No me avergüenza decirlo:
Vomitar me da más pánico
que la mismísima muerte.
Y no me tranquiliza el hecho
de saber
que tras el vómito
la vida continúa
(cosa que,
por lo general,
no ocurre cuando
uno se muere):
es tal la humillación
que me produce
sentir
a todos los órganos
de mi sistema digestivo
desaforados y en patota
sodomizándome por dentro,
empujando contra natura
a lo que una vez fue comida,
que siento
que la única salida
honorable
que me queda
es cometer,
de una buena vez
y para siempre,
suicidio.