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Capítulo HHH Ahora sí es verdad que me encontraba de verdad en la calle. Y lo peor de todo: con mi ritmo habitual de vida la plata no me alcanzaría ni para tres meses. Llamé a Laureano a Miami y le expliqué la situación. —Bueno, véngase pues, y aquí lo acomodamos, viejito. Pero qué va. Estando en la soledad del apartamento que alquilé en la Alta Florida me puse a meditar. Y me acobardé. Ese cachaco debía hallarse metido hasta el pescuezo en un negociazo de a kilos. Quizá toneladas. Con razón ostentaba ese Pent House en Coral Gables, se desplazaba en un BMW, y aquel beeper que no paraba de sonar nunca. Esos negocios no van conmigo. Hay que tener los nervios supertemplados, o como dicen los gringos, you gotta have guts. Y las esféricas bien puestas. Agarré una depresión increíble. Estuve días enteros sin hacer nada, contemplando los aguaceros mojar las faldas del Ávila a través de la ventana corrediza y tomando Polar como un campeón. La desidia total, en suma. Intenté comunicarme con Charlie. Marqué para México y para Los Ángeles sin resultado alguno. Con mis amigos de Caracas ni lo pensé. I was overwhelmed and I didn’t want to pretend that things went on as usual. Shame on me, at last. There were several times that this thought hit upon my head that I was doomed. Nevertheless, I wanted to sort things out, even if it was for the last time, with a grand finale. I knew I could make it. But how? Los dos primeros días fueron terribles. La misma pregunta iba, venía, retornaba y se me retorcía en el occipucio. "¿Y ahora qué hago? ¿Para dónde cojo? Gran dilema". Después, de la misma manera como había venido, se diluía en el placer del ocio y la nada. Me la pasaba desnudo, encendiendo alternativamente el televisor, la radio, el tocadiscos, el betamax, el microondas y alguno que otro cachito. Los recuerdos de todas ellas me atacaban en ráfagas fugaces, empezando por Cheryl y finalizando con Ornela. Le daba unos toques al viejo y leal Chancleto para solazarme en el recuerdo de interminables fornicaciones. La erección no tardaba en llegar y, as usual, se me afiebraba la imaginación con nuevas maneras de hacérmela. Utilicé lechosas, botellones de agua mineral, dispensadores de papel aluminio, conchas de plátano, bistecs crudos, huevos batidos y un sinfín de adicionales sucedáneos de vulvas. Sin olvidar las viejas y queridas manos de israelita desocupado, vago y aberradito que Yijova me dio. Uno de estos días, lo juro por los cimientos del Muro de Los Lamentos, me dedicaré a describir concienzudamente, bien sea en un tratado o en un manual, las quinientas millones de posibilidades de que uno dispone para hacérsela y disfrutarlo a plenitud, casi como si fuera the real thing. Apuesto que será todo un best seller. I became, on those lazy and penniless days, not only the undisputed king of lies but also the king of el cucazo loco — y sin muñeca inflable. A la semana y pico tuve que salir a reencontrarme con el mundo. La nevera se había vaciado, tanto de Polar como de pan y mayonesa kosher. Pero la excusa principalísima, no podía ser de otro modo, fue que, al fin, ubiqué a Ornela. Había olvidado pedirle su teléfono en Caracas. No me quedó más remedio que coger la guía y contemplar la posibilidad de contactar a todos los abonados apellidados Pérez. Empresa ciclópea, por decir lo menos. El dedo índice se me ampollaría. No, thanks. El sólo esfuerzo de esforzarme en pensar en el esforzado esfuerzo de esforzarme me daba calambres en la silla turca del esfenoides. Hasta que me acordé de Javier Grimán. Di con su número en el amasijo de mis papeles y, holy heavens, al primer intento me respondió el susodicho. —Ay, pero qué eztupenda zorpreza, amigable Benny. ¿Dónde te habíaz metido? En realidad el tipo no me caía mal. No tardé en sonsacarlo para llevarlo a terrenos de mi interés, verbigracia, Ornela’s whereabouts. —Sí, vale, la ando buscando porque ... porque no nos veíamos desde que estudiábamos bachillerato, tú sabes, nosotros éramos muy amigos y teníamos un montón de años cada quien por su lado hasta que nos encontramos en tu fiesta en Miami "God save the mighty king of bulshit", no pude dejar de pensar. —Qué cheverízimo ... —Ella y yo éramos casi como hermanos. —Grandiozo, amigable Benny. —Y bueno, qué te digo, la otra noche me robaron el carro saliendo del "Gazebo" con todo lo que cargaba adentro: el maletín, la agenda, tarjetas, todo, vale, me dejaron en la calle. Entonces me dije: Javier Grimán es el hombre y aquí me tienes, pidiéndote que me hagas la segunda. El tipo soltó un suspiro grueso del otro lado de la línea. —Qué encantado eztoy de volver a zaber de ti. Te diré que no haz podido llamar en mejor momento. Mañana, prezizamente, voy a ofrezerle una zena ezpezial a Orne. No te preocúpez, no va a venir mucha gente. Ez algo maz bien íntimo. Y, por zupuezto, que tú eztaz cordialízimamente convidado, amigable Benny. —Oye, magnífico. —Y tú zeraz la zorpreza de la noche porque no pienzo dezirle a Orne que te he invitado. Me veía, pues, en la obligación de abandonar el redil. Cosa que, por lo demás, no me venía nada mal. Sentía que estaba engordando y poniéndome fofito por la profusión de cervezas, la inactividad mullida y el exceso de onanismo. Aparte de que me estaba dando cierto pánico de perder el control, por efectos del alcohol y del machiche, y, bueno, no deseaba volver a atentar contra mi vida, ni siquiera accidentalmente. No me atrevía a desglosar tal pensamiento en forma consciente. Se me erizaban los discos vertebrales de sólo contemplar esa posibilidad tenebrosa. Pero si a ver a vamos, mayor era la flojera de tener que buscar un mecate, un revólver o tener que encaramarme en una silla para arrojarme al vacío desde un piso catorce. Y ni hablar del dolor previo a la muerte. Alguien tiene que inventar un método que le permita a uno autodespacharse sin el agobio del sufrimiento corporal. Yijova nos envolvió en esta cáscara supersensitiva, emanadora de olores y efluvios, degenerativa al correr de ese flujo hipnopédico que llaman el tiempo y que engendra ese cataplasma palurdo al que llamamos dolor físico. Según los ascetas, esta acumulación de pasiones, a la larga, libera la esencia inefable escondida dentro de la túnica corpórea. Con un estoicismo macizo y transfigurado, por supuesto, y, ¿por qué no?, con una alta dosis de masoquismo mesiánico, los avatares espirituales, las diversas encarnaciones y advocaciones de Yijova, y el alma, en fin, para ponerlo de manera escueta, rompen el cascarón orgánico a picotazos y entonces, y sólo entonces, acaece el despertar absoluto a la vida verdadera, esa donde los sentidos perciben únicamente lo positivo de lo físico y lo metafísico a máxima capacidad, y donde las cordiales definiciones con que edulcoran nuestras existencias dejan de tener validez y le adjudicamos valores inefables a las infantiles tentaciones terrenales. Pero si ni siquiera el redentor de los cristianos aguantó el yeyo de los cuarenta días en el desierto y se la chilló fuertemente al Padre celestial antes de someterse al bárbaro suplicio que le infligieron los romanos y los fariseos, ¿qué se le puede pedir al acobardado hijo de Moisés Möllerstein? ¿Benny el estoico? ¿Benny el espiritualizado en busca de redención? Palpé a Chancleto y terminé sufragando por el jueguito de siempre. El jueguito que Yijova quiere que juguemos para su deleite y su retroalimentación. Ándele pues, diría Charlie.
Poco faltó para que José me cayera encima. Ruth, su narizona y motolita mujer, no dejaba de estrujar una servilleta y murmurar: —¡Oh, qué blasfemias! ¡Oh, qué blasfemias! —Eres un impío — soltó José, apretando los dientes. —Y tú un sometido — respondí, at once. —Malnacido ... ¡renegado y traidor a tu raza! — me gritó. ¿Qué se creyó ese patán? Perdí los estribos por su insolencia. Salté como picado por un abejorro y lo arrinconé de un pescozón. Mi vieja y la narizona arrancaron con unos gemidos histéricos. El viejo llamó al orden antes de que José pudiese reaccionar. —¡Basta ya! Me amonestó severamente advirtiéndome que estaba suspendido por un mes de cualquier labor en el negocio. Habían planeado y calculado todo para atarme de pies y manos. It was a goddamned set up! —No hace falta. ¡Ya renuncié! Ruth destelló en sus ojos un timbrazo de satisfacción. No era para menos. Siempre había ambicionado que José heredara todo. Ahora tenían en bandeja de plata lo que habían anhelado. Sentí asco e indignación. Sin mirar atrás, salí tirando portazos. Recogí mis cosas y me fui a un hotel. No quería saber nada más de ellos. A los tres días, alquilé el apartamento en la Alta Florida y me mudé. Llegué de primero a la cena, inducido por la flagrante premura de Javier Grimán. Andaba en una onda de dieciochescas representaciones y etiquetas, así que me dejé llevar por el ingrávido sainete de mi anfitrión. —¿Y cómo haz eztado, amigable Benny? — Javier me servía un destornillador de Tanqueray. —Ocupado, vale. Ando metido en varios negocios pero la situación está requetedura. La gente se restringe mucho en año electoral. —¡Qué faztidio éztaz campáñaz tan lárgaz! ¡Y "Bicho Loco" cada día maz inquieto! Tengo un dolor de juanétez que no lo zoporto ... —Ese hombre está condenado a seguir aspirando a la presidencia forever and ever — comenté, luego de un alargado sorbo. —Hoy me le hize el muziú y le dije que me zentía mal con la gripe, porque zinó me tendría pegando bríncoz por ézoz cérroz de Dioz. Sonó el timbre. Una mucama chaparrita abrió. Javier se adelantó a recibir a sus invitados. Pude oler el siseo de las telas femeninas y escuchar el olor a perfume parisino. Javier tomó a Ornela del brazo y la acercó a mí. — ... ezpero que te acuérdez de él — le dijo, señalándome. Nadie lo habría podido notar. Nos sonrojamos y empalidecimos, al unísono, tres veces en cuestión de fracciones de segundos. En un tris, Ornela recobró el aplomo y me infundió confianza. —¡Pero si es Benny! ¿Cómo estás tú, delincuente? Definitivamente, la chama era un avión. —Arnaldo, ven. ¿Te acuerdas de Benny? Estuvo con nosotros en la fiesta que dio Javier en Miami. —¿Qué hay de nuevo? — extendí mi mano con una sonrisita de profeta galileo. —Mmmmmm ... bien. Javier venía ahora con una mujer de poco más de treinta años — al menos así lo creí en ese momento —. Era un tantico más alta que Ornela, tenía el pelo no muy largo, de un color como de paja oscura. No se podía decir que era deslumbrantemente bonita, pero detentaba un encanto muy particular. Se acercó con su alargada cara haciendo gala de una sonrisa que me terminó de descorrer los picaportes glandulares. —Encantada, Fedora Téllez — su voz era ronca y agradable. Tomamos el aperitivo desarrollando el consabido small talk. Javier no había olvidado la explicación que le di sobre mi interés por Ornela, la cual sazoné con un par de historietas más, ingeniadas sobre la marcha. —Nunca me habías hablado de Benny, Orne — se quejó amablemente Fedora. Por primera vez le ganaba una de avioncismo a la muchacha porque no supo qué contestar de inmediato. Yo posaba mi mirada lánguida — tenía el Clark Gable subido esa noche — de la una a la otra, preguntándome cuál me gustaba más, si la madura o la tierna. —Es que la vida lo arrastra a uno por cualquier parte, sobre todo en esta ciudad loca. Si no nos hubiésemos encontrado en Miami, así tan de sopetón ... — reprimí la risa con un esfuerzo encomiable. —¡Ay, no me recuérdez eza noche, que ezo fue un verdadero dezaztre! Pero cambiémoz el tema, por Dioz. Entónzez, Fedora, ¿cuándo te échaz al agua? Fedora me miró sonriendo. —Chico, aquiétate. ¿Quieres provocar un escándalo? —Ezo ez lo único interezante que ze comenta en Carácaz por éztos díaz. Ademaz, ¿qué tiene de malo? Tú érez una mujer muy atractiva y con un futuro por delante que maz preziozo no puede zer. ¿No te pareze, amigable Benny? Ahora Ornela me miraba con unos ojos que chispeaban detrás de gruesos cristales. —Ese es un tema donde me confieso ignorante por completo. —¿Cuál? ¿El de loz atractívoz de Fedora? —No. El del matrimonio. —¿Y eso por qué, Benny? — preguntó Fedora, sin dejar de acicalar la noche con una sonrisa que tenía de todo. —Ya estuve casado una vez y no resultó. —¿Dónde? ¿Cuándo? — Ornela pareció saltar en un ensogado de proporciones moleculares. De repente, recordó el embustazo que yo le había contado a Javier —. Esa no la sabía, Benny. Como teníamos tanto tiempo sin vernos. —Fue en el Norte. Ahí fue donde me di cuenta que el matrimonio es un estado de gracia que siempre será vedado a gente como yo. —Eso me interesa, Benny. ¿Cómo eres tú? — inquirió Fedora. —Soy un lobo solitario, soñador e imaginativo. Algunas veces inescrupuloso de una manera infantil, otras veces heroicamente banal. Y, de tanto en tanto, querencioso como un cachorro regalón, porque soy insaciable cuando me quieren. De hecho, mi canción favorita es aquel bolero que repite incansablemente: "emborráchame de amor". "Chupa, cachete", pensé. —Puez déjame dezirte que no te conzebía de eza forma. Ziempre creí que donde mejor te dezenvolvíaz era en el arduo mundo de loz negózioz, zerrando tranzacziónez en loz córroz burzátilez y dándole parejo a loz númeroz. ¡Zi zupiéraz qué malo zoy para laz matemáticaz! Hazta ezte prezizo inztante temí confezártelo por miedo a que te deziluzionáraz de mí. —No, vale — chasqueé la lengua —, todo lo contrario. Fedora fumaba con cierta gracia felina. —Yo también creí lo mismo. La impresión que causas a primera vista es que eres un alto ejecutivo, de esos que no dan ni piden cuartel en el agreste mundo de los negocios. Difícil imaginarte, por consiguiente, como tú mismo te has descrito. Ornela se separó un tanto de su novio, quien había encendido un televisor aledaño y se había transportado a la procelosa dimensión de la novela de las nueve. —Mmmjú, Benny siempre fue medio poeta — corroboró haciéndose mi cómplice y clavándome sus ojillos inquisidores. —Tienes que enseñarme lo que escribes — solicitó Fedora. —Cuando quieras ... — le correspondí su arrobadora sonrisa. Ornela se incorporó preguntando qué tomaba cada quién. —Pero no te moléztez, chica. La cachifa noz puede zervir loz trágoz. —Deja. Yo voy. Para mí no es molestia. —¿Y a tu novio qué le vámoz a dar? Por hoy ze acabó el café con leche. Fedora disimuló una plácida risotada, antes de comentar. —Por los momentos está inmerso en el imposible romance que experimentan tres hermanas tocayas por un mismo y engominado galán. —¿Cómo va eso, mi amor? ¿Ya cayó también Doris Wells en las garras de José Bardina? — preguntó Ornela, rumbo a la cocina. —Mmmmm ... bien. Dejé transcurrir un minuto. Le pregunté comedidamente a Javier dónde quedaba el baño. —La zegunda puerta a la izquierda por aquel pazillo. Fui hacia allá. Me volteé en el umbral. Fedora reía con ganas de un chisme que le refería Javier. Para el novio no existía otro mundo que la colorida pantalla. Llegué donde estaba Ornela. De sorpresa, la tomé por la cintura y la volví hacia mí. —¿Qué haces? — preguntó con cierto trémolo de pánico. Sentí su cuerpo distenderse cuando la besé. Sus labios ardían y temblaban sabiendo, paradójica y simultáneamente, a fresas y nísperos. Acarició mi escaso cabello mientras, afanosamente, yo buscaba su cuello con ansias de Nosferatu saduceo. Mordí su boca. Parecía que nunca más podríamos despegarnos. Tormentas de buganvilias desembocaban en una adicción que destilaba fragancias alocadas. Metí mi mano por debajo de su blusa y comencé a masajear su seno con suaves y pequeños movimientos rotatorios. Se aferró a mí como si yo fuese la única tabla de salvación en su vida. —Yo, Benny ... quiero que me dejes ... por favor — la escuché mentirse a sí misma. Mi mano descendió por entre su aflojado pantalón. Aparté la banda elástica de su pantaleta y palpé el bulto afelpado de su sexo. —¡No! ¡Aquí no! — musitó con firmeza y se apartó. El aire óqueo de locura pugnaba por no desvanecerse. —¡Coño! ¿Qué me haces? — murmuró a la par que se alisaba la melenita y procuraba darle orden a su ropa, el mismo orden que ansiaba para sus pensamientos —¿Estás loco, Benny? Nos puede ver mi novio. —Vamos a darnos una escapada — le propuse. —Vete, que puede venir Javier ... o Arnaldo ... por favor. Pude percibir su aturdimiento. —¿Sí o no? — insistí, tomando su mano. —Después hablamos — respondió, apretándomela y evadiendo mi cara. —¿Sí o no? —Sí, sí ... pero ahora vete para allá. |
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