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Cuando Peyrou llegó al patio, se encontró con una escena que no olvidaría. Ni en esta vida, ni en la que vendría después. Eso, claro está, si es que hay vida después de la muerte. Como sea. El hecho es que no encontró a los testigos sentaditos y tranquilos en los bancos del patio, como había esperado según la visión que había tenido de ellos desde las alturas de la terraza y como conviene a un interrogatorio. Tampoco el principal Virgile se hallaba en su puesto de guardia, tal como lo había dejado. Muy lejos de eso, los primeros corrían alrededor de uno de los bancos, como en una danza aborigen; el segundo se encontraba en un rincón del patio, expulsando las papas fritas de su almuerzo. La oficial López se apresuró a auxiliarlo, alcanzándole una de las bolsitas ziploc para que usara de recipiente. Al apartar su mirada de esa visión nauseabunda, dirigió la vista hacia el fondo del patio. Una jovencita de alrededor de veinte años estaba llenando un balde con agua del grifo. Y parecía que ya había terminado, porque enseguida tomó el balde por la manija y salió a las corridas hacia el lugar donde los otros danzaban frenéticos, dejando la canilla abierta. - ¡Abran cancha! gritó desaforada. Al llegar al banco en cuestión, los danzantes desalojaron la zona con una celeridad digna de verse. Sobre todo si se consideraba a los viejos. Y, cosa curiosa, esta vez Sordelli no tuvo inconvenientes con su oído, porque fue uno de los primeros en retirarse. Entonces se escucharon unos gritos histéricos, que Peyrou reconoció como los mismos que había percibido desde las escaleras. - ¿Qué?....¿Qué me vas a hacer, rayada? se trataba de otra veinteañera. vestida de rosa desde las sandalias hasta la vincha que sujetaba su pelo cortado a la francesa. De una de sus piernas emergía, como un enorme chichón, una cosa con forma de perro. En realidad no es que sólo tenía forma de perro, sino que era un perro y se estaba agitando en un frenesí de lujuria. El mismo perro que Peyrou había visto desperezándose minutos antes. ¿Cómo era posible que las cosas cambiasen con tanta velocidad? Y seguían haciéndolo, porque la del balde ahora exclamaba. - ¡Chito! Así es como se desenganchan dicho lo cual, procedió a dar el baldazo, mientras la chica de rosa se atajaba inútilmente de la ducha escocesa que estaba a punto de recibir. Y más cambios, porque ahora tanto la chica de rosa como el chucho estaban inmóviles. La del balde empezó a dar gritos de júbilo. - ¿Qué te dije? Se calmó dijo con autosuficiencia - Ahora, ¿puede alguien ayudarme a desatarlo? El pelilargo que había interrogado y que respondía al nombre de Visio se dio por aludido y entre los dos empezaron a tironear del pobre animal. El bachicho se puso a gemir como un descosido. Fue entonces que Peyrou, recordando a su querido Rodolfo y cómo éste sufría cuando la perrita de la vecina estaba en celo, reaccionó. - ¿Qué hacen? Los dos que estaban atormentando al chucho dejaron a su presa y se le quedaron viendo al comisario. El chico reflejaba temor en sus ojos y la sensación de haber sido pescado in fraganti; la chica, por el contrario, tenía una mueca de desfachatez. Ella fue la que habló. - Estábamos tratando de liberar a nuestra compañera de ese perro. - Ya vi. ¿Cuál es su nombre? - Victoria Warren. La oficial López intervino. - Es la que hizo la denuncia, señor dijo, mientras agitaba en una mano la bolsita ziploc con el contenido del almuerzo del principal - Una insolente. A su lado, Virgile parecía todavía descompuesto. Aquél furor sexual había sido demasiado. Cierto que muchas veces había visto, sentado cómodamente en el sofá, el Discovery Chanel, pero, llegado el momento del apareamiento, se había retirado subrepticiamente a su habitación, a fin de evitar esas escenas truculentas. El comisario hizo caso omiso de las opiniones de la oficial. - Bien, Victoria Warren... - Vicky, para los amigos lo corrigió ella con ojos seductores. - Bien, Vicky. Ejem...¿podría explicarme, si es tan amable, qué es lo que estuvo pasando durante mi ausencia? Otra vez intervino la oficial. - Pero, señor. El principal Virgile estaba a cargo. Sin duda él le dará un informe detallado, mientras yo le pongo las esposas a esta agitadora dijo, y estaba tan indignada que parte del contenido de la bolsita ziploc se derramó en el piso. El comisario respiró hondo y contó hasta diez para cargarse de paciencia. No era fácil tratar con la oficial López. - Oficial, le agradezco su sentido del deber, pero antes de proceder quiero informarme de lo que está pasando. En cuanto al principal, dudo de que en su actual condición pueda desempeñar su función con eficacia. En efecto, Virgile estaba pálido como la hierba y no articulaba palabra. Aunque eso de articular palabra no era una característica muy suya que digamos. - Pero, señor... protestó la oficial, sin darse cuenta de que la bolsita ziploc se iba vaciando mientras salpicaba sus zapatones. - Nada, oficial. No quiero escucharla más vociferó el comisario - Y haga el favor de tirar esa cosa en algún cesto de basura. La oficial se quedó en el molde e hizo lo que su superior le ordenaba, al tiempo que Sordelli puteaba para sus adentros porque no otro sino él tendría que limpiar más tarde ese tiradero además del que el principal había hecho en un rincón de patio. Peyrou se dirigió nuevamente a Vicky. - Bien, estoy esperando su explicación. - Y se la voy a dar. No me apure le dijo ella. - Tenemos a una jovencita y a un perro mojados, atados en abrazo fraternal. Así era, porque el método de Vicky no había surtido efecto. - ¿Qué le puedo decir? Si hay un responsable, ésa sin duda es mi tía Clota le espetó la muchacha por toda respuesta. El comisario pensó que estaba a punto de volverse loco. - ¿Qué tiene que ver su tía Clota con todo esto? - Verá. Es criadora de perros. Terriers, sobre todo. - Ah, ¿de verás? preguntó el comisario interesadísimo, porque sentía especial predilección por la raza en cuestión. De hecho, su perro, Rodolfo, provenía de uno de los criaderos más prestigiosos del país. Pero tanto la oficial como el principal hicieron una mueca de disgusto. Ambos consideraban que él único perro que merecía la pena de ser considerado era el ovejero alemán, que, como todos sabemos, la Policía utiliza muy especialmente. Se podría decir que casi no hay cabo que no adore a estos animalitos; aunque no es seguro que tales perros sientan lo mismo, cuando deben someterse a un entrenamiento de palos y cadenazos. Con todo, no tienen por qué quejarse. Sus congéneres destinados al área de narcóticos viven estresados y no pasan los tres años de vida. Pero esto lo desconocía la tía Clota, abocada como estaba a los terriers. - Sí. Mi tía adora a los perros. Yo, personalmente, prefiero los gatos. En fin, la cosa es que cada vez que tiene que hacer una cruza, deja lleno un balde de agua (preferentemente helada) por si los perros quedan enganchados durante el coito. Si esto ocurre y, la verdad que ocurre con frecuencia, mi tía, con ayuda de un peón, procede a echarle el agua fría en los huevos al macho. Inmediatamente, el bicho afloja. - ¿Entonces? preguntó el comisario, intrigado. - Entonces se separan y sanseacabó la historia. - Me refería a usted y lo que estaba haciendo con ese balde dijo Peyrou, mientras seguía con la vista al principal que ahora corría a vomitar al rincón, que ya se le había vuelto costumbre. - Bueno, conociendo los métodos de mi tía, se me ocurrió, en la desesperación, que esto podría funcionar. Aunque, por supuesto, no es el mismo caso. - Ya lo creo dijo el comisario, que estaba a punto de pellizcarse él mismo para comprobar si estaba o no bajo los efluvios del sueño. Para completar la cosa, el chucho largó su contenido seminal sobre la pierna de PP, justo en el momento en que Virgile, ya recuperado, regresaba, lo que provocó que el principal tuviera otra arcada y no le diera tiempo de volver a su rincón favorito. El perro corrió a esconderse tras las piernas de Ulises. - Bueno, al menos se soltó fue todo el comentario que hizo Vicky a su compañera, que, de no haber tenido los pantalones puestos en el momento de la eyaculación, se habría desmayado del asco. Peyrou ya se estaba pellizcando cuando se oyeron golpes en el portón que daba a la calle. Orione corrió a ver de quién se trataba. Era el equipo de forenses que venían a retirar el cuerpo del occiso a fin de llevárselo a la Morgue para la autopsia que le iba a practicar Beltrán. - Bueno, pero apresúrense les dijo el comisario, que ya estaba teniendo unas ganas grandísimas de irse de ese lugar. Los forenses procedieron con toda celeridad. Sin embargo, hubo inconvenientes. Ya estaba bajando el sol (si tenemos en cuenta que ya era verano en Buenos Aires, según los datos, esto significa que serían alrededor de las siete y media de la tarde), por lo que comenzaba a escasear la luz. A eso se sumó el que el cadáver iniciaba su proceso de rigor mortis. Así que hubo que forcejear mucho. Pero, finalmente, lograron retirar al occiso del lugar del hecho. Mientras los expertos forcejeaban materialmente, PP también forcejeaba anímicamente. - Exijo volver a mi casa a cambiarme. Estoy toda pringosa. Al comisario no le parecía bien dejar que un testigo se fuera así como así, si bien comprendía las razones de la chica. Sus vestidos estaban en un estado lamentable. Pero, por otro lado, uno de sus subalternos también necesitaba un cambio de ropa. Y él mismo estaba extrañando un refrigerio. Dadas así las cosas, ordenó a Orione que se volviera a sus casa. Lo mismo intentó hacer con el encargado de la limpieza, que había terminado de pasar procenex a las vomitadas. Pero no fue necesario, porque se fue por su cuenta profiriendo insultos. Peyrou se quedó desconcertado, pero enseguida se recuperó y mandó a la oficial que pusiera el precinto con la leyenda ÁREA DEL CRIMEN donde correspondiera. A Virgile, que parecía sentirse mejor, le dijo que distribuyera a los testigos que quedaban entre el patrullero y su auto particular. Seguirían el interrogatorio en la comisaría. µ - A propósito, ¿alguien avisó a los familiares del occiso? preguntó el comisario. µ Marta Sirva estaba separada desde hacía veinte años, meses antes de que su único hijo cumpliera los tres. El padre de la criatura había sido un vividor que, tras fugarse con una vedette de cuarta categoría, nunca más volvió a ver a su hijo. De más está decir que Marta tampoco vio un centavo de ese atorrante. Pero eso no le importó demasiado. La huida del marido, más que una desgracia, había resultado un hecho afortunado para ella. No sólo se había sacado de encima un estorbo que la estaba dejando con los pocos ahorros provenientes de la herencia de su familia, sino también porque la había dejado libre para pescar algún desprevenido que la mantuviera. Así Marta alimentaba las noches, mientras trataba de conciliar el sueño, pensando en cómo sería el galán que la sacaría de sus apuros económicos. Mientras, el niño crecía y, a causa de su miopía no detectada, se llevaba por delante cuantos objetos se le interponían en su camino de gateos. Tanto era el batifondo que armaba el pequeño Daniel, que la madre decidió un día, por consejo del pediatra, al que le había costado convencerla de que su hijo no era un espástico incipiente, llevarlo al oculista. Allí, en la sala de espera del consultorio del doctor Ibáñez, famoso especialista en ojos, conoció al que sería su actual amante. Fredy, como lo llamaba ella en la intimidad, era robusto, por aquel entonces no había perdido todo su cabello, y, lo que era más importante, era un exitoso financiero. Pero una desventaja opacaba todas estas virtudes. El pobre hombre tenía mujer e hijos. Y digo "pobre", porque Marta enseguida se aseguró de sacar provecho de esta circunstancia. Así, Daniel y su madre pronto encontraron un nuevo lugar para vivir. Un costoso décimo piso en Libertador, desde el cual se divisaban las canchas de golf y, algo más alejado, el Río de la Plata perdiéndose en la nada. Río contaminado con los desechos de las fábricas, filiales extranjeras cuyo advenimiento al país Fredy había impulsado en su beneficio, y que lucía cada día más gris. Pero de esto Marta no tenía la menor conciencia. Es que, desde las alturas del poder y del estatus - y de su fantástico balcón terraza - no se distinguían la suciedad y ni los excrementos que boyaban en las aguas parduscas. Por eso, cuando caía el sol, le gustaba sentarse en la reposera y, desde allí, con la seguridad de su balcón, ver pasar los veleros que, en la lejanía, parecían barquitos de papel. Hoy era miércoles y gracias se podía ver uno que otro. Los fines de semana eran más numerosos y Marta, que, por razones de fuerza mayor, debía permanecer separada temporalmente de su novio, trataba de adivinar en cuál de ellos iba su Fredy, acompañado de su familia. Entonces, cuando veía un velero que, por su tamaño y mástil, se parecía al "Tornado" Marta paseaba en él los lunes -, tomaba los prismáticos y enfocaba su objetivo. Entonces hubiera deseado tener un telescopio para poder ver a los ocupantes. Nada le daba más curiosidad que el saber cómo era la esposa de Fredy. Se la imaginaba gorda, aburrida y cansada de la vida. Todo lo contrario de ella. ¿Y si no? ¿Y si era una mujer cariñosa, solícita y preocupada del bienestar de su familia. Todo lo contrario de... Pero aquí es donde las preocupaciones de Marta, que eran pocas e, invariablemente, las mismas, se trocaban por regodeos de su propia vida. Porque ella tenía su Porsche y su renta y podía darse todos los lujos que quería gracias al tonto de su novio. Así que qué le importaba a ella la vida de la otra. Además su hijo, mal que mal, había encontrado en Fredy una especie de padre. Si alguna vez se hubiera molestado en preguntarle a su querido qué opinión le merecía su paternidad adquirida, se habría espantado. Porque Fredy odiaba que aquel hermafrodita anteojudo y desgarbado, con retraso mental y modales de vendedora de perfumes, lo llamara "papi" cada vez que se le diera la gana. Ya lo había incomodado la actitud feminoide del pequeño Daniel, cuando se sentaba en sus rodillas y le acariciaba la espalda y le pedía que le hiciera "ico", "ico". Pero ahora, que hacía rato que había alcanzado la mayoría de edad, el hecho de que Daniel insistiera con este comportamiento le resultaba más que sospechoso. Sobre todo cuando, para halagarlo, le decía: - ¡Qué buen bronceado tenés hoy! Pero cualquier cosa con tal de que la bruja de Marta no lo delatara con su mujer. La "bruja", por cierto, a diferencia de su mujer, conservaba unas caderas suculentas y todavía lograba que su piripipí se mantuviera erecto durante tres cuartos de hora. Pero, bien mirado, eso no valía los miles de dólares que gastaba mensualmente en ella y el idiota de su hijo, que, encima, se le había dado por estudiar una carrera no rentable. Licenciatura en Lenguas Clásicas y Mípalo. Además, había otra razón de peso. Hacía dos años había conocido a un apetitoso bomboncito de veintitrés años, ojos verdes. Medio boquifloja, como le gustaban, y que, en la cama, cabalgaba como los dioses. Y las cosas se estaban complicando últimamente, porque el bomboncito cada vez le demandaba más tiempo de la semana y sus encuentros se superponían, a menudo, con el tiempo que hacía veinte años le pertenecía a la bruja. Ya se le estaban agotando las excusas y, pensaba, Marta terminaría por sospechar. ¿Qué pasaría si lo pescaba in fraganti, dormido, balbuciendo el nombre de la otra? Sería el final de todo. Su mujer se enteraría, le pediría el divorcio y, como la mitad de los bienes estaban a nombre de su cónyuge, su pérdida sería considerable. Pero él no podía permitir que esto pasara. Por eso se había adelantado a los hechos y tenía contratados a dos hombres, ex servicios. Ellos en principio le aconsejaban deshacerse de ella, pero como todavía no encontraba un factor de peligro objetivo, les ordenó que simplemente la vigilaran, por ver si encontraban algo con que extorsionarla. Algún amante, tal vez. Pasados los meses, nada había que incriminara a Marta a los ojos de Fredy. Sí, las preguntas de ella se habían vuelto más insistentes e incisivas. - La bruja está limpia fue la sentencia de uno de sus hombres. - Pucha digo dijo Fredy y los citó para verse ese mismo día y ultimar los detalles para el operativo "Marta". Para eso saldrían a navegar. Y así estaban, ese miércoles, inconscientes de que su objetivo estaba a unos escasos trescientos metros, tomando los últimos rayos de sol en su reposera, intrigada por aquel velero que se asemejaba tanto al "Tornado", cuando sonó el teléfono en la sala. Al rato salió la muchacha al balcón, inalámbrico en mano. - ¿Quién es? Creo haberte dicho clarito que no quería que me molestaran le dijo Marta, fastidiada. - Señora, es la Policía. - ¿Y a mí qué? - Es algo del Daniel. Marta le arrebató el teléfono. Más que temerosa estaba extrañada. Su hijo nunca había tenido problemas con la Policía. Aunque ya eran numerosas las veces en que Rebagliati, el dueño de la panadería, la había amenazado con denunciar a su vástago por paidófilo. El muy cretino había malinterpretado a Daniel, cuando éste le había pedido al menor de los Rebagliati que le mostrara su flauta. Con esos resentidos no había nada que hacer. - Aló dijo. - ¿Hablo con la señora de Sirva? le preguntó una voz de mujer, que, por el acento, parecía ser del mismo pago que su empleada. - La misma. - Soy la oficial López, de la Policía. - ¿Qué desea, señorita? - Su hijo tuvo un accidente largó la oficial, a boca de jarro. Marta se quedó muda. Su cara estaba tan pálida que la muchacha corrió a buscarle la pastilla para la presión. Como la señora de Sirva tardaba en contestar, la oficial se impacientó. - Usted es la madre de Daniel Sirva, estudiante, metro ochenta, cabello negro, anteojos, ¿no? - Así es. ¿Qué le pasó a mi bebé? chilló Marta. - Tengo que darle una mala noticia... Los gritos de Marta se escucharon hasta el campo de golf. la muchacha intentó hacerle tragar la pastilla de la presión, pero Marta se negó. Con mucho esfuerzo logró llevarla a la rastra a su habitación y la dejó llorando en su cama. Más tarde probó calmarla con un té de boldo, pero taza, plato y contenido terminaron estrellados contra el empapelado. Finalmente, aceptó los sedantes que acostumbraba durante las noches para vencer el insomnio. Pero ni siquiera la muerte de su hijo podía vencer a una leona como Marta. Apenas estuvo repuesta, tomó el teléfono y llamó a Fredy a su celular. El muy estúpido lo había dejado apagado. Como fuera. No necesitaba a ese bueno para nada. Ella solita iría a la comisaría y averiguaría qué le había ocurrido a su bebé. - Pobrecito el Daniel, era tan bueno dijo la muchacha, una vez que Marta cerró la puerta de entrada. µ |
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