El evangelio según Judas
Luke Jackson

[Este texto se tradujo del hebreo antiguo al castellano coloquial moderno por varias razones. El traductor consideró que hacerlo en un lenguaje cercano al utilizado en la versión Reina-Valera sólo para que coincidiera con el lenguaje de los otros evangelios resultaría un proceso poco provechoso, ya que el texto seguramente no sería “canonizado” al punto de incorporarse a la Biblia. Más aún, el lenguaje utilizado por Judas contiene frases parcialmente ininteligibles que aparentemente son “coloquialismos” del hebreo antiguo, para las cuales el traductor sintió que en el habla moderna se encontraban aproximaciones más correctas. --- Los Editores]



Mi nombre es despreciado entre los cristianos. Sólo puedo esperar que el lector suspenda su juicio y mantenga su mente abierta a la historia que le voy a contar. Mi relato sin dudas va a diferir de los de los otros “discípulos” de Jesús, y por una buena razón. Mientras ellos se dejaron llevar por sus bellas y vacías parábolas, yo fui el único que no perdió el sentido sobre lo que él era.
Jesús y yo nos conocíamos desde que éramos unos chicos de la calle en Jerusalén. Él era un muchacho cuya mente rápida para urdir estafas servía para satisfacer las necesidades de ambos. Yo era siempre su compañero fiel, asistiéndolo ciegamente en sus trucos. Nos metíamos por debajo de las mesas de los mercaderes, manoteando con nuestras garras mugrientas para robarles lo que podíamos. Durante las heladas noches del desierto nos acurrucábamos juntos en los callejones oscuros, con la esperanza de conseguir algo de calor del cuerpo del otro. Esto es, hasta el comienzo de la pubertad, cuando me di cuenta de que siempre había una especie de bulto duro contra mi muslo cuando dormíamos juntos.
— ¿Qué es lo que tenés en tu bolsillo? — le pregunté a Jesús, medio dormido — Sacalo, que me está lastimando el muslo.
— Okay — dijo Jesús. Después de eso, rara vez noté el frío.
Eventualmente, Jesús y yo aprendimos el arte de la magia y la prestidigitación y robábamos pan y frutas para nosotros.  Jesús era un excelente artista y se las ingeniaba para embolsar un montón de oro mientras entretenía a las masas.
Ustedes deben de estar preguntándose por qué Jesús vivía en las calles, cuando tenía una familia allá en el pueblo de Belén.  Jesús terminó en las calles tan joven porque su padre, José, era un borracho brutal. La madre de Jesús, María, quedó embarazada de él antes de que José tuviera oportunidad de “llevarla al lecho nupcial”. Ella inventó una ridícula historia acerca de haber sido inseminada por el mismísimo Señor, lo que era no sólo un delirio sino además sacrilegio. A José no le hizo ninguna gracia la traición de su esposa y se escondió de la triste verdad en una nube de alcohol. Jesús era un recordatorio constante de la infidelidad de su mujer, lo que lo convertía en un blanco frecuente de los puños de José.
Así que ahí tienen, es por eso que Jesús le tomo cariño tan rápido a Juan el Bautista. Juan era una especie de figura paterna para  Jesús, aún cuando éste era un viejo loco irascible, que apareció en las tierras salvajes de Judea diciendo incoherencias sobre el reino de los cielos. Comía insectos cubiertos en miel, lo que es ciertamente una de las visiones más repulsivas que he visto. Juan era el tipo que había convencido a la chusma ignorante de que su salvador estaba viniendo. Juan es el instigador del cruel chiste llamado Cristiandad.
Jesús estaba intrigado por las controversias que levantaba este viejo ermitaño chiflado. Las lenguas de la gente no paraban de hablar sobre Juan y sus excéntricos métodos, y muchos lo buscaban para que los “bautizara” —un extraño ritual que involucraba el ser sumergido en agua sucia.  Jesús insistió en ser bautizado, pero yo desconfiaba de las trampas de la religión.
— En serio, tengo que conocer a este hombre — se me quejaba Jesús — Y no puedo ir a buscarlo yo solo.
— ¿Qué es lo que puede interesarte de un ermitaño demente? — le respondía siempre, usando la lógica.
— Creo que tiene algo... no sé cómo decirlo, pero todo el mundo está interesado en él. Su rareza le da poder. No puedo decir bien por qué, pero tengo que conocerlo.
Finalmente, me encogí de hombros y fui con él.
Estuvimos buscando a Juan por los bosques durante meses. Yo deseaba bautizarme, tan sólo para lavarme la capa de mugre que cubría mi cuerpo. Nos alimentábamos con nueces y bayas, ya que ninguno de nosotros sabía cazar. Finalmente, el boca a boca nos llevó hasta el escondite de Juan.
A Juan lo reconocí apenas lo vi. Murmuraba para sus adentros palabras ininteligibles y masticaba algún insecto endulzado. Nos miró con recelo, como si fuéramos a robarle su bicho a medio comer.
— ¿Han sido bautizados, hijos? — dijo entre dientes, mientras restos de patas de langosta y miel chorreaban de sus labios — ¡El Mesías se acerca! ¡Esto no es ningún juego! Sólo el bautismo puede salvar vuestras almas para la vida eterna...
— Nosotros ya fuimos bautizados, hermano — respondió Jesús — pero debemos bautizar a aquellos que no han conocido la salvación. Los lugares de adoración están controlados por ladrones y prestamistas, pero veo santidad en vos. Debemos esparcir la Palabra.
Los enloquecidos ojos de Juan, cada uno mirando en una dirección diferente, trataron en vano de focalizarse en Jesús. Su rostro lentamente se transformó en una sonrisa marchita y sin dientes.
— Sí, hermano — resolló Juan — debemos mostrarles lo erróneo de su proceder.
Juan inmediatamente supo que Jesús sería un excelente socio criminal. Juan ignoraba todo sobre el judaísmo y nunca sería aceptado por los judíos como su mesías. Jesús, sin embargo, era un joven apuesto con una mente rápida. Juan se dio cuenta de que podría transformarlo en el profeta embaucador que tanto añoraba ser.
Para probar la habilidad de Jesús para influenciar a la gente, Juan lo convenció de dar un sermón en una colina cercana. Juntó menos de diez personas, pero Jesús actuaba como si una multitud de miles de personas hubieran llegado a adorarlo. Los pocos que estaban allí probablemente pensaron que Jesús era una especie de artista callejero y se divirtieron con su grandeza fingida. Con su arrogancia habitual, Jesús proclamó incontables preceptos sagrados. Su discurso era bastante elocuente y agradable al oído, pero nadie podría jamás cumplir estas reglas. Decir y hacer son dos cosas radicalmente diferentes.
Jesús nunca cumplió sus propios preceptos sobre la lujuria. Un día nos tropezamos con una puta a la que perseguían y Jesús quedó inmediatamente embobado con su belleza. Era una prostituta saludable con mejillas rosadas y un buen par de tetas. También yo me hubiera encamado con ella, pero Jesús me ganó de mano. Intervino para salvarla de la persecución y realmente fue bien recompensado por sus esfuerzos. Los otros discípulos también deben de haber sabido de la relación que tenían; a mí varias noches me despertaron con sus gritos animales de pasión. Es extraño que los otros discípulos no escribieran nada al respecto...
Más o menos para esa época fue que el Rey Herodes encerró a Juan el Bautista por estafar al pueblo. Herodes no se dio cuenta de que Jesús era igual de peligroso. Juan se pudrió en algún calabozo y finalmente el rey lo mandó decapitar, pero su muerte no produjo ni una sola lágrima en Jesús. Es que Jesús ya no lo necesitaba, y la excentricidad de Juan se había convertido realmente en un incordio. Pensándolo bien, no sería nada raro que el mismo Jesús no haya arreglado las cosas para que Juan desapareciera.
Jesús viajó por todo Israel y perpetró todo tipo de engañifas para convencer a la gente que se una a su nueva religión. Le pagaba a alguien unos pocos centavos para que se hiciera pasar por un enfermo, entonces venía él y milagrosamente lo curaba. Jesús era un showman excelente, y hacía que estos actos realmente parecieran estar tocados por la divinidad. Aún yo era su asistente leal, y escondía el vino o las piezas de pan necesarias para la “transformación” en mis mangas. Estábamos de vuelta en nuestros viejos juegos y era como cuando éramos chicos. Por un corto periodo, yo fui nuevamente feliz y hacía de cuenta de que nunca había empezado la locura.
Sin embargo, no podía dejar de ver la transformación que estaba sufriendo Jesús. Su ego estaba tan agrandado por sus seguidores que se iba volviendo un megalómano paranoico. Todos sus discípulos eran unos chupamedias que decían que él era el “Hijo de Dios” y lo mucho que lo amaban. Jesús era un tipo piola, claro, y se daba cuenta de que a mí toda la situación me daba asco. Siempre hacía predicciones siniestras de cómo alguien lo iba a traicionar y a veces hasta sugería que iba a ser yo. La única razón por la que me quedé tanto con él era porque yo controlaba el dinero común. Había sufrido demasiado tiempo la pobreza como para negarme. Aquellas fueron las épocas más confortables de mi vida, con una buena comida y un techo sobre mi cabeza. El dinero hacía que valiera la pena quedarse con Jesús y los demás miembros de esa banda excéntrica.
Luego de un tiempo, no pude soportar más la tensión y la locura de vivir en semejante situación. No es agradable vivir en una secta que les lava el cerebro a sus miembros mientras uno no se cree ni una palabra de lo que dicen. Ellos se daban cuenta de que yo no compraba todo el paquete y se estaban empezando a agruparse en mi contra. Una vez, cenando, Jesús mencionó de manera alevosamente obvia que pensaba que yo lo iba a traicionar.
Estábamos reunidos en una mesa larga en la casa de uno de los discípulos. Nuestras provisiones disminuían rápidamente, y todos estábamos demacrados y débiles por el hambre. Sin embargo, los demás parecían no darse cuenta de esta situación.
Jesús sacó las pocas provisiones magras que teníamos, que eran pan duro y vino tinto picado. Miró fijo a estas cosas y se quedó como extasiado por unos pocos minutos antes de entregárselas a sus seguidores. Parecía que estaba pensando en algo; todos nosotros nos quedamos en silencio.
— Esta es mi sangre — recitó Jesús, señalando al vino — y este es mi cuerpo — levantando el pan. Pensé que estaba haciendo un chiste extraño y con torpeza tuve que contener mis carcajadas cuando vi que nadie más se reía. No fue muy divertido, realmente, porque en seguida deduje por el silencio de los demás que Jesús se creía lo que acababa de decir. El pan y el vino claramente no eran su cuerpo ni su sangre; eran sólo pan y vino, carajo. Distribuyó las tristes raciones entre los demás, quienes las aceptaron con devoción silenciosa. Tal vez si creían que eran santas no iban a notar el sabor asqueroso — una prueba de fe.
Supongo que no contuve mi risa lo suficientemente bien, ya que la cabeza sarnosa de Jesús se dio vuelta en mi dirección. Me puse pálido al verlo acercárseme. Dijo:
— A quien le dé esta pieza de pan me traicionará — y miró a todos sus seguidores. Sus ojos brillaban con una intensidad radiante y parecían salirse de su rostro peludo y demacrado. Sabía lo que se venía. Lentamente me entregó el pan y me dijo — Lo que vas a hacer, hazlo pronto. — Lo miré a los ojos, buscando al hombre que alguna vez conocí. Pero estos eran bloques de hielo, fríos y sin emoción. Yo era su amigo desde siempre, e incluso lo apoyaba en esta loca aventura, y ahí estaba él, actuando como si yo fuera un extraño. Estaba pirado, en serio se creía que era un dios o algo por el estilo.
Luego de esta estrafalaria declaración, todas las miradas estaban sobre mí. Esto había dejado de ser una especie de estafa entretenida. Jesús había dejado que su creación lo consumiera al punto en que él ya no podía separar la fantasía de la realidad. La mirada vacía de los discípulos me hizo temblar, parecían no sentir ninguna emoción ante la posibilidad de mi traición. Yo estaba podrido de sus rarezas, así que tiré el pedazo de pan al piso y me fui. Si Jesús quería hacerse el mártir yo no me iba a poner en medio de sus deseos.
Mientras vagaba por la espesura, me di cuenta de que tenía que encontrar otra forma de sobrevivir. Lo que era seguro es que yo no iba a volver con Jesús y su pandilla de locos alegres. Ahora yo iba a tener que deslomarme todo el día por una paga miserable, como la mayoría de mis compatriotas. Naturalmente, yo estaba algo deprimido frente a esta reducción drástica de mi nivel de vida.
Ahí fue cuando se me ocurrió una maravillosa idea. ¡Yo podría revelar, a cambio de una recompensa, el lugar donde Jesús y los otros se escondían!  Los altos sacerdotes y los fariseos estaban muy perturbados por la secta retorcida y endogámica de Jesús. Yo estaba seguro de que pagarían bien por la información de su paradero. Casi saltaba de alegría al darme cuenta de que realmente podía sacarle rédito a mi venganza contra aquellos que me habían atormentado y enloquecido por meses.
Corrí hasta llegar a lo de los fariseos. Jesús les había estado causando problemas sin ningún buen motivo. Estaban muy contentos de que yo haya ido y me sorprendí de por qué no se me había ocurrido antes. ¡Fue necesario que literalmente Jesús tuviera que empujarme a traicionarlo! Sonreí mientras los fariseos ponían las monedas en mi mano callosa. Los fariseos me sonrieron. ¡Ah, qué felicidad, estar nuevamente con gente normal, que sonríe y tiene el amor natural al oro!
Luego de que Jesús y los demás fueron atrapados, pude comprarme una parcela de tierra con mi recompensa. Desde entonces me dediqué a cultivarla y no me involucré en el tipo de extrañas aventuras en las que solía meterme. Mi curiosidad, sin embargo, me hizo estar atento de la situación de la secta. A Jesús lo crucificaron por “blasfemia”, la cual es una sentencia bastante dura. No me había dado cuenta de que lo detestaban tanto a Jesús. La muchedumbre dejó que liberaran a Barrabás, un ladrón común, pero insistió en que Jesús fuera ejecutado. Me sentí triste con la muerte de mi viejo amigo, pero el Jesús que yo había conocido hacía rato que se había ido. El lunático que actualmente tenía su aspecto era una criatura temible a la que me dio alegría ver muerta. Me mantuve alejado de su ejecución, porque sabía que sus seguidores iban a querer vengarse de mí.
Si Jesús estaba loco, sus seguidores lo estaban aún más. Uno de los más acaudalados, José de Arimatea, hizo los arreglos para que enterraran a Jesús en su propia tumba. Desde entonces el cuerpo “desapareció” y sus discípulos aseguran que se levantó de los muertos. Por supuesto, lo que hicieron fue esconder el cadáver en alguna otra parte durante la noche. No puede haber sido muy difícil para sus seguidores robarse un cuerpo de una tumba de su propiedad. Sin embargo, los “cristianos” esperan que la gente crea la historia más increíble de que Jesús realmente volvió a la vida, e incluso hay gente que se está tragando el embuste. Es un triste testamento de la ingenuidad humana.

[tradujo: Saurio]

Luke Jackson nació en Huntington Beach, California (EE.UU.) el 16 de abril de 1976. Varias revistas de ciencia ficción en inglés han publicado sus historias llenas de ironía política y actualmente está comenzando a publicar en medios en español. Es abogado, obtuvo un Doctorado en Jurisprudencia en la Escuela de Leyes de la UCLA y un Bachillerato en Literatura de la UC Santa Cruz. Vive con su esposa Padma y su hijo de dos años Dylan Siddhartha en Los Ángeles, California (EE.UU.)