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3 A Clarisa Téjez no le había gustado nada la actitud de aquel oficial con cara de lunático que se había precipitado sobre el pobre de Visio. Ni que en ese momento paseara sus ojos vigilantes por cada uno de los presentes. Ni que manoseara con tanta excitación su cachiporra. Tampoco la situación en la que estaba metida. No se la había buscado, además. ¿Por qué siempre le pasaba lo mismo? Encontrarse en circunstancias no pedidas. Como cuando se quedó encerrada en un colectivo que comenzaba a incendiarse... Y ahora estaba en manos de la Policía (eso era lo que más le preocupaba, las manos, o los manotazos), porque inoportunamente se le daba por ir a la Facultad el día en que Daniel Sirva se... ¿mataba? Clarisa no creía en accidentes. Tampoco en existencias proclives a accidentarse. Más bien tenía la certeza de que el sujeto elegía constantemente su destino. La idea, si uno se atenía al significado originario de la palabra "destino", escondía una paradoja. Pero Clarisa no era la única que se deslumbraba con esa trampa del pensamiento. Y el logro de tal teoría era que uno es dueño de sus propias acciones, las controla; cosa que deja a sus seguidores mucho más tranquilos que el sentirse a disposición de entes abstractos. No hay propensión a accidentarse, sino malas elecciones. Por lo tanto, Clarisa había hecho una mala (pésima) elección al ir a la facultad ese día y a esa hora. ¿No había sido ella, acaso, la que había propuesto la fecha y la hora del recuperatorio del parcial? Y encima, hoy mismo había decidido, repentinamente, salir antes, cuando recién tenía que encontrarse con sus alumnos a las cinco. Todo por su maldita obsesión de serva vs. ancilla. Era justo conceder que la pregunta venía de una alumna tanto o más obsesiva, pero ¿a qué hacerse cargo, si lo más probable era que esa misma alumna hoy ni se acordara de lo que la obsesionaba la clase anterior? Todo, incluso las señales que le ordenaban quedarse en casa. indicaba que uno era dueño de sus elecciones. Señales. Como el haber dejado la hornalla encendida. O, una vez acomodada en el último asiento del 132, ¿le parecía o, como una ráfaga, se le había venido a la mente la cara de Daniel Sirva? Así, inmotivadamente. Porque apenas lo conocía y lo que ahora recordaba era la ocasión en que ambos se habían encontrado, involuntariamente, en la biblioteca y él le daba charla. "Un baboso", había pensado entonces. Pero después supo que todo el mundo en Clásicas creía (más bien afirmaba) que pateaba para el otro lado. Incluso se rumoreaba que cierta vez, mientras estaba ayudando al hijo del almacenero a hacer sus tareas, el muy cerdo le había descripto en detalle distintas técnicas masturbatorias. En fin, siempre que surgía el nombre de Daniel Sirva todo el mundo, hasta gente con la que ella apenas había cruzado palabra, sacaba a colación alguna anécdota desagradable en cuanto a la persona del que ahora yacía a unos metros, desangrado. "Desagradable". ¿No era esa la palabra que había utilizado la profesora Prieri para calificarlo? Pero Clarisa no lo habría llamado así. Aquella mirada torva que se adivinaba detrás de sus anteojos hablaba de resentimiento. Sí, eso era. "Resentido". Clarisa tuvo la tentación de escudriñar el cadáver con la vista, pero su curiosidad se detuvo en el rostro de Ulises Dudot. Otro cadáver, pero vivo. Aunque él todavía no se daba por enterado. Tenía una única expresión para todas las circunstancias: mezcla de susto e indiferencia, que no reflejaba sus pensamientos. Como el día en que ella le había confesado su atracción por él. Entonces, aquella expresión enigmática confundió a Clarisa. Difícil saber en qué estaba pensando su compañero. Eso, si es que pensaba en algo. Pero ella no iba a quedarse con la duda. - ¿Te gusto o no te gusto? le preguntó en esa ocasión. - Y...no sé contestó él, temblequeando y rojo como un tomate. Decepcionante. Mejor dicho, patético. Sobre todo después de habérselo imaginado en las posturas eróticas más audaces y estrambóticas. Y ahora, frente a la muerte, ¿en qué pensaba? - A las ocho nos esperan René y los otros dijo Ulises inesperadamente. Pregunta contestada. - Sí, Ulises le contestó Vicky Pero van a tener que esperar o irse. Ya son casi las seis y, al paso que vamos, tenemos para rato. Suerte si no nos llevan a declarar y, encima, tenemos que pasar la noche en vela y en cana. - Je, je se rió Ulises, estúpidamente. - ¿Hablan de la reunión de fin de año? - intervino Beatriz Espuma. - No la corrigió Vicky - De la lista para la junta departamental. Se refería a la agrupación que representaba a los estudiantes en las reuniones de junta donde se debatían cuestiones tales como qué materias se cursaban cada año, quién daba qué materia, etc. Clarisa no sabía muy bien cómo había ido a parar ahí, porque las cuestiones burocráticas la sacaban de quicio. O mejor sí, sí sabía. Tenía la ilusión de mejorar las cosas. Pero ya se estaba arrepintiendo, porque empezaba a sospechar que algunos de sus compañeros de lista no tenían las mismas intenciones. Se tomó un tiempo para observar a Beatriz. Estaba toda de rosa, como de costumbre. Pantalones de jean rosas, remera rosa, zapatillas rosas y zoquetitos rosas. Incluso la mochila era rosa (¿cómo diablos se las habría ingeniado para conseguir una de ese color?). Por eso Vicky la había bautizado la "Pantera Rosa". Pink Panter, para ser fieles al inglés. PP, en adelante. - ¿Cómo le pusieron al final? intervino, a su vez, Darío Sensi Digo, el nombre de la lista. - REZONGANTES respondió Vicky. Beatriz hizo un gesto burlón. - Fue lo mejor que encontramos explicó Vicky. - Hubo cosas peores como LOS SIETE LOCOS CONTRA TEBAS dijo Clarisa, a la que todavía le daban arcadas de sólo pronunciar el nombre. - ¿A quién se le ocurrió eso? preguntó PP. - A Marcelo. - ¿Ese zángano está en la lista? se indignó PP. - No se la iba a perder. La política es su fuerte. Está en su naturaleza. - Sí, y también ser un prepotente y un mentiroso protestó PP, casi echando espuma por la boca para hacer honor a su apellido. Hizo una pausa esperando que alguien la objetara. - REZONGANTES, je, je dijo Ulises. PP lo miró con gesto crítico. - ¿Y para qué se van a reunir? - Es que tenemos que armar propuestas para el año que viene mintió Vicky con fastidio, en parte porque le molestaba que alguien hurgara en lo que no era asunto suyo, en parte porque no se la bancaba a PP. - Bueno, si es así, déjenme que les diga que es urgente que haya más oferta horaria para los latines y los griegos. Porque los que tenemos que trabajar...ya saben, a veces no podemos cursar regularmente porque te ponen un horario a la mañana o si no se te superponen las materias se ofuscó PP. Y después, resignada Pero si tienen en la lista a ese vago de Marcelo, que no trabaja y al que los papitos le pagan todo. Porque, ¿sabían que tiene tres departamentos para él solito? Lo sabían. PP continuó. - ¿Un tipo así se va a poner en mi lugar? Antes, vienen los marcianos a la facu. Clarisa pensó que ya habían venido. Bastaba con reparar en la presencia de PP. O, sin ir más lejos, en la de Ulises. O en ese cana que los seguía observando con vista extraviada. - La oferta de horarios es una de nuestras prioridades dijo Vicky, pasando por alto los comentarios de PP. - Y yo que los voté sin saber que estaba él siguió PP, pasando por alto, a su vez, lo dicho por Vicky - Deberían sacarlo de la lista. Me siento estafada. - Yo también trabajo, je, je acotó Ulises, en un intento frustrado por calmar los ánimos. - Fuera de acá, perro asqueroso gritó PP. Este epíteto no iba dirigido a Ulises, sino al bachicho que, habiéndose despertado, desperezado, bostezado y levantado, ahora descargaba su libido animal en la pierna regordeta de PP. El profesor Hidalgo frunció la nariz, como si estuviera oliendo excremento, ante el espectáculo del pobre animal necesitado de afecto que se agitaba frenético, babeaba y jadeaba con la lengua afuera. Esa clase de cosas sólo podían ocurrir en la universidad pública. µ El comisario Peyrou, la oficial López y Orione tomaron el ascensor del ala izquierda hasta el tercer piso. Luego hicieron el camino de herradura que conducía al otro flanco del edificio e hicieron el resto del trayecto por escalera. No bien hechos unos diez escalones, a Peyrou le empezaron a doler las rodillas. Le pesaba, en el cuerpo, una incipiente barriga producto de su naturaleza sedentaria; en el ánimo, la cercanía de los cuarenta. Para colmo, en el tercer piso, le obstaculizó el camino un gato medio sarnoso, que la oficial López se apuró en espantar. En el tramo final se encontraron con un hombre viejo que barría tranquilamente el piso. Les daba la espalda y parecía no haberse percatado de la presencia de otras personas. Era canoso y vestía un guardapolvos azul. A unos metros de él yacían desparramados por el piso diversos utensilios de limpieza: escobas, escobillones, palas, un enorme tacho de basura. Peyrou, que para entonces había logrado dejar atrás la escalera, asoció el ruido que habían escuchado en el patio con el tiradero que ahora tenía delante de sí. Había un olor a amoníaco en el aire. La oficial López se dirigió al anciano. El viejo no contestó. - Oiga, usted, ¿qué no ve que le estoy hablando? - insistió la oficial con su voz de pito. El viejo se dio vuelta y la observó con ojos hostiles. Pero, al ver que el encargado de intendencia venía con la mujer, su expresión se tornó favorable. Enseguida interrogó a Orione con la mirada. ¿Quiénes eran esas dos personas que parecían tener especial interés en su trabajo? Lejos de disipar sus dudas, Orione tomó la misma postura intimidante de la oficial, como si él también fuese policía. Ni siquiera se molestó en informar que ese anciano de espalda considerablemente arqueada era el encargado de la limpieza y que, además, era sordo. Por su parte, el viejo comprendió que algo raro estaría pasando ya que, si sus ojos no lo engañaban (lo cual era optimista de su parte, considerando que padecía de cataratas), la mujer que tenía enfrente era una uniformada y el regordete que la seguía parecía ser un policía también. Dadas así las cosas, se apresuró a endulzar sus rasgos. - ¿Sí? le dijo amablemente a la oficial. - Documentos ordenó la oficial. - ¿Qué? dijo el viejo formando con la palma de la mano una cavidad por encima y alrededor de la oreja e inclinándose. - "DO -CU -MEN -TOS" dije. ¿Es sordo? El viejo extrajo del bolsillo trasero de su pantalón una billetera. Dentro había una libreta de enrolamiento rotosa que acercó a la oficial con pulso tembleque. Ivone leyó: Luis Sordelli. Debajo figuraba la foto borrosa de un jovencito. Una especie de Leonardo Di Caprio de los años treinta. Con gran esfuerzo de imaginación, Ivone intentó asociar aquél bombón con el estropajo que tenía ahora enfrente. En su cara se formó una mueca despectiva. Cuando el comisario recibió la libreta de enrolamiento de manos de su subalterna, no pudo evitar hacer, a su vez, la comparación. El tiempo es cruel, pensó. Y se tocó la cintura, que le empezaba a doler por el ejercicio de alpinismo obligado. Se dirigió a Orione. - Tenía entendido que el edificio había sido registrado por completo dijo con tono de reproche. - Así fue, señor comisario. - ¿Cómo explica entonces que esta persona esté acá como si nada? - Señor comisario, yo mismo revisé todas las instalaciones. - No como debía. Este sector no fue inspeccionado como se debe. Orione rebuscó en su memoria. Al fin dijo. - Claro que sí. Lo que pasa es que cuando llegué al descanso que acabamos de pasar no oí ningún ruido, así que pensé que no habría nadie. - Alguien había. A propósito ¿A dónde da esa puerta de chapa? - A la terraza, señor comisario. Peyrou se revolvió en su interior. Luego dijo con sarcasmo. - Disculpe que le haga una pregunta. - Las que quiera, señor comisario. - Como bien sabe, hay un hombre muerto en el patio. ¿De dónde pudo haber caído? - También pudo haber saltado, señor comisario sugirió Orione. - Lo que fuera. A lo que voy es que no tenía muchas opciones. Están las ventanas. Pero si se fija bien, el cuerpo está frente al ascensor. Lo que significa que debe de haber caído en línea recta, o mejor dicho "tiene que", por la gravedad. No sé si oyó hablar de Newton. - Por supuesto, señor comisario. El de la manzana. - Así es. El hecho es que no hay ventanas por encima del ascensor en ninguno de los pisos, sino que las ventanas están a los costados. Desde el ascensor hasta la terraza sólo hay pared. - Cierto. Nunca lo había notado, señor comisario. - Por eso estoy acá. Para ver lo que otros no ven. Y como el occiso no pudo haber caído en diagonal desde alguna de aquellas ventanas, salvo que se tratara de algún superhéroe (en cuyo caso hoy no lo tendríamos muerto como lo tenemos) ¿qué podemos concluir? - Que indudablemente, señor comisario, tiene que haber caído de la terraza. - Entonces, ¿cómo pudo dejar de revisar la terraza? Si alguien es responsable de la muerte de ese estudiante, es muy probable que todavía estuviera en la terraza. Y más probable aún que usted, con su descuido, lo haya dejado escapar. - Lo siento muchísimo, señor comisario. - Aprenda para la próxima. Además, ¿no sabía que el encargado de limpieza tenía que estar en el edificio. - Lo olvidé. Verá, es que apenas le prestamos atención a Sordelli. Más bien le escapamos y agregó, acercándosele a la oreja Es insufrible. El comisario empezó a pensar que el insufrible era Orione. Además ese gesto inútil de hablarle al oído, cuando Sordelli era incapaz de oír con voz normal. Evidentemente Orione era un negligente. La negligencia de Orione, sin embargo, no descartaba el que el viejo supiera algo. - Soy el comisario Peyrou le dijo al viejo, extendiéndole una mano amiga. - Mucho gusto, Luis Sordelli, para servirle. - ¿Cuánto hace que está acá? dijo el comisario con voz audible. - Un rato largo. - ¿Cuánto? - Dos horas. Por ahí más respondió Sordelli vagamente. - Ya veo. Estuvo solo o acompañado. - No, solito mi alma. - ¿Vio pasar a alguien? - No. - ¿Qué estaba haciendo acá? - Limpiando, hijo. ¿Qué otra cosa? Si usted supiera lo roñosos que son en esta universidad se quejó el viejo. - ¿No hay huelga? preguntó el comisario, un tanto molesto. No le gustaba ni medio que lo llamaran "hijo". - Sí. Pero igual me puse a limpiar. Vea usted. Es por los gatos. No soporto las meadas y el enchastre de comida. El comisario compartió su asco por los gatos. - ¿Desde qué hora está limpiando?. - Subí a eso de las tres menos veinte. Vi las meadas. Entonces fui a buscar las cosas de limpieza. Volví a eso de las tres menos cinco. Y ahí estaba el mal nacido del gato que había comido y hecho sus porquerías. Lo saqué a las patadas y entonces me puse a limpiar. En ese momento intervino la oficial. - Señor, yo dudaría del testimonio de este hombre. No es posible que no se haya enterado hasta ahora de lo que está pasando en el patio hablaba en voz muy baja, ya que todavía no se daba por enterada de que el viejo era sordo. Peyrou la amonestó con la mirada. Pero el viejo alcanzó a escuchar la última palabra y malinterpretó lo que había dicho la oficial. - El patio. Eso sí que es una cochinada. ¿Sabía que los muy cerdos fuman marihuana cuando empieza a oscurecer. Lo sé porque ¿quién se cree, hijo, que limpia todas las colillas? - Era de esperarse, tratándose de estos zurdos dijo la oficial por lo bajo. El comisario alcanzó a oírla. - Oficial, le agradecería que se guardara sus comentarios dijo Peyrou, doblemente fastidioso porque por segunda vez lo llamaban hijo. Y luego, en voz alta a Sordelli. - Me refiero a que hay un estudiante muerto en el patio. ¿Oyó? MUER-TO. El viejo se le quedó mirando. Al fin dijo: - Y sí. supongo que de aspirar esa porquería uno queda muerto. No hay dudas. El nieto de un conocido... El comisario trató de pararlo, pero el anciano ya había iniciado su cruzada verbal contra las drogas y los narcotraficantes y la corrupción en que estaba sumida la sociedad. - La cosa es que el pobrecito terminó agarrándose el SIDA, que le dicen. ¿Sabe, hijo? El comisario no lo sabía. O sí, alguna idea tenía. O ya a esta altura estaba tan mareado que dudada de lo que sabía y de lo que no. De lo que sí estaba seguro era de que sería inútil preguntarle al viejo si había oído algo. De todas formas lo intentó. - Oí unos chistidos contestó el viejo para sorpresa de Peyrou. - ¿Cómo? preguntó el comisario interesadísimo. - Sí. Me pareció que venían de la terraza, pero yo estaba muy ocupado para fijarme. Además no estaba seguro de que fuera en el edificio. Capaz que era más allá. Vaya uno a saber. Chistaron varias veces. - Como cuántas. - Tres, si la memoria no me falla. - ¿Qué más? Como si hubiese olvidado lo que había dicho antes, Sordelli recomenzó su letanía. - Así es, hijo. Esta vez los cretinos me dejaron todo el piso sucio de comida de gato. Y si viera usted las meadas que se mandan esos animales repugnantes. Ni qué decir las cagadas. El comisario no quería seguir oyendo más sobre las costumbres de los felinos. Decidió finalizar el interrogatorio. Además, su garganta estaba destruida de tanto gritar. - Oficial acompáñeme. Debemos hacer una revisión de la terraza y luego a Orione - ¿Tiene llave? - No. Nunca la cerramos con llave. - ¿Por? - No tiene sentido. Nadie puede llegar a la terraza si no es por acá. - ¿Qué tiene que ver eso? - No le tenemos miedo a los ladrones de afuera, sino a los de adentro. Si se roban algo, siempre sabemos quién es. Y cuándo. - Ah, ¿sí? - Después de las elecciones. Cuando pierden, hay que ver cómo descargan la bronca. Se llevan expedientes, computadoras y hasta los vasitos para el café. - Ya veo. Bien, llévese al encargado de la limpieza y reúnanse con los otros testigos en el patio. - Vayan por la escalera ordenó la oficial Los ascensores están inutilizados. - ¿Cómo? preguntó Sordelli. - La ES-CA-LE-RA bufó la oficial. Orione y Sordelli fueron bajando lentamente, mientras Peyrou y la oficial se dirigían hacia la puertita de chapa. La abrieron y salieron a la terraza. El lugar era amplio y estaba cubierto de pintura plateada, seguramente para mitigar el calentamiento producido por los rayos del sol. En el centro, un tanque de agua parecía un plato volador que algún marciano hubiera dejado abandonado. Peyrou se horrorizó. Era obvio que el que había construido aquella cosa no tenía el menor buen gusto. Sobre todo porque no hacía juego con el edificio que, aunque ahora albergaba universitarios, antes había sido un molino. Un molino característico. De él quedaban huellas. Huellas que se iban borrando a medida que alguien, de criterio insolente, decidía que había que remodelar argumentando necesidades de infraestructura. Un tanque espantoso por aquí, unas rejas estilo presidiario por allá. O las paredes de ladrillos que improvisaban nuevas aulas cada vez que el ingreso de estudiantes rebasaba las estadísticas previstas. Pero, aparte de su oportunidad estética el tanque presentaba una opción interesante para la investigación. Sencillamente porque si alguien había matado al pobre infeliz del patio, cabía la posibilidad de que estuviera escondido en ese adefesio. El comisario le hizo un gesto a la oficial señalándole el adefesio. La oficial López, arma en mano, subió la escalerilla del tanque y procedió a registrarlo. Se sentía Holly Hunter en Copycat. Por un largo rato no se supo nada de ella. - Limpio sentenció cuando emergió al rato, mientras devolvía el arma a su estuche. Peyrou puso en duda este comentario al contemplar las telarañas que la oficial traía pegadas a su cabello teñido. Pero no le hizo ninguna observación y se dedicó a revisar el piso. Cerca de la cornisa, distinguió un objeto brillante. Resultó ser un fragmento de un material traslúcido. No pensó que fuera de importancia, pero igual le ordenó a la oficial que lo guardara como evidencia. La oficial se puso los guantes descartables, tomó el pedacito de vidrio y lo guardó en una bolsita ziploc. Luego continuaron revisando, pero no encontraron nada más que valiera la pena. Eso sí, por aquí y por allí había manchas de excremento, probablemente de gato. Peyrou se asomó por la cornisa. Desde allí se veía el interior de las oficinas del ala de enfrente y, en los pisos inferiores, las aulas. Abajo, como muñequitos playmobil, los testigos o sospechosos, sentados en los bancos de material, parecían estar dialogando, mientras formaban un pentágono perfecto. Un perro hacía pipí en el cantero central. El principal estaba de pie, vigilando la escena. - Acá no hay nada más dijo al fin. La oficial no pensaba lo mismo, mientras miraba con asco las cagadas. Cuando dejaron atrás la terraza, preguntó al comisario. - ¿Hipótesis? - No muchas: accidente, suicidio u homicidio. - Eso mismo pensaba yo. Fíjese que el otro día alquilé un policial muy bueno... Comenzaron el descenso. El comisario tuvo que soportar la historia de cómo un tipo llamado Jean-Claude Van Damme se había enterado de que su hermano gemelo había muerto al caer de un edificio. Todos habían pensado que se trataba de un suicidio, pero al final Jean-Claude descubría que lo habían matado. ¡Y lo atlético y musculoso que era Jean-Claude! Todas cosas que al comisario le importaban un rábano. Al llegar a la planta baja, oyeron unos grititos de histeria que provenían del patio. µ El principal inspeccionaba a Visio con sus temibles ojos negros mientras acariciaba su machete. No le gustaba ni medio cómo había procedido el comisario con el sospechoso. Justo que Virgile ya fantaseaba en cómo él y el Coronel iban a hacer cantar a ese pajarito bolche en la sala de interrogatorios. Esa forma de pararlo en seco, cuando era evidente que el pelilargo piojoso que ahora lo miraba con cara de infeliz tenía toda la pinta de haber reventado al otro zurdo, había sido humillante. Y encima a él, al principal, lo venía a zarandear como a un oficialucho cualquiera. A él, al mismísimo nieto del mismísimo coronel Virgile. ¿Qué pensaría su abuelo si supiera cómo se trataba en la Policía a un miembro del ejército? Porque, aunque el principal no había podido ingresar a las fuerzas armadas, no carecía por ello del olfato para detectar zurdos subversivos que era innato de la milicia. Era, por linaje, un militar. Justamente él no se iba a tragar las evasivas del tal Visio. ¿Que estaba solo en el patio cuando la víctima había caído de la terraza? Era inconcebible. Cierto que el edificio estaba bastante desierto para ser un día de semana. Por la huelga, según el de intendencia. ¡Cuándo no! Los zurdos siempre encontraban alguna excusa para no trabajar. En fin, podía aceptar, con reservas, lo de que estuviera solo como válido. Pero estaba también toda aquella parrafada de los gritos. Era obvio que con esa historia había intentado confundir al comisario y, sospechaba Virgile, se había salido con la suya el muy zurdo. Por otra parte, al principal nunca le había terminado de convencer el comisario. Cuando Peyrou se hizo cargo de la jefatura, años atrás, se rumoreaban muchas cosas acerca de él. Que había estado en Inglaterra, aunque nadie sabía por qué ni para qué. Que en su despacho había hecho colocar dos bibliotecas y había plagado las paredes con cuadros con mariposas pintadas. Todo esto se sabía por lo que chusmeaba el principal de entonces, el único autorizado a entrar en el despacho del comisario. Pero el poco contacto que habían tenido con el comisario les había bastado para formarse una opinión de él. Los oficiales se reían de los modales refinados del nuevo comisario. - ¿Viste cómo toma café? le había dicho el cabo Benítez una tarde en que patrullaban por el barrio. Y luego se hacía el que bebía de una tacita imaginaria, al tiempo que levantaba el dedo meñique y fruncía la boquita. Virgile se estremeció de asco. - Salí. Parecés uno de esos payasos que hacen morisquetas en la calle Florida - comentó. - ¿Payasos? ¿Qué payasos? - Esos maricas que se embadurnan la cara con crema y les rompen las pelotas a los que pasan. Benítez rebuscó en su memoria. Al fin infirió: - ¿Mimos? - Maricones, es lo mismo sentenció Virgile. - Maricones repitió Benítez maquinalmente Pero el comisario Peyrou no se queda atrás. Y largó una risotada al darse cuenta de la ocurrencia. Pero Virgile no lo siguió. No sólo porque no había entendido el chiste, sino también porque no quería faltarle el respeto a un superior. No quería y no debía. Que lo hiciera Benítez, allá él. Sin embargo, no pasó por alto el comentario del cabo de que el cuerpo de Policía, en un futuro no muy lejano, se llenaría de pervertidos, empezando por sus superiores. Más tarde supo, por otro cabo, que Peyrou no había hecho la carrera de policía, sino que había sido nombrado a dedo por sus conocimientos de criminología. - La gente tiegne miegdo de que sega un infigtgado le había dicho el cabo Almada, que debido a su sordera parcial, tenía una pronunciación horrorosa. Durante un operativo, le explotó una granada a un metro. Como consecuencia, le quedó la boca a la miseria y marcaba fuertemente las "s" y hacía aspiraciones en los lugares más insólitos. Eso sin mencionar el medio año que permaneció en el hospital a causa de las quemaduras. Pero ni aún así abandonó su profesión. - ¿Un filtrado? preguntó Virgile - ¿Acaso el comisario se pica? - ¿Eh? - Que si se pica gritó Virgile - O esnifea. Snif, snif y acompaño la onomatopeya con gestos inequívocos. Almada cayó. - No, no. INfigtgado. Ya sabég, uno de esos bugchones de la DEgA insinuó el cabo, haciéndose entender cada vez menos, por el temblor. Se meaba encima ante la sola idea de que el nuevo comisario descubriera y, posteriormente, delatara sus humildes arreglitos. Virgile asintió con un gesto de la mandíbula, pero su mente estaba lejos. ¿Un "buchón de heladera"? ¿Qué carajo sería eso? ¿Y por qué todos en la comisaría estaban cagados hasta las patas? Pero los ánimos de todos se calmaron cuando el juez Osvaldo Chantrili se dio una vuelta un día por la jefatura. - ¿Qué lo trae por acá? preguntó el cabo Almada, zalamero y gangoso. - Un auto, ¿qué va a ser, gil de goma? se rió el cabo Benítez, guarango. Y luego agregó, serio y por lo bajo: - ¿Hay algún trabajito? - Tranquilos, muchachos, que vengo de visita nomás los sosegó el juez Vengo a ver a mi hermanito. Así fue como se enteraron de que el nuevo comisario era el hermanastro del juez. Eso los tranquilizó. A todos, menos a Virgile, a quien lo había aguijoneado el bichito de la sospecha. Además, el juez no lo había hecho nunca partícipe de sus negocios. Pero eso no lo sabía nadie. Así que mantuvo su recelo velado hasta que llegó el día en que fue nombrado principal. Cuando se hizo cargo de su nueva función, el principal anterior, un gordinflón entrado en años que enseñaba sus dientes amarillentos cada vez que alguno lo felicitaba por su reciente jubilación, le entregó la llave del despacho del comisario. Debía tenerla para ocupar el lugar del jefe en caso de que éste se ausentase. Virgile también sonrío, pero para sus adentros. Ahora el despacho del comisario dejaría de ser un secreto. Pero no le faltó oportunidad de conocer el sitio, porque a los diez minutos Peyrou lo mandó llamar. - Tenemos el dato de que Yuyito está parando en un tugurio del Abasto. Esta es la dirección le dijo el comisario extendiéndole un papelito escrito. Virgile observaba de reojo el recinto. Era más o menos como se lo habían descripto. Allí estaban las dos bibliotecas llenas de libros. En las paredes había algo que le parecieron pinturas. Debía aprovechar la primera oportunidad que tuviera para ingresar y revisar (mejor dicho, inspeccionar) todo. El comisario fue concluyente. - Quiero que dirija el operativo. Elija a los mejores hombres. Y, por supuesto, lo quiero vivo acentúo Peyrou. Pero de hecho el operativo fue un completo desastre. En el aguantadero encontraron a un viejo borracho que apenas podía articular palabra. Se veía a las claras que, de ser quien fuera (eso en el caso de que aquel pobre viejo pudiera ser alguien o algo), el que ahora les largaba un aliento a vino tetra no guardaba el menor parecido con Yuyito. Y no sólo por la descripción que habían logrado de él en esos años (en la que se incluía el dato de que el buscado dealer rondaba los treinta), sino también porque, se sabía, Yuyito era muy selecto en sus vicios. Para él estaba excluido cualquier tipo de bebida alcohólica. En fin, que por más que patearon al viejo en todos los lugares imaginables (y los inimaginables también) no lograron sacar nada en limpio. El flamante principal volvió derrotado. El comisario, ya no tan flamante, lo reprendió y salió a almorzar. Virgile aprovechó la hora que le quedaba libre hasta que volviera su superior para llevar a cabo la inspección que tenía ganas de hacer desde hacía tanto tiempo. Con las manos agarradas atrás de la espalda recorrió la habitación, examinando los cuadros con mariposas como si se encontrase en una sala de exposición. Era obvio que, tratándose de Virgile, quien nunca había estado ni estaría nunca en una exposición de cuadros, ese movimiento de ir y venir era instintivo. Porque, a pesar de toda su inhumanidad, en Virgile se depositaban generaciones y generaciones de seres humanos. Y no todos habían sido como él. Es que en el principal, los genes más propensos a desarrollar cualidades destructivas, estaban todos juntos. Por eso disfrutaba ahora que había descubierto que los cuadros con pinturas no eran tales. Se trataba de ejemplares de mariposas, de variados colores y tamaños, que estaban pinchadas al paspartú con alfileres. ¿Les habría dolido? ¿O, como bichos que eran, no habían sentido nada? El principal consideró la posibilidad de incluir en sus interrogatorios futuros, entre los métodos para hacer cantar a un sospechoso, el de pincharlo con alfileres. Virgile concluyó que su jefe era un pervertido de las mariposas. Pero eso no lo satisfizo, tenía que haber algo más. Decidió seguir a su jefe. Le habían llamado la atención muy especialmente esas huidas del comisario pretextando algún asunto personal. Y le habían llamado la atención porque siempre ocurrían a mitad de semana a las dos de la tarde en punto. No fallaba. Cada jueves, el reloj de pared que estaba en la recepción daba dos gong y el comisario salía con prisa, alegando que tenía que hacerse unos análisis en la clínica, o que tenía un trámite importantísimo que había olvidado hacer, o que "otra vez" se había dejado a Rodolfo, su fox terrier, encerrado en el patio. Dadas así las cosas, Virgile esperó, acechante, a que llegara el próximo jueves. Pero la espera se prolongó más de lo previsto, porque durante las dos semanas siguientes el comisario no fue a la jefatura, debido a una gripe que lo tuvo a mal traer. Por eso, una vez que Peyrou se reincorporó a su trabajo, y, llegado el día en cuestión, el principal no aguardó las excusas del comisario, sino que se acomodó en su patrullero a las dos menos cinco. Dejó el estacionamiento y avanzó hasta Directorio. Allí, cruzó de acera, hacia la derecha, dando marcha hacia atrás, y se ocultó a la zaga de un camión de verduras, desde donde podía vigilar la puerta de la jefatura. Según lo previsto, Peyrou dejó la comisaría a las dos en punto. Pero, según lo no previsto, en vez de utilizar su auto particular, el comisario decidió caminar para hacer un poco de ejercicio. El principal contempló esta caminata con desconcierto, porque esto alteraba en modo considerable sus planes y porque recelaba que el comisario lo viera. Afortunadamente para el principal, cuando Peyrou llegó a Directorio, no cruzó la calle, sino que dobló hacia la izquierda y continuó caminando por la avenida. Cuando Virgile se aseguró de que el comisario no cambiaría el rumbo y, una vez que éste había llegado a mitad de calle, el principal puso en marcha el motor y avanzó muy lentamente por la avenida, a veinte por hora. Y así, durante un buen rato, los vecinos los iban viendo pasar: el uno a pata; el otro en el auto. Prácticamente hasta el último ratón del barrio se dio cuenta de que aquel hombre sumamente bien vestido y de andar distraído estaba siendo seguido bastante de cerca por un patrullero. Pero, tal vez porque no fuera un ratón (o porque había dejado de ser un ratón de biblioteca) el comisario caminaba absorto, inconsciente de que su segundo lo estaba persiguiendo. Así continuó hasta que llegó a la puerta de la Facultad de Filosofía y Letras, donde ingresó. A diez metros de ahí, unos ojos negros temibles y unas manos regordetas, no menos temibles, tomaban nota de lo que veían. µ |
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