| Me levanto al atardecer,
acabo de dormir una bruta siesta
y con los ojos lagañosos
y la boca pastosa aún
salgo a la terraza
y me encuentro
con semejante minón
en bolas
bañándose
en el patio
de su casa.
Y yo no me iba a quedar cantando las mañanitas,
entendeme, soy el rey,
y me importó un joraca
que tuviera marido
o que tuviera ganas
de trincar conmigo,
fui, hice la porquería
y mi inmundicia me limpié.
Pero la guacha quedó preñada,
y con el cornudo en la guerra
las malas lenguas iban a murmurar,
así que me lo mandé traer al gil,
soy el rey, ¿m'entendés?,
yo quería que
se la fife a la jermu,
la embarace
y asunto arreglado.
Claro, no contaba con su lealtad y patriotismo,
con su código guerrero, con su ética marcial,
el desgraciado no quería garchar
mientras sus camaradas morían en batalla.
Así que le di el gusto
al hijo de puta
y lo mandé de boludo
a una misión suicida.
Soy el rey, hermano,
y hago lo que se me canta.
(2 Samuel 11) |