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El secreto de mi belleza. Tengo que hacer algo con mi maldita costumbre de caminar con el ojo izquierdo cerrado y mirándome la punta de la nariz con el derecho. Hay formas más ortodoxas de proteger la vista de los ácidos y punzantes rayos del sol.
Claro, tampoco soy un paradigma de la elegancia con anteojos negros, con la nariz fruncida y la encía al aire mientras miro el piso por debajo de las lentes.
Todo esto sin contar que camino como colgado de una percha y en un permanente y no resuelto comienzo de tropezón.
Y qué decir de mi forma de hablar, ese tartamudeo no repetitivo que me deja colgado en un hiato a la mi- tad de u- na fra- se llena de jjjjjjjjjjjjjotas que parecen gargajos y erres que brillan por su ausencia.
¡Ah, si ustedes supieran lo difícil que me resulta convivir conmigo mismo todos los santos días desde el día en que nací!
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