Misterios del alma humana (un poema basado en un hecho de la vida real).

En mi adolescencia yo solía cartearme con mucha gente,

quizás demasiada, un promedio de cuatro cartas diarias en mi buzón,

la mayoría eran mujeres, al menos la mayoría de las que yo contestaba,

al fin y al cabo, en esa época yo sería un aparato

(mucho más aparato de lo que soy ahora)

pero no era ningún gil de cuarta.

Entre todas las chicas con las que me carteaba había una,

no recuerdo su nombre, pongamos "María Teresa",

si no era ese le pasa así de cerca,

que vivía en el Barrio Don Orione,

un complejo de casas en la loma del peludo,

pasando Burzaco o Longchamps, por la Monteverde,

ahora no podría asegurar que fuese una de mis corresponsales "favoritas"

pero lo que ocurrió pareciera indicar que, bueno, no había que desperdiciar la oportunidad,

vamos a ver cómo es, quizás, quién sabe,

(yo era muy enamoradizo en esa época)

la cosa es que un domingo me llama, que ella iba a estar por Adrogué,

que si quería nos podríamos encontrar, algo así.

Por alguna razón yo no podía, quizás me encontraba con la gente de Wo Sut

o las chicas de Avellaneda, donde tenía mejores candidatas

que alguien a quién jamás le había visto la cara,

pero el miércoles siguiente era feriado y tuve la brillante idea

de caerle de sorpresa por la casa,

cosas que hacía en aquella época,

vaya uno a saber por qué.

La cuestión es que yo no tenía la más pálida idea de dónde quedaba

el Barrio Don Orione, sólo que un ramal del San Vicente iba para allá,

así que voy a la parada del Nacional Adrogué,

era un día de mierda, gris, de lluviosidad indecisa,

viene el colectivo, le pregunto al chofer:

"Perdón, ¿va para Don Orione?"

El tipo me dice que sí, yo subo y emprendemos viaje a las regiones ignotas

de la Zona Sur del Gran Buenos Aires, parajes sub-suburbanos,

puro campo, fábricas y casitas aisladas al costado de la ruta,

pasa el tiempo y veo un conglomerado de casas a lo lejos

que yo sospecho que es el Barrio Don Orione

pero el colectivo sigue de largo así que desconfío de mi intuición

y sigo sentadito, viendo como el cielo se pone cada vez más gris.

Cinco minutos más allá y la perspectiva de pampa abierta y vacía

que la ventanilla me ofrece me pone nervioso,

la duda me carcome, como siempre, a ver si me equivoque,

si me distraje, si mi habitual limbez me traicionó otra vez,

me levanto y pregunto al chofer

"Dígame, ¿falta mucho para el Barrio Don Orione?"

"No, yo no voy para allí, pibe"

"Pero..., usted me dijo que iba"

"No, yo voy al Cottolengo Don Orione. El Barrio Don Orione lo pasamos hace rato"

¡Mierda! Y ahora, ¿qué hago?

"Aquí es el Cottolengo. Bajate, esperá al que vuelve

y decile que te avise a la entrada del Barrio."

me dice el chofer y frena frente a un enorme paredón de piedra,

casi de castillo medieval, realmente de terror.

Bajo, no me queda otra, miro ese terrible lugar

donde se dice que guardan monstruosos seres deformes,

gente con dos cabezas, tres ojos, todo el catálogo

de una exhibición de atrocidades,

ahí estoy, en medio de la nada, cuando la puerta del castillo se abre

y una monja de aspecto realmente siniestro sale,

no podría asegurar ahora que sea verdad o un producto de mi imaginación

pero creo que resuena un trueno cuando la vieja aparece.

Me cago hasta las patas, aquí no me quedo,

comienzo a correr por la ruta, en dirección contraria a la que había venido,

rumbo al Barrio Don Orione

(eso es lo que tengo, aterrado y todo sigo siendo cabeza dura

y si yo me había propuesto ir a lo de María Teresa iba a ir sí o sí),

me cruzo con un paisano que viene en un sulky y le pregunto

si mi destino está muy lejos

"y..., como unos cuatro kilómetros"

¡Mierda! Y la tormenta que se acerca, el cielo cada vez más negro,

los pastizales que se zarandean con el viento, la ruta casi desierta,

la pampa chata, la nada, ¡agh!

Sigo corriendo por la banquina, desesperado,

nunca fui un buen corredor, nunca lo seré,

la fatiga aprieta mi pecho, silban los pulmones,

se me agarrota el bazo (o lo que sea eso que se te endurece

en la panza cuando corrés con la boca abierta y/o respirando mal),

lo cierto es que al rato llego a Don Orione, al Barrio Don Orione,

no eran cuatro kilómetros, tan sólo uno

(creo, espero, supongo,

si no realicé una proeza atlética increíble

para mi deficiente preparación física),

es un barrio obrero, de esos que se construyeron en una época

en la que aún se creía en el Progreso, en el Futuro, en el País,

también es un laberinto de calles en espiral y casas bajas con nenes meados en la puerta,

estoy un buen rato caminando mientras la tormenta se acerca y algún rejucilo brilla en el cielo.

Al final llego a donde esta chica vive,

en la puerta hay un tipo lavando un taxi, pero yo no le doy bola,

no mucha al menos, yo estaba con la mente en otra cosa,

no sé en cuál, pero era otra,

toco el timbre, me atiende una mujer en ruleros, la madre, supongo.

"Hola, ¿estaría María Teresa?

"No, no está",

me dice, cortante, y agrega,

"Se fue el sábado a Córdoba"

"¿Cómo? Si el domingo me llamó desde Adrogué...

"¡Te digo que se fue a Córdoba!"

"B...bueno..., pero el domin..."

"¡Y además no quiere saber más nada con vos!"

grita la vieja y siento en el hombro una manaza que me da vuelta,

es el taxista, seguramente el padre,

un tipo que me lleva como dos cabezas y bruto lomo,

se me viene al humo, me increpa, grita:

"¿Qué te pasa, turrito?"

"...n...nada... a mí nada... yo..."

intento razonar

"...yo venía a ver a María Teresa... yo me carteo con ella... me llamo Saurio..."

"Mirá, rajá ya mismo o te fajo"

"Bueno, bueno, calma... yo sólo"

"No jodá con mi paciencia, pibe, que te surto, eh"

no jodo con su paciencia, me alejo, acobardado,

el tipo me hacía mierda si me agarraba,

tampoco era cuestión de seguir empeorando al día

más de lo que estaba.

Aún aturdido, me lleva unos cuantos segundos, varios, más de los necesarios,

darme cuenta que estoy rodeado de vecinos, una pequeña multitud

que polifonizan preguntas y respuestas:

"Está, la piba está"

"¿A quién venís a ver?"

"La mayor se fue a vivir con el novio"

"Las dos son medias putas, sabés"

"¿Qué pasó? ¿Te quiso fajar?"

"Yo hoy las vi a las dos"

"¿Vo so el novio de cuál?

"El viejo está loco desde que la menor quedó embarazada"

"La piba está, no se fue nada, te mintieron"

"S'una puta laíja, anda con tre a la vé."

"El viejo se las coje a todas, se las coje"

y yo en el medio pero viendo todo como desde afuera,

ya es demasiado, ésto no puede estar pasando,

posiblemente yo hablo, no recuerdo, la perplejidad me amnesió,

estoy en piloto automático, contesto a las preguntas, transmito mi asombro,

lo obvio en estos casos en los que uno sólo piensa en escapar.

Lo cierto es que tan repentinamente como se formó desaparece el corrillo de vecinos,

la calle queda desierta, ni un signo de presencia humana, ni siquiera el taxista,

ni siquiera el taxi, sólo yo y la inmensidad, el laberinto de calles y casas bajas

que desando bajo un cielo que se despejó en algún momento del incidente,

cuándo no sé, pero el sol brilla con toda su furia y no hay rastro de ninguna nube,

detrás mío siento el ruido de un motor, un San Vicente del ramal que sí entra al Barrio Don Orione,

ni le doy tiempo a frenar que ya estoy arriba, es imperioso salir de aquí,

volver a Adrogué, a casa, a las certidumbres, a mis más manejables angustias adolescentes,

a lo que sea.

Nunca más supe de María Teresa, jamás contestó a mis cartas,

tampoco es que me importase demasiado,

como dije no creo que fuera una de mis corresponsales favoritas

y, la verdad, tenía suficientes mejores amigas

como para preocuparme por ella,

pero... pero... sin embargo...

aún diecisiete años después sigo intrigado

sobre lo qué paso aquel miércoles en el Barrio Don Orione,

aún siento el desconcierto, la suspensión de la lógica,

la sucesión de inverosimilitudes y desventuras,

la tormenta inminente, la pampa chata,

la siniestra monja, la maroma de vecinos,

la nena meada sentada en un caminito de lajas

con un tren de plástico fucsia en sus manos.

¡Lo que es la vida, fíjese!

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