Es un perro negro
enorme, de feroz aspecto,
realmente peligroso,
tiene sus mandíbulas abiertas
y clava sus colmillos en mi coronilla,
sin embargo,
yo soy el que controla
la situación,
el que ha vencido
y humillado
al monstruoso can
en previas luchas
cuerpo a cuerpo,
violentas peleas
que quizás haya sido yo
quien las originó
o tal vez haya sido
el instinto asesino del perro
quien me atacó,
no sé,
sólo sé que lo he inmovilizado
completamente,
no puede zafarse de mí,
ni siquiera puede destrabar
sus fauces de mi cabeza,
sólo puede,
cada tanto,
cuando junta fuerzas,
roerme la coronilla
con sus babosos colmillos.
Curiosamente,
esto no me duele,
es molesto, sí,
pero no mucho,
más me incomoda
la reposera dónde estoy sentado,
hay un caño que se me clava en la espalda,
y la lona hace que el calzoncillo
se me meta en la raya,
esto sí que me irrita
y no sólo el orto
sino también el espíritu,
es un verdadero fastidio,
no me deja leer,
no me deja hablar
por teléfono
esta incomodísima
reposera.
Mientras tanto
el perro sigue
cada tanto
royendo
mi cráneo
con sus enormes
colmillos
amarillos
rasca que te rasca
dejando dos surcos
que no duelen
pero que
se
van
haciendo
cada
vez
más
profundos.
Algún día el hueso va a ceder,
lo sé.