En el medio del mar, del mar, del mar...

Hace mucho tiempo

(no puedo precisar cuándo,

digamos que tenía catorce

con un error de

± 3 años)

yo estaba cagando.

Cagaba un enorme sorete,

realmente un gigantesco sorete,

duro, ancho, interminablemente largo

y, lo peor de todo, pinchudo,

el hijo de puta me raspaba el ano,

cada milímetro que avanzaba

era una verdadera tortura.

Y no es que no estuviese acostumbrado:

en aquella época

(como ya dije

tendría 14 ± 3 años)

yo cagaba larguísimos

y enormes

soretes,

pero este era demasiado,

con esas púas que tenía,

era como cagar un palo borracho.

Así que me di por vencido,

yo solito no iba a poder con él,

necesitaba ayuda

y se la pedí a la única persona

que había en la casa,

además de mí y el sorete,

una tía abuela

que vivía con nosotros:

"Tía..., tía..."

gemí,

"por favor...

traeme una

cuchara..."

Obviamente, ella preguntó

para qué quería una cuchara

si yo estaba en el baño

cagando.

A lo que yo contesté,

como si fuese la cosa

más lógica

del mundo:

"Porque tengo un sorete trabado

y necesito algo para hacer palanca

y destrabarlo".

Como se pueden imaginar,

mi tía no me trajo la cuchara

ni nada que se le parezca,

(estoy tentado en decir que

me mandó a cagar,

pero es un chiste obvio)

y a la larga

el sorete salió

como salen todos los soretes,

pero este no es el punto,

sino reflexionar en las cosas

que se nos ocurren hacer

en momentos de extrema

necesidad,

qué perversa puede resultar

la mente humana

en el medio de la

desesperación...

No,

mentira,

el objetivo de este poema

era contar una historia con

soretes.

¿O acaso se pensaron

que yo iba a escribir

algo con moraleja?

¡Vamos!

¡Qué poco me conocen!

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