El secreto de mi belleza.

Tengo que hacer algo

con mi maldita costumbre

de caminar

con el ojo izquierdo cerrado

y mirándome la punta de la nariz

con el derecho.

Hay formas más ortodoxas

de proteger la vista

de los ácidos

y punzantes

rayos del sol.

Claro,

tampoco soy un paradigma de la elegancia

con anteojos negros,

con la nariz fruncida

y la encía al aire

mientras miro el piso

por debajo

de las lentes.

Todo esto sin contar

que camino

como colgado de una percha

y en un permanente

y no resuelto

comienzo de tropezón.

Y qué decir

de mi forma de hablar,

ese tartamudeo no repetitivo

que me deja colgado en un hiato

a la mi-

tad de u-

na fra-

se llena de jjjjjjjjjjjjjotas que parecen gargajos

y erres que brillan por su ausencia.

¡Ah,

si ustedes supieran

lo difícil

que me resulta

convivir conmigo mismo

todos los santos días

desde el día

en que nací!

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