Ensalada de frutas

Ilustró Saurio

Ensalada de frutas
Eloísa Suárez

Frutillas rojas, bien rojas, aromáticas; ciruelas maduras, a punto de explotar, que prometían ser dulzonas; naranjas para jugo, redonditas, brillando al sol del atardecer; manzanas lustradas, sin ninguna imperfección, conservando el cabito y la hojita del árbol; duraznos de verano, firmes. Todo de las islas. A Clarisa se le hacía agua la boca, mientras su amiga, parada ya dentro de la embarcación que cargaba la fruta, se disponía a elegir con la bolsa de las compras colgando de su antebrazo como si fuera una princesa llevando una cartera fina.

Hacía un rato que habían llegado al Puerto de Frutos del Tigre. Antes, la caminata desde Recoleta hasta la estación del Retiro para tomar el tren que las llevaría a cuatro días de descanso, incluyendo el fin de semana.

Magdalena le indicaba al vendedor que quería dos kilos de ciruelas negras, bien reventonas. Asimismo pidió tres kilos de manzanas, dos de duraznos y cuatro de naranjas. Clarisa se subió en la embarcación y le sugirió a su amiga que llevara también frutillas. Magdalena se negó, alegando que con lo que llevaban les alcanzaría para cuatro días tranquilamente. Las frutillas estaban caras. Clarisa se resignó, pero, en su interior, extrañaría esas frutillas con buena pinta. Era un jueves de diciembre de 1988.

–¿Pensás hacer ensalada de frutas, Magda?

–Sí, porque así la fruta rinde más.

Magda quiso saber si tenían papas. El vendedor, un hombre de unos sesenta años, con los dientes renegridos de tomar mate y los pantalones y la remera manchados de jugo de fruta le dijo que sí, que algo le quedaba. Magda llevó cinco kilos al precio de tres; era la oferta del día. La bolsa de las compras ya estaba bien cargada –16 kilos en total– y las dos amigas se repartieron el peso tomando una manija cada una. Caminaron así las cuadras que separaban el Puerto de Frutos del pequeño puerto de donde salían las lanchas de pasajeros.

Tardaron media hora en llegar, cargadas como iban. Por suerte, había una lancha que estaba por salir. Magda sacó los pasajes y las dos se apresuraron a embarcarse. Un hombre de mediana edad, que saludó a Magda especialmente porque la conocía de otros viajes, las ayudó a subir en la lancha.

–¡Cómo se acuerda de mí! –le dijo Magda.

–Es difícil olvidar a una pelirroja con pecas –le contestó él, risueño.

Era cierto. Magda era la más pelirroja de las pelirrojas que Clarisa había conocido. Su familia era irlandesa –Mac Donald– y, de cinco hermanos, dos habían salido colorados: Nicky y ella. Habían nacido intercalados: morocho–pelirrojo–morocho–pelirroja–morocha. El mayor, Gastón, era el más lindo de todos y las chicas se desmayaban a su paso. Tenía una forma de peinarse el pelo negro muy particular, dejándose un jopo de rulos que le caían a un costado de la frente. Siempre estaba apurado, no miraba a nadie y, por supuesto, ni se había percatado de la existencia de Clarisa. El segundo, Nicky, era casi tan pelirrojo como Magda y era el más alto de toda la familia. Le gustaba armar cosas con sus manos, para lo cual tenía una paciencia infinita. Sus preferidos eran los dinosaurios y los monstruos. Lo que había empezado como un hobby terminó siendo una profesión, porque Nicky pronto empezó a trabajar para una productora de efectos especiales y le fue muy bien con eso. Le seguía en orden Matty, que era igual de cara que Gastón, pero estaba algo gordito. Matty sufría los kilos de más y este complejo lo alejaba de las chicas, sin embargo, hablaba con Clarisa y le había regalado un par de libros que ya no volvería a leer: 1984 y La naranja mecánica. Ahora estaba a dieta y era en gran parte por él que Magda había comprado tanta fruta, porque Matty vendría el sábado junto con el padre de los MacDonald. Después venía Magda, con su piel rosada, sus pecas y sus extraordinarios ojos de un celeste suave, llenos de vida. Por último, Valeria, mucho más chica que los otros, se encontraba en la preadolescencia y discutía cada dos por tres con Magda.

A Clarisa le gustaba Nicky y, siempre que podía, pasaba largos ratos en su habitación acompañándolo mientras él hacía sus creaciones. Se sentaban los dos frente a un pequeño escritorio donde él se las había ingeniado para encontrar lugar suficiente de modo de disponer el monstruo o el dinosaurio con el que estaba trabajando y toda una parafernalia de pegamentos y tinturas de colores que él llamaba “monstruosos”. Un día, a pedido de Clarisa, Nicky le contó cómo había sido esa vez, no muy lejana, en que se había disparado un tiro en la pierna.

–La pistola era del padre de un amigo mío. Cuando él se fue a hacer unas compras, nosotros la tomamos del cajón de su mesita de luz.

–¿Por qué la tenía allí? –quiso saber Clarisa

–Viven en una casa en el Conurbano. Hay muchos robos. Nosotros no sabíamos que estaba cargada. Mi amigo me la prestó y yo apunte a mi pierna y disparé. La bala me atravesó el muslo, volvió a salir y de nuevo entró por la pantorrilla. Pensamos que me iba a desangrar. Justo ahí llegó el papá de mi amigo, comprendió lo que había pasado y llamó a una ambulancia que no tardó en venir. Mi viejo se asustó mucho cuando se enteró de que yo estaba en el hospital, herido de bala, y mi mamá casi se infarta. Por suerte todo salió bien, que si no hoy no te contaba el cuento. Me quedaron unas cicatrices que no te puedo mostrar ahora porque no estoy con pantalones cortos.

Tenía puestos unos jeans gastados. Siempre los mismos.

***

El viaje en lancha duró unos veinte minutos. Cada tanto entraba algo de agua del río a la embarcación y les mojaba los brazos a las dos amigas que reían y que, a medida que se acercaban a la isla Las Margaritas, su destino, olvidaban aquello que las ataba al continente.

–Cuando lleguemos, nos damos una buena ducha –sugirió Magda

–¡Hace un calor insoportable!

–Lo decía por los baldazos de agua barrosa que nos cayeron encima.

Sus risas brillaban.

Cuando llegaron al muelle de la isla Las Margaritas, el amigo de Magda las ayudó a bajar de la lancha y se despidió. A pesar del peso, Magda caminaba apurada.

–¿Por qué vas tan rápido?¿Quién nos corre? –protestó Clarisa.

–El súper. Cierran en quince minutos. Apuráte.

Clarisa aceleró el paso. Sentía las piernas algo doloridas. Tal vez habían andado demasiado ese día. Pero la idea de que fuera por cansancio que le dolía no la convencía. Tenía apenas dieciocho años y no había maratón en el mundo que la pudiera cansar. Por ahí era algo circulatorio. Su madre había sufrido de várices.

A medida que avanzaban por la callecita de la isla que orillaba un brazo del río calmo que se internaba en Las Margaritas, el sol se iba escondiendo, tímidamente. Los últimos rayos, ya débiles, iluminaban el pelo de Magda que ahora parecía un fuego. Clarisa la contempló con envidia. ¡Cómo le gustaría sobresalir por algo físico! Ella, con su pelo negro y enrulado y sus ojos marrones no se destacaba del montón. ¿Le gustarían a Nicky las pelirrojas como él? ¿O las rubias? ¿Le gustaría ella? ¿Le gustaría a pesar de ser del montón? ¿Vendría?

Como si le hubiera leído el pensamiento, Magda dijo:

–El sábado vienen mi papá y Matty. Por eso tenemos que tener comida suficiente.

–¿Y Gastón, Valeria y Nicky? –Clarisa lo nombró en último lugar para que su amiga no sospechara que estaba pendiente de él. Todavía agregó–. ¿Y tu mamá?

–Gastón tenía cosas que hacer, como siempre. A Valeria y a mamá les da fiaca venirse hasta acá. Nicky tenía que entregar uno de esos engendros que hace y, según dijo, apenas había empezado con la estructura.

Clarisa lo lamentó.

En el supermercado compraron carne como para un batallón: unos cinco kilos de bife de chorizo. , Sergio, el dueño, que en ese momento no se encontraba por allí, al enterarse de la compra estaba más que agradecido. Los MacDonald eran sus mejores clientes. Además, iban seguido a la isla.

La carne no entraba en la bolsa. Era verdaderamente un milagro que no se hubiera roto con todo el peso en fruta que llevaban.

–¿Cuánto hay hasta tu casa? –quiso saber Clarisa.

–Dos cuadras. ¿Por?

–No sé si vamos a poder con todo este peso.

–No te preocupes. Le voy a pedir a Esteban, el empleado, que nos ayude.

Un chico de unos dieciséis años, corpulento, con buena musculatura en sus brazos, cargó con ambas manos el peso de las chicas, de modo que ellas caminaron libres, salvo por las mochilas que llevaban a sus espaldas. Llegadas a la casa y depositados los bártulos en la cocina, Magda le pagó al chico y las dos se dispusieron a guardar las cosas en la heladera y en las alacenas.

Después de guardar lo comprado, Clarisa quiso conocer la casa por dentro. Magda caminaba con paso firme recorriendo las distintas habitaciones. “Ésta es la sala. Ésta es mi habitación que comparto con Valeria. Ésta es la de mis hermanos. Ésta, la de papá y mamá. El baño. Eso es todo”.

La casa era mejor de lo que Clarisa había imaginado. Era toda de madera lustrosa, nuevita –hasta la cocina– y los muebles eran de algarrobo. La habían mandado a construir hacía dos años.

–¿No es peligrosa la casa? –preguntó a Magda.

–¿En qué sentido?

–La madera. ¿No temen que se prenda fuego?

–Somos cuidadosos.

–¿Y si alguien de afuera la incendia?

–¿Quién? Acá son todos buenos vecinos.

–También noté que no le ponen llave. ¿Es por la misma razón?

–La misma. Además, acá no hay nada de valor. Una señora viene a limpiar todas las semanas. Ella se encarga de ver que esté todo en orden.

–Es bastante grande. Y, por lo que veo, hay una galería.

–Sí, a papá le gusta tomar mate en la galería mientras ve la puesta del sol.

Clarisa abrió la puerta que daba a la galería, de donde, a su vez, bajaba una escalera. La casa, como todas las del Tigre, estaba edificada en altos, sobre pilotes, por si venía la Sudestada, según le explicó Magda.

–¿Alguna vez se les inundó?

–No, por suerte está lo suficientemente alta.

–Y allá, por lo que veo, hay un muelle. ¿Tienen barco?

Magda se echó a reír.

–No, ¿cómo se te ocurre? ¿No ves que acá el río es muy angosto? Un barco no entra ni de casualidad.

Sí. Las dos habían viajado en la lancha de pasajeros por un río principal, caudaloso y ancho, y habían bajado en el muelle de la isla Las Margaritas. De allí, se habían internado unas cuadras bordeando un río más estrecho que era un brazo del río principal. Al venir del súper, habían orilleado este río, hacia el cual daban una serie de casitas que estaban enfrentadas –separadas por el agua– a la seguidilla de casas de la que formaba parte la de Magda.

–Al menos tendrán bote –aventuró Clarisa.

–Tampoco, pero papá va a comprar una lancha dentro de poco. Sobre todo después de lo que pasó con Matty.

Dos meses atrás, la familia pasaba un fin de semana largo en la isla y Matty se sintió descompuesto. Le dolía tremendamente el costado inferior derecho del abdomen. Tito, el padre de los chicos, pensando en una apendicitis, corrió hasta lo del vecino lindero para pedirle prestada la lancha. El vecino no quiso saber nada; en cambio, sugirió que se tomaran la lancha de pasajeros, que pasaba seguido. Mientras, Matty se doblaba en dos del dolor. Tito insistió; el vecino no cedió. “¿Quién me va a cuidar la lancha cuando usted la deje en el puerto?” era su argumento. Era domingo, para colmo. Padre e hijo esperaron la lancha de pasajeros una media hora. Lenta y pesada, además de tardar en venir, la lancha paraba en cada muelle donde había gente esperando a que la trasladaran. Cuando lograron llegar al hospital más cercano, Matty ya tenía peritonitis. Se salvó de milagro. Tito no volvió a hablarle al vecino y se juró comprar una lancha apenas sus ahorros se lo permitieran.

***

Ya había anochecido cuando terminaron de darse una ducha. A las dos se les despertó el hambre. Fueron a la cocina a preparar las cosas para la cena. Sobre la mesa de madera había una nota de la empleada doméstica con letra temblorosa, que Clarisa leyó en silencio: “Señor Tito: usted me debe X australes. Págueme o no vengo más nunca”.

–Es de Betty, la señora que limpia –explicó Magda–. A veces papá se olvida de dejarle la plata de la semana o, si una semana no venimos, se desespera.

–Está bien. No tenés que justificar nada. La nota está ahí y no pude evitar leerla. Yo soy la entrometida.

Magda buscó en el primer cajón del mueble bajo mesada un cuchillo bien filoso y lo puso sobre la mesa. Buscó la tabla de picar; la depositó también sobre la mesa. De la heladera sacó un bife y lo colocó encima de la tabla. Enseguida, cuchillo en mano, comenzó a cortar el bife por la mitad.

–Esteban corta los bifes muy gruesos, como para alimentar elefantes.

–¿Dónde aprendiste a cortar así la carne?

–Me enseñó Nicky y él aprendió de papá.

–Yo no puedo ni cortarla en pedacitos. Soy una inútil.

–Ya está: un bife para cada una. Ahora vamos con el puré. Pelá las papas, Clari.

Clarisa buscó en el cajón un pelapapas. Encontró uno, pero estaba oxidado. Magda le indicó que usara uno de los cuchillos chicos, los de borde dentado o tramontina, preferentemente, porque tenían buen filo. Después de pelar dos papas, las lavaron y las cortaron en cubitos. Magda llenó con agua una olla y encendió el fuego; luego derramó las papas adentro de la olla.

–Me duelen las piernas –se quejó Clarisa cuando se sentaron a la mesa de la cocina a descansar.

–Debe de ser porque caminaste mucho.

–No sé. Me duelen cada vez más.

–Fue la caminata, no hay dudas. Además, en el tren, viajamos paradas. Y acá, después, anduvimos mucho rato.

Las dos se quedaron en silencio. No tenían de qué hablar. A veces les sucedía que permanecían calladas un largo tiempo; sin embargo, esto no las incomodaba. Clarisa pensó cómo le gustaría tener la vida de Magda. Una casa en el Tigre para ir a despejarse cuando a uno se le diera la gana. Hasta el departamento en el que vivía era hermoso. Los MacDonald habitaban el octavo piso del edificio en el que vivían los Sánchez Echagüe; pero, mientras que el de éstos, que quedaba en el primer piso, estaba siempre oscuro porque lo tapaban los edificios, el de los MacDonald era plena luminosidad porque las construcciones a su alrededor eran más bajas. Por otra parte, Tito y su señora se las habían ingeniado para hacer que la casa chorizo no pareciera tal porque el pasillo que llevaba a las distintas habitaciones también estaba muy iluminado por la existencia de unas cuantas ventanas que habían mandado construir. Mientras que una casa era el paraíso, la otra era el infierno.

–No la paso muy bien en lo de los Sánchez Echagüe –dijo Clarisa, rompiendo el silencio.

Magda se levantó de la mesa y fue a ver las papas, que, con el agua ahora hirviendo, largaban el almidón.

–Me lo imaginaba –dijo Magda, mientras se volvía a sentar a la mesa.

Clarisa no se esperaba esa respuesta. En realidad, no se esperaba ninguna porque había dicho en voz alta algo que estaba en sus pensamientos. Hacía largos meses que trataba a Magda y nunca se había atrevido a confesarle su malestar con los Sánchez Echagüe por miedo a que la tratara de quejosa o, peor aún, de desagradecida; después de todo, ellos le habían dado cobijo en su casa. Recién ahora, que estaban completamente solas, sin testigos, se animaba a confesarse.

–¿Cómo que te lo imaginabas?

–Siempre que podés, venís a casa a verme. Y, si no estoy, te quedás con Nicky.

–¿Te molesta eso? ¿Soy una pesada?

Clarisa tenía miedo de ser tal, sobre todo porque María, la madre de los Sánchez Echagüe, al verla ir todo el tiempo a lo de los MacDonald, le había dicho que era una pesada. ¡Vieja estúpida!

–¿Cómo me va a molestar? Sos un amor de persona: no te olvides de eso. Pero venís tan seguido que terminé por darme cuenta de que no querés estar con ellos mucho tiempo y que, apenas podés, te escapás. ¿Miento?

–Bueno, no es sólo que me escapo. Ellos me obligan a estar fuera de su casa el mayor rato posible.

Clarisa le contó entonces cómo había sido que Pía Sánchez Echagüe se había vuelto, de un día para el otro, en contra de ella y cómo María le había ordenado que permaneciera lo menos posible en la casa para no alterar con su presencia a su hija.

–¿Es porque está embarazada?

–No, esto fue mucho antes. Ella se embarazó en julio. Lo de su enojo conmigo empezó a fines del año pasado. Creo que todo comenzó un día en La Falda.

–Ahí es donde van siempre de vacaciones, ¿no?

–Sí, porque tienen casa. Las chicas Sánchez Echagüe se hicieron muchos amigos en La Falda. Uno de ellos, Gustavito, además, había sido novio de Pía.

–¿Ése es el padre del hijo que está esperando?

–No, el padre es otro. En fin, este Gustavito vino un día con otro amigo en su auto (un Fitito pintado de celeste, donde apenas caben cinco personas, bien apretadas) y nos tocó el timbre. Yo salí con las dos Sánchez Echagüe más chicas, es decir Pía y tu tocaya.

–¿Esto cuándo fue?

–En octubre del año pasado. Decía: salí con las chicas. ¿Qué querían estos pibes? Llevarnos a dar una vuelta. Nos pareció bien. Magda y yo nos acomodamos en la parte de atrás del auto y, cuando estaba por subir Pía, no va que el tal Gustavito aprieta el acelerador y la deja en medio de la calle, toda consternada. Porque ésa es la palabra: consternada. Nosotras le decíamos que pare, pero él no nos hacía caso. Estaba muerto de risa y no le preocupaba que la puerta del fitito estuviera abierta y pudiese llevarse algo por delante. Conclusión: Pía no sólo se enojó con Gustavito, sino también con nosotras dos porque, al quedarnos adentro del auto, éramos cómplices. Cuando volvimos del paseo, fue inútil explicarle que nosotras no teníamos nada que ver, que habíamos subido en el auto nada más que porque esperábamos que ella, que era la amiga de Gustavito, también subiera. Desde entonces no quiere verme ni en figuritas y una gran parte de la familia la apoyó en su momento. Ahora, con lo del embarazo, como les da vergüenza y perdieron autoridad frente a los demás, ya no me están obligando a irme todo el día como antes.

–¿Cómo te mantenías? Para estar afuera, tenés que tener plata. La comida, los viajes.

–Con lo que saco del alquiler de mi departamento. No es mucho, pero me alcanza.

–¿A quién le alquilás el departamento?

–A un Secretario del Poder Judicial amigo de los Sánchez Echagüe. En un principio la plata que cobraba me alcanzaba de sobra. Después se redujo porque arreglé con el Secretario instalar una línea de teléfono a través de ENTEL, que es carísimo, como sabrás. De modo que él paga la línea y, a cambio, le cobro la mitad de lo que vale el alquiler. Con esa plata pago el almuerzo, los estudios de inglés (me dieron media beca), los apuntes y los viajes.

–¿De qué murieron tus padres?

–Mi mamá de cáncer de mamas y mi papá de cáncer de riñón.

¿Cuántas veces le habían hecho la pregunta? La incomodaba responder: le preguntaban de puro chusmas y para hacerla sentir mal. Pero no le pasaba eso ahora, porque no había mala intención en Magda. Además, en los meses que llevaban siendo amigas, no le había hecho la bendita pregunta, la había aceptado sin más, sin pasado, como si hubieran sido amigas desde siempre.

–Eso, ¿cuándo fue?

–Mi mamá, cuando tenía ocho años; mi papá, a los dieciséis.

–¿Los extrañás?

Esa pregunta no se la habían hecho, sin embargo tenía muy clara la respuesta.

–A mi mamá, sí; a mi papá, no.

–¿Por?

–Me pegaba con el cinturón.

Magda se levantó de la silla, fue hasta donde estaba sentada Clarisa y la abrazó largamente. Le dio un beso en la mejilla y, luego, se acercó al fuego donde hervían las papas. Con el tenedor pinchó una.

–Todavía les falta.

Magda se sentó y dijo:

–Hay algo que no entiendo. Tu papá murió cuando vos tenías dieciséis años y ahora tenés dieciocho. Hace poco más de un año que estás en lo de los Sánchez Echagüe. ¿Dónde estuviste el otro medio año?

–En la casa de una señora.

Clarisa no sabía bien por qué, cada vez que hablaba de la gorda Susana, la llamaba señora. Tal vez fuera una manera de distanciarse sentimentalmente, como decir “Una fulana de tal; realmente no tiene la menor importancia quién era”. Sabía que estaba faltando a la verdad.

–¿Por qué te quedaste tan poco tiempo en su casa?

–Resultó muy difícil de tratar. La relación entre nosotras fue empeorando día a día hasta que, una vez, me pegó una trompada en el ojo. Como tenía puesto un anillo, me dejó la marca. ¿Ves?

–Sí, veo. ¿Por qué te pegó?

–No sé; estaba loca.

Clarisa se guardó muy bien de contar que, en un acceso de ira, había tirado una biblioteca llena de libros al piso; su propia biblioteca. Esto había desencadenado la brutalidad de la gorda Susana.

–¿Ahí fue que te fuiste a lo de los Sánchez Echagüe?

–Claro, ellos me recibieron, si no con los brazos abiertos, a medio abrir. Eso tengo que reconocérselo. Son buenas personas, pero hay un problema ahí con Pía, que hace y deshace como se le da la gana. Y justo se la viene a agarrar conmigo. ¿Sabés qué hizo esa vez que pasó lo que te conté de Gustavito? Cuando volvimos a Buenos Aires, se armó una mochila con sus cosas, se paró en medio de la sala y empezó a gritar que si yo no me iba, sería ella la que se mandaría a mudar y no la verían nunca más. La madre la calmó como pudo y logró que abandonara esa idea traída de los pelos. Entonces negociaron. Yo seguiría viviendo en la casa, pero pasaría afuera la mayor parte del día. Así que sólo desayuno, ceno y duermo allí, mientras que el resto del tiempo lo paso en la calle. El primer cuatrimestre fue muy duro, porque iba de un lado a otro, según el lugar donde me tocaba tomar clases o trabajar. Así es que me quedaba en la biblioteca de Ciudad Universitaria estudiando, después de almorzar en el lugar más barato de la Facultad, donde, de parada, me comía una hamburguesa sin queso, ni lechuga, ni tomate ni nada porque no me alcanzaba la plata para más. Eso era dos veces por semana; los días en que me tomaba el 37 para ir a Ciudad a cursar Matemáticas. Otros dos días iba a la sede de Paseo Colón a cursar Pensamiento Científico y, otros dos días, en la misma sede y antes de inglés, cursaba Química. Esos días no tomaba colectivo, sino que hacía a pie las treinta cuadras que separan lo de los Sánchez Echagüe de la sede; tampoco almorzaba, sino que me guardaba la plata para poder viajar desde Paseo Colón hasta la Asociación Argentina de Cultura Inglesa.

–Menos mal que no te echaron.

–La madre de las chicas era mi tutora legal y no me podía dejar en la calle porque la Justicia se lo iba a demandar. Pero ahora que estoy emancipada y que Pía está esperando un hijo, María me pidió que me fuera a vivir a mi departamento porque ya somos demasiados en la casa.

–¿Cuándo te vas a ir?

–En marzo del año que viene. Ya arreglé con una amiga para que vivamos juntas y compartamos los gastos. El tema es que yo no consigo un trabajo más o menos adecuado. Todos son de promotora y ganás muy poca plata con eso.

–Yo le puedo pedir a mi papá que te consiga un trabajo. Siendo periodista, tiene muchos contactos. Cuando venga papá el sábado, le decimos. Seguro que no se va a negar. Pero decime: ¿quién es el padre del hijo que está esperando Pía?

–La verdad, lo vi una sola vez. Es de estatura mediana, pelo castaño claro, muy finito, con flequillo al costado, y ojos marrones, grandes, pestañudo. No sé cómo se llama. Lo que sí sé es que se acostó sólo una vez con él y quedó embarazada.

–¡Qué mala suerte! ¡Me da pena Pía: arruinarse así la mejor etapa de la vida! ¿No?

Clarisa asintió, pero en el fondo su sentir era muy distinto. Cuando se enteró por María lo del embarazo, no pudo evitar esbozar una sonrisa de satisfacción. Por fin Pía pagaba bien caro todas las que le había hecho. Sabía que el hijo que estaba esperando no era bienvenido y que aquella no tenía instinto de madre. Ahora estaba atada a un destino de dar biberones y cambiar pañales mientras que Clarisa era libre de toda libertad. Se regodeaba en este pensamiento que sólo permanecía en su interior y que ni loca confesaría porque de la boca para afuera le daba vergüenza que supieran lo que pensaba.

Magda encendió el horno. Puso los bifes en una asadera y los metió dentro. Las papas ya estaban blandas, así que apagó el fuego. Cuando los bifes ya sangraban profusamente, los dio vuelta en la asadera y los devolvió al horno. Recién entonces coló las papas y las volvió a poner en la olla. De la heladera sacó manteca y de una de las alacenas leche larga vida y las volcó sobre las papas. Con la ayuda de un tenedor pisó todo y les agregó sal de un salero que había sobre la mesa.

–Creo que los bifes ya están –señaló Clarisa–. ¿Querés que los saque?

–Dale. Tomá la agarradera

Clarisa sacó los bifes del horno. Estaban jugosos.

–¿Te gustan así? –le preguntó a su amiga.

–Sí, si no van a quedar como una chancleta.

Clarisa apagó el horno. De otra alacena, Magda sacó platos y vasos y, de la heladera, una botella de Coca sin abrir que prometía estar bien helada.

–Vamos a comer mirándola tele, ¿dale? –sugirió Magda.

Las dos fueron a la habitación de Tito y se sentaron en la cama matrimonial con los platos de comida en el regazo; en el piso pusieron dos vasos llenos de Coca. Magda encendió la tele con el control remoto. Las imágenes en colores eran muy nítidas. Era, sin dudas, la mejor tele que Clarisa había visto. Comieron mirando un programa de No toca botón.

–Me da impresión cómo murió el Negro Olmedo –dijo Clarisa en el corte.

–Mi papá lo conocía. Le hizo varias entrevistas.

–Por su trabajo de periodista, tu papá debe de conocer mucha gente.

–Sí. Empiezan como entrevistador y entrevistado, pero enseguida se hacen amigos.

–Mi papá, trabajando en el Canal, también conocía gente famosa. Se había hecho muy amigo de Pablo Alarcón.

Magda no le contestó; justo en ese momento terminaba la tanda.

Habiendo cenado, llevaron los platos, los vasos y los cubiertos a la cocina. Clarisa se ofreció a lavarlos.

–Tengo mucho sueño –dijo Magda, interrumpiendo un gran bostezo–. Me re cansé. Vamos a dormir así mañana nos despertamos temprano y aprovechamos el sol de las primeras horas, que no es dañino.

–Vamos.

Las dos se acostaron en la cama cucheta de la habitación que Magda compartía con su hermana: Clarisa abajo, Magda arriba. Apenas estuvo en posición horizontal, a Clarisa le empezaron a doler las piernas; fuerte, muy intenso era el dolor. Se lo comunicó a su amiga.

–No te preocupes. Seguramente es por caminar mucho. Te hace falta descansar. Mañana te vas a despertar sin dolor: creéme. ¡A dormir!

–¡A dormir!

Clarisa cerró los ojos para intentar conciliar el sueño, pero el dolor no la dejaba. ¿Y si era un problema circulatorio, nomás? ¿Y si era el preanuncio de un infarto o cualquier cosa relacionada con los males del corazón? ¿Y si no despertaba al otro día y era ésta su última noche? Estos pensamientos inquietos la desvelaron aún más. Abrió los ojos. De la ventana sin cortinas provenía la luz de la luna. Arriba, Magda roncaba suavemente, en susurros. Clarisa se levantó de la cama y se acercó a la ventana. Miró al cielo. La luna llena, que habían festejado tantos poetas, brillaba límpida y el cielo estaba estrellado, sin una sola nube. Buscó las Tres Marías; no le fue difícil encontrarlas enseguida: brillaban con una luz más intensa que las demás estrellas. El dolor le hacía sentir pesadas las piernas. “Tengo que pensar en cualquier otra cosa”, se dijo. Como los tenía cerca, pensó en los MacDonald. ¡Qué personajes eran todos! Tenían, por ejemplo, la costumbre de comer separados, cada uno por su lado, en su habitación, o mirando tele en la sala, o en la cocina, o en donde mejor fuere. Los Sánchez Echagüe, que cenaban todos juntos, arrimados a la misma mesa, a la misma hora –las 9 de la noche– los criticaban por esta costumbre. Decían que no eran sanos. Clarisa, por su parte, no sabía si era sano o no comer cada uno en distintas habitaciones, pero sí estaba segura de que comer compartiendo la misma mesa no garantizaba la sanidad. Cualquier error de cualquier comensal se multiplicaba por mil al no poder evitar el mirarse a las caras. Como aquella vez en que ella, el día en que le había tocado cocinar un guiso, se había pasado con la pimienta y todos habían protestado, menos el padre de la casa, a quien le encantaban las comidas picantes. La protesta duró toda la cena y a Clarisa, de los nervios, terminó por caerle mal la comida. ¿O había sido el picante, que dejaba un estómago de fuego?

Volvió a acostarse y decidió ignorar el dolor hasta que, quién sabe cuándo, se quedó completamente dormida.

***

Al día siguiente, tal como lo había previsto Magda, el dolor de piernas había desparecido. Clarisa se incorporó y se vistió. Desde la habitación podía oír a su amiga yendo y viniendo en la cocina. Una vez vestida, se apresuró para ayudar a Magda, pero, cuando llegó a la cocina, ya estaba todo hecho: la mesa de madera servida con dos cafés con leche, galletitas, manteca y mermelada de frutilla.

–¿Por qué no me despertaste, así te ayudaba –reclamó.

–Quería darte la sorpresa del desayuno servido.

–Me malcriás.

Magda rio.

–¿Cómo están tus piernas.

–¡Excelentes! Tenías razón. Necesitaba descansar. Igual, no te voy a mentir: pensé que era algo circulatorio y que me quedaría frita durante la noche.

–Dejáte de macanas y desayunemos.

Eran las nueve de la mañana. Cuando terminaron el desayuno, Magda propuso ir al muelle con unas reposeras a tomar sol.

–¡Bárbaro! Lo único, que no traje bronceador –se lamentó Clarisa, ocultando que, en realidad, no tenía la plata para comprar uno.

–¿Bronceador? No. Se usa protector solar –la reprendió Magda–. Imagináte: yo, con mi piel lechosa y llena de pecas me iba a freír con un bronceador todo aceitoso al sol. Con el protector, te bronceás parejito y estás a salvo de quemaduras.

Hasta ese momento, Clarisa no sabía de la existencia de los protectores solares, así que resultó toda una revelación. Magda le explicó que eran más caros que los bronceadores, pero más convenientes por las ventajas que le había nombrado.

Se pusieron las mallas y llevaron las reposeras al muelle. Una vez allí instaladas, procedieron a untarse en la piel una capa de protector solar blanco y cremoso.

Estuvieron hasta las once tomando sol; no más porque Magda dijo que empezaba la hora del sol dañino.

–Recién a las cuatro de la tarde podemos volver.

–¿Qué te parece que hagamos? ¿Querés ver qué hay en la tele?

–¿La tele a esta hora? Están esos programas deprimentes de la mañana. Dejáme pensar … Podemos visitar a don Próspero. Es un amigo de la familia. Vive en la isla. Casi no sale de su casa. Los del súper le llevan los víveres. Es un viejito muy especial.

“¡Viejito especial!”, exclamó Clarisa para sus adentros. Si los programas de la mañana eran deprimentes, ¿cómo serían unas horas con un viejo huraño? Alguien que no salía de su hogar prometía ser un completo bajón”. No transmitió sus pensamientos a Magda, sino que se limitó a llevar la reposera a la galería en silencio.

***

Se vistieron y salieron rumbo a la casa del viejo. Para ir, a pesar de que la casa en cuestión estaba enfrente de la de Magda, separada ambas por el río, había que cruzar por un puente, que quedaba a dos cuadras de donde estaban. Luego harían dos cuadras más hasta la casa de don Próspero. A Clarisa le daban miedo los puentes; pensaba que se podían caer. Y más si eran pequeños y poco transitados, porque estaban descuidados; en cambio, los grandes y largos, dentro de todo, tenían la garantía de que autos, micros y grandes camiones los cruzaban todo el tiempo y el puente no se venía abajo. Este pensamiento, igual, no la ayudaba del todo. Cuando estaba adentro de la camioneta Ford de los Sánchez Echagüe y cruzaban un puente, Clarisa se tensionaba toda y transmitía esta tensión a la musculatura, de modo que terminaba con un dolor punzante en las cervicales.

Finalmente, cuando llegaron al puente, pudo ver que tenía mejor pinta de la que se había imaginado. Era de madera y se veía, porque la pintura blanca que lo cubría no estaba descascarada, que había sido construido recientemente; o, al menos, pintado hacía poco, lo cual denotaba una preocupación de los vecinos por los objetos que formaban parte del acervo de la comunidad.

–No te asustes, Clari. El puente tiene apenas un año de antigüedad. No nos vamos a caer –le informó Magda.

¿Cómo sabía ella de su miedo a los puentes? Tal vez se lo había confesado alguna vez que ahora no recordaba. Se armó de valor y subió uno a uno los peldaños que llevaban a los tablones del puente de madera. Magda caminaba a su lado, apoyándola moralmente. Clarisa pensó en cualquier cosa que la distrajera de ese momento: un jardín con las flores abiertas y que olía a jazmines. Nada mejor que su aroma para transportarla a un mundo de pura felicidad.

Por fin cruzaron el puente, doblaron a la derecha y se dirigieron hacia lo de don Próspero. Cuando llegaron a la casa del vecino, Clarisa notó que no tenía ni galería ni muelle y era bastante fea porque había hongos en las paredes. Magda golpeó la puerta insistentemente.

–No está bien de un oído –explicó–. Y del otro, apenas oye.

Volvió a golpear. De adentro provino una voz estentórea:

–Ya va.

Abrieron la puerta y del otro lado del umbral apareció un hombre corpulento, de ojos azules y acuosos, y con la cabeza completamente encanecida. Tenía la piel muy roja y la nariz hinchada y venosa como la de un borracho.

–¡Magda MacDonald! ¡Qué sorpresa!

–Hola, don Próspero.

–Y viniste con una amiga, por lo que veo.

El viejo, que no lo era tanto, olía a alcohol. A Clarisa se le ocurrió que posiblemente habría desayunado vino.

–Pasen No se queden ahí esperando a que las invite. Mi casa es vuestra casa.

El interior del hogar era muy luminoso y más aún porque a esa hora el sol daba de lleno. El viejo las condujo a una sala decorada en su totalidad con elementos marinos. De una de las paredes, colgaban timones de distintos tamaños. En otra, un ancla enorme amenazaba con caerse y hacer un agujero en el piso. En la tercera pared, había sogas de marinero atadas con diversos nudos. En la cuarta pared, estaba el ventanal que daba al río y que tenía como vista, entre otras cosas, la casa de Magda. El piso era de cerámicos estampados con dibujos de ostras de forma variada. Don Próspero les señaló los sillones y las invitó a sentarse, mientras él depositaba su cuerpo en una silla.

–¿A qué debo el honor de la visita?

–Estábamos aburridas –dijo Magda con sinceridad.

–¿Qué? –el viejo sordo se ponía ahora las manos detrás de una de sus orejas para indicar que no había escuchado bien.

–Que nos aburríamos –dijo Magda, casi gritando.

–¡Y con razón! Acá no hay mucho para hacer, salvo descansar. Si tenés una lancha, es mejor, así podés recorrer las islas.

–Papá va a comprar una, pero no sé si nos va a dejar manejarla –Magda mantenía el mismo volumen alto de voz, y así mientras duró la visita.

–Ustedes ya están en edad. Yo, a los trece, ya salía a andar solo en lancha. Me iba hasta el Paraná de las Palmas, lo recorría de punta a punta y después volvía. ¡Qué bien la pasaba en esos días de juventud! Yo, mi perro Tuca y una cerveza fría. No me hacía falta más.

Miraba hacia ningún lugar, como recordando, la vista fija en el pasado.

–¿Quieren una granadina?

Magda y Clarisa se consultaron con la vista.

–¿Tiene alcohol? –quiso saber Magda.

–No. Es como un jarabe que se diluye en agua y hielo. ¿Quieren?

Las dos amigas aceptaron. Don Próspero se levantó de la silla y se dirigió a una mesita de junto al ventanal que estaba llena de botellas con bebidas de todos los colores; unas llenas, otras a medio vaciar. La de whisky no tenía nada. En un santiamén preparó el trago y se lo alcanzó a las chicas que esperaban en los sillones. Lo probaron.

–¿Les gusta?

–Es muy rico –dijo Clarisa, que se tragó la bebida velozmente. El calor del mediodía le había despertado una sed infinita. Pidió otro trago. Don Próspero volvió a su mesita con el vaso de Clarisa en la mano y volvió a preparar su brebaje. Se lo dio a la chica y volvió a sentarse.

–¿Y bien? Se termina el año. ¿Qué piensan hacer el que viene? ¿Trabajar o estudiar? ¿O las dos cosas?

Magda se encogió de hombros. Al ver el mutismo de su amiga, Clarisa habló.

–Yo quiero las dos cosas. Trabajar para mantenerme y estudiar para poder avanzar en la vida.

–Me parece muy bien.

–Pero no me fue muy bien este año, ni con el trabajo ni con el estudio.

–Decime una cosa: ¿te levantabas temprano? Ya sabés que al que madruga …

–Muy temprano. Lo primero que hacía, además de desayunar, era leer los avisos clasificados. Siempre lo mismo. Salvo de promotora, no había nada para mí. Querían gente joven, sí, pero con experiencia. ¿De dónde iba a sacar yo la experiencia si nunca había trabajado? En fin, el primer día, resignada, me presenté en una oficina del Microcentro donde promocionaban perfumes. Ahí fui bien recibida. Me dieron unas muestras de una fragancia que, según ellos, estaba de moda ese otoño y que tenía que entregar a las personas en su domicilio únicamente. Al que le gustara el perfume, se le tomaban los datos para que, unos días después, recibiera el producto a cambio de unos cuantos australes. Debía hacer la recorrida por el barrio de Belgrano ese mismo día, de ser posible. Yo era muy optimista. ¿Qué mujer no cedería a la tentación de oler espléndidamente después del baño? Me equivocaba. Había obstáculos que no había tenido en cuenta. La gente era esquiva a la hora de abrir la puerta de su casa a una completa extraña y los que lo hacían no estaban interesados en una nueva fragancia; tenían la suya, elegida, tal vez, por un anuncio publicitario.

Don Próspero sacó una cajetilla de cigarrillos y un encendedor del bolsillo de su camisa. De la cajetilla extrajo un cigarrillo y lo encendió; enseguida devolvió la cajetilla y el encendedor al bolsillo.

–¿Saben lo que les vendría bien hacer para su futuro? Ni se lo imaginan.

Efectivamente, no se lo imaginaban.

–Estudiar japonés, sí señor ... No me miren así como si les estuviera hablando de tirarse en paracaídas sin uno puesto. Los japoneses van a dominar el mundo.

Don Próspero fumaba pesadamente, tomándose su tiempo para exhalar el humo.

–Yo creí que los chinos iban a ser los dueños del mundo –dijo Clarisa.

–¿Los chinos? ¿De dónde sacaste eso?

–Me lo dijo una viejita a la que le toqué la puerta para venderle perfumes.

–¿Cómo fue eso? Contános que está interesante –dijo Magda.

–La mujer era muy mayor. Tendría unos noventa y pico de años y muchas ganas de hablar con alguien. Yo, esperanzada ante la posibilidad de poder dejarle a alguien la bendita muestra de perfume, la escuché muy atentamente. Hablaba de lo difícil que resultaba vender algo hoy en día. “La plata no alcanza para nada”, decía, “Además está la amenaza china”. “¿La amenaza china?”, le pregunté; había despertado mi curiosidad. “Sí”, replicó ella, “¿No ves que estamos rodeados de chinos? Dentro de muy poco, el mundo será suyo”. A mí me parecía extraño lo que decía porque yo a los chinos los veo nada más que en los supermercados. Se lo dije. Ella me respondió: “Por algo se empieza. Vas a ver que lo que digo es cierto: los chinos van a dominar el mundo”.

–¿Y te dijo por qué? –quiso saber don Próspero.

–Dio unas cuantas razones, pero, la verdad, me entraron por un oído y me salieron por el otro. En lo único en que pensaba era en venderle el bendito perfume. Busqué la oportunidad de cambiar de tema en algún alto que hiciera la mujer. No hubo caso; la viejita hablaba sin pausas. Cuando ella se dignó a terminar con el monólogo, yo, que estaba al acecho como un león que va a atacar a una gacela, le ofrecí la muestra. La mujer se negó y no encontré forma de convencerla. Las dos terminamos por despedirnos cortésmente.

Don Próspero apagó su cigarrillo en un cenicero que había en la mesa ratona alrededor de la cual se hallaban sentados y dijo: –Los chinos también, entonces. Me corrijo: hay que estudiar japonés y chino. Te convertís en intérprete, participás de las negociaciones y te llenás de plata. ¿Qué les parece?

–No soy buena para los idiomas. Sólo el inglés porque mi mamá me lo habla desde chiquita –dijo Magda.

–Yo ya estoy estudiando un idioma. Precisamente inglés. ¿No es suficiente con eso? –quiso saber Clarisa.

–No, hay que volcarse hacia lo oriental que es lo que se viene. ¿No ven, acaso, que en los deportes hay cada vez más disciplinas relacionadas con nuestros amigos del Este? Fíjense en el Tai Chi Chuán, si no –señaló don Próspero y largó un enorme bostezo; los párpados se le caían.

–¿Tiene sueño? –preguntó Magda–. Si quiere, nos vamos. A lo mejor estaba durmiendo y lo despertamos.

–Nada de eso. Estoy despierto desde las cinco de la mañana. Los viejos como yo no dormimos mucho. Como les iba diciendo… –Don Próspero levantó un dedo admonitorio, volvió a bostezar, cerró los ojos y se dejó caer al piso donde quedó todo despatarrado.

Las chicas se asustaron, se levantaron de sus asientos, preguntándose qué hacer. Magda venció el temor, se acercó al viejo y lo cacheteó.

–¡Don Próspero!

–¿Se murió? –preguntó Clarisa.

–Esperemos que no, porque creo que en ese caso habría que llamar a prefectura y nosotras seríamos los testigos y nos pasaríamos todo el día declarando. En fin: se nos arruinaría el descanso. ¡Don Próspero!

El viejo no respondió. En cambio, largó un ronquido que hizo temblar toda la sala y los objetos que había en ella. Magda se incorporó y le dijo a Clarisa:

–¡Vamos!

–¿Y don Próspero?

–Está bien. Tomó mucho, eso es todo.

***

Las adolescentes dejaron atrás la casa del viejo y regresaron a lo de Magda. Comieron más carne con puré y después se tiraron a dormir la siesta. Cuando se levantaron, a eso de las cuatro, se fueron al muelle a tomar sol. Clarisa aprovechó la ocasión para seguir quejándose de los Sánchez Echagüe. Magda la escuchaba silenciosamente y nunca la interrumpió; lo único que le dijo fue que se fuera a vivir a su departamento lo antes posible. Clarisa temió estar cansando a su amiga con la perorata, así que decidió no hablarle más de un tema que hacía rato que estaba agotado.

–¿Qué tal si hacemos la ensalada de frutas? –sugirió.

–¡Tenés razón! Nos olvidamos completamente de las frutas. Vamos ya mismo.

Dejaron las reposeras en la galería y fueron a la cocina. Magda separó cuatro ciruelas, dos manzanas de las más grandes, dos duraznos también grandecitos, y cuatro naranjas, dos para la ensalada y las otras dos para el jugo. Con dos cuchillos tramontina, dos tablas de picar y un bowl las dos amigas se dispusieron a transformar la fruta en ensalada.

–Primero hay que lavar todo –indicó Magda, mientras se llevaba la fruta a la pileta; les tiró un chorro de detergente encima, abrió la canilla, y con una mano agitó bien el agua jabonosa hasta formar mucha espuma, tanta que empezó a desbordar la pileta.

Clarisa vio, entonces, su oportunidad de divertirse. Corrió hasta la pileta, agarró con ambas manos el sobrante de espuma y lo echó sobre la cabeza colorada de su amiga mientras largaba una risotada.

–¿Qué hacés? ¿Sos loca? –protestó Magda; parecía enojada, pero enseguida se dejó llevar: tomó ella también una buena cantidad de espuma y se la puso en los hombros a Clarisa.

La espuma se deslizó por su piel y le provocó un escalofrío.

–¡Ahora vas a ver! –exclamó.

Se lanzó sobre la pileta y juntó con sus brazos toda la espuma que pudo. Mientras, Magda huía hacia el jardín. Clarisa fue tras ella. Magda atravesó el jardín y llegó hasta el muelle, gritando como una descosida. Clarisa no cesó en su persecución, con la espuma todavía viva en sus brazos; arrinconó a su amiga y se la vertió en la espalda. En ese momento pasaba una lancha ocupada por cinco chicos que tendrían más o menos la misma edad que Magda y Clarisa, cuyas carcajadas chocaban contra las paredes de las casas.

–¡Tortilleras! –les gritó uno de los de la lancha.

Entonces se acabaron las risas. Las dos amigas se miraron para comprobar que se habían puesto rojas como tomates o como las frutillas que no habían comprado. Magda, que, en un principio, estaba de espaldas al río, se dio vuelta para gritarles a los de la lancha, pero ellos no la escucharon porque se habían alejado unos cincuenta metros.

–¡Putos! –volvió a gritar, pero era inútil, no la oían.

–¡Vamos a hacer la ensalada! –ordenó y emprendió el regreso a la casa.

Terminaron de lavar la fruta, la pelaron y la cortaron en cubitos. Sus manos se llenaron de jugo y de pulpa de las naranjas, los duraznos y las ciruelas. Volcaron todo en el bowl y lo llevaron a la heladera.

–Voy a dormir otra siestita. Estoy muy cansada –dijo Magda.

Clarisa no la acompañó; no tenía sueño. En cambio se sentó en una de las sillas de la galería y desde allí contempló el río. Nadie pasaba. Era un lugar muy solitario aquel en el cual estaban. De las casas vecinas no venía ni una voz. La lancha con los cinco pibes había sido una excepción, porque no atravesaba el río ni siquiera un mísero bote. Clarisa comprobaba que ya se estaba aburriendo. ¿Qué iban a hacer hasta el domingo? No había ninguna diversión. Si tan solo fueran a recorrer la isla o, si no, al súper a comprar algo. Pero Magda no parecía muy predispuesta ni para uno ni para lo otro. Además, se veía que el dinero que había traído ya había sido gastado en su mayoría para comprar víveres. “Nada de gastos extra”, diría. Conociendo estos obstáculos, sin embargo, Clarisa decidió que cuando Magda despertara, bien valía la pena pedirle que la llevara a conocer la isla, aunque más no fuera una parte. Después de todo, ella era su invitada y en algo debía complacerla, por más pachorra que le diera. En estos pensamientos estaba cuando se quedó dormida. Tuvo un sueño extraño, como lo son los sueños en casa ajena. Había llegado la época del Carnaval y Magda y ella jugaban con espuma en pomo en un corso de la Avenida 9 de Julio. Era de noche. En ese momento, Clarisa pensó que estaba soñando, que el sueño era una prolongación de la realidad, del juego con espuma que había jugado con su amiga. Pero en el sueño Magda tenía el pelo azul y brillaba bajo la luz de la luna llena. Se veía hermosa así y Clarisa no pudo resistir la tentación de darle un beso. Podía sentir la lengua de su amiga, suave como la seda, que se movía hacia uno y otro lado de su boca. En el sueño, también, se escuchaba un coro de pibes gritando “¡tortilleras!”. Eso provocó que Magda dejara de besar a Clarisa y empezara a gritar unas palabras ininteligibles.

Cuando despertó, Magda estaba parada a su lado y la miraba fijo. Tenía su pelo rojo revuelto por salir recién de la cama.

–Vamos a comprar al súper. Me quedé sin manteca para el puré.

De modo que comerían puré de nuevo. Puré con carne. Clarisa pensó en sugerirle a su amiga que bien podrían hacer papas al horno o fritas pero calló. El ir a comprar la manteca significaba ponerse en movimiento, cosa que ansiaba entonces más que nada. Observó a su amiga cómo se arreglaba el pelo con las manos. Estaba impactada por las imágenes del sueño erótico que había tenido con Magda. Permaneció callada, mientras las dos caminaban rumbo al súper.

El camino resultaba bien diferente de día. Había muchas flores –margaritas, sobre todo, y algunas hortensias– que crecían a la orilla del río. Infinidad de mariposas de distintos colores, tamaños y formas volaban por entre las flores. Si no hubieran ido con tanta prisa, habría sido sencillo atrapar una para contemplarla con más detenimiento. Bordearon el río por espacio de dos cuadras y llegaron al súper. Salvo el dueño, que leía el diario sentado en una butaca junto al mostrador, no había un alma dentro.

–Hola, Magda.

–Hola, Sergio. Anoche no te vi.

–Anoche … anoche … Sí, estaba acomodando unas botellas en el depósito. Debes de haber venido cuando estaba allí.

–Debe de ser.

Clarisa pudo ver que el diario que leía Sergio era del domingo anterior. Sobre el mostrador, había una pila de revistas también viejas que estaban a la venta. En esa isla en la que no pasaba nada una revista, por más vieja que fuera, valía oro. Clarisa se lamentaba de no haberse traído un libro. Por otra parte, no tenía plata como para comprarse una de las revistas. Tal vez habría alguna en la casa. Una vez de vuelta, Clarisa preguntó por la revisa.

–¿Te estás aburriendo mucho? Acá no hay nada para hacer, salvo descansar.

–No, no estoy aburrida –mintió Clarisa–. Sólo quería una revista para antes de dormir, porque me cuesta conciliar el sueño.

–Voy a revisar la habitación de papá, pero en casa no somos de leer revistas. Tal vez te encuentre algún libro.

Magda fue a lo de sus padres. Al rato volvió con un libro en las manos.

–Es lo único que encontré. Tomá.

Viento del este, viento del oeste. Me suena. Creo que lo leí cuando fui a Punta del Este a casa de mi tía. No importa. Igual no me acuerdo nada del libro. Me viene bien. Gracias.

–De nada. ¿Vamos a tomar lo que queda de sol?

–¿Qué tal si vamos a dar un paseo por la isla?

–¿Por la isla? No hay nada que ver. Solamente el río y las casas; algún que otro bote; suerte si nos encontramos con algún perro o un gato. Además, prometí a papá que no nos alejaríamos de la casa, nada más para ir al súper.

–Dale, ¡vamos! No se va a enterar.

No importó cuánto insistió Clarisa, no hubo modo de convencer a Magda. Llevaron de nuevo las reposeras al muelle y tomaron sol en traje de baño. Magda habló de las ganas que tenía de irse a vivir a Irlanda, donde sus padres tenían familia.

–¿Cuándo te irías? ¿O es sólo un deseo?

–Por ahora sólo es un plan, pero, de irme, lo haría el otro año.

–¿A qué parte?

–A Belfast. Ahí puedo conseguir trabajo y estudiar de diseñadora de interiores.

–No sabía que te gustaba esa carrera.

–¡Me encanta! No hay nada mejor, para mí, que pensar en los espacios donde se va a meter la gente. Dónde se van a sentar, dónde se van a acostar, por dónde se van a mover. Hacer más sencilla y más confortable la vida de las personas es mi sueño. Desde chica que me gusta ver a la gente en las habitaciones de su casa o, cuando voy a la oficina de papá, ver a los empleados en sus cubículos. Se me ocurren un montón de cosas acerca de cómo mejorar sus vidas. Más color aquí, más espacio allá.

–¡Qué bueno que la tengas tan clara! Yo este año anduve a los tumbos con el estudio. No sé por qué se me ocurrió esa locura de ser una gran científica.

–Eso: ¿por qué se te ocurrió?

–Cuando terminé el secundario el año pasado decidí estudiar Física en la UBA nada más porque quería, en el tercer año de mis estudios, pasarme al Balseiro, en Bariloche, y formar parte de la comunidad científica. Además, viviría rodeada de lagos y de montañas. A todo el mundo le pareció extraña esta decisión porque mi fuerte son las Letras y no las Ciencias. Igual, los Sánchez Echagüe me apoyaron. Eso sí: debía trabajar.

”El primer cuatrimestre fue prácticamente un fracaso. En Matemáticas me aplazaron en los dos parciales; en Química la iba de mediocre, con un 5 en ambas pruebas. Solamente sacaba notas altas en Pensamiento Científico. Con eso no alcanzaba para llegar a la meta, porque para ir al Balseiro hay que tener notas muy altas en todas las materias. En fin, llegado julio, entendí que soy un desastre para las ciencias y que, finalmente, no iría al Balseiro. Se lo comuniqué a los Sánchez Echagüe y María me sugirió que hiciera algo artístico en el segundo cuatrimestre, mientras decidía qué diablos iba a estudiar. Eso sí: tenía que trabajar. Ahí fue que me anoté en un curso gratuito de fotografía en el Teatro San Martín y me fui a La Casa de la Juventud, en los bosques de Palermo, a aprender música y dibujo.

–¿Y eso te hizo bien?

–Mi corazón se ensanchó y mis pulmones exhalaron alivio. En Inglés me iba estupendamente. Con lo del trabajo seguía de mala en mala, promocionando productos cada vez menos vendibles y cambiando cada quince días de firma. Hasta que el mes pasado me harté y decidí mantenerme sólo con lo del departamento.

–María tiene razón. Vos estás más del lado de lo artístico.

–De chiquita quería ser escritora. Leía Ray Bradbury y quería escribir como él.

–¿Ray Bradbury el de Crónicas Marcianas?

–Sí.

–Lo leí. Una amiga me prestó el libro.

–¿Te gustó?

–Bastante. Yo pensaba que era de ciencia ficción dura, pero no: tiene su propio estilo.

–Sí, tiene su propio estilo. La ciencia ficción está de telón de fondo.

–No nos vayamos de tema. Acá estamos hablando de tus planes para el futuro. ¿Qué tal si te hacés escritora?

–Primero tendría que encontrar un buen trabajo que me permitiera dedicarle algunas horas a la escritura. Además, no sé sobre qué escribir.

–¿Qué te gusta?

–¿Qué me gusta?

–Sí. ¿Qué lees, además de Bradbury?

–De todo, pero lo que más me copa son las novelas policiales.

–¿Ágatha Christie?

–Me encanta.

–Bueno, por ahí podés escribir policiales. No creo que hayan pasado de moda.

–Yo tampoco.

Magda se incorporó.

–Se está yendo el sol. Deberíamos entrar y tomar el té.

Merendaron en la galería, donde había una mesita de madera, en la cual habían depositado dos tazas de té y un plato lleno de galletitas untadas con manteca. No comieron, devoraron. El aire del río les despertaba un hambre atroz.

***

Anochecía. La luz de la luna llena iluminaba la isla. Sentadas en la galería, Clarisa y Magda contemplaban el cielo. Pronto se podrían vislumbrar las primeras estrellas, las más luminosas. Clarisa recordó otra noche en el Tigre: aquella vez que, con sus padres, fue al Tropezón, en el Paraná de las Palmas, el hotel en una de cuyas habitaciones se descerrajó un tiro Leopoldo Lugones. Era, como ahora, el momento previo a la cena. Clarisa miró el cielo y se quedó muda de la cantidad de estrellas que atiborraban la bóveda celeste. Su padre la llevaba de la mano hacia el comedor, pero Clarisa sólo quería observar las estrellas, que no eran perceptibles en la ciudad iluminada por todas partes. Se empacó. Con sus escasos cuatro años pudo resistir la fuerza de la mano que la arrastraba hacia el hotel, hasta que su papá cedió.

–¿Qué te pasa, Clari, que no caminás? ¿Te duele algo? –le preguntó su padre preocupado.

–Quiero ver las estrellas.

–¿Las estrellas?

–Sí, acá hay muchas. En casa hay poquitas.

Su padre se dejó caer en el césped y la sentó a Clarisa a su lado. Los dos miraron el cielo. El padre le empezó a mostrar a su hija las constelaciones que conocía, que no eran pocas. Clarisa ahora no las recordaba, no se las podía decir a Magda y quedar como una sabionda, así que solamente habló del Cinturón de Orión, que, en este hemisferio, se conoce como las Tres Marías.

Prepararon la cena y comieron en la galería. Era una noche de verano espléndida. Hacía calor, sí, pero una suave brisa impedía que uno se sofocara. Después, se fueron a la habitación de Tito y miraron un programa de entretenimientos en la tele, hasta que las dos se quedaron dormidas. A eso de las tres, Magda despertó a Clarisa.

–Nos dormimos. Vamos a nuestras camas.

A Clarisa le costó volver a dormirse. Habrá estado como una hora con los ojos abiertos hasta que, por fin, la venció el sueño.

***

Al día siguiente, la despertaron unas voces masculinas que venían de afuera. Era Tito acompañado por uno de los hijos. Magda, que ya se había levantado y vestido, le dijo a Clarisa:

–¡Buenos días! Vinieron papá y Matty.

–¿Qué hora es? –preguntó Clarisa mientras se incorporaba.

–Las nueve. ¡Vamos! Vestíte así desayunamos.

Clarisa se vistió y las dos salieron a saludar. Tito y Matty tomaban sol en el muelle. Clarisa pensó que sería una costumbre de la familia tomar sol en el muelle y no en el jardín. Aunque era comprensible: del río venía un vientito que templaba el calor insoportable que hacía debajo del sol.

–¡Hola, chicas! ¡Hola, mi Fideos con Tuco!

–¡Papá! –protestó Magda y acompañó la protesta con una suave bofetada en la mejilla de su padre.

–¿Sabés, Clarisa? Tengo dos Fideos con Tuco: Nicky y Magda. En mi familia, del lado de mi papá, son todos Fideos con Tuco. Menos yo, que soy rubio con ojos celestes.

Largó la carcajada ante la ocurrencia: Tito era pelado y portaba una barba canosa. Los ojos eran marrones como el río del Tigre. Eso sí: la piel pálida y pecosa. Ninguno de los hijos se le parecía.

–Voy a preparar el desayuno. ¿Desayunaron ustedes? –quiso saber Magda.

–Desayunamos, sí, pero no me vendría mal otra taza de té y unos panes con manteca –dijo Tito.

–Pan no compré. Hay galletitas con manteca. ¿Es lo mismo?

–Es lo mismo. ¿No, Matty?

–Yo estoy a dieta

–Té solo para Matty.

Magda y Clarisa prepararon el desayuno. Magda puso agua a hervir en la tetera y untó unas cuantas galletitas con manteca. Mientras, Clarisa preparaba la mesa del desayuno en la galería con tazas, cucharitas y la azucarera. Cuando todo estuvo listo, los cuatro se sentaron a desayunar. Tito admiró el clima: ni calor ni frío; así de hermosos eran esos primeros días de verano. Preguntó cómo la habían pasado.

–Bien.

–No se alejaron de la casa, ¿verdad?

–Sólo para ir al súper y visitar a don Próspero. Nos dio de tomar granadina.

–Me parece estupendo. Mientras no les dé alcohol –rio Tito–. El muy borrachín.

–A mí me llamó la atención que tuviera toda la casa llena de objetos marinos –dijo Clarisa.

–¡Ah, sí! ¡Eso! Bueno, nuestro querido alcohólico trabajó cuarenta años en la Marina Mercante. Era capitán. Ganaba fortunas. Pero toda la plata se la dio a sus hijos. Cuando enviudó (hará unos diez años) se vino a vivir a la isla. Casi no sale y se entrega a la bebida discretamente.

–¿Discretamente? –preguntó Clarisa.

–Quiero decir que bebe, sí, pero con moderación. “Todo en su justa medida y armoniosamente”, como decía el General.

–Entonces, no es un borracho después de todo –sentenció Clarisa.

–Depende del cristal con que se lo mire. Yo diría que bebe algo más que lo que toma la gente común. Si yo me tomo un vaso de vino en la cena, él se toma dos.

–El doble.

–Exacto.

Tito se sirvió otra taza de té con la tetera.

–Pa –lo llamó Magda–. Clarisa anda buscando trabajo. ¿Vos no le podrías conseguir?

Tito masticó una galletita con manteca que se había puesto entera en la boca. Tragó.

–En este momento no conozco a nadie que necesite ayuda con su trabajo. Ya saben: la cosa está difícil. Pero a mí sí me hace falta alguien que me desgrabe unas cintas. ¿Sabés escribir a máquina, Clari?

–Me defiendo.

–Bueno, ¡contratada!

–¿Adónde tengo que ir?

–A ningún lado. Solamente subir los pisos que separan el departamento de los Sánchez Echagüe del mío. Todo lo que se necesita está en casa.

–¡Bárbaro! ¡Gracias, Tito.

–No hay de qué, no hay de qué. Y díganme, ¿qué piensan hacer ahora?

–Tomar sol –dijo Magda.

–En realidad, yo quería salir a recorrer la isla –deslizó Clarisa.

–¿Sola? No, de ninguna manera. La isla es grande; te podrías perder –sentenció Tito.

–Yo podría acompañarla –sugirió Matty.

–Si es así, sí. Pueden ir, pero no se demoren mucho.

Levantaron las cosas del desayuno y limpiaron la mesa de la galería. Magda se fue a tomar sol acompañada de Tito. Matty y Clarisa salieron a recorrer la isla.

–Las Margaritas es una isla inmensa, de las de mayor tamaño en el Tigre –explicó Matty, que parecía tomarse muy en serio el papel de guía turístico–. Vas a ver que, cuando nos queramos acordar, va a haber pasado más de una hora de caminata.

Doblaron hacia la izquierda, tomando el camino opuesto al que se hacía para ir al súper. Bordearon el río. Iban callados. De vez en cuando, Clarisa se detenía a mirar una de las casas cuya belleza arquitectónica le llamaba la atención. Matty le explicaba lo que sabía y seguían camino. Habrían andado así una media hora, cuando él de pronto dijo:

–¿Sabés, Clari? Me gusta una chica.

–A mí también me gusta un chico, pero no te puedo decir quién es.

–Yo tampoco te puedo decir. ¿Lo conozco?

–Sí.

–¿Mucho o poco?

–Mucho. Y yo, ¿la conozco?

–Sí. Mucho, mucho.

–Ya sé. Debe de ser una de las Sánchez Echagüe.

–No, te equivocás.

–Ya sé, ya sé: Silvia, la del segundo piso.

–No. Silvia es muy simpática, pero no es mi tipo, por decirlo de alguna manera. Y vos, la persona que te gusta, ¿está en mi casa?

–No te voy a decir más.

–Seguro que debe de ser Gastón. A todas les gusta mi hermano mayor.

–Mis labios están sellados. Pero a vos te gusta una de las Sánchez Echagüe.

–Ya te dije que no.

–A mí no me engañás. La más linda de todas es Pía, exceptuando a Dolores, pero a ella la descarto porque se va a hacer monja.

–No te voy a decir si vos no me decís.

La charla parecía la que mantienen chicos de nueve o diez años, pero les divertía. Anduvieron unos quince minutos hasta llegar a un puente que conectaba la isla Las Margaritas con otra isla. Clarisa, venciendo su miedo, subió al puente y observó el río, los lotes de tierra inexplorada y las casas más allá, a lo lejos. Matty, que la acompañaba, le rodeó el hombro con un brazo y le dijo:

–¿Sabés, Clari? La que me gusta sos vos –y ahí nomás le zampó un beso.

Ella se dejó besar. La lengua de Matty era tan suave como la de Magda en el sueño, pero sus movimientos eran enérgicos y nerviosos. Clarisa lo apartó con un empujón. Tenía miedo; miedo del puente, de Matty, hasta de Magda.

–¿Por qué hiciste eso? –preguntó.

–Se me dio la gana.

Matty largó una risotada.

–No lo vuelvas a hacer, ¿me oís?

Matty seguía riéndose; ya se doblaba en dos agarrándose la panza.

–¡Volvamos! –le ordenó Clarisa, mientras daba zancadas para dejar atrás el puente.

Matty la siguió.

–Fue sólo un beso.

–No importa, no lo hagas más.

–¿Es porque soy gordo?

–No sos gordo, estás un poco rellenito, nada más. Y no, no es porque estés rellenito, es porque …

–Te da miedo. Es eso.

–Yo no tengo miedo nunca.

–Tenés miedo de enamorarte.

–¡Basta! Para dar un beso hay que pedir permiso.

Matty estalló en una carcajada estentórea.

–¿Qué gracia tiene si te pido permiso?

–¡Volvamos! Y no se hable más del tema.

***

Emprendieron el regreso a la casa y no se hablaron en lo que duró el camino. Cuando llegaron, Clarisa corrió adentro a buscar a su amiga. Tito estaba sentado en la galería fumando un Marlboro. Matty se sentó junto al padre. Estaba cabizbajo, pero Tito no pareció notarlo.

Magda estaba en la cocina pelando papas. De muy buena gana Clarisa le habría contado lo del beso, pero tenía muy en claro que no era conveniente. Magda era muy capaz de increpar a su hermano, lo que traería consecuencias inesperadas. Después de todo, como él decía, había sido sólo un beso.

–¿Te ayudo? –se ofreció–. ¿Vas a hacer puré?

–No. papá me pidió papas fritas. ¿Sabés cortarlas en bastoncitos?

–Por supuesto.

Clarisa enjuagó las papas con el agua de la canilla hasta limpiarlas de tierra. Las peló y las colocó sobre la tabla de picar, que, a su vez, estaba sobre la mesa, y, de a una, las fue cortando en bastoncitos. Magda, mientras, se ocupó de la carne; de dos bifes gordos hizo cuatro medianos. Los puso en la asadera, encendió el horno y metió la asadera adentro. Agarró el repasador y le dijo a Clarisa que había que secar bien las papas antes de tirarlas al aceite porque si no éste iba a saltar. Clarisa secó bien las papas. Magda llenó la sartén con aceite en unas tres cuartas partes, encendió la hornalla y le puso la sartén encima. Cuando el aceite estuvo casi hirviendo, volcó las papas. Un estallido crujiente inundó la cocina.

Las chicas sirvieron la mesa de la galería, llevaron la comida y los cuatro se sentaron a almorzar. Tito despotricaba contra el vecino que habitaba la casa lindera.

–Él tiene lancha, me la podría haber prestado, pero se negó. Se–ne–gó. Mirá si no llegábamos y Matty se me moría en el camino.

–Y digo yo. ¿No podría haberlos llevado él hasta el puerto? –quiso saber Clarisa.

–Se lo sugerí, pero me dijo que estaba con diarrea.

–Papá, estamos comiendo –dijo Magda.

–Y Matty con peritonitis. Hay que ser hijo de su madre, ¿no te parece, Clari?

–Hay gente muy egoísta.

–¿Egoísta? Esto rebasa el egoísmo. Esto es de una desconsideración tal por la vida humana que ya no tiene nombre. Por suerte Dios nos iluminó (o el angelito de la guarda, vaya a saber uno qué) y llegamos a tiempo al hospital.

–Ahora, ¡qué mala suerte! Que te agarre apendicitis justo acá, a media hora de lancha de la ciudad –dijo Clarisa.

–No estamos lejos, en realidad, pero sí aislados. Dependemos del horario de las lanchas de pasajeros. ¿No Matty? Hablá, hijo, decí algo: que el vecino es un reverendo hijo de su madre, una lacra, una basura. No, no hay caso. Matty es tan bueno que no le guarda rencor al vecino.

Matty terminaba en ese momento de comer, se levantó y llevó el plato a la cocina. No volvió a la mesa. Un rato después, finalizó el almuerzo y las chicas se encargaron de dejar todo limpio y en orden. Menos Clarisa, que se quedó en la galería, los demás fueron a dormir la siesta. Ella tenía mucho en que pensar. Había dos cosas que no tenían explicación. La primera era el sueño erótico que había tenido con Magda. ¿Por qué en el sueño le parecía de lo más natural besarse con su amiga? Lo segundo era el beso que Matty le había arrebatado un rato antes. ¿Ella en verdad le gustaba? Si esto era así, ¿qué hacer con ese sentimiento de él si a ella en realidad le gustaba su hermano Nicky? Todo esto de los besos, reales o soñados, la tenía muy confundida. Apoyó la cabeza en los brazos entrelazados sobre la mesa y pronto se quedó dormida.

***

La despertó el ruido ensordecedor de una lancha que en ese momento pasaba por el río. No estaba sola. Matty la observaba sentado en una silla enfrente de ella.

–Te tengo que pedir disculpas. Estuve … No sé. Me arrebaté … Me dejé llevar por la situación –empezó a decir él.

Clarisa tenía miedo de que los escucharan.

–¿Dónde están los demás?

–Durmiendo.

–¿Seguro?

–Muy seguro. Me fijé.

Clarisa se relajó. Nadie los escucharía.

–¿De qué situación me hablabas?

–El que no hubiera ninguna persona mirándonos.

–Te pareció muy romántico, ¿no?

–No sé si lo pondría en ese término, pero sí, digamos que el hecho de estar completamente solos influyó en que nos besáramos.

–En que me besaras. Yo no tuve nada que ver.

–¡Ay, sorry! –se burló él; ella no le hizo caso.

–Matty, te voy a hacer una pregunta y quiero que seas sincero al contestarla. ¿Yo te gusto?

–¡Qué pregunta! ¡Claro! Si no, no te habría besado, ¿no te parece?

Clarisa ya no tenía tanta desconfianza. No obstante, siguió indagando.

–Pero, ¿cuánto te gusto? ¿Para robarme un beso o para ser tu novia?

Matty tragó saliva. Le temblaban las manos. Cuando habló, no pudo evitar tartamudear un poco.

–¿Novios? No había pensado en eso. Lo que digo: sólo me dejé llevar por la situación.

En ese momento apareció Magda que venía de adentro y se sentó junto a su amiga. Clarisa se preguntó si ella no habría escuchado una parte de la conversación que estaba manteniendo con su hermano, por no decir toda.

–Estoy preparando el té. ¿De qué hablaban?

–De la vegetación que hay en la isla –se apresuró a decir Clarisa, que ahora miraba a los ojos de su amiga por ver si se tragaba la mentira; no halló en ellos nada de suspicacia.

–Mañana nos vamos temprano –le dijo Magda a Clarisa.

–Pensé que nos quedábamos hasta la tarde –dijo Clarisa, apesadumbrada.

–Eso pensé yo también, pero me acabo de acordar de que tengo que ir a la casa de una amiga a la tarde. Estudia arquitectura y quedé en ayudarla con unas maquetas. A las once, a más tardar, nos volvemos a Buenos Aires.

“¡Qué maquetas ni tu tía!”, pensó Clarisa. “Es obvio que escuchó la conversación que tuve con su hermano y quiere mantenernos separados. Por mí, mejor. Pero esto significa volver más temprano a lo de los Sánchez Echagüe y sus caprichos”. Mientras estos pensamientos tenían lugar en la cabeza de Clarisa, la cara de Magda no revelaba ninguna artimaña, sino absoluta inocencia. No había manera de saber si mentía o no. Si no mentía, estaba bien, pero si mentía, sólo quería decir que los había escuchado. ¿La enojaría un enredo entre su hermano y su amiga? ¿Le darían celos? Pero Magda tenía sentimientos tan puros que era difícil imaginársela como una celosa descontrolada.

***

Tomaron el té y fueron al muelle a aprovechar el sol de la tardecita. Más tarde prepararon la cena –otra vez carne con papas– y comieron. De postre, una ensalada de frutas que Tito alabó. Después miraron una película en la tele y se fueron a dormir.

***

Al día siguiente, Magda despertó a Clarisa y juntas fueron a desayunar. Eran las nueve.

–Vamos a prepararle a papá una ensalada de frutas y el resto lo llevamos a casa porque si la fruta se queda acá no va a aguantar toda la semana y se va a pudrir –dijo Magda.

Las dos prepararon la ensalada con ciruelas, duraznos, manzanas y naranjas y la dejaron en la heladera.

–Agarrá tu mochila que nos vamos –le ordenó Magda a Clarisa.

–Pero Tito y Matty. ¿No los vamos a saludar?

–Están durmiendo. Dejémoslos que descansen. Total, nos vemos todo el tiempo, ¿no?

Con esta respuesta, Clarisa estuvo casi segura de que su amiga había escuchado su conversación con Matty y que ahora pretendía separarlos. Puestos a pensar, si tenía que elegir entre uno y otra, se quedaba con Magda. Pero sin el beso del sueño que le daba vergüenza. No sabía por qué la molestaba tanto.

Caminaron por la orilla del río y, luego de unas cuadras, llegaron al muelle principal de la isla, que estaba en pésimas condiciones. Se sentaron en los bancos de madera podrida a esperar que viniera la lancha de pasajeros. Vaya a saber si por el peso o por lo que fuera, la madera podrida se resquebrajó, se partió en dos y las dos amigas fueron a parar al piso. La bolsa donde Magda llevaba la fruta, ya bastante ligera de peso, salió despedida; las manzanas, los duraznos, las naranjas y las ciruelas rodaron por el muelle y cayeron una a una al agua barrosa del río. Lejos de lamentarse, la situación les provocó risa. Se abrazaron y siguieron riendo. Alguien más reía con ellas. Era Matty, que las había seguido desde la casa y permanecía escondido tras unos arbustos, espiándolas. En ese momento vino la lancha de pasajeros. Las dos chicas se apuraron a subir con la bolsa de las compras vacía, se acomodaron en los asientos de junto a la ventana, y la lancha volvió a arrancar. Matty las vio cómo se alejaban –una cabeza colorada y otra negra– y, cinco minutos después, cómo se perdían en la inmensidad del río.

Eloísa Suárez nació en la ciudad de Buenos Aires en 1970. Durante varios años enseñó latín en la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires. Sus elecciones literarias van un poco a contrapelo de lo que se está editando actualmente y sus cuentos se pueden enmarcar dentro del género fantástico en sentido amplio, abarcando tanto el policial como los cuentos de terror. Reconoce como influencias literarias a Rodolfo Walsh, Manuel Peyrou, Poe, Chesterton y Hawthorne, por mencionar algunos. La Idea Fija Ediciones ha publicado su libro Puntada sin hilo