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A manera de prólogo y reconocimiento
La Tapa de este libro fue compuesta sobre el fondo
de una carta del poeta entrerriano Juan L. Ortiz enviada el 16 de marzo
de 1939 desde Gualeguay, Entre Ríos, al poeta José Portogalo.
Anarquista en su juventud, apóstata, José Ananía (quien
adoptó en los años treinta el apellido de su protector y
padrastro, Portogalo) arañó cierta fama precisamente en esa
década y de una manera insospechada: su extraordinario libro
Tumulto, aparecido hace exactamante 64 años, en el mes de
noviembre de 1935, provocó un escándalo político, religioso
y literario por su tono subversivo, injurioso y apasionado. Se ganó un
premio municipal que nunca le pagaron y luego le confiscaron, pero agotó
insólitamente una edición completa de mil ejemplares.
Se había convertido por entonces en el primer poeta ciudadano y culto
con la realidad social metida debajo de las venas de su agrio humorismo,
descalabrado, orgulloso y triste. Eran esas épocas tremendas, de
persecución política, de hambre, dolor, angustia y absoluto
desprecio por la dignidad humana. El poeta de Tumulto–nacido en la
Calabria pero porteño desde sus 4 años—les cantaba a los
cañilllitas, a las maestras y a los proletarios, a las prostitutas, a los
seres sin familia y sin techo, sin amor y sin compasión.
Tumulto es el tercero de sus 12 libros,
el que sin duda revela su lírica intransigente. Después vinieron otros,
tal vez más prolijos, tal vez más acorde con su época de mansedumbre militante,
cuando más cerca estuvo de Raúl González Tuñón y Juanele Ortiz, de Nicolás
Guillén y Pablo Neruda, amigos todos –americanistas, chinoístas,
prosoviéticos--, envueltos todos en la mística revolucionaria de los años
cuarenta.
A Ortiz lo unía su pasión irrenunciable por la China de Mao y
el tabaco negro. A Neruda y Guillén la camaradería partidaria,
sumisión que exigía la Madre Rusia. Con Tuñón
compartían el tinto y el semillón, la redacción de
Clarín, la amistad de sus mujeres. A Ortiz y Guillén, cuando se
llegaban hasta Buenos Aires, los hospedaba en el departamento que alquilaba en
Villa Ortúzar, sobre la calle Avilés, casi esquina Estomba. A
Ulises Petit de Murat –su otro yo poético, su más
íntimo y fiel amigo, su contracara católica y anticomunista, su
compinche futbolero—le disputaba el vínculo con Juanele y los
invitaba a ambos a comer por los boliches cajetillas de Belgrano.
Con los dos últimos hacían un trío estrafalario: Ortiz,
flaco como una espiga, ya doblado como un junco, con sus anteojitos y su
boquilla larga y finita de hueso y ébano. Petit, con su traje gris perlay
chaleco, bigotito gris y sonrisa gardeliana, con apariencia de banquero o de
aristócrata arrepentido, y el viejo Porto –menudo, con su andar de
cachafaz, pelada incipiente, el encendedor carucita y el paquete rojo de
Particulares en la mano—discutían airadamente de política. A
veces, los domingos al mediodía, en la casita de Villa Ortúzar
donde vivía, Dominga Gualtieri (la madre de Portogalo) amasaba tallarines
y se les unía Tuñón. Al terminar, los cuatro salían
a tomar mate amargo hasta la puerta de calle, se sentaban en el cordón de
la vereda o sobre un escalón de la mueblería de al lado, y miraban
el picado de los chicos del barrio con pelota de goma. Discutían mucho de
fútbol. Ni falta les hacía hablar de poesía.
En la carta que le envía Juanele desde Entre Ríos es posible
también detectar qué otros intereses compartían los poetas:
"Querido Portogalo: Recién puedo contestar su carta. No
tenía gallinas. Me las robaron. Encargué a un hombre me
consiguiera un casal de ‘legos’. No sé si serán puros.
Es la raza que más les conviene a sus viejos porque es la más
ponedora".
Las aves eran para el gallinero de Dominga Gualtieri,
del que se alimentaba toda la familia de los Ananía y buena parte del
barrio de Calabria, asentado entre Colegiales y Villa Ortúzar. Las dificultades
económicas y esas formas domésticas de resolverlas se mimetizaban, como
le cartea Ortiz, con una "necesidad más profunda: la expresión
lírica".
Sirvan estas líneas como homenaje y agradecimiento a quienes
–tal vez sin proponérselo, maestros—precedieron con los suyos
estos versos, que tampoco hubieran podido constituir libro sin la amistad
y generosidad de Héctor Aguirre, su impresor, y de Leda Agostini, su diseñadora.
Pablo Ananía
Buenos Aires, noviembre de 1999
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