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Inverness El frío y las casi únicas torres planas de la catedral se sonríen con las colinas vecinas. Cuando me introduzco en mis ojos descubro un castillo, donde la princesa guío a un caballero para tramar aquella victoriosa batalla, y ahora se impone en hierro verdoso, carcomida por el tiempo, ante la explanada.
Los restos de Nessie se hospedan en el museo, nadie pretende que no existió y los turistas dejan sus libras para que les cuenten la historia del monstruo, o del lago, y sus medidas se grafican en un cuarto oscuro, con música de fondo, mientras sobre las paredes se proyectan los testimonios de los lugareños.
Es de tarde y me adentro sobre los rombos de las baldosas de la abadía, los monjes venden a San Augusto en estampitas, colgantes, kilts, y hasta en las etiquetas de licor casero, y de wisky, por supuesto.
Cuando el silencio es queja y las catapultas quedan atrás, paseo por las montañas y llego hasta el puerto. Las gaviotas revolotean agitadas como presagiando algo. Los momentos felices corren pequeños y cuando se escurren se añoran duros, como la consistencia de la arena.
Me detengo junto a los barcos, y los pubs, cruzo el puente hasta su centro. Los tensores se mecen por el viento que se parece al zonda, aunque un poco menos embravecido, más norteño.
Las casas, con la distancia, parecen postales, o de juguete. Prolijas, una junto a la otra con sus jardines rellenos de flores invernales de anaranjada alegría. Las taco de reina, oí que en el hostel instalado en un castillo, allá donde el mapa se une al mar del norte, las comen en ensalada.
La melodía de algún gaitero, o gaitera perdidos, me recuerdan la distancia. Pero hoy, no pienso en nada, y en cambio me sumerjo y la disfruto. |
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