"Importante editorial busca
escritores inéditos"
decía el aviso en el diario
y mi viejo sugiere
"¿por qué no vas?
Uno nunca sabe".
Cierto,
uno nunca sabe
y por eso paso en limpio un par de cuentos
con una prolijidad extraña en mí,
dejando tres centímetros de margen,
usando cinta nueva en la máquina,
no tachando los errores con múltiples equis,
evitando escribir sobre el liquid fresco,
ni en los momentos más cuidadosos de Wo Sut
me había esmerado tanto,
han quedado un lujo los cuentos,
casi parezco un escritor y todo.
En el Roca, de Adrogué a Constitución,
en la línea C, de Constitución a Lavalle,
con la ansiedad en la boca,
me imagino en la importante editorial,
pienso en el libro la fama el Nóbel
la consagración definitiva,
¡se me va a dar!
¡reconocerán mi talento!
¡las chicas caerán muertas a mis pies!
y simultáneamente escucho en mi mente
a los importantes editores riéndose,
burlándose de mis cuentos, de mi impericia,
la literatura no es lo tuyo, pebe,
rajá, turrito, rajá,
no no sagás perder má tiempo no no sagás
¡gil!
Salgo del subte,
acalorado, es pleno enero,
hace una calor de cagarse,
la transpiración chorrea de mi frente,
así no puedo ir a la importante editorial,
no puedo dar una mala impresión,
qué van a pensar de mí.
Así que, pese al calor,
me quedo congelado
en Esmeralda y Lavalle
por un buen rato, mientras espero
que se me seque el sudor.
Trato de juntar el poco valor
que podría llegar a tener,
¿qué puede pasar?
¿qué puede pasar?
me digo, vamos Saurio,
no te vas a acobardar ahora,
después de haber viajado más de una hora,
después de haber pasado tan en limpio los cuentos.
Pero doy vueltas,
miro las fotos de los cines,
las tetas cubiertas por corpiños de témpera negra,
los culos cubiertos por tangas de témpera negra,
me meto en una disquería de usados,
está "Sheik Yerbouti" de Zappa, barato,
si me va bien me lo compro,
si no, también,
al fin y al cabo es un soborno
para vencer mi desesperante indecisión,
mi paralizante cobardía,
mi habilidad para fabricarme obstáculos,
vamos, Saurio, dejate de joder,
es sólo tocar un timbre
¿qué puede pasar?
¿qué puede pasar?
La importante editorial está en un edificio viejo
pero no lo suficientemente viejo como para ser antiguo,
sólo la promesa de la recompensa discográfica
me hace seguir adelante por el pasillo
hasta la pequeña oficina, hasta la importante editorial,
no me voy a acobardar ahora,
¿qué puede pasar?
la arquitectura deprimente no es indicio,
recordá dónde estaba la redacción de la Mad,
recordá dónde está la redacción de la Humor,
recordá y tocá el timbre de una buena vez,
¡pedazo de cobarde! ¡cagón!
Me recibe un pelado de aspecto abogadil,
formal y cortés, demasiado circunspecto,
me hace pasar a la recepción,
sillones de cuero verde,
lámpara de luz amarillenta,
una enorme biblioteca
con libros de aspecto anónimo.
¡glup! ¡alea jacta est!
¡la jalea está hecha!
"Vengo por el aviso
en el que piden nuevos autores"
digo con voz finita y comprimida,
"Son unos cuentos que escribí,
tengo más como estos..."
sincronizado con la espástica entrega
del sobre marrón.
El símil abogado oprime un intercomunicador
"Señorita Miriam, ¿puede venir, por favor?"
y detrás mío aparece una imponente y joven mujer,
con un enterito naranja y frondosa melena enrulada,
la señorita Miriam, quien se iba a ocupar de mis cuentos,
me llevaría unos diez años, quizás menos,
impactaba tanta exuberancia femenina
en mis ojos de artista adolescente,
"Llamame en una semana y te cuento qué me parecieron, ¿sí?
Igual tus datos están acá en el sobre, ¿no?"
No, no lo estaban y me maldigo,
¡qué poco profesional!
¡entré con el pie izquierdo!
¡siempre igual!
lo garabateo con birome en el sobre,
mi despatarrada letra ensuciando tanta prolijidad,
tanto esmero, tanto cuidado...
¿de qué sirvió haber comprado liquid?
¿de qué sirvió dejar tres centímetros de margen?
¿de qué sirvió escribir prestando atención?
A la semana llamo,
¡Les gustaron mis cuentos!
¡Quieren que vaya para allá!
¡Se me va a dar!
¡Reconocerán mi talento!
¡Las chicas caerán muertas a mis pies!
¡El libro! ¡La Fama! ¡El Nóbel!
Inmediatamente parto hacia la importante editorial,
es pleno enero y hace un calor de cagarse,
el pelado no está, la señorita Miriam me recibe,
lleva una vincha en su frente y tiene puesto
un liviano conjunto amarillo limón,
escotada blusa y apretado short,
se le asoman los cachetes del culo,
¡creo que no trae ropa interior!
¡estoy en un sketch de Olmedo!
¡estoy con una gatita de Porcel!
mi corazón late agitado y no sé
si es por la posibilidad de publicar
o por estar con una potra casi en bolas
que me lleva hacia otra habitación,
un enorme despacho con un enorme escritorio
y una enorme biblioteca,
más enorme que la de la entrada,
pero con los mismos libros
de aspecto anónimo y formal,
la misma mortecina luz amarillenta,
la misma cuerina verde en los sillones.
"Sentate" me dice y ella hace lo mismo,
cruzando las piernas, las poderosas gambas
que salen del apretado short amarillo,
"me encantaron tus cuentos,
realmente me encantaron,
su fina ironía, su fino sentido del humor,
son muy divertidos, me hicieron acordar
a Enrique Jardiel Poncela,
¿leíste a Enrique Jardiel Poncela?
¿No lo leíste? Porque tu estilo se parece
al de Enrique Jardiel Poncela,
deberías leerlo, se parece mucho
a lo que vos escribís"
Mientras dice todo esto,
la señorita Miriam se mueve,
no mucho, lo suficiente para que
su liviana y escotada blusa
se desplace y me deje ver ocasionales
pantallazos de tetas, pecosas,
de moreno y puntudo pezón,
cruza y descruza las piernas,
no quiero mirar muy fijo,
no hay que ser tan evidente,
pero creo adivinar la sombra de los pelos
de la concha a través de la tela del short,
¿puede ser que eso que asoma sea un pendejo?
¡Ah! ¡Y otra vez ese sabroso pezón!
¿Cómo no ser evidente?
¿Cómo hacer que no se me note la erección?
¿Y quién es ese Jardiel Poncela que dice
que escribe como yo?
"Mi mayor influencia es Boris Vian"
digo, haciendo fuerza para que mis ojos
no se pierdan en sus tetas,
para que no se me note lo baboso,
ya sé que la mercadería está a la vista
pero queda mal, queda mal...
La conversación sigue un rato más
por el mismo carril,
que Jardiel Poncela,
que Boris Vian,
que la mar en coche,
que la teta y el pubis,
que la verga y el jean,
cuando la señorita Miriam dice
"Te voy a contar cómo es nuestro sistema"
y ahí me entero que ellos publican unas antologías
que distribuyen por bibliotecas y embajadas,
a cada autor le corresponden ocho páginas
es una tirada de 1000 ejemplares
el autor recibe 100 libros
y sólo hay que pagar una cierta cantidad
por costos de impresión.
¡Ah! ¡Pagar! ¡No!
¡A mal puerto vas por pesca, Miriam!
¡No sabés con quién estás hablando!
Ya no hay teta no hay pubis no hay orto no hay pezón que valga
sacarme una moneda a mí requiere de mucho más esfuerzo
que andar calentándome la pija y sobándome el ego,
puedo ser muy pajero pero tacaño soy mucho más,
y aunque no dejo de mirarle la concha y las gomas
mi energía está puesta en decir que no,
es mucha plata por ocho paginitas,
mucho más de lo que me costaba una edición de Wo Sut.
"Pero la distribuimos por todas las bibliotecas y embajadas,
te va a leer una enorme cantidad de gente..."
¡Pobre! ¡Cree que me va a convencer!
"Son ediciones de calidad, sobrias y de buen gusto
y los distribuimos por todas las bibliotecas y embajadas,
es una oportunidad sin igual para un escritor joven,
como vos"
dice y sube por una escalerita
para sacar uno de los anónimos libros
de uno de los estantes más altos de la enorme biblioteca
despacito
para que yo tenga tiempo
de mirarla subir
(no hay culo que valga, Miriam, no hay culo que valga...
aunque, seamos honestos, se lo miro con ganas
y la pija me duele de lo parada que está)
El tira y afloje dura un rato más,
la señorita Miriam no ceja en su intento de enroscarme la víbora
pero sólo logra que mis negativas sean más rotundas,
ya las tetas importan cada vez menos
y ni me molesto en tratar de pispearle el pezón,
la cosa no va ni para adelante ni para atrás,
así que decido cortar por lo sano
y le digo que lo voy a pensar
¿sí?
No sé si se lo creyó
o se aburrió tanto como yo de toda la situación,
me voy de la importante editorial para jamás volver
no me importa recuperar mis cuentos prolijamente pasados
no me importa verle las tetas una vez más,
a mí no me toman de gil tan fácil,
no voy a caer en la trampa,
no señor,
no, no y no.
Lamento haberlos dejado con las ganas,
sé que muchos estaban esperando
que la historia siguiese,
que yo contase cómo me la culié a la señorita Miriam,
cómo me la chupó con sus pintados labios,
cómo le mordí sus abundantes tetas,
cómo le acabé en la jeta,
cómo me limpié la verga
en su conjuntito amarillo limón,
pero la verdad es que nada pasó.
Es que yo siempre creí que
es preferible permanecer virgen e inédito
que pagar por dejar de serlo.