La leyenda del chino miope.
Recuerdo
un almacén,
una despensa,
un mercadito,
algo por el estilo,
en Mar del Plata,
me acompañan
mi abuela y mi tía,
no estoy seguro
si esta fue la vacación
en la que me tomaron la foto
con el Topo Gigio gigante
y la Ovejita Viajera
pero bien podría ser.
Me recuerdo
parado
frente a frente
con un montón de paquetes
del té "A los Mandarines",
mirando fijo al chino
que identifica
a la marca,
sus ojos rasgados,
sus anteojitos de alambre,
su chivita blanca,
su perversa sonrisa.
Y me recuerdo
prometiendo
con una determinación
que parecería impropia
para un chico de dos años:
"A este viejo no lo quiero ver más".
Por tres años puedo mantener bien esta promesa,
al fin y al cabo, él está en Mar del Plata
y yo en Adrogué, casi 400 kilómetros más al norte.
Hasta que un aciago día,
en Lomas de Zamora,
volviendo con mi madre
de comprarme zapatos ortopédicos
en "Carlitos"
para corregir el pie plano,
descubro que
justo, justo, justo
al lado de
la parada del 318,
han puesto un negocio
enteramente dedicado a vender
té "A los Mandarines".
¡Horror!
Al viejo éste prometí no verlo más
y debo mantener mi palabra,
no puedo mirar,
no debo mirar
ese rostro
que se repite
en todos los tamaños
en todo el local.
Por eso, cada vez que volvemos
de Lomas a Adrogué
hago todo lo posible por no ver
al viejo de los Mandarines,
bajo la cabeza,
me tapo los ojos,
me escondo dentro del pulóver
azul marino
escote en
v.
Tanto es mi fervor por mantener la promesa
que cuando salimos con el jardín de infantes
de excursión a la estación de trenes de Adrogué
pierdo la oportunidad de lucirme
porque a la señorita no se le ocurre mejor idea
que decirme que pida un boleto ida y vuelta
a Lomas de Zamora.
¡Si tan sólo hubiese dicho Temperley, Banfield,
Lanús, Gerli, Avellaneda, Escalada, Burzaco,
cualquier otra estación del Roca!
Pero no, no, ella dice a Lomas
y yo quedo paralizado,
no puedo sacar un boleto
a donde está ese chino,
ese viejo que prometí
no ver
nunca
más.
Supongo que aún hoy
mi vieja cree
que yo le tenía miedo
al mandarín
cuando,
en realidad,
lo que estaba haciendo era
la primera demostración
de la solidez
de mis principios
y no creo que mi señorita de sala amarilla
aún recuerde la anécdota
de mi súbita parálisis en la estación,
pero si lo hiciera, estoy seguro que seguiría convencida
que tuve miedo o vergüenza de enfrentar al boletero.
¿Cómo explicar a los cinco años que uno es una persona de palabra
si tres décadas después sigue siendo bastante difícil?
Lo cierto es que el tiempo pasa,
hasta la más sólida voluntad se quebranta
y para cuando ponen una sucursal de
"A los Mandarines" en Adrogué
ya no me cuido tanto de evitar
que mi vista se cruce con la del perverso chino.
Al fin y al cabo, no es para tanto
y, además,
en los diez años transcurridos
tuve oportunidad de desarrollar
más y mejores
promesas, tabúes
y prohibiciones,
muchas de las cuales
aún hoy
me ocupo
de cumplir
religiosamente,
al pie de la letra,
con una pasión
que mejor debería
utilizar para otras
cosas.
Uno es así,
qué se le va'cer.