LA IDEA FIJA - ¿Qué pasó que yo no me enteré? - Saurio
Algo habrán hecho

Al lotear la estancia
que se convertiría en mi barrio
las herederas habían donado
un enorme terreno
al obispado de Lomas,
con la condición de que
se hiciera una capilla,
en lo que había sido el casco de la estancia.
Por un buen tiempo esta condición se cumplió,
daban misas los domingos,
los sábados a la mañana había catecismo,
a veces se reunía un grupo scout,
cosas típicas de una iglesia,
pero durante casi toda la década del 70
y un poco de la del 80,
tal vez por cuestiones presupuestarias,
tal vez por pura desidia,
la capilla
estuvo abandonada,
ningún cura asomaba la sotana por ahí,
a Dios gracias,
porque esto nos permitía
a todos los chicos de la cortada
tener un maravilloso
y agreste lugar donde esconderse
          (cuando jugábamos a la escondida)
o culear al bobito de la cuadra
          (cuando nos poníamos perversos).

En este inmenso parque abandonado
había un peral que daba peras podridas
por culpa de una avispa
que ponía sus huevos
en las flores fecundadas,
según nos había informado
en cocoliche Donato,
el jardinero del barrio.
Y allí estábamos,
Guillermo,
Gustavo,
el César
y yo,
con 11 años
en pleno el 76,
tirándole a las frutas
con un rifle de aire comprimido,
matando la tarde,
cuando,
desde los treinta metros de espeso ligustre
que daban a Uriburu,
salen un par de chabones con anteojos espejados,
bigotazos de morsa y walkie talkies
seguidos por una caterva
de monos uniformados
que nos apuntan con Itakas,
dispuestos a exterminar
al comando subversivo
que una vecina había denunciado
haber visto entrenando
en la iglesia vacía
disparándole
a las peras
podridas
con un
matagatos.
Y fue gracias a esta anécdota
que en la primera mitad de los 80
yo podía retrucar,
cuando alguien se pasaba de denso
dándose dique de resistente y combativo:
"¡A mí me la venís a contar,
que estuve así de cerquita
de ser un desaparecido
más!"

Al poema anteriorSumarioal sumario del número 12 volver al índice del libro volver al índice de poemas Al próximo poema

coso