Record
Hernán Domínguez Nimo
Hay muchos tipos de récords. Hay libros enteros que hablan sobre ellos. Si alguna vez leyeron uno, sabrán de qué tipo de récords hablan (en un 80%): el récord de caramelos pelados con una sola mano, el récord de pedos en una bañadera, el récord de pedos en una bañadera cubierta, el récord de manzanas apiladas una sobre otra, y así. La idea parece ser descubrir qué boludez no se hizo todavía y hacerla en grande. Y zácate: ya tenemos un párrafo (de unos… 3 centímetros) asegurado en el Gran libro de los Récords.
El récord del que vamos a hablar hoy no es de ese tipo. Es uno de los Récords: un récord deportivo (más precisamente un récord del básquet; y para ser milimétricamente precisos, un récord de la NBA, la apoteosis del básquet). Porque seamos honestos: el problema no es la contabilización de los récords. La sociedad moderna (el 79% de la población para ser más exactos) respira obsesión por la exactitud. Por los números, que son los que aseguran la exactitud. Y por la fiscalización, que asegura la exactitud de los números.
Que levante la mano el que no trató de quebrar su propio récord de meo en largo. O de pajas en un día. O, para ser más clásicos, de nado por debajo del agua. Y si algo aprendimos de ello es que, si queremos realmente disfrutar de la gloria, la exactitud y los testigos son imprescindibles.
No sirve decir una pileta y un poquito: hay que terminar la segunda. O llegar hasta una raya en el fondo. O ahogarse en el intento.
Y si no hay nadie allí para verlo en el momento mismo en que lo hacemos, la gloria no es la misma. No sirve haber trabajado la respiración, ni haber practicado el estilo rana, ni haber nadado con los ojos abiertos en el cloro hasta que parecía que toda el agua iba a querer entrar por la nariz. No es lo mismo si no está el testigo, ese hermano del sacrificio que dirá que recorrimos lo que decimos y que, si es un testigo de los buenos buenos, incluso nos ensalzará y nosotros no tendremos ni que abrir la boca.
Claro que, a veces, los testigos mismos se vuelven poco confiables. Muchas historias se tejen siempre en torno a los hombres que se convierten en leyenda (quédense tranquilos, que no vamos a tratar de contabilizarlas para lograr un récord) y la verdad es que muy pocas son verdaderas. Pero con respecto a Raoul Jourdanián al menos una cosa es cierta: nació para jugar al básquet.
Su figura se agiganta en ese instante, el momento del nacimiento, por el hecho de haber visto la luz del día en Armenia, un país de casi nula tradición en el baloncesto (apenas el 2% de la población dice haber jugado al menos una vez haciendo rebotar una pelota o similar en el piso e intentado luego embocarla en un canasto o lata o tacho de basura). Cuentan en el hospital que, como tantos otros recién nacidos, Raoul solía escupir el chupete (una costumbre presente en el 93% de los niños de 1 a 3 días de vida). Pero nunca aparecía en el piso. Después del décimo quinto chupete, las enfermeras los encontraron, todos juntos, en el cesto de basura.
Algunos compañeros del jardín de infantes afirman que, como tantos otros, Raoul comía chicle de sabores estrafalarios: menta atómica, frutilla ártica, limón supernova, etc. (el 68% de los niños de países en vías de desarrollo lo hace). La mayoría de los chicos suele tirar al piso el chicle una vez perdido su sabor. Raoul no era la excepción. Lo extraño en su caso era que hacía rebotar el chicle en el piso, una y otra vez (no tenemos datos de la cantidad de veces).
Pero lo lógico es desestimar por falsos todos estos cuentos que se construyeron alrededor de su infancia. Como ya dijimos, muchos de estos testigos se vuelven poco confiables por haber contado sus historias no en su momento sino luego de la fama del récordman. Por ello, a efectos estadísticos, tomaremos como punto de inicio de la carrera de Raoul su participación en el equipo de básquet de la escuela primaria.
La cantidad de récords que Raoul Jourdanián batió a lo largo de su trayectoria alcanzaría para llenar y editar un libro más grueso que los que antes mencionamos. Pero nadie quiere conocer tanto de una sola persona. Así que vamos a la versión resumida: valga decir que marcó un récord en cada uno de los tópicos que suelen mencionarse en el básquet en relación a los jugadores estrella: cantidad de puntos por partido, de rebotes y pelotas robadas, porcentaje de puntos por cada intento de anotación (en dobles, en triples y en tiros libres). En casi todos estos ítems, los números de Raoul rozaban la perfección. Nadie había alcanzado tales cifras. Y nadie tantas. 
A medida que crecía, Raoul se volvía más conciente de todo esto, de que cada vez que tiraba estaba escribiendo cifras indelebles en un libro. Cientos de porcentajes subían o bajaban de acuerdo al resultado de un tiro, de un cuarto de juego o un partido. No podía aceptar una derrota de su equipo (por lo menos cuando él jugaba). Así comenzó a tener cada vez más injerencia en la estrategia de juego.
Casi desde un principio prohibió que lo sacaran al banco de suplentes, aunque más no fuera para descansar unos minutos. Debía tener asistencia perfecta a todos los partidos de la temporada y de 40 minutos exactos en cada uno.
El siguiente paso (cuando llegó a su tercer equipo y así lo estipuló en su contrato) fue que todos los tiros de campo debían ser suyos. El equipo en el que había ingresado aceptó que ninguno de sus jugadores tirara al aro con tal de tener a Raoul en sus filas. De más está decir que Raoul se enojaba mucho (sus gritos alcanzaban 38 decibeles) con los jugadores contrarios que le cometieran falta a uno de sus compañeros; por su culpa nunca tenía el total de tiros libres de un partido.
Claro que Raoul retribuía toda esta obsesión con resultados: ganó todos los partidos en los que participó en su Armenia natal (1.324) y los 11 campeonatos nacionales que peleó desde el colegio primario hasta cumplir 18 años.
Semejante carrera no podía pasar desapercibida. La NBA estaba en busca de un nuevo héroe. Después de Abdul Kareem Jabbar, Magic Johnson, Michael Air Jordan, Larry Bird, Patrick Ewing, Karl Malone, Shaquille O´Neal, Kobe Bryant, Allen Iverson, Vince Carter, Hakeem Olajuwom y Dikembe Mutombo les costaba encontrar una nueva figura que llenara el vacío que había quedado en el frente de las remeras y las gorras. Pronto todas las miradas se fijaron en Armenia y en Raoul. Los equipos del Este y del Oeste participaron en una gigantesca subasta televisiva. El precio de Raoul trepó hasta niveles inimaginados (una cifra récord de 3 billones de dólares). El gran ganador fue un equipo del Silicon Valley, subvencionado por Bill Gates.
Todo el circo de la NBA se preparó para el gran debut. Fue récord de audiencia televisiva mundial el momento en que Raoul pisó el parqué del nuevo (y más grande del mundo) estadio de básquet especialmente creado para ese día. Trillones de pulmones se paralizaron cuando Raoul ganó el salto y comenzó a correr hacia el aro contrario. Raoul escapó a la marca de tres contrarios, amagó el tiro, haciendo seguir de largo a otro contrincante, saltó hacia arriba, lanzó la pelota en un arco perfecto, que dejó inerme el intento de tapa del jugador restante, y atravesó limpiamente el aro.
Y eso fue todo. Debut y despedida. Ante la mirada incrédula de todo el planeta, después de embocar su primer tiro, Raoul Jourdanián se retiró de la cancha y del básquet. Para siempre.
¿El motivo? Casi obvio: acababa de lograr el 100% de puntos en tiros de campo y no iba a echarlo a perder. Su carrera había alcanzado la perfección y todo lo que vendría después sería cuesta abajo.
Mucha gente especula (el 69% según las encuestas) qué habría pasado si el llamado a ser el jugador más grande de la historia erraba ese primer intento. Habría tenido un 0% que remontar en una larga carrera de basquetbolista que lo acercara cada vez más al 99,98%.
Pero de nada sirve hablar de los tal vez, ¿no les parece? No hay cifras ni testigos para tales cosas.
Hernán Domínguez Nimo nació en Buenos Aires, Argentina en 1970. Es creativo publicitario, sus cuentos han ganado premios y está apareciendo en antologías y diversas revistas.