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¿Me repite la pregunta? Lamentablemente hablamos y al hablar nos confundimos, lábil y ambigua herramienta en la que una sola inflexión puede producir un equívoco y hasta la ofensa del receptor quien oye "Acá está bien" en vez de "Acá está, bien" y se desata la guerra familiar, o, como me ha venido ocurriendo desde hace mucho tiempo pero que se ha agravado con los años, afortunadamente sin más consecuencias que mi desesperación por hacerme entender, que cada vez que contesto a algo que me cuentan con un afirmativo "¿sí?" mis interlocutores escuchan un despistado e inquisidor "¿qué?" y viceversa, con lo que sueno escéptico y sordo cuando quiero apoyar lo que me afirman y dejo al otro con la sensación de que lo entendí cuando, en realidad, jamás supe de qué hablaba.
Obviamente, intenté la solución más lógica, la que todo el mundo recomendaría en estos casos, decir "¿qué?" cada vez que quiero decir "¿sí?" y decir "¿sí?" cada vez que quiero decir "¿qué?", pero, ¡oh paradojas de la vida!, mis interlocutores comenzaron a escuchar "¿qué?" cada vez que decía "¿qué?" y "¿sí?" cada vez que decía "¿sí?" con lo que todo el intento era en balde y el problema continuaba inmutable, inescrutable, inexorable.
Suponiendo una milagrosa mejora en mi dicción, volví a decir "¿sí?" cada vez que quería decir "¿sí?" y "¿qué?" cada vez que quería decir "¿qué?" con el resultado que todos podrán imaginar, nuevamente se producía el fatal intercambio, la tortura de las preguntas repetidas con fastidio, la condena de tener que deducir vacíos de información.
Días atrás intenté una nueva estrategia, me contuve de decir "¿sí?", lo reemplacé por un más extenso y aparentemente menos ambiguo "Ajá, mirá vos". Cuando descubrí que mi interlocutor creyó oírme pronunciar "¿Cómo decís?" me harté y decidí claudicar, renuncié al habla, abandoné para siempre esta imperfecta herramienta, este error evolutivo que, ¡encima! requiere de una laringe alargada ideal para atragantarse cada dos por tres, seis.
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