| |
|
En el medio del mar, del mar, del mar... Hace mucho tiempo (no puedo precisar cuándo, digamos que tenía catorce con un error de ± 3 años) yo estaba cagando. Cagaba un enorme sorete, realmente un gigantesco sorete, duro, ancho, interminablemente largo y, lo peor de todo, pinchudo, el hijo de puta me raspaba el ano, cada milímetro que avanzaba era una verdadera tortura. Y no es que no estuviese acostumbrado: en aquella época (como ya dije tendría 14 ± 3 años) yo cagaba larguísimos y enormes soretes, pero este era demasiado, con esas púas que tenía, era como cagar un palo borracho. Así que me di por vencido, yo solito no iba a poder con él, necesitaba ayuda y se la pedí a la única persona que había en la casa, además de mí y el sorete, una tía abuela que vivía con nosotros: "Tía..., tía..." gemí, "por favor... traeme una cuchara..." Obviamente, ella preguntó para qué quería una cuchara si yo estaba en el baño cagando. A lo que yo contesté, como si fuese la cosa más lógica del mundo: "Porque tengo un sorete trabado y necesito algo para hacer palanca y destrabarlo".
Como se pueden imaginar, mi tía no me trajo la cuchara ni nada que se le parezca, (estoy tentado en decir que me mandó a cagar, pero es un chiste obvio) y a la larga el sorete salió como salen todos los soretes, pero este no es el punto, sino reflexionar en las cosas que se nos ocurren hacer en momentos de extrema necesidad, qué perversa puede resultar la mente humana en el medio de la desesperación...
No, mentira, el objetivo de este poema era contar una historia con soretes. ¿O acaso se pensaron que yo iba a escribir algo con moraleja? ¡Vamos! ¡Qué poco me conocen!
|
|
![]() |
|
|
![]() |