescente vestida con una corta remera negra estampada con la tapa del primer disco de The Clash, una pollera escocesa también corta, mucho más corta, y botas negras que le llegan hasta la rodilla, no hay sonido y eso le da una dimensión aún más perversa a lo que vemos ya que la adolescente le dice cosas a quien quizás se encuentre detrás de cámara, quizás a quien se encuentre del otro lado del monitor, es decir, al espectador, a uno, o sea, porque ella se sabe filmada y todos sus movimientos son realizados pensando en el que mira, en el que la ve poner uno de sus pies sobre la cama revelando una pierna y un muslo que la adolescente acaricia antes de pasarse las manos por los largos cabellos rubios, mirar a cámara y morderse el labio inferior, con mirada sensual mueve su cabeza ondulando su cabellera y se acaricia el cuerpo, se reacomoda en la pose, con movimientos que uno podría suponer revelarían un deseo de ser modelo, lo que permitiría inferir que lo que vemos es una sesión fotográfica para el book de la adolescente, pero es sólo una suposición, una conjetura basada en la repetición de movimientos, en que nuevamente pone su pie en la cama y acomoda su pollerita para que revele lo más posible la pierna y el muslo que acaricia antes de pasar sus manos por los largos cabellos rubios, mirar a cámara y morderse el labio inferior, con mirada sensual moviendo su cabeza ondulando su cabellera y acariciándose el cuerpo antes de reacomodarse otra vez en la pose, el pie sobre la cama, la pierna bien torneada, la curva del muslo, los cabellos rubios, el labio, la mirada sensual, el levantarse la remera sólo hasta el nacimiento de los senos, el arquear del cuerpo, nuevamente se reacomoda y se ubica ya no de perfil sino de frente a la cámara, sube el pie a la cama, se acaricia la pierna pero no el muslo que permanece oculto bajo la pollerita, ella está seduciéndonos pero no quiere que veamos su cuerpo desnudo, para eso deberemos pagar, sólo quiere calentarnos, ponernos rijosos, cachondos, levantando su remerita sólo para que apenas se vean las curvas inferiores de sus tetas, para que se vea el piercing de su ombligo, ahora se arrodilla, pone sus manos sobre la cama y arquea felina su cuerpo, cuidando que su pollera se levante lo suficiente para que veamos el redondo y firme culo insinuado en sus poderosos muslos, ondula su espalda y se proyecta hacia la cama, retrocede hasta volver a quedar casi vertical, acomoda sus manos y nuevamente serpentea hacia el lecho levantando el culo que asoma por debajo de la pollerita, retrocede y avanza, retrocede y avanza, mira a cámara, los largos cabellos caen sobre su cara, se muerde el labio inferior y algunos mechones, tira la cabeza hacia atrás, retrocede, avanza, deja ver una buena porción de culo, retrocede, avanza, se toca y oculta sus tetas, mira a cámara, la cabellera sobre su cara, la mirada de ojos entrecerrados, la puntita de su lengua que recorre sus labios, lleva su cabeza hacia atrás y abre la boca en o, retrocede, avanza, ondula, se arquea, muestra el traste de perfil, acomoda la pollerita y se pone de pie, sube a la cama, se sienta en la cabecera de frente a la cámara, gira su cuerpo con las piernas abiertas, dejándonos ver o imaginar que vemos que debajo de la pollerita no hay nada más que su carne desnuda, lamentablemente estamos demasiado lejos y su movimiento es demasiado rápido como para comprobarlo fehacientemente, además nos distrae levantando su remera hasta casi insinuar los pezones, acariciándose la curvatura de tus tetas adolescentes se deja caer hacia adelante, sobre la cama, gatea hasta casi ponerse en primerísimo primer plano, mira a cámara, nos tira un besito y dice adiós con la mano.

 

 

 

Esfumados en la periferia del cuadro, colores distorsionados, voces con eco, ángulos expresionistas, todas las convenciones utilizadas para hacer denotar que lo que estamos viendo es un sueño, pese a que todos sepamos que no es así cómo se ven los sueños pero filmar algo que represente la verdad onírica es imposible, esa mirada dislocada disociada desenfocada en una multiplicidad de puntos de vista por momentos subjetivos por momentos objetivos no secuenciales que muestran ocultan lo que transcurre se narra se ve se percibe por ejemplo Basidio Rickettsia se sueña en una guardia de un hospital en una sala de rayos le duele un pie quizás se lo fracturó quizás tiene un esguince se oyen gritos afuera quilombo violentamente se abre la puerta entra un travesti de entrecasa un travesti no vestido como femme fatale no vestido como mujer común vestido como una vieja hippie como una cultora de lo new age como una gitana descolorida como una linyera entra élla rubia desmelenada le alcanza un papel como si fuese Basidio el médico pese a que es evidente que no lo es está sobre la camilla la plancha la máquina de rayos la pierna estirada evidentemente Basidio es el paciente pero élla el travesti de entrecasa entra como tromba le alcanza una papeleta una receta un un un un algo ¡Atendeme! ordena élla Basidio desconcierto no poder ¿eh? interviene médico echa al travesti confuso episodio Basidio saltando rengo por el pasillo el travesti tirado en el piso se ríe levanta una mano vendada ensangrentada dice Mirá que metiste la pata vos élla tiene las dos manos vendadas con gasas trapos en la sala de espera en la guardia linyeras duermen en sillas de ruedas olor acre de suciedad de añejo tiempo hay una chica en un rincón en el pasillo el travesti de entrecasa grita cantando canta gritando ¡El puto está loca! ¡El puto está loca! ¡El puto está loca! hay policías fuertemente armados en la guardia gritos llantos aullidos una mujer exclama ¡Asesinos! ¡Mi hijito! ¡17 años! ¡Me lo mataron! ¡Mi hijo! ¡17 años! ¡Muerto! ¡Muerto! la chica en el rincón también llora a mares llora desesperada la muerte de su noviecito ¡17 años! ¡Muerto! un hombre se acerca a consolarla un policía comenta qué idiota el tipo ese no se da cuenta que la villera esa lo va a afanar hace que llora le va a sacar la billetera ¡El puto está loca! ¡El puto está loca! ¡El puto está loca! ¡Muerto! ¡Mi hijo! aullidos llantos desgarrados desgarradores el policía comenta claro ahora llora pero crió un chorro el hijo se la buscó en un confuso episodio dos delincuentes fueron ultimados por las fuerzas policiales ¿quién será el otro? ¿por qué no hay quién lo llore? ¿era confuso el episodio? ¿o era clarísimo?, los pibes chorean a un gil un negocio un restaurante una estación de servicio un cana grita ¡alto! los pibes sacan sus armas se arma un tiroteo llegan más canas los pibes mueren el travesti salta por el pasillo la chica llora la madre llora Basidio salta por el pasillo el esguince claro está ¡El puto está loca! ¡El puto está loca! otro travesti también de entrecasa pero más elegante campera de cuero pantalones ajustados habla con uno de los médicos seguramente es el que trajo al otro al que está loca y baila con su pollera hace campanita rueda rueda la pollerita rueda rueda sin cesar parece un derviche está loca el puto está loca tiene una mano vendada está sucio es una vieja loca que alimenta gatos es una joven linyera que anota recetas bajo la lluvia lloran por el villero muerto las mujeres de su vida él se lo buscó eso le pasa por salir a afanar por salir calzado Basidio nota que el travesti que está loca está descalzo tiene los pies negros de mugre como los del croto que duerme en la silla de ruedas un hilo de baba que cae de la pastosa boca desdentada el acre olor a roña a orines a mierda acumuladas durante un lapso impreciso por lo prolongado otro croto come galletitas de agua con una parsimonia que da asco más que masticar las chupa hasta que se le disuelven en la boca chupa las galletitas con lascivia pone la boca en u y succiona succiona juega con su lengua y succiona hasta que el chorro de semen estalla en su cara el pecho del chorro estalla al recibir la enorme bala que sale de la gigantesca erecta humeante carabina del policía un arma de grueso calibre un confuso episodio se peleó con otra por una esquina la otra agarró una botella rota le cortó la mano no no sé cómo se llamaba la otra es nueva es una puta barata sí es traba también la muy puta huyó la dejó desangrándose no se engangrenará mi hermana ¿no? gracias doctor ¡lo dejaron morir, médicos hijos de puta! ¡es un villero y no lo atienden! ¡asesinos! ¡mi hijito! ¡muerto! ¡qué se joda! ¡el puto está loca! las manos le sangran el pie le duele a Basidio a los saltos intenta volver salir toma envión recibe el balazo en el pecho y despierta.

 

 

 

Entonces una gran luz invade todo y se produce el cambio de escena, en una estrecha callejuela entre casas de piedra. La luz amarillo-amarronada ya nos da un indicio de que se trata de algo que ocurre en el pasado, en el año 1342, y por eso todo está apergaminado y con un desenfoque de esmeril. Un misterioso personaje, alto y de frágil contextura física, vestido con una raída túnica que alguna vez fue negra y con una capucha que cubre su cabeza, atraviesa la callejuela estrecha, esquivando la muchedumbre de mendigos, ciegos, paralíticos, artistas callejeros, barberos trashumantes, gitanas tarotistas, milagreros, profetas, pilluelos, pícaros, trapisondistas y rapaces. Hay algo en su persona que nos despierta la sospecha de que, en realidad, no es quién pretende ser y hasta adivinamos un origen noble o burgués por sus manos, de uñas cuidadas y piel tersa, que normalmente carga voluminosos anillos que han dejado surcos alrededor de sus dedos, evidentemente no se trata de la mano de alguien trabajador pese a que sus ropas quieran indicar un origen humilde. La caminata sigue por unos minutos hasta que este individuo ingresa a una taberna, oscura y malamente ventilada, con personajes realmente siniestros, rostros cruzados por enormes cicatrices, ojos vacíos, narices partidas, orejas mutiladas, la escoria de la escoria, parias incluso para los parias que anteriormente habíamos visto, la mayoría está borracha y buscaría pelea si no fuera porque Carafuncho, el gigantón hijo del tabernero, vigila con un invicto garrote en sus manazas. El encapuchado se dirige al rincón más oscuro y apartado de la taberna, donde un individuo envuelto en una capa y tocado con un enorme sombrero aludo lo espera.
- Espero que haya tenido un buen viaje.
- Salvo los cuatro hombres que perdimos cuando nos atacaron los bandidos de Calmaculos, la travesía fue tranquila.
- Bebamos, pues, por vuestra buena fortuna.
- Yo no bebo y tampoco dispongo de tiempo para perderlo emborrachándome con gandules. ¿Ha encontrado lo que le he pedido?
- En cierta manera, sí. Mis informantes me han dicho que un objeto como el que usted me describió fue visto en la casa de un alquimista que vive junto al puente de los Lamentos. Robarlo no sería muy difícil.
- Y si no es una tarea difícil, ¿por qué no lo robó?
- ...
- Miedo, claro está. Tiene miedo de que el alquimista emplee alguna de sus artes ocultas para defenderse o vengarse. No se preocupe, un alquimista no es un hechicero, y no le lanzará ninguna maldición, a lo sumo le arrojará una redoma llena de vitriolo o un crisol repleto de azufre fundido, nada del otro mundo. Así que no sea cobarde y consígamelo para mañana a la noche o, de lo contrario, deberá vérselas con mi espada.
- ¡No es por cobardía! ¡Es que...!
- Excusas, excusas. No pierda más tiempo o perderá su vida.
Parte el del sombrero aludo, dejando al encapuchado solo, en la taberna.

 

 

 

1 El lector avispado agrega que esta particularidad se debe a que estoy dando la pista de que los Ellos que Zacarías acusaba de querer entremezclar los hilos del Tiempo en "El vacío del bostezo" lograron su cometido. Puede ser. Pero también podría ser, como señala el lector analítico, que se deba a que yo estoy queriendo decir que la numeración de los años es absolutamente arbitraria y cultural, es más, que representa una muestra más de la opresión que ejercen las clases dominantes sobre la gran masa del pueblo al imponerles sistemas cronológicos que, además de caprichosos, traen implícita la concepción del paso del Tiempo como algo lineal, cuando es bien sabido que para la mentalidad folklórica el paso del Tiempo es circular y se rige por las estaciones. Bien, no soy quién para desestimar esa lectura, al fin y al cabo uno deja de ser dueño de lo que escribe ni bien lo deja de escribir. Creo que la respuesta al por qué suelo poner al voleo los números de los años es un poco más simple y similar a la que le dio el Papa Macedonio XI al Cardenal Piccino cuando, en su lecho de muerte, el Pontífice solicitaba que le trajesen una mujer de grandes senos: "Per che me piace".
2 Y no tiene, por ejemplo, un corte como el que produce esta nota al pie que aclara que toda esta perorata sobre los ojos como cámaras deficientes no es mía sino de Laurie Anderson. O, mejor dicho, es mía, en el sentido de que me la apropié, reescribiendo lo que Laurie Anderson alguna vez dijo (¿en "Voices from the beyond" ?) y agregándole algunos pedacitos de mi propia cosecha, dándole mi toque personal. O sea, hice un cover de una idea de Laurie Anderson. Preferiría haber hecho un cover de una de sus canciones pero, bueno, algo es algo y, quién te dice, a lo mejor en el futuro aprendo suficiente música como para darme el gusto.
3 Que en realidad se llama Francisco Zapatero, porque era hijo de uno y era su destino el seguir los pasos de su padre hasta que en su adolescencia huyó y se unió a la banda de forajidos del Morceguillo Giménez, donde su habilidad para los disfraces y su encanto natural le permitieron ir escalando posiciones en el mundillo del crimen y acceder a los círculos de la nobleza y la burguesía de provincias donde, bajo diferentes alias (el conde de Sacredieu, el caballero de La Foutre, el archipreste de Bergamburgo), se dedicó a esquilmar, robar e, incluso, asesinar a sus adineradas víctimas. Oficialmente fue dado por muerto cuando los hombres del duque de Palombaria emboscaron a la banda de Morceguillo en la quebrada de Amochacotanas, pero sin embargo sobrevivió a la masacre haciéndose pasar por uno de los hombres del duque. Seis semanas más tarde degolló a su nuevo patrón y desapareció por más de veinte años con una considerable fortuna en joyas. Ahora ha regresado de allende los mares con el nombre de Giacomo di Sviluppo, se ha convertido en uno de los pilares de la sociedad de la villa de Gurentxu y está a punto de casarse con la hija del hacendado don Karlos Gonorrea, la virginal e inocente Maricarmen Gonorrea.


 

 

 

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