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De Elrroy, casi textual
¿Es que todavía no has escuchado la melodía
de esa música nunca tocada que es el amor?
Portogalo
Estabas en lo cierto: todo
es lo que es, nomás vacío,
tu acordeón detenido,
tus ojos olvidados
en la oscura pobreza.
Brevísimo,
un instante de olvido
musical.
Persistencia del error
Hemos construido este país
desde el principio al fin equivocados.
Creer, confiar, ése fue el error:
Sobre la calle Avilés, en Villa Ortúzar, contra
una ventana estrecha que daba al patio
había una cama enorme unida a la pared. Allí dormían
dos ancianos en el hedor evanescente que genera
la vejez. Dormían felizmente, más allá
de toda duda y sobresalto, no porque el sueño
silenciara el deseo: el teatrillo de la vida,
dormían en el silencio de la pobreza,
tan felices de llegar a viejos en América. Tan felices
con la mente que más allá del mar memorizaba
las cumbres de Catanzaro, nombre de la Calabria
donde la belleza perduraría en vocales
mal acentuadas y ásperas pronunciaciones.
¿No son acaso esas fotografías que hoy alguien contempla
bellezas para el geómetra, sin grietas esos rostros, sólo
curvas y gestos distinguidos, como si Leonardo, con desinterés,
hubiera trazado con lápiz grueso su condición de viejos
y en vez de roca o guijarros de montaña recreara aire y agua
como el modo de un pájaro a través del océano?
¿Cómo no amar esa constancia, esa belleza,
ese espíritu tan italiano, esa persistencia del error?
Físicamente muy favorecido y gentil, enfundado
en su traje oscuro y lustroso, el viejo andaba siempre
con tacones altos y ropas de despedida.
He venido aquí a sentarme,
no a pensar, sólo a sentarme, se diría que dice
el pantalón. He venido aquí a que miren
las chicas cómo es
un paisaje surrealista: el sombrero
requintado, la nariz aplastada, algo enrojecida
por el alcohol, un cubo de madera en el culo
y la mirada, ah, la mirada, como un rezo,
una catedral abierta, un junco que se estira
eternamente.
Viejo, te has equivocado, has concebido hijos
y no hay paz después del error. ¡ Venir
aquí a destruir, venir aquí a sembrar
donde sólo se cosechan penas, venir para nada!
Creer, confiar, venir, ése fue tu error.
He venido a mirar, he venido a sentarme, he venido
a criar a un hombre y a una mujer con dentaduras
perfectas. ¿Fue ése un error? He concebido
hijos en varios matrimonios, he nacido con ellos
una y otra vez, todos con dentaduras perfectas.
¿Fue ése un error, una desgracia, una afrenta, una desdicha?
¿Quién puede creer que olvide los olivares de mi pueblo
en la cumbre de Savelli en Catanzaro?
No supe olvidar.
Al morir, unas ramitas secas que guardó
celosamente la última esposa, ramitas
de olivo del olivar natal, en el ataúd, próximas a su cabeza,
dieron cuenta de su error: no supo olvidar.
En cambio, ella prefirió el asilo, un hospicio, un remoto
y lóbrego caserón de Morón donde instaló su cuerpo
y extravió su mente y a cada hombre le dijo hijo y a cada mujer
le dijo Filomena, en memoria del único hijo muerto
y de la hermana que pasó sus días
encerrada en una habitación, la mano en alto, la palma
de la mano abierta, despidiendo a su amante, un calabrés
llamado Berto que cayo de un andamio gritando Filomena.
¿Fue ése un error, ella volverse loca,
caer al vacío el albañil,
un error, una desgracia, una afrenta, una desdicha?
Esa mano abierta fue su error.
¿Adiós a qué? ¿No resulta
más conmovedora una lluvia de flores
caídas del paraíso de la calle Avilés, ese perfume no?
Despedirse fue su error.
Despedirse significa amor, deseo, y significa
vacío, significa dolor.
¿Y allá arriba, el aire de Calabria
y las aves, gaviotas y cuervos
no decían adiós?
Filomena Gualtieri: venir, despedirte, ése fue tu error.
Doménica y Filomena Gualtieri,
Berto Salvatori, Portogalo José, Ananías
o Ananía y su familia italiana
unida por el error a los judíos llegados de Polonia por error:
ya no queda de ustedes otra cosa que el error.
LLega furtivamente la noche y se instala
en el alma de Israel Ambas.
Eva, su hija mayor, anhela de Ananía
un hijo varón para darlo en ofrenda
al Padre y Señor: hijo varón de vientre judío
no debería provocar desazón.
Pero los significados ya nada significan.
Comunista, réproba, unida a los italianos, ya nunca más
judía, ella enfermará su vientre y, sin desdicha real,
romperá para siempre la ilación de sus pensamientos.
¿Acaso ha mentido, fue infiel, no ha consentido
y acepado el odio de su raza, no ha perdido
prematuramente a su madre, no hubo dolor
suficiente en su vida para llenar un espejo de hastío?
¿Cuál fue su error?
Creer, confiar, soñar, tener
un hijo varón: ése fue su error.
Apartaste las manos de tus ojos y viste
cómo es el horror, el personaje del horror, la ambigüedad
del horror: el fruto del pecado es pérdida horrible de vivir.
Es el teatrillo de la vida. Alrededor sombra y grotesco:
títeres alrededor que hacen gestos ridículos,
las risotadas que despierta el titiritero
ahuecando la voz, el vistoso trabajo antiguo de resucitar
lo inservible, vocesitas italianas cavando en el vacío
sin lograr que se calme el gentío, argentinos
muertos de risa, acostumbrados a la fatalidad.
En el camino de los siete lagos
Quien posee el lenguaje,
todo lo dice dulcemente
y no lo hace para sí mismo,
no para sí. Músicas, aires del sur,
el febril perfume de los jardines,
de prisa, velozmente, el camino revela:
forman lenguas las hojas y las llamas
voraces de la edad devoran
bosque tras bosque almas asidas al ramaje.
¿Habla el paisaje de que es más heroico
partir, de que nada en vanidad subsiste?
¿De qué especie extraña que ser
quiso persona? ¿Habla del rito de aves
que enfrenan el curso del viento?
De prisa, velozmente, el otoño llega.
De prisa, velozmente, vacía.
¿De tan malas artes de ojos habla el paisaje
jamás antes en libro concebido?
De prisa, velozmente, el otoño llega.
De prisa, velozmente,
el aquietamiento de mis caderas.
Todos ellos en mí
En mí uno que protege fieramente
la tumba del Dante, otro no sabe qué,
continuador sin ley. sólo pendiente
de su posible distracción de eterno.
Aquí yace: un Mallarmé por error, desatento,
perdido en la filigrana transparente de la noche
sin fin. Aquí, la traza desvalida de Leopardi.
¿Acaso esa voz temible como epílogo?
Esa voz temible como epílogo:
fui estéril y mi débil contextura yo maldigo.
Esa voz aguda como rencor me crispa.
No quiero su epitafio:
amo todavía nuestro haber reducido
a la ilusión que amanece en el río,
amo el perfume de esta ciudad sombría,
amo mis hábitos compulsivos.
De Machado, en su grito y en su rima, amo
su afiebrada, campesina metafísica.
Amo de Marechal su celosa geometría,
no abrirse las nalgas con lujosos rebenques
sino la vertical del santo, mudo en su anonimato.
Lectura de L.K.
Su casa huele a pan caliente, a gas, a café ácido,
a óleos
recientes, a tapices. Todo con un aire
de falsa huida. Agravios no le faltan:
se los puede reconocer en las cicatrices
del texto, consecuencia de castigos y cirugías.
La concibieron, sin duda, entre libros
de Goodis o de Prather, padres en discordia, mentes
de cholos en horas de avaricia. Ella responde
claramente a esta descripción: espinazo de papa, blando
y sensual, cabeza de alacrán, ojos enormes
como fragmentos de lapizlázuli que brillan
con una luz interior, lengua que sabe vagamente a canela,
pezones duros como carbones al rojo, pintura labial
tenue, un toque de polvo en las mejillas y una nalga
grabada, a punzón, con el nombre del escultor
como marca de fábrica. En su idioma hace que mira
desde un espejo roto cuando estalla la afasia.
Sentido
Quizá sea éste
el sentido del arte:
ir como una mosca
en derredor de la luz, encontrar
sin malicia la muerte.
Carta
Querido mío: hablemos de la utopía,
el no lugar, el puerto inexistente de Nietzche
donde fondean las almas luminosas
y se puede preservar el recuerdo
de una antigua amistad- Allí se reúnen
los que fueron convertidos en piedra
por obra del destino y aquellos cuyo corazón
reconoce el lenguaje del otoño.
Hablemos, querido mío, de nosotros.
De mí, tan cerca del otoño tardío
que en las más íntimas medianoches me susurra
una despedida no del todo admitida.
Estás en casa, querido, en este puerto
casi inaccesible que imagino para los artistas.
¿Y que es este espacio sin límites,
este fulgor, qué es?
¿Tu deseo quizá de lo inmediato,
las mujeres hipnotizadas de Coghlan,
perversas, difíciles de expulsar, o la amargura
cebada del mate en las mañanas
para desahogarnos con blasfemias las broncas,
el dolor con monólogos?
Estás en mí, mi yo extraviado.
No importa si en tu interior se ordena ambigüedad,
si nunca partiré de este muelle doloroso.
No ceses la ilusión:
cuánta luz en la sombra tu palabra.
Un giro del destino
Se inclina ante la inmutable montaña
como si se tratara de una mujer.
Le recuerda el vigor de la madre
sustituta que aliviaba su angustia
con extrañas bebidas y oraciones.
Nacida en la cumbre de otra montaña
en Catanzaro, hambre y miseria
la llevaron a la ciudad de las oportunidades,
una América donde el arcoiris
existía en estado salvaje, donde la tierra
se hacía río y el río
olvido. No era
sino dignidad de lo humilde
y grandiosa belleza
ese cuerpo macizo, su deseo
de protagonizar nada, ser
nadie.
Ese fue tu destino. Pura
presencia del cuerpo
sobre el carácter, pura
montaña en la oscuridad
argentina.
Pero hubo desorden
mental, un asombroso efecto
de levitación en su hijo
parecido a la mutilación
de un pedazo de su memoria
situado a medias en el cerebro,
a medias en el corazón.
(Como inmensos islotes en su mente, así
también la ciudad padeció el caos: con sólo
estirar el pescuezo sobre la ruina
de fábricas destruidas
ahora se puede observar que se ha perdido
algo muy importante
en ese proceso metafísico
de aquel sitio al que llamaban Casa.)
Luego vino un giro del destino, el drama
del silencio, de ruptura, de umbral, de rompimiento.
Al que había criado como un ser unívoco
de cabo a rabo una rajadura en el yo
lo desbarranca. Nada, nadie, otra vez
nada, sólo el deseo infantil
de perderse en la montaña.
Formas
Mañana cuando nazca de nuevo,
caeré vencido nuevamente
con la medianoche siempre en el corazón.
Todo esto cuenta, sin embargo:
la Aparición, ¿en qué realidad?, de una langosta
con cabeza de asno como quería Renard.
De esas formas hablo:
una langosta con cabeza de asno
en la ciudad prostituida.
Inútil ir más lejos:
en mi mente las arañas de la lengua tejen
sus tiendas nocturnas.
Café de putas
Entre sombras leves y amnésicas, ausente,
con sus ojos en desvariada contemplación,
empolvada hasta el paroxismo, invento para ella
las palabras más dulces, las más
nocturnas, hasta que adivino que la consuelan
porque une sus labios, inicia una plegaria.
Fotografía
Reclinándose, la cabeza
en la curva de su brazo
caída hacia la izquierda, yéndose,
recienvenido de las sombras,
padre mío, perdido.
Nada de lo que digas será oído
a orillas de este mar que se disipa.
Materia mortificada y corrupta esa fotografía
tiene su olor de sepulcro, de muerte.
Una ilusión la curvatura de tus hombros, la proyección
de tu cabeza, caída hacia la izquierda.
Piadosamente llevo mi mano hasta tu rostro
y es como un amén el retorno fugaz
de tu palabra.
Ilusión
(Para Abril)
Ojos somos el uno para el otro, espejos
que reproducen tus ojos mis ojos sin habla.
Teoría
(para Ángel Bonomini, en su memoria)
¿Sin fe acaso, errando, tan de agregar inmediatez,
vaciándome el cuerpo como modo de ensayar mis dudas?
¿Es esto lo que queda: mi cuerpo
ya no es mío, mi mente es sólo pérdida?
Teoría: esas formas no están libres de tu pena.
Final
Cuando caiga el telón y todo
haya quedado a medio hacer
surgirá de golpe lo no efímero:
retratos, flores secas, reliquias.
Cercado es todo, reducido
a un vaho gris, un polvillo letal.
Y yo, retraído a mi forma
original sin luz, en el hueco cruel
del pensamiento en sí.
Ausencia
¿Ya no he de oír
esa lengua
apagada yo
fragilidad de otoño?
¿No más
las citas románticas
a oro crepuscular
de cielo hipnótico
rendidas
ni tales
acorde que nadie
en realidad
ninguna mano
de ámbar o forma
femenina ejecute?
¿No he de escuchar
esa lengua
apagada yo
fragilidad de otoño
que a la razón renuncia
lenguaje y moral en rima ocultos
y más aún anestesiado el cuerpo de continuo seco?
Vacío
¿No hay en realidad
verbo sagrado
ni vivo
presentimiento de ojo
que al expirar redima
ni ángel que ilumine
lo que en amor creó?
¿No es en verdad carnal
lo sobrenatural, materia impía,
un agudo, vibrante
y altísimo Yo
que lee siempre pérdida
cuando estoy de mí cautivo,
el yo de mi mente
cegado en su propia adoración?
Ofrenda
(A Francisco, desde San José, Costa Rica)
Todo me huye ahora.
La memoria, la razón
en sí misma confundida.
Pero es un privilegio
padecer tanta pérdida:
mis dedos musicales
quisieran nombrar, decir
palabras de laberinto,
cerrar y abrir cada día
con una señal de la cruz.
Han dejado, en su lenguaje,
un sabor entrañable de paraísos
aunque mis labios ya no sepan
dar el agua que se pierde.
Es un privilegio tanta pérdida:
lo que nunca existió no puede nombrarse.
En esta tierra hostil, al llegar diciembre, terminadas
las lluvias, descansa mi alma en un viento seco.
Milagro que oscila entre los árboles:
¿no debo entonces en nombre del dolor
revelar por quién se prolongan mis días?
Yo esperaría un poco para nombrarlo.
Es un idioma secreto y dulce al oído el que susurra.
Como Cristo
sin situación ni nombre
resucita:
confusión de la luz
sin rastro alguna de teoría
hace nido
en el vacío de mí.
Encuentro
He recuperado, Portogalo, lo que usted enseñaba.
Veo la vida desde la muerte.
Y aunque pueda probar no obstante
que nos amamos, otra música ocupa
el lugar de su ornamento, una música insensata.
¡Tantas vacilaciones en la invención
que no tiene ojo ni oído, sólo una trama hecha
de remordimientos y de hastío!
He recuperado, Portogalo, lo que usted enseñaba.
¿Otra vez Cristo en casa?
Tumulto
Portogalo, condenado,
¿quién te humilla?
¿Quién te obliga a correr
de zona en zona, qué alquimista
somete tu emoción
a frases secas, qué mucho significa
tu cólera anarquista?
¿No fue por alguien dicho
que es todo entrega, anhelo,
entregarse
y sólo en Uno recibir
aunque nunca con dicha?
Los hombres no han cambiado,
de espaldas a la vida, agonizan.
Flotan como fantasmas, ojos sin párpados, párpados
sin pestañas, cuellos sin cráneos, cuerpos sin alma.
Ese es mi infierno, Portogalo: nunca con dicha.
Salomé
No amabas. Necesitabas
ser amada. Hembra
de presa, fuiste como el reptil
inviolado de Mallarmé.
Patria mía
"Un día en que nada creció, ni murió nada"
Eunice Odio
La existencia que se encuentra a sí misma, dice Machado,
eigentliche Existenz, que ya no huye ni se dispersa
en otros seres, es lo que la angustia nos revela. Es
la existencia humana, finita, humillada, pero absoluta,
que surge en nuestra conciencia con la angustia de la muerte.
La muerte, dice Machado, es la existencia en sí misma
en trance de alcanzar su propio fin. La angustia de la muerte, dice
Machado, es en realidad una expresión del desamparo
frente a lo infinito, lo impenetrable, lo opaco.
Pero en el camino hacia abajo de la existencia a la deriva,
la existencia que huye de sí misma, uneigentliche Existenz,
fenómeno por el cual uno deviene otro y nadie él mismo,
sólo hay temor: ni muerte ni no muerte.
¿Quiénes somos nosotros, lejana tierra mía,
quiénes somos nosotros, ahora que estamos
sin más patria que el miedo?
Ernesto
No sabe si la frase es de Keats
o si la ha leído en Wilde, pero le parece
por momentos que es realmente suya:
trust not the reason of those smiling looks.
¿Acaso habla de sí mismo,
de ese mal que lo acosa,
de su amor por un muchacho
que le huye y desprecia?
Cuando lo observa sonreír
ya no da crédito a sus ojos.
¿Es una ilusión el río, la poética
masculina de agua viva
que discurre entre sus piernas?
Sueña que llega a su cuerpo
como lo haría un fiel al
penetrar en el santuario,
yendo desde el exterior
hasta las hojas de la puerta.
Con una voz que no parece la suya
pronuncia su nombre
y él dice que sí con los ojos sonrientes
pero habla del último de sus viajes a Roma,
una ciudad –sonríe- cuyos hombres
te provocan a un tiempo éxtasis y pavor,
esa imperfección que a veces
estremece y atrae.
Arte
A veces surge en mi mente
una escena de amor
que no te incluye
y se extingue rápida en invariablemente
en un paisaje melancólico.
El hombre olvidado
Donde ya nadie te ve
donde nube y piedra son una
sola forma y una sola materia
y la luna desaparece
y rueda la piedra
en la ondulada Carpintera
al pie de la montaña
donde nadie te ve
del todo olvidado
sin ser el que eras
sin ser todavía
el que piedra se anhela.
No diré
No diré: mi alma se partió
como un vaso vacío.
No diré, si está de manifiesto
mi fracaso, a qué gema, perla, plata.
Sé que en la casa, en paz, abierta,
rehúso el oro de la palabra.
Fiesta
¿De qué banquete opulento
no fui fin ni fui principio?
Esto en verdad cuenta: mi lengua
se infecta en ese sitio apoético.
¿Ser tal, dejar de serlo?
¿Por cuerpo que no
amé, ángelus perpetuo?
Resucitemos el término: ángelus.
¿En honor de la reencarnación?
Falso Cristo
Artistas rotos
en honor de la reencarnación...
¿No suena memorable?
De error en error, querida mía.
La idea un falso Cristo anunciaba:
no nos une la Pasión, no mi avidez
de cuerpo virginal:
¡anhelo de ramera en casa!
Débil, enferma y codiciosa puta:
no hay ojos aquí, sólo artificio.
Da placer simular: no ver semen u orina
no cuerpo vivo sino gema
en el espejo.
¡Falso cristo el demonio fatal del pensamiento!
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