Son etapas.

En la vereda unos gorriones picotean migas o algo así,

es en alguna parte de Chacarita un domingo pasado el mediodía,

si mal no recuerdo es el año ochenta y seis

y yo iba de casa caminando a lo de Leo

a hacer el número cuatro de 74 Metros,

hubiera sido más rápido y más práctico tomar el 39

pero yo lo prefería así,

perderme por los barrios casi a punto de siesta

o de terminar los ravioles,

pensando las pavadas que pensaba entonces

y que aún hoy pienso,

autorreportajes que, a lo más,

han servido para afianzar ciertas estructuras rígidas en mi cabeza,

hipotéticos brazos que no daré a torcer si llegase la oportunidad,

y así me encuentro con los gorriones,

picoteando migas o algo así de la vereda dominguera de Chacarita,

por alguna extraña razón que todavía no alcanzo a comprender

(solo me animo a suponer que la influencia franciscana del Euskal Echea

fue más fuerte de lo que creía y se me pegaron más delirios místicos

de los necesarios)

me encuentro increpando en el pensamiento a los pájaros

con paternal benevolencia:

"¡Coman, hijos, coman!"

Los gorriones ni se inmutan y yo sigo mi camino.

Tres casas más allá, desde una ventana enmosquiterada

y con cubiertos entrechocándose como cortina musical,

una voz increpa con paternal benevolencia a su progenie,

quienes quizás juguetean con los ñoquis o el pesceto:

"¡Coman, hijos, coman!"

Me quedo frío, aterrado y extasiado a la vez,

sintiendo que una luz extraterrena invade mi cuerpo

y que luego sale de él,

sé que estoy brillando azul celeste como una llama de acetileno,

sé que estoy flotando a medio centímetro del piso,

sé que he tocado uno de esos tantos vectores que llevan a las cosas a moverse

y a estar en determinado sitio en un mismo instante de tiempo

para conservar la perfecta armonía geométrica del universo.

En aquella época solía maravillarme cuando me ocurrían cosas como esta.

Ahora ya me acostumbré.

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