Saurio el memorioso.
Como si fuera un ahogado sin apuro
toda mi vida ha comenzado a pasar
frente a mis ojos,
lentamente,
azarosamente,
recuerdo,
recuerdo
mucho,
por ejemplo,
ahora se me aparece
esa noche del 83
cuando cruzaba la plaza Constitución,
leyendo en la revista Tren de Carga
la crítica del disco de Yello
"You gotta say yes
to another excess"
y el debut de aquel producto
de la incipiente new wave local,
Los Helicópteros,
le daba con un caño el periodista,
quizás tenía razón,
quizás era demasiado cruel,
no lo sé,
sólo recuerdo que disfruté la acidez,
la maldad, la ironía,
luego llegué al garage del San Vicente,
hice la cola para los ramales que van
a Guernica o a Numancia,
que no es que fueran los únicos que me dejaban,
todos los San Vicente iban a Adrogué,
pero estos eran los que se llenaban menos,
los que me permitían viajar sentado,
en esa época subía gratis,
era colimba,
marinero de segunda,
disfrazado de Pato Donald en invierno
de Coquito en verano,
leía como un bestia en estos viajes,
me bajé media biblioteca de Adrogué allí arriba,
casi todos los latinoamericanos,
la revista Hum(r),
(en el asiento de atrás del San Vicente,
justo el día en que había entregado a imprenta
el primer número de 74 Metros
descubro que Langer había sacado también
una historieta llamada"La patota cultural",
cagándonos la primicia, mierda)
las primeras Cantarock (las chiquitas)
que se las compraba a Ramiro,
la Tren de Carga, por supuesto,
otras que no voy a mencionar
no porque no las recuerde
(porque, de hecho, lo hago)
sino porque no tiene sentido hacerlo.
Tampoco tiene sentido decir que
mientras espero en la cola
un postercito de papel o tela
con un poema de Benedetti
y un dibujo de dos enamorados de espaldas
caminando hacia un atardecer en la playa
siempre captura mi vista desde la vidriera del kiosco
que está dentro del garaje y
me crea un resentimiento hacia la obra
de este buen señor que me dura hasta hoy,
y esto es sólo un ejemplo
de como me están aflorando
a borbotones
fragmentos enteros de mi vida
en toda su intensidad,
en toda su banalidad,
podría haber mencionado el hormiguero
de la vereda en la esquina de Uriburu y Amenedo,
el eterno hormiguero que probablemente siga estando
para que las nuevas generaciones de la cortada
se preocupen como yo en taparlo
con palitos,
con piedritas,
con papelitos,
para descubrir al día siguiente
que las hormigas lo han destapado.
Y me recuerdo
mirando el hormiguero
a los treso cuatro años,
de la mano de mi mamá,
y aprendiendo,
vaya uno a saber por qué misteriosa asociación,
la diferencia entre la izquierda y la derecha
(no, no estoy hablando de política,
hablo de un costado y el otro).
O las naranjas salvajes de esa misma esquina
con las que jugábamos a embocar en la alcantarilla,
o una enorme piedra chata en el Euskal Echea
donde a los diez años nos sentamos el Mono,
Filipini, Fridman y yo,
Fridman (que hasta el año anterior se llamaba Stábile
pero en éste había cambiado de apellido y religión)
nos contaba que entre sus padres había diez años de diferencia
y a mí esto me sorprendía, excedía mi capacidad de asombro,
"Imaginate", le decía,
"es como si te casases hoy con una bebé recién nacida",
después creo que yo hablaba de las novias que tenía,
mentira, obviamente, era sólo un precoz interés por unas amiguitas
al que en aquel entonces llamaba amor y me llevaba a imaginar
una especie de telenovelas infantiles mientras iba entrando en sueños,
una infinita historia que me contaba a las noches
y que podría mencionar como
uno de mis antecedentes literarios,
otro antecedente literario es el que a los tres años
le dictaba a mi abuela las aventuras del Puló,
las cuales luego yo ilustraba,
y un tercer antecedente,
ya que lo nombré en este recuerdo,
es el Mono Ramos, que en un recreo largo,
de esos que teníamos al mediodía,
entre las clases de la mañana y las de inglés a la tarde,
me comenzó a contar que había descubierto
al levantar una piedra en su jardín
un túnel que iba directo
desde su casa en Banfield
hasta la plaza de Lomas.
Con el correr de los recreos el túnel se convirtió
en un sistema de túneles, equipado por sus creadores
con una red de vías y un trencito minero.
El Mono recorría los túneles por las tardes
al volver del colegio, observando todos los tesoros
arqueológicos e históricos allí enterrados
y al día siguiente me contaba sus aventuras,
esto duró todo cuarto y quinto grado,
yo le creía no le creía,
¡era tan verosímil!
Con el Mono compartíamos un febril interés
por lo misterioso, por lo esotérico, por lo mágico,
investigábamos los ovnis, las civilizaciones perdidas,
comenzamos una modesta carrera espacial al pretender
fabricar un cohete con una lata de tomates y otras chatarras
que guardábamos en un escondite secreto en el colegio,
este cohete iba a estar propulsado por cañitas voladoras
y tripulado por una cucaracha,
por alguna razón nunca concluimos el proyecto,
por alguna otra razón nunca pudimos lograr que las reuniones
de la "Sociedad de Jóvenes Científicos"
pasasen de ser
"ir a tomar la leche a la casa de un compañerito,
mirar libros y jugar con el Bloque Denshi",
cosas que ocurren, uno tiene las ganas
pero no la capacidad de llevarlas a cabo
y cuando consigue esto último ya perdió las ganas.
Stábile-Fridman, ahora lo recuerdo,
también cuenta como antecedente,
pero
de mi veta historietística,
en quinto grado comenzó a hacerse una revista de chistes
con hojas cuadriculadas y con biromes de colores,
creo que la llamaba "Jajá Ilustrado" o algo así,
pronto comencé a imitarlo con "La Locura",
allí nacieron muchos personajes que aún dibujo,
los chistes eran malos,
terriblemente malos,
todavía conservo algunas revistitas,
las que se me perdieron fueron las que hice después,
a los doce, con una intención más "profesional",
donde contaba las aventuras de un cavernícola llamado Umezup
y su compañero Ashdrubald, un dinosaurio cuyo dibujo,
con sutiles modificaciones,
es el que me representa en mis firmas,
sí, el que escribe a máquina,
al que todos le confundían la aleta de la nariz por un ojo
así que tuve que achicársela, como para que se viese
que está de perfil y no en escorzo,
como para que no se lo tomase por un sapo,
como dijo una vez Graciela Mancuso por radio
al leer una de mis cartas, de las muchas que a Sonrisas escribía,
Sonrisas era el programa de la Mancuso,
lo patrocinaba Coca-Cola,
después perdió el auspicio y se llamó
Frecuencia 2000
y por alguna razón perdió algo de onda,
allí Petinatto tenía un micro con música rara
pero justo cuando iba a pasar a los Residents
vino la guerra de Malvinas
y todo se pudrió.
Un fin de año desde el programa
convocaron a todos los oyentes
a una especie de fiesta que iban a hacer
en la plaza que está frente
a la embajada de Estados Unidos
y al costado del Zoológico,
llovió, no fue casi nadie, sólo algunos colgados que,
como yo, vagaban por allí, buscando con quien charlar,
así conocí a Leo y a Javier
y nació 74 Metros,
pero esa es otra historia, no voy a contarla acá,
no era el propósito de este poema
hilvanar anécdota tras anécdota,
recuerdo tras recuerdo,
sino dejar constancia de este bullir
caótico de memorias que me ataca últimamente,
este meditar sobre lo curioso que es existir,
sobre lo injusto que es dejar de existir
habiendo previamente existido,
sobre lo extraño que es comenzar a existir
no habiendo previamente existido,
sobre cómo el mundo se compone
enteramente
de las experiencias personales.
Sí, suena cursi,
debería estar impreso
en un postercito de papel-tela,
pero es así,
el mundo no es otra cosa que
la experiencia personal,
lo que uno vive,
lo que uno percibe,
y el resto,
el resto
para don Ernesto.